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Relatos Ardientes

Cada mañana entro a su oficina y cierro la puerta

Todo empezó con un café derramado. Un descuido suyo, una mancha en mi blusa y, media hora después, los dos terminamos enredados sobre el sillón de su oficina sin entender muy bien cómo habíamos llegado ahí. Desde aquella tarde, Diego cambió sus horarios. Empezó a llegar temprano, mucho antes que el resto, y yo aprendí a leer ese gesto sin que hiciera falta decir una palabra.

Durante el día apenas cruzamos miradas. Soy parte del equipo de administración y él coordina otra área; no tenemos motivos visibles para hablar. Pero cuando pasa cerca de mi escritorio, noto cómo me mira. Es una mirada que conozco bien, la que dice hoy llegué temprano por algo. Y los días que llega temprano, se acerca con cualquier excusa y me dice que tiene algo para mostrarme. Cierra la puerta. Eso es todo lo que necesito.

A veces terminamos enredados sobre el escritorio. Otras, solo me arrodillo frente a él unos minutos antes de que llegue alguien. Sea como sea, arranco las mañanas de buen humor, atendida, despierta de una manera que no me pasaba hace tiempo. Tengo novio, y me siento culpable, no voy a mentir. Pero desde que volví a sentir esto, hasta lo trato mejor a él. Es retorcido, lo sé. Igual lo escribo.

***

Hoy llegamos los dos temprano y nos encontramos en el ascensor. Aunque todavía estamos en invierno, esta semana hizo un sol raro, de esos que engañan, y las tardes quedaron tibias. Ayer pasé calor, así que esta mañana me vestí distinto: una falda hasta la rodilla, una blusa entallada, tacones y poco más. Llevé un saquito por las dudas, pero ni lo saqué de la cartera.

Diego entró al ascensor con jeans y la camisa arremangada hasta los codos. Había más gente, así que mantuvimos la distancia, mirando los números subir como dos desconocidos. Pero cuando se vació y quedamos solos los últimos pisos, sentí su mano deslizarse por debajo de mi falda justo antes de que las puertas se abrieran en el nuestro. Se inclinó apenas hacia mi oído.

—Qué linda estás hoy —murmuró.

No le contesté. Sonreí mirando al frente y salí primero, como si nada. Dejé la cartera en mi escritorio mientras él abría su oficina. Un gesto con la cabeza, casi imperceptible, y supe que ya podía pasar. Eché un vistazo al pasillo, comprobé que no había nadie y me metí en silencio, cerrando la puerta a mi espalda.

Siempre somos cuidadosos. Bajamos la voz, vigilamos el reloj, y cuando salgo me llevo algún papel o un formulario para que parezca que estuvimos en una reunión. Esa parte también me gusta: la pantomima, el disimulo, la idea de que afuera todo sigue normal mientras adentro pasa esto.

Me llevó hasta su escritorio y me inclinó sin decir nada. Se puso detrás de mí y me levantó la falda despacio, como quien descubre algo. Me masajeó las nalgas con esas manos grandes que tiene, apretando, separando, tomándose su tiempo. Después vino la primera palmada. Ardió. Después otra. Se me escapó un sonido y enseguida me tapó la boca con la mano para que no se oyera.

Eso me encendió de golpe. La adrenalina de pensar que cualquiera podía aparecer, que la puerta era lo único entre nosotros y el resto del mundo, me nubla la cabeza. Lo había notado tenso toda la semana, callado, con el ceño fruncido. Y sentía que esa mañana se estaba descargando conmigo.

Me rodeó con el brazo y me tomó de los pechos, pegando su cuerpo al mío por la espalda. Yo moví las caderas hacia atrás, buscándolo, sintiendo cómo crecía contra mi falda levantada. No hablaba como otras veces. No sonreía, no bromeaba. Parecía otra persona, alguien que solo quería una cosa y no estaba dispuesto a esperar.

Me calienta cuando un hombre se vuelve así, bruto y directo, cuando las ganas le ganan a cualquier modal. Me empujó de nuevo contra el escritorio, dejándome la mejilla apoyada sobre la tapa cerrada de la notebook. Con un toque de su pie me hizo abrir un poco las piernas. Con los tacones quedé en el ángulo justo.

No hizo falta nada más; yo ya estaba lista, mojada desde el ascensor. Me apretó la cabeza contra la madera y entró de una sola vez, duro, sin aviso. A pesar de lo mojada que estaba, por el tamaño y lo repentino me dolió un instante. Un dolor que enseguida se transformó en otra cosa, en ese placer que se siente en todo el cuerpo.

Me tomó los dos brazos por detrás de la espalda y me juntó las muñecas con una mano, dejándome inmóvil. Y empezó a embestir. Una vez, otra, otra más, con un ritmo que no me daba tregua. Yo apretaba los labios para no gemir, sin demasiado éxito. Cada vez que llegaba al fondo sentía que las rodillas me iban a fallar.

Estuvimos así varios minutos, él clavándome contra el escritorio con una intensidad que no me dejaba pensar en nada. En un momento sentí su saliva caer más arriba y su dedo empezar a masajear, despacio, pidiendo permiso a su manera. No dudé. Sé lo que viene cuando hace eso, y lo quería. Siguió embistiendo mientras su dedo se abría paso, y yo ya no podía más, me moría de ganas de entregarle todo.

—Me voy a venir —le avisé en un hilo de voz.

Aceleró. Las embestidas se volvieron más profundas, más rápidas, hasta que algo se rompió dentro de mí y exploté en un orgasmo que me dobló las piernas y me hizo caer de bruces sobre el escritorio, temblando, sin aire.

No me dio tiempo de recuperarme. Salió y, con el mismo movimiento brusco de siempre, me penetró por detrás de una sola vez. Se me escapó un grito que ahogué contra mi propio brazo. Me ardía, me costaba, pero la situación me calentaba tanto que en lugar de frenarlo lo ayudé, separándome con las manos para que entrara mejor.

Me embistió sin piedad, una y otra vez. De su garganta salían gemidos que trataba de tragar y no podía. Me pellizcaba los pezones con los dedos mientras me decía al oído lo que soy cuando estoy así, bien sucio, bien bajo. Hacía mucho que no me entregaba de esa manera, y el dolor ya no me importaba; solo quería sentirlo hasta el fondo.

Apretaba los párpados y mordía lo que tuviera cerca para no gritar, por si alguien había llegado a la oficina. Pero estaba siendo tan brutal que el placer me volvía loca y el control se me iba de las manos. Justo cuando lo sentí al borde, frenó de golpe.

—Quiero que te la tomes toda. Ven —dijo, jadeando.

Me arrodillé frente a él. Le saqué el preservativo y me lo metí en la boca. Me tomó la cabeza con las dos manos y se hundió hasta el fondo, tirándome del pelo, dejándome sin respiración. No me soltó. Me usó la boca una y otra vez, sin pausa, hasta terminar con un gruñido contenido y vaciarse entero. Tragué todo, hasta la última gota, saboreando el final de algo que había deseado toda la mañana.

Le pasé la lengua para limpiar lo que quedaba y le di un beso suave en la punta. Él me levantó del suelo y me besó en los labios, despacio, y me acomodó el pelo que había quedado hecho un desastre. Me alcanzó unas servilletas para que me arreglara, mientras él hacía lo mismo, los dos en silencio, recuperando el aliento.

—Perdona si estuve muy bruto hoy —dijo al fin, todavía agitado—. Tuve una semana espantosa.

—No te preocupes —le contesté, acomodándome la blusa—. Me gusta más así. La pasé increíble.

—Yo también, como siempre. —Me miró de arriba abajo y sonrió por primera vez en la mañana—. Esa falda te queda perfecta. Te tendría así todo el día.

Me reí y le di un último beso antes de terminar de vestirme. Agarré dos formularios cualquiera del escritorio, mi coartada de siempre, y salí de su oficina con el corazón todavía golpeándome el pecho.

***

Volví a mi lugar comprobando que el piso seguía vacío. Nadie había llegado todavía. Me senté, encendí la computadora y, antes de que el día arrancara de verdad, abrí esto para contarlo. Porque guardarlo entero me resulta imposible y porque, si soy sincera, me excita escribirlo casi tanto como vivirlo.

Todavía me arde el cuerpo. Todavía siento el peso de sus manos en mis muñecas y el sabor en la garganta. En un rato él va a pasar cerca de mi escritorio con cara de no haber roto nunca un plato, y yo voy a fingir que reviso planillas. Nadie va a saber nada. Esa es la mejor parte.

Si llegaste hasta acá, ya sabés mi secreto mejor guardado. Mañana, si tengo suerte, lo voy a ver llegar temprano otra vez. Y voy a esperar el gesto, la puerta cerrada, el ascensor vacío. Por ahora vuelvo a mis planillas con una sonrisa que nadie entiende y el recuerdo de la mejor manera posible de empezar el día.

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Comentarios (5)

LuciaPampas

uff que caliente! espero que haya mas partes porque este me dejo con ganas de seguir leyendo

TitoRdP

hay detalles que solo quien lo vivio puede contar asi. Se nota que es real, no ficcion inventada

ArgenSex

el ascensor... clasico jajaja. En mi trabajo tambien hay miradas pero nada tan picante como lo que contás acá

Marcos_LN

de los mejores que lei en esta seccion en mucho tiempo, sin exagerar

CarlosM_Mdz

por favor que haya continuacion! no puede quedar ahi. Necesito saber que paso despues

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