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Relatos Ardientes

La noche que volvió después de tantos meses

Hacía tres meses que no nos veíamos. Seiscientos kilómetros, en realidad, separaban nuestras camas cada noche, y cada llamada terminaba con una promesa que no terminaba de llegar. Cuando Sebastián me escribió que había comprado el pasaje, releí el mensaje cinco veces antes de creerlo.

Esa tarde elegí lencería negra. Encaje fino, casi inexistente, comprada el verano anterior y guardada para una ocasión que se había ido posponiendo. Me bañé despacio, me perfumé el cuello y las muñecas, y me senté en el borde de la cama a esperar.

Llegó pasadas las nueve. Lo escuché en la escalera antes de verlo, y cuando abrió la puerta del departamento ya tenía el bolso colgado de un hombro y los ojos clavados en mí. No dijo hola. Dejó el bolso en el suelo y caminó hacia mí con esa calma que tiene cuando sabe exactamente lo que quiere.

—Pensé que el viaje no iba a terminar nunca —me dijo bajito.

—Yo también —le respondí.

Me besó como si llevara semanas ensayando ese beso. Sus manos buscaron primero mi cara, después mi cintura, y ahí supe que la noche iba a ser larga.

***

No me acuerdo bien de los primeros minutos. Sí me acuerdo de cómo me levantó del borde de la cama, de cómo me dejó caer sobre él cuando se sentó contra el respaldo, de la forma en que mis senos quedaron presionados contra su pecho mientras sus manos recorrían mi espalda baja. Apoyé la mandíbula sobre su esternón y lo miré desde abajo. Tenía esa expresión de hambre que le conocía de memoria.

—Esto es perfecto —le susurré rozándole la piel con los labios.

Mi voz le hizo algo. Sin contestar, me agarró de la cintura con fuerza y me deslizó hacia arriba, sentándome sobre su pecho. Mis pies quedaron cruzados detrás de sus hombros, y la nueva posición le cortó el aliento de un modo que escuché perfectamente.

Me tomé mi tiempo. Acaricié mis senos con las dos manos, dejé que una bajara despacio por el vientre, hasta colarse por debajo del encaje de la tanga. Apreté las rodillas contra los lados de su cara y subí las caderas hasta casi rozarle la barba con la tela ya empapada.

***

Después me contó que en ese momento se le borró el mundo. Que la luz del velador me dibujaba la silueta y que él, durante un par de segundos, no supo qué hacer con tanto. Lo que sí hizo fue clavarme los dedos en las nalgas y mirarme de un modo que me hizo arder.

—Te ves hermosa así —me dijo con la voz rota—. No voy a poder pensar en otra cosa nunca más.

Cerró los ojos cuando le apreté la cara con las rodillas. Sentí su respiración chocar contra el encaje, y después sus labios buscando el contacto a través de la tela. Su barba me raspaba con una fricción que me hizo soltar el aire de golpe.

—No te detengas —murmuró contra la lencería—. Dejame probarte así, a través del encaje.

Sus manos subieron de las nalgas a la cintura y me guiaron para que el roce fuera más profundo. Le encantaba que me tocara delante de él. Me lo había dicho mil veces por teléfono, y mil veces se lo había prometido. Esa noche cumplí.

***

Eché la cabeza hacia atrás y me dejé llevar. Sus manos se habían movido de la cintura a los muslos y los apretaban con esa posesividad que me ponía mal. Mis caderas hacían un vaivén corto sobre él, y yo sentía cada exhalación caliente quemarme a través del encaje.

Apreté las piernas otra vez. Sus mejillas estaban rojas, hirviendo, y yo sabía que esa fiebre tenía mi nombre.

El pulgar le empezó a jugar con el borde de la tanga. Bajó por el inicio de mi vulva, exploró sin entrar todavía, hasta que se le acabó la paciencia. Enganchó la tela con los dedos y la corrió a un lado. Cuando el pulgar encontró el centro, me arqueé.

—Por fin —lo escuché decir, aunque no estaba segura de si lo había dicho él o lo había pensado yo.

***

—Por fin sos vos, sin nada en el medio —repitió, esta vez con la boca pegada al muslo—. Estás ardiendo, Camila. Quiero sentir cada grado de ese fuego.

El pulgar se movía con una lentitud calculada, dibujando círculos sobre mi clítoris, buscando el ritmo exacto que me hacía perder el control. Mis muslos temblaban contra sus mejillas. Yo no sabía si lo que sentía era placer o algo más fuerte que no tenía nombre.

Levantó la cabeza apenas lo suficiente para encontrarme la mirada. Su pulgar siguió trabajando, acelerando justo cuando empezaba a perder el hilo.

—Mirame —me pidió, el aliento chocándome contra el vientre—. Quiero verte el momento exacto en que te quebrás.

Bajó otra vez. Pero esta vez no fue el pulgar. Su lengua reemplazó al dedo en un movimiento largo y firme que me hizo soltar un grito ahogado. Me probó con un hambre que se había estado acumulando desde que me había abierto la puerta, y se entregó por completo a lo que estaba haciendo.

***

Le hundí los dedos en el pelo y lo empujé más contra mí. Mis caderas marcaban un ritmo cada vez más rápido. Su lengua probaba todo, sin descansar, y yo lo alentaba con frases cortadas que apenas reconocía como mías.

—Así, así —fue lo único que pude armar.

El ritmo era una cosa hipnótica. Respondía a mis movimientos, encontraba cada terminación nerviosa, las explotaba una por una. Sentí mis muslos cerrarse sobre su cara, el aire de la habitación volverse pesado, la electricidad de un clímax inminente subiendo desde algún lugar profundo que llevaba meses esperando.

Su mano izquierda dejó la nalga y se abrió camino entre mis piernas por detrás. El dedo medio encontró esa otra entrada, más discreta, y la rondó sin entrar todavía.

—Carajo —se me escapó casi como un grito.

Mis caderas se levantaron sin preguntarme. Busqué apoyo en la cabecera de madera, me agarré con las dos manos, y empecé a moverme sobre su cara con una urgencia que ya no era mía.

***

El golpe rítmico de la cabecera contra la pared marcaba el compás. No me importó que los vecinos escucharan. Llevaba tres meses callada y esa noche no quería callarme nada.

—Ni se te ocurra contenerte —lo escuché gruñir contra mi piel—. Quebrate acá, sobre mi cara. Dame todo.

Sus dedos se movían en una coordinación obscena. Uno trabajaba el clítoris desde afuera, el otro reclamaba ese territorio nuevo desde atrás, y la lengua mantenía un ritmo propio en el centro. Era demasiado. Mi cuerpo no sabía a qué responder primero.

Me sostuvo de los muslos con las dos manos, anclándome a su cara, asegurándose de que no pudiera escapar. La humedad era tanta que sus dedos se deslizaban con una facilidad que me daba vergüenza, una vergüenza que también era parte del placer.

—Vení para acá —susurró, intensificando todo al mismo tiempo—. Mostrame cómo te explota el cuerpo.

***

No tuve más fuerzas. Me dejé caer sobre él, arqueé la espalda, tiré la cabeza hacia atrás, y me hundí en un gemido que salió desde un lugar que no conocía. Sentí su lengua entrar más profundo, sus dedos seguir el ritmo, y entonces el cuerpo entero me empezó a vibrar.

El clímax fue un sismo. No exagero. Los oídos se me taparon por unos segundos, perdí la noción del techo, del cuarto, de los kilómetros que nos habían separado durante meses. Lo único real era ese cuerpo debajo del mío y la certeza de que no me iba a soltar.

Lo escuché decir algo, pero no entendí las palabras. Algo como «ahí estás» o «ya está». Mis sentidos tardaron en volver.

***

El silencio que vino después fue casi sagrado. Me derrumbé sobre él y me recibió con los brazos abiertos. Sentí su corazón latir contra el mío, los dos a un ritmo frenético que de a poco empezó a encontrar la calma.

—Te tengo, mi amor. Te tengo —me susurró al oído mientras hundía la cara en mi pelo—. Quedate ahí.

Me quedé quieta. Dejé que el peso de mi cuerpo se acomodara sobre el suyo, que la respiración se normalizara, que la habitación dejara de girar. El aire seguía cargado con el olor de lo que acabábamos de hacer, y eso me hacía sonreír sin querer.

Sus manos empezaron a recorrerme la espalda con caricias lentas, en círculos, bajándome la temperatura con la punta de los dedos. Me besó el hombro, después la mejilla, y al final buscó mi boca para un beso que ya no tenía nada de la urgencia de antes. Era un beso lleno de una ternura que me desarmó más que todo lo anterior.

Se acomodó en las almohadas y me llevó con él hasta que mi cabeza descansó sobre su pecho, justo encima del corazón, que todavía latía fuerte por mí.

—Tres meses —dijo en voz baja, después de un rato.

—Tres meses —repetí.

—Que no se repita.

—No se va a repetir.

Le creí. Y por primera vez en mucho tiempo, me dormí sin mirar el celular, sin contar las noches que faltaban para verlo otra vez. La distancia se había terminado al menos por unos días, y eso me alcanzaba para empezar de nuevo.

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Comentarios (8)

Nati_cba

me dejaste sin palabras... que relato tan hermoso

SolMartinez

Por favor seguila!!! quedé con tantas ganas de saber cómo termina todo. Me atrapó desde la primera línea y no pude parar.

RobertoMdp

Me recordó a un reencuentro que tuve hace unos años. Esa mezcla de ansiedad y deseo que describe es exactamente así, no cambia nada con el tiempo. Muy autentico, felicitaciones.

claudia_bsas

increible!!! 🔥🔥

LoboDeLibros

Hay algo en los reencuentros que pocas veces se logra describir bien, y acá está muy logrado. La forma de contar esa mezcla de nervios y deseo sin apuro es lo que hace que te quedes pegado al texto hasta el final. Excelente trabajo.

Meli_GBA

Pregunta sincera, esto es real o ficcion? porque suena demasiado autentico jaja

Facu_Granda

la barba como detalle... eso lo entendemos todos jajaja. Grande.

Lector_nocturno77

De las mejores confesiones que lei aca ultimamente. Corta pero intensa, justo como tiene que ser.

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