La noche que me vendieron en el almacen del pueblo
Me llamo Marta, tengo 44 anos y esta es la confesion que nunca pense escribir. La noche en que deje de pertencerme a mi misma empezo con mi hija Sofia organizandolo todo como si fuera un evento privado.
Cuatro hombres. Los habia seleccionado ella de entre los clientes mas frecuentes de nuestra tienda de abarrotes, los que mejor pagaban, los que mas insistian. Sofia estaba en la entrada del almacen con un vestido oscuro que la hacia parecer mayor de sus veintitres anos. Yo la miraba desde adentro, separada por una cortina gruesa, y podia ver en sus ojos lo mismo que sentia yo: que estabamos a punto de romper algo que no se podia reparar.
—Bienvenidos —escuche que dijo con voz firme, aunque yo conocia cada quiebre de esa voz y sabia que estaba temblando—. Las reglas son claras: preservativo siempre, nada de golpes, mordidas ni marcas. Terminan y salen para que entre el siguiente.
Adentro, yo esperaba de pie junto a la pared del fondo. Ellos habian elegido lo que usaria. Un arnes de cuero que enmarcaba mis pechos y mi sexo sin cubrir nada, un collar con una cadena corta, una tanga abierta y botas de tacon que me hacian temblar las piernas. Me habia maquillado exagerando todo, los labios rojos, el delineador grueso, como una caricatura de lo que estaba a punto de ser. Por suerte ya no me quedaban lagrimas. Las habia gastado todas en los dias anteriores.
Sofia me presento como "la atraccion de la noche". Habiamos acondicionado un rincon del almacen con unas luces bajas, un colchon cubierto con sabanas limpias y la cortina que separaba mi espacio del de ellos. Podia escuchar sus voces, sus risas, el sonido de vasos. Estaban bebiendo.
Antes de que empezara todo, habia hablado con Sofia a solas. Le tome las manos y le dije:
—Hija, esta noche va a ser terrible para las dos. Pero necesito que entiendas algo: las cosas no van a salir exactamente como las planeaste.
—¿De que hablas, mama? —me respondio, y vi el miedo cruzarle la cara.
—Estos hombres cambian cuando entran ahi. Se vuelven otra cosa. Vas a tener que dejar que pasen ciertas cosas. Solo intervienes si de verdad es necesario. ¿Me entiendes?
No me entendio del todo. Pero yo sabia que lo haria cuando llegara el momento.
***
El primero en cruzar la cortina fue el concejal. Bernardo, cuarenta y tantos, delgado, con un bigote espeso y esa sonrisa ensayada que usaba en cada acto publico. Antes de esto jamas habiamos cruzado mas que saludos en la calle. Pero aqui, en esta penumbra, no quedaba nada de esa cordialidad.
Se fue quitando la ropa con calma. Primero el saco, doblado con cuidado sobre una silla. Luego los zapatos, el pantalon. Se quedo en camisa y calzoncillos mientras se desanudaba la corbata, mirandome todo el tiempo con esos ojos que ya no sonreian. Me miraba como se mira algo que se acaba de comprar.
Camino hacia mi y se detuvo muy cerca. Me sacaba mas de una cabeza. Estiro la corbata entre sus manos, produciendo un chasquido que me erizo la piel, y sin decir palabra me ato las munecas con ella. Levanto mis brazos por encima de mi cabeza y me empujo contra la pared.
Su boca cayo sobre la mia. Sabia a menta y a algun licor fuerte. Me besaba con violencia, mordiendo, invadiendo, mientras una de sus manos bajaba a mi pecho y apretaba con la misma brutalidad. Yo cerre los ojos y algo se rompio adentro. No fueron las lagrimas que ya no tenia, fue algo mas profundo. El hecho de sentir en mis labios una boca que no era la de Andres, mi marido muerto, me destrozo. Intente mover el cuerpo para apartarme, pero me tenia inmovilizada con su peso y sus manos.
Sofia, no entres, por favor no entres, repetia en mi mente. No queria esto, pero necesitabamos ese dinero. Era el punto sin retorno.
No supe en que momento se termino de desnudar. Solo vi su miembro enfundado en el condon rozandome entre las piernas. Quise gritar que parara. No lo hice. Ya no por miedo, sino por resignacion.
Me levanto una pierna y me penetro de pie, de un solo empujon. Me quede sin aire. El unico hombre que habia estado dentro de mi habia sido Andres, y hacia mucho tiempo. La falta de lubricacion lo convirtio en un dolor agudo que me arranco un grito ahogado.
Comenzo a moverse con fuerza, metiendose entero con cada golpe, mientras sus dedos retorcian mis pezones y su boca volvia a aplastar la mia. Yo apretaba los ojos por el dolor.
—Dilo, zorra. Di que te gusta que te folle un hombre de verdad.
—Me... me gusta —solloce.
—¡Mirame cuando me hables! —me sujeto la cara con una mano, obligandome a abrir los ojos.
—Me gusta que me folle un hombre de verdad —repeti mirandolo, con los ojos humedos y la voz rota.
Me llevo al colchon y me abrio las piernas al maximo. Ahi senti todo, cada centimetro, desde la primera embestida. Minutos de penetracion en los que no pare de gemir y sollozar hasta que lo senti terminar. El condon se lleno dentro de mi. Y entonces, para mi verguenza, mi cuerpo me traiciono. Arquee la espalda y un orgasmo me sacudio entera.
Se levanto, tiro el condon en el bote que habiamos dejado para eso y salio sin decirme nada. Afuera escuche aplausos, risas, felicitaciones, como si hubiera ganado un trofeo. Yo era el trofeo.
***
—¡El siguiente! —escuche gritar a Sofia con la voz quebrada pero furiosa.
Entro un transportista corpulento, de pueblo vecino, con las manos asperas y olor a camino. Se desnudo rapido pero acomodo su ropa con cuidado en la silla, un detalle que me sorprendio. Se acerco al colchon donde yo seguia tirada, inerte, como una muneca usada.
El fue distinto. Me beso despacio, con una ternura que no esperaba. Su boca sobre la mia se sentia como la de Andres, y por un segundo horrible crei que era el. Lo abrace sin pensarlo, me aferre a su espalda, y cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo lo solte asustada.
Bajo con la boca por mi cuello hasta mis pechos. Los lamio con suavidad mientras un dedo se deslizaba entre mis piernas. Un choque electrico me atraveso y gemi con fuerza, todavia sensible por el orgasmo anterior. Su cabeza siguio bajando hasta quedar entre mis muslos.
—¿Que... que haces? —dije confundida.
No respondio. Su lengua me recorrio entera y gemi tan fuerte que seguramente los de afuera escucharon todo. Andres lo habia hecho pocas veces. Esto era distinto, era lento, insistente, y cada vez que intentaba pedirle que parara un nuevo lengüetazo me arrancaba otro gemido. Mi cuerpo me aviso lo que venia. Y llego. Otro orgasmo, mas intenso que el anterior.
Sin dejarme recuperar, se sento y me jalo sobre el. Quede a horcajadas, con mis manos en sus hombros para no caerme. Me bajo lentamente sobre su miembro y una ola de placer me lleno por dentro. Comenzo a moverme de adelante hacia atras mientras hundia la cara entre mis pechos.
—Que tetas mas ricas. Me vuelven loco —decia buscando mis pezones con la boca—. Son las mas hermosas que he tocado.
—Gra... gracias —dije entre jadeos, sin saber por que respondi eso.
Cuando termino, se fue en silencio. Agradeci no haber tenido otro orgasmo, aunque me dejo al borde.
***
El tercero fue un vecino de dos calles mas abajo. Rogelio, calvo, gordo, bajito, casi de mi estatura. Siempre me saludaba con una sonrisa amable cuando yo pasaba frente a su casa. Ahora no habia sonrisa, solo una mueca hambrienta.
Se desnudo con torpeza, casi tropezando con sus propios pantalones. Se puso el condon y se lanzo sobre mi. Agarro mis pechos con las dos manos como si fueran algo que llevara anos queriendo tocar, estrujando, pellizcando, chupando con rudeza. Yo me mordia los labios para no gritar.
—¡Eso, zorra! ¡Siempre supe que eras una golfa! Desde el primer dia que te vi quise agarrar estas tetas enormes.
—Por favor... no diga eso —le pedi, pensando en todas las mananas que le habia devuelto el saludo sin saber lo que pensaba.
Me penetro con movimientos torpes y rapidos, resoplando como un animal. Duro un par de minutos. Antes de terminar se abalanzo sobre mi pecho y me mordio un seno con fuerza. Grite de dolor. Senti como eyaculaba mientras sus dientes seguian clavados en mi piel. Se levanto y salio.
Me sente y mire la marca roja palpitando en mi pecho.
—¡Le dije que sin mordidas! —escuche a Sofia gritarle cuando salio. Su voz temblaba de rabia.
Saber que ella lo habia visto todo, que no habia apartado la mirada ni un segundo por si tenia que intervenir, me dolio mas que la mordida.
***
El ultimo fue Don Ignacio. Y fue el peor.
Entro sin prisa. Se sento en la silla, cruzo las piernas y me miro como quien examina ganado.
—Ponte a cuatro patas y enseñame ese culo, perra.
Ya no tenia dignidad. Ya no pensaba. Solo obedecia. Me puse en cuatro sobre el colchon.
—Ahora sacudelo. Bien. Ahora girate y ven gateando hacia mi.
Me arrastre hacia el sin levantar la vista del suelo. Cuando estuve a sus pies, me tomo la barbilla y me obligo a mirarlo.
—Pideme que te folle.
—Follame —dije con voz mecanica.
—No, putita. Dilo bien. Pidelo por favor.
—Follame... por favor —y esta vez casi llore al ver su sonrisa de triunfo.
—¡Señores! —grito hacia la cortina—. ¡La golfa tetona del pueblo esta rogando que la follen! —se rio con ganas y escuche las carcajadas de los otros al otro lado—. Pues te voy a dar lo que pides.
Me llevo al colchon y me puso a gatas. Escuche como escupio y senti su saliva caliente resbalar entre mis piernas. Tomo mis caderas y se fue metiendo despacio, centimetro a centimetro.
—Que caliente estas, perrita. Y como aprietas —me susurro al oido mientras agarraba mis pechos desde atras—. Siempre me pregunte que se sentiria cogerte. Le regalaba lenceria a mi mujer y me la follaba pensando en ti.
Todo lo que decia me causaba repulsion. Siguio moviendose, contandome sus fantasias mientras me usaba, hasta que por fin termino. Yo tambien tuve un orgasmo, aunque quise creer que fue de alivio porque la pesadilla habia acabado.
—Eres el mejor polvo de mi vida. Habra que repetirlo —dijo mientras se iba.
***
Me desplome sobre el colchon y me quede ahi, con la mirada perdida en el techo. En mi cabeza se repetian las caras de los cuatro hombres, sus voces, sus manos, el olor de cada uno. Sentia dolor y culpa, pero tambien un alivio oscuro, casi enfermizo, de que todo hubiera terminado.
Me quede dormida sin darme cuenta. No se cuanto tiempo paso. Me desperte de golpe cuando senti un brazo rodeandome por detras y solte un grito ahogado, convencida de que alguno habia vuelto. Pero entonces senti unos pechos suaves contra mi espalda y el perfume inconfundible de Sofia. Mi corazon se calmo.
No dijimos nada. Ella me abrazo y yo me deje sostener. Nos quedamos asi toda la noche, dos mujeres rotas en un colchon de un almacen que todavia olia a los hombres que habian pagado por mi cuerpo. Creyendo que lo peor ya habia pasado.
Pero estabamos equivocadas.