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Relatos Ardientes

Lo que una mujer trans me enseñó esa noche

Voy a contar esto como lo recuerdo, sin adornarlo demasiado. No es una historia con moraleja ni quiero convencer a nadie de nada. Es solo lo que me pasó una madrugada de jueves, cuando creía tenerlo todo entendido sobre mí mismo y resultó que no entendía casi nada.

Llevaba meses cansado. No del trabajo, ni del cansancio normal de los treinta y tantos. Estaba cansado de la misma escena repetida: salir, conocer a alguien, medir cada palabra como si jugara al ajedrez, calcular cuánto debía ceder y cuánto pedir. Las últimas mujeres con las que había salido parecían más interesadas en ganar una discusión invisible que en pasarla bien. Y yo, sin darme cuenta, había empezado a responder igual, a la defensiva, contando puntos.

Esa noche entré a un bar al que no iba nunca. Un local pequeño en una calle lateral, de esos con luz ámbar y música baja, donde el cantinero te deja en paz. Pedí un whisky y me senté en la punta de la barra, dispuesto a no hablar con nadie.

Entonces la vi.

Estaba tres taburetes más allá, con un vestido negro corto y las piernas cruzadas, removiendo una copa con la pajita sin beber. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño flojo y unos pendientes largos que le rozaban el cuello cada vez que giraba la cabeza. Me miró una vez, sin disimulo, y siguió con lo suyo. No hubo coqueteo nervioso, ni esa danza de fingir que no te interesa. Solo una mirada que decía «ya sé que me viste».

—¿Esperas a alguien? —le pregunté, levantando un poco la voz por encima de la música.

—No —dijo ella, y sonrió de medio lado—. Esperaba a ver quién se animaba primero.

Me cambié de taburete sin pedir permiso. Se llamaba Renata. Hablaba pausado, con una seguridad que no había visto en mucho tiempo, y se rió de mis dos primeros chistes malos sin la obligación de parecer difícil. En diez minutos ya sabía que era trans. No me lo dijo como una confesión ni como una advertencia. Lo soltó al pasar, mientras me contaba de un viaje, y siguió hablando como si nada, observándome para ver si yo cambiaba de cara.

No cambié. O quizás cambié, pero no hacia atrás.

—¿Te molesta? —preguntó al fin, todavía con la sonrisa, pero atenta.

—Me sorprende que pienses que debería molestarme —contesté.

Algo se aflojó en sus hombros. Por primera vez en meses estaba en una conversación donde nadie intentaba derrotar al otro. Ella no me medía, no me ponía a prueba con preguntas trampa. Estaba ahí, presente, mirándome a los ojos, y eso solo ya era más erótico que cualquier escote.

***

Salimos a la una y media. La calle estaba húmeda por una lluvia reciente y caminamos sin rumbo claro, hombro con hombro, rozándonos los brazos. En una esquina la frené tomándola del codo y la besé. No fue un beso de tanteo. Fue directo, y ella respondió con la misma firmeza, abriendo la boca, mordiéndome el labio inferior con una lentitud que me hizo perder el hilo de todo lo demás. Sentí su lengua buscar la mía, invasora, y una mano suya bajar por mi pecho hasta apretarme por encima del pantalón, midiendo lo dura que ya la tenía. Sonrió contra mi boca al notarlo.

—Mi hotel está a dos cuadras —dije contra su boca.

—Lo sé. Te vi guardar la tarjeta de la habitación —respondió—. ¿Siempre eres tan obvio? Se te marca hasta desde acá.

Me reí, y ella me tomó de la mano y empezó a caminar, marcando el ritmo. Esa fue la primera lección de la noche: a veces el que cree que conduce solo está siguiendo.

El cuarto era pequeño, con una lámpara de pie que dejamos encendida. Apenas cerré la puerta la tenía contra ella, las manos en su cintura, sintiendo la tela del vestido tensarse bajo mis dedos. Le bajé el cierre de la espalda despacio, oyendo cada diente del cierre ceder, y el vestido cayó al suelo formando un charco negro alrededor de sus tacones.

Se quedó frente a mí en ropa interior, y no había una pizca de inseguridad en su postura. Al contrario. Sabía exactamente lo que su cuerpo provocaba y me dejaba mirarlo como una ofrenda calculada. Tetas pequeñas y firmes bajo un corpiño de encaje negro, los pezones marcándose duros a través de la tela. Y adelante, en la tanga a juego, un bulto claro y tenso empujando la seda, imposible de ignorar.

—¿Y bien? —preguntó, una ceja levantada.

—Date la vuelta —dije.

Lo hizo, sin protestar, apoyando las manos en el borde de la cama. Le recorrí la espalda con la palma abierta, desde la nuca hasta la curva baja, y la sentí estremecerse. No fingió el escalofrío. Bajé la tanga hasta la mitad del muslo, dejándole el culo al aire, redondo y pálido bajo la luz de la lámpara. Le abrí las nalgas con los pulgares, sin pedir permiso, y ella soltó un suspiro largo, arqueando la espalda para ofrecerse mejor. Metí la cara ahí, hundí la lengua en la raya y la fui bajando hasta encontrar el hoyo apretado, lamiéndoselo despacio, en círculos, hasta que Renata dejó caer la frente contra el colchón y empezó a jadear.

—Puta madre —murmuró—. Nadie… nadie me empieza así.

Le mojé bien el culo con saliva, ensañándome, mientras con la otra mano le rodeaba el bulto por delante y sentía cómo la polla se le ponía dura dentro de la tanga, hinchándose contra mi palma. La giré de nuevo hacia mí y la empujé suavemente hasta sentarla en el borde del colchón. Me arrodillé para sacarle los tacones, uno y luego el otro, y ella me miraba desde arriba con los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando rápido.

—Nadie me había descalzado nunca —murmuró.

—Pues acostúmbrate —contesté, y la besé en el interior de la rodilla.

Fui subiendo con la boca por la cara interna del muslo, mordiendo apenas, sintiendo la piel erizada bajo la lengua. Cuando llegué arriba le corrí la tanga a un lado y me encontré con su polla saltando afuera, dura, brillante, con una gota transparente ya asomando en la punta. La agarré con los dedos, la sostuve firme, y me la metí entera en la boca sin ceremonia. Renata soltó un gemido ronco y me clavó los dedos en el pelo.

—Ay dios, así —dijo, mirándome desde arriba—. Chúpamela así, despacio, no me la sueltes.

La chupé lento, tragándomela hasta el fondo y volviendo a subir con la lengua pegada a la vena de abajo, la mejilla hundida, mirándola a los ojos. Le lamí la punta, jugueteé con el frenillo, y bajé más, hasta los huevos, mientras con la mano seguía moviéndosela suave. Ella empujaba las caderas contra mi cara, sin brusquedad, marcándome un ritmo. La saliva se me chorreaba por el mentón y le caía por los cojones hasta el culo, y yo aprovechaba para meterle otra vez el dedo ahí, mojado, empujando hasta el nudillo.

—Vas a hacer que me corra ya —gimió, tirándome del pelo hacia arriba—. Y no quiero. Todavía no.

***

La empujé para que se acostara del todo, boca arriba en la cama, y me saqué la ropa a tirones. Ella me miraba, la polla tiesa contra el vientre, y cuando le enseñé la mía se pasó la lengua por el labio.

—Ven acá —dijo, y estiró los brazos.

Me arrodillé sobre ella, una pierna a cada lado del pecho, y le acerqué la verga a la boca. La abrió obediente, sacando la lengua, y yo se la metí despacio, viéndola desaparecer entre esos labios pintados. Renata cerró los ojos y empezó a chuparla como si le fuera la vida en eso, hundiéndosela hasta el fondo de la garganta, con arcadas suaves, con hilos de baba goteándole por el cuello. Le agarré el moño flojo y le sujeté la cabeza, embistiéndole la boca con cuidado, y ella me clavaba las uñas en las nalgas para pedirme más.

Cuando le saqué la polla estaba brillando entera, un hilo de saliva colgando de sus labios hasta la punta.

—Fóllame —dijo, sin adornos—. Ya. No aguanto más.

Me bajé, le arranqué la tanga por el costado y le abrí las piernas. Me escupí en la mano, me embadurné bien la verga y le pasé la punta por el culo, buscando el hoyito, presionando sin entrar. Renata se estiró al velador, sacó un sobrecito y me lo tiró al pecho.

—Con esto entrás mejor. Y no te voy a arruinar la sábana con sangre.

Me reí, abrí el lubricante, le eché un chorro generoso en el ojete y otro en la polla, y me la trabajé para repartirlo. Le levanté las piernas contra mi pecho, apoyé la punta y empujé despacio. El anillo cedió con un suspiro largo de ella, y sentí cómo su culo se abría alrededor de la cabeza, apretándome, caliente hasta doler. Me quedé quieto ahí, medio metido.

—Más despacio —pidió, con la voz quebrada—. Quiero sentir cada cosa.

Y obedecí, porque en su rendición había una forma de poder que yo nunca había sabido ver. Mientras más se entregaba ella, más responsable me sentía yo de hacerlo bien. Fui entrando de a poco, medio centímetro cada vez, mirándole la cara para leer lo que necesitaba. Cuando la tuve entera adentro, hasta los huevos, me quedé unos segundos sin moverme, sintiéndole el pulso adentro. Ella respiraba por la boca, con la polla dura entre los dos, apoyada contra el vientre, escurriendo líquido preseminal en el ombligo.

—Ahora sí —murmuró—. Movete. Cogeme.

Empecé a moverme, salidas largas y entradas hondas, viendo cómo su ojete se estiraba alrededor de mi verga cada vez que me hundía. Le agarré las muñecas y se las clavé contra el colchón, más por instinto que por plan, y ella me dejó hacerlo, arqueando la espalda, buscándome con las caderas. Le mordí el cuello, le chupé un pezón hasta ponérselo enrojecido, y aceleré, cogiéndola más fuerte, oyendo el ruido húmedo de mis huevos golpeándole el culo.

—Así —dijo, casi sin aire—. Justo así. Rompeme, rompeme.

Le solté una muñeca y le agarré la polla, empecé a jalársela al ritmo de mis embestidas. Estaba dura como piedra, empapada, y a cada tirón mío ella soltaba un gemido más agudo. Su culo se apretaba en espasmos alrededor de mi verga, y yo tenía que respirar hondo para no correrme ahí mismo.

El ritmo lo fuimos encontrando juntos. No había prisa por terminar. Por momentos parábamos, con la polla clavada hasta el fondo, frente contra frente, recuperando el aliento, riéndonos de nada, y volvíamos a empezar. La puse de costado, en cucharita, y le seguí cogiendo el culo por detrás, con una mano en su teta y la otra en su verga, la boca pegada a su nuca. Después la giré en cuatro, la cara contra el colchón, el culo levantado, y se la metí de nuevo, mirándome entrar y salir mientras le abría las nalgas con los pulgares.

—Me voy a correr —jadeó, con una mano entre las piernas moviéndose sola, rapidísima—. Me voy a correr en tu polla, no pares, no pares…

La sentí apretarse entera, el ojete cerrándose en pulsos calientes alrededor de mi verga, y de golpe un chorro grueso salió a los borbotones, salpicándole el pecho, el cuello, la sábana. Se corrió gimiendo mi nombre, agarrada al almohadón, temblándole los muslos. Ver aquello, sentir su culo latir alrededor de mí, fue suficiente. Le agarré la cadera con las dos manos, la clavé contra mí de un tirón y me vacié adentro, chorros calientes y largos, pegado a ella, mordiéndole el hombro para no gritar.

Me quedé encima unos segundos, todavía adentro, sintiéndola pulsar. Cuando salí, un hilo blanco escurrió detrás, y ella se rió bajito contra la almohada.

—Qué desastre me hiciste —murmuró, satisfecha.

***

Terminamos cerca de las cuatro, los dos sudados y enredados en una sábana que se había salido del colchón. Ella se acomodó contra mi pecho y yo le pasé el brazo por encima, mirando el techo, sintiendo el corazón ir bajando de a poco.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En que esto fue fácil —dije, y enseguida temí que sonara mal—. No fácil de lograr. Fácil de estar. ¿Me entiendes?

Ella asintió contra mi piel.

—Lo escucho seguido —dijo—. Hombres que llegan tensos como un nudo. Que vienen de mujeres con las que tienen que pelear por todo. Y conmigo se relajan, y después no entienden por qué.

—¿Y por qué crees que es?

Se quedó un rato callada, dibujando círculos sobre mi pecho con un dedo.

—Porque a mí no me interesa ganarte —dijo al final—. Toda mi vida tuve que pelear para que me dejaran ser quien soy. Cuando llego a la cama, ya peleé suficiente. Lo último que quiero es competir contigo también.

Me quedé pensando en eso mucho rato, más de lo que ella imaginó.

***

No quiero que se malinterprete lo que digo, porque sé cómo suena. No estoy diciendo que las mujeres deban entregarse sin más, ni que valgan por cuánto ceden. Estaría faltándole el respeto a Renata, que de sumisa no tenía nada en la vida real: trabajaba, peleaba, se defendía sola en un mundo que muchas veces le daba la espalda. Lo que descubrí esa noche fue más simple y más incómodo de admitir.

Descubrí que yo había confundido el deseo con la disputa. Que me había acostumbrado tanto a relacionarme desde la rivalidad —quién cede, quién manda, quién gana la próxima discusión— que ya no sabía estar con alguien sin medir. Y que el alivio que sentí con ella no venía de que fuera trans, ni de ninguna teoría grandilocuente sobre los hombres y las mujeres. Venía de algo tan básico como encontrar a una persona que quería estar conmigo sin convertirlo en un combate.

He pensado mucho desde entonces en por qué a tantos hombres les pasa lo mismo, por qué cada vez más buscan a mujeres trans casi a escondidas, como si fuera un secreto que no se atreven a nombrar. Y creo que la respuesta no tiene que ver con ellas, sino con nosotros. Con lo cansados que estamos de tratar el deseo como una guerra fría. Con lo poco que sabemos pedir lo que queremos sin disfrazarlo de exigencia.

Renata me lo dijo a la mañana siguiente, mientras se maquillaba frente al espejo y yo la miraba desde la cama, sin ganas de irme.

—El problema nunca fue lo que las mujeres quieren —dijo, pintándose los labios—. El problema es que ustedes nunca aprendieron a estar tranquilos. Yo no te di nada que una mujer no pudiera darte. Solo te dejé bajar la guardia.

Se giró, me lanzó un beso al aire y agarró su bolso.

—¿Te vuelvo a ver? —pregunté, y odié lo desesperado que sonó.

—Tienes mi número —dijo desde la puerta—. Pero la próxima, llega sin nudo. No tengo paciencia para deshacerlos dos veces.

Y se fue, dejándome en una cama deshecha y con la certeza extraña de que esa desconocida me había enseñado más sobre mí mismo en una noche que años de relaciones donde creí estar al mando.

La llamé. Por supuesto que la llamé. Pero esa ya es otra historia, y todavía no sé cómo termina.

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Comentarios(9)

Fercho_ok

buenisimo!! se hizo cortisimo, quede con ganas de mas

GabrielaBsAs

Que relato tan bien escrito. Me gusto que no sea algo burdo sino que tenga sentimiento de verdad. Felicitaciones!

ElChicoK

por favor una segunda parte!!! necesito saber como sigue esto

PabloR_77

Me recordo a algo que me paso hace años y nunca lo habia visto desde ese angulo. Gracias por ponerlo en palabras, en serio.

CuriosaDelNorte

Una pregunta, esto es autobiografico o es ficcion? se siente demasiado real para ser inventado jaja

nocheslocas22

Increible lo que puede pasar en un bar casi vacio a la hora que menos te lo esperás. Muy buen relato!!

LunaAR84

me encanto!!! mas relatos asi porfavor

Marcos_Mdoza

Tiene algo diferente que no se ve seguido por aca. Bien narrado, sin apuros, con personajes que se sienten reales. Se agradece la originalidad.

DinaK_ok

Saludos desde México, excelente historia!! Ojalá haya continuacion

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