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Relatos Ardientes

Esa noche en la oficina supe que sería su amante

Para los que no me conocen, soy una chica de veinticuatro años, de estatura promedio, delgada y con el pelo largo hasta la cintura, casi siempre algo despeinado a propósito. Tengo el cuerpo proporcionado, los pechos pequeños y un trasero que me ha dado más miradas de las que puedo contar.

Conseguí mi primer trabajo en un salón de eventos importante, de esos que organizan bodas, conciertos, ferias y cenas corporativas. La regla en la oficina era ir vestida formal pero moderna: nada de ropa anticuada, tacones siempre, maquillaje puesto. Era mi primer empleo de verdad y me esmeré tanto que, en pocas semanas, empecé a notar las miradas. Los hombres que pasaban por la recepción se demoraban un poco más de lo normal frente a mi escritorio.

Uno de ellos también me atraía a mí. Se llamaba Rodrigo. No trabajaba en oficina, sino en operación: montaje, escenarios, sonido, la parte pesada del salón. Por eso tenía esos brazos que me vuelven loca: no exageradamente musculosos, pero firmes, con las venas marcadas. No era alto; con tacones, yo lo pasaba por un par de centímetros. Era moreno, delgado, con una barba de candado a la que ya se le habían colado algunas canas. Tenía cuarenta y dos años, casado, y al principio apenas cruzábamos un saludo cuando él entraba al edificio.

Una noche se montaba un evento al que yo me moría por entrar: un grupo que llevaba escuchando desde la adolescencia iba a tocar en el salón principal. Era un show privado, solo personal de operación con acceso. Le pedí a mi jefa, casi como un favor personal, que me dejara quedarme. Aceptó con una sonrisa cómplice y me dijo que me mantuviera fuera de cámara.

Llegué esa noche con una falda por encima de la rodilla, una blusa fina y zapatillas. Quería estar cómoda, pero tampoco invisible. Lo busqué a él casi por reflejo: era el más amable de todos, el único que me trataba sin ese paternalismo del resto. Cuando lo encontré, ya estaba con los audífonos al cuello, conectando cables al fondo del escenario.

—Pensé que no ibas a venir —me dijo, sin dejar de revisar una consola.

—Tu jefa me debía un favor —respondí.

Me dejó hacerle compañía. Lo seguí mientras revisaba luces, ajustaba micrófonos, recibía cajas. De vez en cuando le acercaba algo que pedía, jugando a ser su asistente. Cada vez que se inclinaba a destornillar un panel se le tensaba el antebrazo, y yo hacía como si no me diera cuenta.

—¿Crees que me reporten si tomo una cerveza? —pregunté cuando empezó a sonar el primer acorde de la prueba de sonido—. Tomar en horario de trabajo no es muy correcto.

—Andá por una grande —dijo sin mirarme—. La compartimos.

Y la compartimos. Y otra. Para él era un fastidio menor, seguía moviéndose como si nada. A mí, que como poco y peso menos, me bajaron a la cabeza con una rapidez que solo noté cuando intenté caminar en línea recta. Tomé otras dos por mi cuenta. Él ya no quiso más.

Me acompañó la mitad del concierto. Yo cantaba a gritos, brincaba, cerraba los ojos. Cada vez que los abría lo encontraba mirándome con una sonrisa que no era de compañero. Era de algo más. Estaba mareada, sí, y un poco atrevida.

—¿Me acompañas a la oficina? Necesito sentarme un rato.

Asintió. Entre la multitud era complicado caminar, así que me ofreció la mano. Se la di. Apretó. Yo apreté de vuelta. Era nuestro primer contacto físico, y aquello era cualquier cosa menos un gesto entre compañeros que apenas se hablaban.

***

La recepción de las oficinas estaba a oscuras, con la única luz de los letreros de emergencia. Sillones grandes y blandos contra una pared, y al lado, una sala con grandes ventanales tapados por persianas. Detrás se movían sombras: el equipo administrativo seguía preparando el evento del día siguiente. Sobre los sillones, una cámara apuntaba directa.

Yo sabía que solo mi jefe revisaba esas cámaras desde su despacho, en tiempo real, y que no las dejaba grabando. Eso, al menos, era lo que él nos había repetido mil veces.

Nos sentamos en el sillón más alejado, dándole la espalda a la cámara. Me dejé caer hacia atrás, casi en posición horizontal, como si me hubieran apagado de golpe. Rodrigo se pegó a mi costado.

—No estoy del todo bien —le dije.

—Quedate quieta.

Cerré los ojos. La cabeza me daba vueltas suaves. Estábamos en silencio cuando sentí su mano en mi muslo. No fue un roce accidental; fue una caricia larga, lenta, que subió desde la rodilla hasta debajo de la falda. Y volvió a bajar. Y volvió a subir, esta vez un poco más arriba.

—Estás lindísima —murmuró cerca de mi oreja—. Me encantan tus piernas.

Yo no me moví. Dejé que siguiera. Mis bragas estaban empapadas y todavía no había hecho nada más que tocarme la pierna.

Cuando quise sentirlo mejor me giré un poco de lado, dejándole el trasero al alcance. Su mano lo entendió. Subió, bajó, apretó.

—Sentate acá —dijo, palmeando sus muslos.

—Hay gente al lado.

—Vemos las sombras. Si alguien se acerca a la puerta, fingimos que nada.

Me convenció. O me convencí yo. Me pasé a su regazo, dándole la espalda. Tenía las dos manos libres ahora, y las dos las usó. Una me rodeó la cintura, la otra me acarició las piernas de arriba abajo, deteniéndose en el interior del muslo cada vez. Mi entrepierna mojada quedaba apoyada justo encima de su erección. La sentí a través de la tela del pantalón, gruesa, dura, contenida.

—Estás deliciosa —decía contra mi cuello, sin parar—. Me excitás demasiado.

Me besó la nuca. Me movió las caderas con sus manos para que me frotara contra él. Yo seguí el ritmo. Cada vez que me presionaba contra su miembro se me escapaba un suspiro que sonaba demasiado fuerte en aquel silencio. Recé para que ninguna sombra del cuarto de al lado se decidiera a salir.

Esto no debería estar pasando, pero no quiero que pare.

Después de no sé cuánto tiempo de fricción, Rodrigo se levantó conmigo todavía pegada a él y, sin soltarme la mano, me llevó hacia una escalera trasera. Subimos cinco escalones hasta un descanso. No había cámara. No había luz. No había nadie.

***

Me empujó contra la pared. Fue brusco, pero yo lo necesitaba brusco. Quedamos frente a frente, mi espalda contra el yeso frío. Me bajó las bragas de un tirón y las dejó tiradas en el escalón. Se sacó la verga del pantalón. Era la primera vez que la veía. Más larga y más ancha de lo que había imaginado. Se me escapó una mueca de sorpresa que él notó al instante.

—¿La querés? —preguntó, sonriendo.

Yo no contesté con palabras. Le agarré la cabeza con las dos manos y la acerqué a la mía. Le metí la lengua hasta el fondo de la boca. Le mordí el labio inferior. Le chupé el de arriba. Lo besé como no había besado a nadie, porque nunca había estado tan caliente como esa noche.

Me levantó una pierna. La apoyó en la baranda. Y entró de un solo empujón. Yo estaba tan mojada que no hubo resistencia, solo un gemido ahogado que él me cortó tapándome la boca con la mano libre.

—Callate, callate —repetía—. Hay gente abajo.

Le pedí, contra su palma, que no fuera suave. Que cogiera duro. Pareció entenderme sin que terminara la frase, porque empezó a entrar y salir con una violencia que no era violencia, era hambre. Hasta el fondo. Sin pausas. Como si estuviera castigándome por algo que yo había hecho hacía mucho tiempo y de lo que ya no me acordaba.

El primer orgasmo me agarró desprevenida. Apreté los muslos contra sus caderas, mordí la mano que me tapaba la boca, sentí cómo el cuerpo se me convulsionaba sin permiso. Él no paró. Me sacó la pierna de la baranda, me dio la vuelta contra la pared y me empujó la espalda con la palma abierta para que arqueara la cintura.

Usó mi propia humedad para lubricarse y volvió a entrar por detrás. Esta vez a más velocidad, con la otra mano otra vez sobre mi boca. Yo tenía los ojos cerrados y la frente contra la pared. Lo único que escuchaba era el sonido húmedo de cada embestida y mi propia respiración entrecortada contra sus dedos. Parecía una escena de las que una no se atreve a confesar. Y eso me calentaba todavía más.

Me corrí por segunda vez. Más fuerte, más larga, con las piernas temblando. Él aguantó un poco más, cogiéndome con la misma fuerza del principio, y al final no se contuvo. Lo sentí terminar dentro, en oleadas, sin avisar. Salió despacio. Algo de su semen me corrió por el muslo izquierdo.

Me dio la vuelta otra vez. Volvimos a besarnos como dos idiotas, mordiéndonos los labios, riéndonos sin ruido. Yo tenía la falda subida hasta la cintura, las bragas en el escalón, el maquillaje corrido. Él tenía la camisa medio abierta y la barba húmeda.

Era muy tarde. Él era casado y no podía desaparecer toda la noche; tenía que volver a casa, fingir cansancio, dormir al lado de su mujer. Yo iba a tomar un taxi sola, llegar a mi departamento y cerrar la puerta antes de empezar a procesar lo que acababa de hacer.

Antes de bajar las escaleras me agarró del brazo. Me miró fijo, sin sonreír esta vez.

—¿Querés ser mi amante?

Lo pensé menos de un segundo. Solo el necesario para acomodarme la falda.

—Va a ser un verdadero placer —respondí.

Y bajé los escalones primero, todavía con el corazón golpeándome en la garganta y la certeza, ya, de que aquello no se iba a quedar en una sola noche.

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Comentarios (9)

laurita_82

jajaja ese titulo... imposible no hacer click

DulceTormenta

Que inicio mas cargado!! me quedé con ganas de mucho más

SofiaBaires

Lo leí de un tirón y todavía lo estoy procesando jajaja. Muy bien narrado, se siente real.

Nati_pampa

Me recordo a una situación parecida que tuve en el laburo. Esas tensiones que intentas ignorar hasta que ya no se puede. Excelente relato.

Pablit0

tremendo, el titulo lo dice todo

VeronicaR92

Espero que haya segunda parte!! no me puedo quedar asi

MarcosBaires

muy buen relato, de los que te dejan pensando un rato

Cesar_del_sur

Confesiones bien escritas así son las que hacen que valga la pena leer. Bravo!

thincho portas

Seguí escribiendo que se nota que tenes material!!

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