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Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando fui a pagar al mecánico

Esto fue hace dos años, un poco más. Tenía las vacaciones previas al viaje de fin de curso; esa semana larga sin clase me pesaba como si el tiempo se hubiera detenido. Me levanté sin apuro y bajé a tomar mate. Mi papá estaba en la cocina, ya vestido, con la prisa del que tiene todo planeado y algo le falló de último momento.

—Necesito que hagas algo hoy —me dijo mientras vaciaba su taza—. Tengo que mandarte plata al taller de Horacio. Necesita la mitad adelantada para arrancar con el auto.

Mi mamá había viajado por trabajo a otra provincia. Le pregunté si podía ir más tarde. Me dijo que no, que Horacio necesitaba empezar esa mañana porque tenía que dejarle el auto listo antes del fin de semana; él viajaba al norte por un trabajo importante y no había margen.

Me dio dos sobres unidos con una bandita elástica. Se fue. Me quedé sola en la cocina, mirando los sobres sobre la mesa, tomando el último mate frío.

***

Hacía calor. No era el calor húmedo de tormenta sino el seco del sol directo, el que te pega en los hombros y en la nuca y no te suelta hasta que encontrás sombra. Decidí ponerme una pollera liviana de tiro bajo y una musculosa de algodón. Sin corpiño; el calor lo hacía imposible. Los pezones se me marcaban un poco, pero lo consideré y lo dejé así. Me puse una tanga nueva que aún tenía ese olor a ropa sin estrenar; cuando me la acomodé sobre la cadera, sentí un pequeño escalofrío que me recorrió la espalda de punta a punta. Chatitas en los pies. Me cepillé el pelo suelto, me puse unos anteojos de sol negros y guardé los sobres en una mochila chica ajustada al cuerpo.

Salí.

La vereda irradiaba calor desde abajo. Era un martes de semana y la ciudad tenía ese ritmo lento del que trabaja sin ganas. Los hombres me miraban. Lo notaba en la espalda, en las piernas, en el cambio de cadencia de mis caderas cuando me sabía observada. Hay algo en eso que aprendí en esa época: que el cuerpo responde solo, que la forma de caminar se modifica cuando hay miradas, como si supiera que está siendo visto y quisiera estar a la altura. Caminé seis cuadras así, con esa mezcla rara de vergüenza y algo parecido a la satisfacción.

En una esquina, el viento me levantó la pollera de golpe. La bajé rápido, pero no lo suficientemente rápido.

—¡Qué regalo! —gritó alguien desde un auto en movimiento.

Me sonrojé. Caminé más rápido.

***

El taller de Horacio quedaba sobre una calle ancha, entre una ferretería y un local de repuestos. Reconocí la entrada: una cortina de tiras de plástico amarillo que se movían con la corriente de aire que salía del interior. Entré.

Adentro era oscuro y olía a aceite, a metal quemado y a algo más difícil de nombrar: ese olor específico de los lugares donde los hombres trabajan con las manos todo el día. Había tres o cuatro autos en distintas etapas de desarme. Uno de los mecánicos, agachado debajo de un capó, se incorporó cuando me vio entrar y no volvió a agacharse.

Se acercó otro, más joven, con las manos negras de grasa hasta las muñecas.

—¿En qué te puedo ayudar?

—Busco a Horacio. Tengo que dejarle algo de parte de mi papá.

—Horacio no está. Pero está Matías, el hijo. ¿Querés que le avise?

—Sí, gracias.

Subió una escalera de metal que crujió bajo sus pasos. Me quedé abajo, sintiendo que varios pares de ojos se habían reposicionado hacia mí. Cada tanto, un golpe metálico me hacía pegar un salto. Me saqué los anteojos y los apoye sobre el pelo.

Arriba había una oficina con ventanal de vidrio y persianas americanas. Las persianas estaban a medio cerrar, pero alcancé a ver que alguien las separó con un dedo para mirar hacia abajo. Me miraba a mí. No apartó el dedo.

El mecánico volvió.

—Te dice que subas.

Miré la escalera. Era alta, de hierro, con escalones de rejilla metálica que dejaban ver el piso a través. Agarré la pollera con una mano y empecé a subir lentamente, tratando de no pensar en lo que se podía ver desde abajo. Aunque de todas formas lo pensé.

Llegué arriba y golpeé el vidrio de la puerta.

—Pasá —dijo una voz desde adentro.

***

Matías estaba descolgando algo de la pared. Era más joven de lo que esperaba, quizás unos diez años más que yo, con una camisa de manga larga arremangada hasta los codos. En los antebrazos tenía un tatuaje oscuro, tribal. Tenía una sonrisa amplia, de dientes grandes y blancos.

—¡Ja! La saco para que no se ponga celosa de vos —dijo, arrancando un póster donde se veía una modelo rubia con sonrisa de publicidad.

Me reí sin querer.

—¿No te acordás de mí? —preguntó.

Lo pensé. Recordaba haber ido de chica al taller con mi papá, pero a él no lo tenía en ningún recuerdo concreto.

—Eras muy chiquita —dijo—. Venías con el polaco y yo te traía acá arriba y vos dibujabas en los cuadernos de repuestos.

—Bielorruso —corregí.

—Es lo mismo, igual se nota. Sos blanquísima. —Me miró de arriba abajo, sin disimulo—. Creciste mucho distinto de lo que imaginé. Venías flaquita, ahora tenés más curvas que la ruta de montaña.

Dejé la mochila en el sillón que me señaló y me senté frente al escritorio. Estuvimos hablando un rato. Me preguntó por el colegio, por el viaje de fin de curso. Se rió cuando le conté que salíamos la semana siguiente.

—El caos que se viene —dijo—. ¿Querés comer algo? Todos bajan al mediodía; yo me pido algo acá arriba. Te invito si querés.

Dudé. No tenía hambre, pero tampoco quería irme todavía.

—Dale —dije.

***

Pidió por teléfono. Llegó la comida en veinte minutos: dos porciones de pasta con tuco y una botella de agua fría. La puso sobre el escritorio de vidrio, me sirvió y me pasó el tenedor.

Hacía calor en la oficina. La musculosa se me pegaba al cuerpo. Matías hablaba y me miraba, pero cada tanto su mirada bajaba a mis piernas o se deslizaba hacia el límite de la pollera. Yo lo sabía. Lo dejaba. De vez en cuando bajaba la tela con la palma de la mano, pero sin convicción real; más bien como un gesto que reconocía lo que estaba pasando sin querer interrumpirlo.

Cuando tuve que cortar la pasta, necesité las dos manos y el tenedor empujó el cuchillo al piso. Me agaché a recogerlo. Cuando me incorporé, vi que él miraba directo adonde debía estar mirando.

El agua estaba helada. Cuando tomé, me resbaló un poco por la comisura y cayó en la pollera y también en el muslo. Él se levantó, me trajo un trapo, me limpió el mentón y la gota que había caído sobre la pierna. Se quedó con el trapo en la mano un segundo de más.

—Disculpá —dijo.

—No importa.

—¿Tenés novio?

Me atraganté.

—No.

Arqueó las cejas. Miró otra vez el triángulo que formaba mi pollera sobre los muslos.

—Es increíble eso —dijo, sin especificar qué era lo increíble.

Se levantó a levantar los platos. Yo aproveché para respirar despacio.

***

—Te doy la plata y me voy —dije cuando volvió.

—Sí, cuando quieras.

Fui hasta el sillón. Me agaché para abrir la mochila y cuando lo hice sentí que la pollera se levantó en la parte de atrás, más de lo que debía. Me quedé así unos segundos, fingiendo que buscaba entre las cosas.

—Por favor —dijo desde atrás, en voz baja—. No te muevas más nunca.

Me incorporé despacio y me di vuelta con el sobre en la mano.

Lo acerqué. Lo tomó, y sus dedos rozaron la parte superior de mi pecho cuando lo agarró. Los sentí fríos contra mi piel caliente. Abrió el sobre sobre el escritorio y contó los billetes dos veces.

—Falta la mitad —dijo.

Se me cayó el estómago.

—¿Cómo?

—Tu papá mandó la mitad del presupuesto. No puedo arrancar con esto.

—Pero él me dijo que era todo.

—No sé lo que te dijo. Acá hay la mitad.

Me explicó que el repuesto llegaba al día siguiente y que el proveedor no le dejaba nada fiado, que quería la plata completa en mano. Que sin eso el trabajo quedaba para otro día y el auto no estaría listo antes del fin de semana.

—Matías, mi papá viaja al norte por trabajo. Necesita el auto sí o sí.

—Lo sé. Pero no es plata que yo tenga disponible ahora mismo.

Le empecé a rogar. Le dije que llamara a mi papá, que esperara hasta mañana, que algo se podía hacer. Él escuchaba con el ceño apenas fruncido, sin ceder.

Me puse de rodillas.

No lo planeé. No hubo ningún cálculo. Me bajé del sillón y me arrodillé frente a él, apoyé los codos sobre sus rodillas y lo miré desde abajo con los ojos muy abiertos.

—Por favor —dije—. Necesitamos el auto.

Él me miraba sin hablar. Su mandíbula se tensó. Vi cómo el pantalón se tensaba también, justo donde estaban mis codos apoyados.

Deslicé una mano despacio a lo largo de su pierna. Llegué al borde.

—Quizás tengo algo de plata acá —dijo con la voz cambiada.

—¿Sí? —dije, e incliné la cabeza hasta apoyarla en su rodilla.

Me abrió los labios con el pulgar. Lo recibí con la punta de la lengua, hecha lanza.

***

Los dos respirábamos distinto. Él fue con las manos al botón del pantalón y lo frené. Moví la cabeza: todavía no. Le abrí las piernas y me metí entre ellas, sosteniéndole la mirada. Desabroché el pantalón con calma, primero el botón, después la cremallera. Introduje la mano. Estaba caliente y semiduro todavía; lo saqué con cuidado, forzando la tela, y rebotó un poco al quedar libre.

Comencé a masajearlo de arriba abajo. Escupí la palma.

—¿Podés? —pregunté.

—Sí —dijo, en un hilo.

—Bien.

Acerqué la boca despacio, sin apuro. Saqué la lengua y dejé que la saliva cayera en punta sobre la cabeza rosada. Él echó la cabeza hacia atrás, pero la volvió de inmediato; quería ver todo. La lengua en círculos primero, después la boca entera, con la presión justa, sin prisa. Me agarró la cabeza con las dos manos; le saqué las manos. No dejé de mirarlo en ningún momento.

Le pasaba la lengua por debajo, dejaba caer más saliva, le daba besos en el frenillo y volvía a tomarlo entero. Me gustaba eso: tenerlo completamente quieto mientras yo hacía exactamente lo que quería, a la velocidad que yo elegía, sin que pudiera pedirme más.

—Sos increíble —murmuró.

Me paré.

***

Se levantó. Me giró. Me dio besos en el cuello, despacio al principio, después con más intención. Una mano fue directo por delante, bajo la pollera, explorando. Sus dedos eran grandes y directos; encontraron lo que buscaban antes de lo que esperaba. Mis rodillas chocaron. Gemí por primera vez.

Me subió la pollera hasta la cintura. Me bajó la musculosa con la otra mano hasta dejar mis pechos libres. Los sentí pesados y calientes. Me corrió la tanga a un costado con un movimiento brusco.

Se agachó detrás de mí. Le llevó un momento encontrar el ángulo; cuando lo encontró, los dedos que seguían trabajando por delante entraron y contraje toda la pelvis de golpe.

—Cogeme ya —dije. No lo pensé; simplemente lo dije.

Se paró. Me irguió. Nos besamos un momento largo, sin apuro. Luego me empujó despacio hacia el escritorio de vidrio y apoyó mi mano contra la superficie fría. Los pezones chocaron con el vidrio y se endurecieron de inmediato.

Entró despacio. Sentí los tejidos abrirse, el calor meterse y expandirse adentro. Me quedé quieta un instante, acostumbrándome. Después empezamos a movernos juntos, encontrando un ritmo que fue creciendo de a poco, como sube el volumen de algo que arranca suave. Me agarraba de las caderas. Yo apoyaba la frente en el vidrio frío y escuchaba mi propio pulso en las sienes.

Estuvimos así un buen rato, juntos y presentes. Sin apuro. Con un ritmo parejo que fue subiendo hasta que me costó quedarme callada.

***

Me cargó con las manos bajo el culo, sin salir, y me llevó hasta el sillón. Me senté sobre él. Comencé a moverme, despacio al principio, después más rápido, más fuerte. Me chupaba los pezones. Yo cerraba los ojos y sentía el cosquilleo crecer desde la pelvis hacia arriba, hacia adentro, hacia todos lados.

Me puso la mano en la boca. Chupé sus dedos.

Me dio una cachetada suave en la mejilla.

—Más —dije sin querer.

Me volvió a pegar. Más suave todavía, pero con intención clara.

—Sí... dale, dame más.

Me agarró del pelo con una mano. La otra me golpeó la mejilla de nuevo, suave pero precisa. Yo seguía moviéndome sobre él. Todo el cuerpo era temperatura.

Empecé a gemir más fuerte. Él tiró la silla hacia atrás de un golpe y me paró de las caderas.

***

Me puso en cuatro contra el escritorio. Otra vez el frío del vidrio contra los pezones.

—Pará —dije—. Espera.

—Shh.

Se arrodilló. Me separó las nalgas con las dos manos y me lamió. Fue violento y húmedo y completamente necesario. Mis piernas temblaban solas.

Se paró. Escuché que se escupía la palma. Volvió a entrar. Después, despacio, llevó un dedo hacia donde no esperaba.

Intenté apartarle la mano con el brazo. Me lo sujetó y lo llevó hacia adelante.

El dedo fue entrando de a poco. Dolía, pero el dolor era parte de algo más grande, algo que crecía desde adentro hacia afuera y que no quería que parara. Fui subiendo el volumen de los gemidos a medida que todo se movía al mismo tiempo, en ritmos distintos que de alguna forma encajaban.

La otra mano me buscó la boca. Metió el dedo y lo mordí. Se quejó.

Entonces salió. Escupió. Entró por el otro lado, sin pedir permiso.

Grité. Junté las rodillas por el instinto. Fue lento al principio y dolía mucho, pero también había un calor que llenaba todo y una presión que me dejaba sin aire de una forma que no era mala. El cuerpo fue acomodándose de a poco, abriendo espacio donde no creía que lo hubiera.

El ritmo creció hasta que escuché su pelvis golpear contra mi cola en cada movimiento. El agua se me caía entre los pechos. Apoyé la mejilla de costado contra el vidrio frío y miré el escritorio vacío, sin ver nada.

Escuché que se acercaba al final. Salió. Me tomó del pelo. Entendí. Me puse de rodillas y lo miré desde abajo, como al principio.

Se masajeó frente a mi cara. Cerré los ojos. Sentí el calor y la textura sobre mi piel primero, y después el peso de todo lo que había pasado en esa oficina pequeña y calurosa, con el taller entero funcionando un piso más abajo.

Lo miré. Sonreí.

***

Nos abrazamos después, sin prisa. Él me trajo una toalla limpia del baño que había al fondo y me limpié la cara y el cuello.

—Te toca a vos ahora —dijo en broma.

Me reí.

Escuché el taller abajo, los golpes metálicos, una radio que alguien había prendido. El ruido de siempre, como si nada.

—¿Están todos ahí abajo? —pregunté.

—Sí. Comen en la oficina de abajo.

Cerré los ojos. Sentí la vergüenza subirme por el cuello, caliente y precisa.

Busqué la tanga, me la acomodé. Me bajé la musculosa, me acomodé la pollera.

—Me voy —dije—. Mañana te traigo la plata que falta.

—No hace falta. Quédatela para el viaje.

Le di un beso rápido. Busqué el celular en la mochila para ver la hora y vi el sobre y la bandita elástica rota dentro.

—No me animo a salir.

—Tranquila. No escucharon nada —dijo. No sonaba del todo convencido, pero me lo dijo con calma, como quien ya no tiene mucho que agregar.

Se sentó. Abrió un cuaderno y empezó a mirar algo, como si ya hubiera pasado de página.

Salí.

Bajé la escalera de metal despacio, agarrándome del pasamanos con una mano y la pollera con la otra. Desde abajo, uno de los mecánicos me miraba hacia arriba. Cuando llegué al galpón, los demás levantaron la vista. Uno le dijo algo al de al lado sin separar los labios. Otro me miró a los ojos un segundo y después miró para otro lado, con algo que parecía una sonrisa controlada. Crucé el galpón entero hasta la cortina de plástico sin detenerme.

Me puse los anteojos. Salí a la calle.

El sol pegaba igual que antes. Mis piernas caminaban solas, un poco más lentas, un poco más torpes. Sentía el calor irradiar desde adentro hacia afuera, desde las caderas hacia arriba, desde la piel hacia el aire.

Tardé el doble en llegar a casa. Caminé despacio, con los anteojos puestos, sin pensar en nada concreto.

Nunca le conté nada a nadie.

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Comentarios (10)

CarlitosR

que relato!!! me quede pegado hasta el final, no lo esperaba para nada

Lector_feliz

Por favor una segunda parte, me quede con las ganas de saber como siguio todo

Fernando

jajaja me mato el titulo, sencillo pero te engancha de entrada. buenisimo

Rosario_T

Me encanto como esta contado, se siente autentico. Ese tipo de situaciones inesperadas son las mejores

papillon68

excelente!!!

RobertoBA

Me recordo algo parecido que viví hace unos años... la mia no termino tan interesante jaja. Muy buen relato

DiegoMza

de lo mejor que encontré en confesiones, muy natural. Segui escribiendo!

Tomas_BR

ese detalle inicial me engancho enseguida, le da mucha credibilidad. genial

Monica_BA

Tremendo!! esperando mas relatos asi :)

Fede_Cba

Se hizo cortisimo, quería que siguiera mas! muy bueno

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