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Relatos Ardientes

La tarde que crucé la línea con mi cliente detenido

Me llamo Valeria y llevo veinte años ejerciendo derecho penal. He defendido asesinos, narcos, estafadores. Nada de lo que hice en esos años me hizo perder el sueño. Excepto una tarde, en la celda número doce de la penitenciaría provincial.

El caso lo trajo el fiscal Mendoza, viejo amigo de la facultad. Un pibe de treinta y tres años, Nicolás Vera, lo habían agarrado con cuatro kilos de cocaína en el garaje de su casa. Aceptó guardarle la mercadería a un amigo por plata. Lo típico. Lo que no era típico era cómo me miró cuando entré a la sala de interrogatorios. No como miran los culpables a su abogada. Me miró como un hombre que ya sabía que iba a pasar algo entre nosotros.

—Valeria Quintana —le dije, extendiendo la mano.

—Nicolás —respondió él, sin soltarla enseguida.

Tenía los ojos marrones y las pestañas largas. Un tatuaje asomándose por el cuello de la remera. Quince años menos que yo. Debí retirarme del caso esa misma tarde y no lo hice.

—¿Por qué lo hiciste? —le pregunté, cuando los policías nos dejaron solos.

—Necesitaba la plata. Me echaron del laburo. Tengo deudas y una novia que quiero bancar.

Le creí. O quise creerle. Le expliqué que si delataba al que le había dado la droga, podíamos conseguir prisión domiciliaria. Él asintió sin dudarlo. Me dio el nombre del otro, el teléfono de la novia, todo.

Le apreté la mano al despedirme. Un segundo más de lo necesario.

***

Esa misma semana me tocó conocer a Rubén Falcón, el director del penal. Un tipo alto, canoso, con ese aire de los que creen que la autoridad los convierte en dueños del mundo. Me recibió en su oficina con un escaneo de arriba abajo que duró más de lo que la educación permite.

—Doctora Quintana, qué placer —dijo, señalando la silla—. Acá al detenido lo tenemos bien cuidado.

Yo llevaba un vestido rojo que me había puesto sin pensar demasiado. Me arrepentí apenas crucé la puerta. Falcón no me quitaba los ojos de las piernas.

—Necesito visitar a mi cliente —le dije, cortante—. Y necesito que sea en privado.

—Por supuesto. Aunque me gustaría invitarla antes a un café. Así repasamos el expediente con más calma.

—El expediente lo manejo con el fiscal. Gracias.

Su secretaria, una morocha joven que se llamaba Brenda, entró a traer unos papeles. Vi la mirada cómplice que él le lanzó. Vi cómo ella dejó que la mano de él le rozara la cintura al pasar. Yo sabía lo que pasaba en esa oficina. Media ciudad lo sabía. Falcón cobraba favores con el cuerpo de las novias de los presos, y su secretaria era parte del espectáculo.

—La dejaré a solas con el detenido en su propia celda —dijo él finalmente, masticando la decisión como si fuera una concesión—. A los compañeros de cuarto los vamos a retirar unos minutos. Le damos un botón antipánico por si ocurre cualquier problema.

—Me parece un buen gesto —respondí.

No lo era. Era una trampa y yo lo sabía.

***

Brenda me acompañó por los pasillos. Los presos silbaban, me decían cosas que no voy a repetir, un par se llevaron la mano a la entrepierna cuando pasé. Ella se reía.

—Tranquila, doctora —me dijo—. Están meses sin ver una mujer. Cualquier cosa les parece una diosa.

Llegamos a la celda doce. Los dos compañeros de Nicolás salieron escoltados hacia otro pasillo. Brenda abrió la reja, me dejó entrar y cerró detrás de mí.

—Treinta minutos —dijo, y se fue.

Nicolás estaba sentado en la cama de abajo. Se levantó apenas me vio. Tenía una marca en el pómulo, un moretón reciente.

—¿Qué te pasó? —le pregunté.

—Nada. Una discusión.

—¿Por qué?

—Cosas de acá adentro. No importa.

Dejé el bolso en el piso. El botón antipánico lo saqué y lo apoyé sobre la almohada del catre. Un gesto automático, protocolar. Nunca debí hacerlo.

—Tengo buenas noticias —le dije—. Atraparon al otro. El juez aceptó el acuerdo. En cuarenta y ocho horas estás en tu casa con tobillera.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. No de alegría. De alivio. Lo vi acercarse con la cara rota y no pude sostenerle la mirada.

—Gracias, Valeria.

—Es mi trabajo.

—No. Es más que eso.

Me abrazó. Un abrazo de cliente agradecido, eso fue todo al principio. Lo abracé yo también, palmeándole la espalda como se palmea a alguien que acaba de recibir la noticia de su vida. Después él no me soltó. Después me besó.

Y yo le devolví el beso.

Treinta segundos. Ese es el tiempo que me di a mí misma para parar. Treinta segundos en los que pensé en el juzgado, en mi matrimonio, en la denuncia de ética, en la cámara que seguramente estaba grabando desde algún rincón. Después dejé de pensar.

Me llevó contra las rejas. Me giró de espalda y me apretó contra el metal frío. Mis pechos quedaron entre los barrotes, el vestido subido hasta la cintura, la tanga corrida a un costado. Su lengua recorrió mi cuello, mi oreja, el lóbulo donde todavía tintineaba el arito. Sentí su erección contra la curva de mi espalda y dejé escapar un sonido que llevaba meses sin hacer.

—Bajá la voz —me susurró él, con una autoridad que no le había escuchado antes—. Hay guardias en el pasillo.

—Pará un segundo —le dije.

—No puedo.

Se arrodilló detrás de mí. Me levantó todavía más el vestido y acercó la boca. Lo que vino después no tengo palabras para contarlo sin sonar vulgar, así que lo diré como lo viví: un hombre hambriento que no tocaba a una mujer desde hacía meses, y una abogada de cuarenta años que llevaba siglos sin que le hicieran sentir eso. Su lengua entró en mí y apreté los barrotes con las dos manos hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

—Callate —me decía cada tanto, entre lamidas—. Callate, Valeria.

No podía callarme. Empujaba las caderas contra su boca como si no fuera yo la que lo hacía. Una mano se metió entre mis piernas, dos dedos adentro, y su lengua subió hasta donde yo todavía no sabía que se podía llegar. Terminé contra las rejas, mordiéndome el antebrazo para no gritar.

Me dio vuelta. Me llevó al catre. Me sacó el vestido de una sola pasada y se sacó la remera con la otra mano. Me tiré de espaldas sobre ese colchón estrecho y él se dejó caer encima.

—Tenés que decirme que pare —me dijo, mirándome a los ojos—. Si no me lo decís ahora, no voy a poder.

—No pares.

Se bajó el pantalón hasta los tobillos. Lo tomé con la mano, lo guie hacia mí. Entró despacio, pulgada a pulgada, observándome la cara como si buscara en ella algún gesto de arrepentimiento. No lo encontró.

Empezó a moverse. Al principio lento, casi tierno, como si quisiera que durara. Después más fuerte. El catre crujía con cada embestida, los resortes chillaban, y yo clavaba las uñas en su espalda rayándolo con el recuerdo exacto de lo que estábamos haciendo. Me besaba mientras se movía, mezclando mi jadeo con el suyo. Me mordía el labio. Me agarraba del cuello sin apretar, sólo sosteniéndolo, como quien sostiene algo que se puede romper.

Me dio vuelta boca abajo. Me levantó las caderas hasta que quedé en cuatro sobre el catre miserable. Entró desde atrás y enterré la cara en la almohada donde él dormía hacía semanas, aspirando ese olor a hombre encerrado que en otro contexto me habría dado asco y que ahí me terminó de desarmar.

—¿Así te gusta que te cojan? —me dijo al oído.

—Callate.

—Decime.

—Sí.

Lo sentí sonreír contra mi cuello.

Terminó afuera, sobre mi espalda. Después se dejó caer a mi lado en ese catre para una persona y nos quedamos en silencio unos minutos, escuchándole la respiración. Le toqué la cicatriz del pómulo.

—¿Fue por mí? La pelea.

—Alguno dijo una estupidez sobre vos.

—Nicolás.

—¿Qué?

—No vuelvas a pelearte por mí. No valgo eso.

Se rio bajito.

—Yo decido lo que vale.

***

Me vestí apurada. Me acomodé el pelo mirándome en el reflejo oscuro de los barrotes. Agarré el botón antipánico de la almohada y lo volví a guardar en el bolso como si eso pudiera deshacer algo. Antes de salir me miré las manos: me temblaban.

Golpeé la reja. Brenda apareció al rato con esa sonrisa que yo ya no podía descifrar. Me escoltó hasta la salida por un pasillo distinto del de la entrada. Más discreto. Uno para las mujeres que salían como yo salía.

En el auto me quedé veinte minutos sin arrancar. Con las manos en el volante y el olor de él todavía pegado a la piel. Pensé que iba a llorar. No lloré. Pensé que iba a vomitar. No vomité. Pensé en todos los códigos de ética que acababa de romper y en todas las razones por las que mañana iba a seguir siendo su abogada.

Nicolás salió con tobillera cuarenta y ocho horas después. Volvió con su novia. Yo volví con mi marido, con mi estudio y con mi vida de mujer impecable. No hablamos más. No me mandó un mensaje, no vino a la oficina, no me buscó. Hizo lo que correspondía.

Y yo, desde entonces, cada vez que tomo un caso nuevo, cada vez que un hombre joven me mira desde el otro lado del vidrio con esa combinación de miedo y agradecimiento, me miro las manos bajo la mesa para comprobar que todavía no tiemblan.

Algún día van a temblar otra vez. Eso es lo que nadie me enseñó en la facultad.

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Comentarios (8)

Ceci_BA

increible!! me dejo sin palabras, sigue subiendo por favor

andrespaz22

El detalle del boton antipanico me mato jaja. Que forma de arrancar un relato

SolMarina27

queremos la segunda parte ya!!

lectora_ansiosa

Se siente tan real que pareciera que de verdad paso. Eso es lo mejor de los relatos de confesiones, esa autenticidad que no se puede inventar

Paula_reads

Buenisimo relato. Espero el siguiente pronto!

RodriS_22

jajaja 'ya no era su abogada'... creo que hay un chiste de abogados ahi lol

NataliRV

Uff, me dejo con los nervios de punta. Muy bien escrito, enhorabuena

CarlaM77

Por favor seguí escribiendo, tenes un estilo muy fluido y te engancha desde la primera oracion. Espero mas!

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