Primera audición: así perdí la vergüenza
Llevaba semanas dándole vueltas al asunto antes de apretar el botón de enviar.
El formulario no pedía gran cosa: nombre, correo, cuatro fotos en ropa interior y una respuesta breve a la pregunta «¿Por qué quieres trabajar en esta industria?». Escribí que buscaba liberarme, que había pasado demasiados años siendo la persona más discreta de cualquier habitación, y que sentía que era momento de cambiar eso de una vez. No era la respuesta más literaria del mundo, pero era honesta.
A medias, por lo menos.
La verdad completa era más complicada y menos poética: tenía veintiséis años, trabajaba de administrativa en una empresa de importaciones que me resultaba completamente indiferente, y llevaba nueve meses recuperándome de una ruptura que había terminado no por ninguna crisis dramática sino por puro agotamiento mutuo. Mi ex no era mala persona. Simplemente habíamos llegado a un punto en el que yo sentía que mi propio cuerpo me era ajeno. Algo que cargaba conmigo pero que no terminaba de habitar del todo.
Me había pasado años encogida. Hablando en voz baja para no molestar. Pidiéndole permiso al mundo para ocupar espacio. Y en algún momento, sin que pudiera señalar el día exacto, esa versión de mí había empezado a resultarme insoportable.
El formulario lo encontré en un foro especializado después de una noche de insomnio con el móvil en la mano. Lo leí tres veces, lo cerré, lo abrí al día siguiente, lo cerré otra vez. Lo volví a abrir a la semana. Y al final lo rellené.
Tres semanas después, me llegó el correo con la cita.
La dirección era un edificio de oficinas en una calle tranquila del centro. Nada en el exterior indicaba a qué se dedicaban los que trabajaban adentro. Me quedé en la acera unos minutos antes de entrar, con el bolso apretado contra el costado y esa sensación irracional de que cualquiera que pasara sabía exactamente para qué estaba ahí. Nadie me miró. La gente pasaba con sus cosas. Respiré hondo y entré.
Me recibió un hombre que rondaría los cuarenta. Traje oscuro, camisa sin corbata, expresión tranquila. Se presentó como Carlos y me tendió la mano.
—¿Sofía? —dijo.
—Sí, hola.
Me la estrechó con firmeza y me indicó que lo siguiera por un pasillo corto hasta una sala de espera pequeña y agradable: dos sillas tapizadas en gris, una planta en el rincón, una mesita con una revista de arquitectura encima. Nada que insinuara qué tipo de trabajo venía a hacer ahí. Ese detalle, extrañamente, me tranquilizó.
—¿Quieres agua?
—Sí, gracias.
Mientras esperaba sola, intenté concentrarme en respirar con normalidad. Me dije que si en cualquier momento quería irme, me iría. Nadie me estaba obligando a nada. Lo que me había traído ahí era una decisión mía, tomada con la cabeza fría en varios momentos distintos, y eso hacía que me sintiera más segura de lo que esperaba.
Carlos volvió con el agua y me indicó que lo siguiera al fondo del pasillo.
***
La sala era más grande de lo que esperaba. Iluminación cálida, moqueta beige, un sofá blanco en el centro de la habitación. No había cámaras visibles ni nada que se pareciera a un plató. Carlos se acomodó en una silla frente a mí con un portátil sobre las rodillas y empezó con las preguntas.
Las primeras eran casi administrativas: si tenía pareja, si había personas en mi entorno que pudieran suponer un problema, si conocía las condiciones básicas del sector. Respondí a todo sin dificultad.
Después las preguntas se fueron haciendo más directas.
—¿Tienes algún límite específico? ¿Algo que sepas de antemano que no harías?
—Sí —dije, y los enumeré. Él los anotó en silencio, sin expresión, como si tomara nota de una alergia alimentaria.
—¿Qué tipo de escenas te resultan más interesantes?
Tardé más en responder esa. No por pudor, sino porque quería ser precisa. Cuando terminé, Carlos asintió.
—¿Te sientes cómoda con tu cuerpo?
Me tomé unos segundos.
—Depende del día —dije al final—. Sé que tengo un cuerpo bonito. Lo que no siempre tengo es la convicción de que lo sea.
—Es una respuesta honesta —dijo—. Y útil de saber.
Cerró el portátil y lo dejó sobre la silla.
—La siguiente parte es más práctica —explicó—. Necesito verte sin ropa. No es una cuestión estética en sentido estricto. Es para ver cómo te mueves, cómo te comportas cuando estás expuesta, si hay naturalidad en ti o si los nervios lo bloquean todo. ¿Estás bien con eso?
El corazón se me aceleró un poco. Pero dije que sí.
***
Me puse de pie.
Empecé por los botones de la blusa, de arriba hacia abajo, despacio pero sin dudar. Carlos me miraba desde su silla sin hablar ni moverse, con los brazos cruzados y una expresión neutra. No había en su mirada ninguna urgencia ni ningún morbo evidente. Era la mirada de alguien que prestaba atención, sin más.
Dejé la blusa doblada sobre el sofá. Me desabroché el sujetador y lo coloqué encima. Cuando me quedé con el torso desnudo, tuve el impulso automático de cruzarme de brazos, ese gesto defensivo tan antiguo. Lo dejé pasar. Bajé los brazos y me quedé quieta, con los hombros hacia atrás y la espalda recta.
—Bien —dijo él, en voz baja.
Me quité los pantalones. Los doblé también. Me quedé un momento en braguitas, con los pies descalzos en la moqueta y la piel algo erizada por el aire acondicionado. Me di cuenta de que no me sentía humillada. Me sentía muy presente en mi propio cuerpo, más que en mucho tiempo.
—¿Puedes quitarte el resto?
Me bajé las braguitas despacio y las dejé sobre lo demás. Me quedé completamente desnuda en el centro de aquella habitación tranquila, con los brazos a los lados del cuerpo, sintiendo el silencio.
Carlos se levantó y caminó lentamente alrededor de mí. No me tocó. Solo miraba, tomándose su tiempo. Cuando terminó de dar la vuelta, se detuvo frente a mí.
—Tienes presencia —dijo—. Se nota cuando alguien no está cómodo en su propio cuerpo, y tú lo estás, aunque no lo creas del todo todavía.
No supe qué decir. Le sostuve la mirada.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Nerviosa —admití—. Pero bien.
Asintió.
—Necesito que te sientes en el sofá y apoyes las piernas en el respaldo.
Lo hice despacio. Era una posición completamente abierta, sin posibilidad de cubrirme ni de ocultarme. Sentí que el calor me subía por el cuello. No exactamente de vergüenza, sino de algo más parecido a la anticipación.
Carlos se agachó frente a mí y comenzó a examinarme con las manos. Fue cuidadoso y metódico. Separó los labios con los dedos, los recorrió con suavidad, observó con atención lo que encontraba. Yo traté de mantener la respiración regular. No lo conseguí del todo. Había algo en la forma en que lo hacía, sin prisa ni disculpas, que hacía difícil mantener la compostura.
—Estás excitada —dijo, sin apartar la vista.
No era una pregunta.
—Sí —dije.
—¿Quieres que continúe?
Asentí con la cabeza.
Siguió tocándome. Exploró con los dedos lo que me generaba una reacción y lo que no, siguiendo un camino deliberado. Yo tenía la cabeza apoyada en el cojín y los ojos cerrados, y me permití no gestionar lo que sentía. Simplemente lo dejé crecer. Hay algo extraño en eso, en confiar en que el propio cuerpo sabe hacia dónde va sin que tú tengas que dirigirlo.
Llegué al orgasmo con los dedos de él, apretando los muslos sin querer, con un sonido que salió solo y del que no me avergoncé. Cuando abrí los ojos, Carlos me estaba mirando.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí —dije, y me senté despacio.
***
No tenía planeado lo que pasó después. O sí lo tenía, pero no lo había formulado con esa claridad hasta ese momento exacto.
Me puse de pie y, en lugar de coger mi ropa, me acerqué a él. Le puse una mano en el pecho. Él no retrocedió.
—¿Puedo? —pregunté.
—Esto ya no es parte de la entrevista —dijo—. Esto sería otra cosa.
—Lo sé.
Me besó primero. Sin abalanzarse, sin apresurarse. Yo tenía los pies descalzos sobre la moqueta y las manos sobre su camisa, y me di cuenta de que llevaba meses sin que nadie me besara así, tomándose el tiempo de estar ahí. El beso era completo, sin prisa por llegar a ningún otro sitio.
Nos movimos hacia el sofá. Él se quitó la chaqueta. Yo me tumbé. Pasamos un rato explorando sin urgencia: sus manos en mi cintura, sus labios bajando por mi cuello y mi pecho, yo tirando de él hacia abajo. Me gustó que no intentara acelerar nada. Me gustó que me preguntara qué quería. Me gustó, sobre todo, que cuando yo tomé la iniciativa, no le sorprendiera.
Lo guié hacia abajo con las manos y le señalé lo que quería sin palabras. Él lo entendió. Me lo hizo con la boca, tomándose el tiempo, siguiendo lo que yo le indicaba con la cadera y los sonidos que hacía. Cerré los ojos y me concentré solo en esa sensación, en la presión exacta, en el ritmo que iba encontrando. Fue deliberado y largo y fue exactamente lo que necesitaba.
Cuando le pedí que se pusiera dentro de mí, lo hizo despacio, observándome la cara. Después con más ritmo, siguiendo lo que yo le indicaba con el cuerpo. Me agarré al respaldo del sofá y me dejé llevar por completo.
Llegué al orgasmo por segunda vez antes de que él terminara. Fue más intenso que el primero y me dejó sin palabras durante unos segundos. Cuando por fin abrí los ojos y él se incorporó, me quedé tumbada un momento con la vista en el techo y la respiración todavía alterada.
—Ha sido una entrevista poco habitual —dije al final.
Él sonrió apenas.
—Todas lo son, de una forma u otra.
***
Me vestí con calma. Carlos me dijo que la entrevista había ido bien, que recibiría una respuesta formal en los próximos días, que mi actitud era exactamente lo que buscaban en el sector. Asentí, me colgué el bolso al hombro y salí al pasillo.
Afuera hacía un sol claro y seco de media mañana. Me detuve en la acera y saqué el móvil sin ninguna razón concreta, solo para tener algo en la mano mientras recuperaba el ritmo normal de las cosas.
No sé si en el fondo quería realmente ese trabajo. No me he terminado de responder esa pregunta todavía, y tampoco siento que sea urgente hacerlo. Lo que sí sé es que entré a ese edificio siendo la persona que había pasado años pidiéndole permiso al mundo para existir, y salí sintiéndome distinta. No transformada ni redimida, nada de esas cosas grandiosas. Solo más presente. Como si después de mucho tiempo mirando a través de un cristal hubiera entrado, finalmente, en la habitación.
Me subí las gafas de sol y eché a andar.