Mi primera noche de soltera no fue lo que esperaba
Mi divorcio se firmó el martes por la tarde y para el viernes ya no me reconocía. Tres días bastaron para que dejara de mirar el anillo desnudo de mi mano izquierda y empezara a mirar otras cosas. Tenía treinta y seis años, dos cuotas pendientes del gimnasio y una mejor amiga llamada Rocío que llevaba meses prometiéndome que, cuando estuviera libre del todo, me iba a llevar a un lugar donde se me olvidaría hasta el nombre del que ya no era mi marido.
Viernes a las nueve, ella entró a mi casa sin tocar timbre y se quedó mirándome de arriba a abajo.
—Te ves rica —dijo.
Me había puesto un vestido negro que no me ponía desde antes de la boda. Me apretaba en la cintura, me dejaba la espalda al aire y me caía cuatro dedos por encima de la rodilla. Le di una vuelta lenta para que viera el escote por detrás.
—Gracias. ¿Adónde dijiste que íbamos?
—El Reflejo Rojo. Un bar nuevo del centro.
—¿Y por qué me sonríes así?
—Por nada. Date la vuelta.
Lo hice sin pensar y antes de entender qué pasaba sentí sus manos subiendo por la falda y dos dedos enganchando la cinturilla de mi tanga. La bajó hasta los tobillos en un movimiento limpio. Tuve que apoyarme en la cómoda para sacar un pie y luego el otro.
—¡Rocío!
—Es mi regalo de divorcio. Esta noche andas a ras. Me lo vas a agradecer más tarde.
Guardó mi tanga en su bolso como si fuera un trofeo. Yo abrí la boca para protestar y la cerré sin decir nada. Hacía años que mi marido no me bajaba la ropa interior con esa decisión. Que lo hiciera mi mejor amiga, en mi propio dormitorio, me dejó callada un segundo más de la cuenta. Ella se dio cuenta y sonrió.
—¿Ves? Ya empezó la noche.
***
El taxi nos dejó frente a una puerta sin letrero, en una calle que no conocía a pesar de haber vivido toda la vida en la misma ciudad. Había una fila pegada a la pared y, al fijarme, descubrí que la fila era solo de mujeres. Todas más jóvenes que yo. Todas con ese gesto medio nervioso, medio impaciente, de quien sabe a qué viene.
—Rocío, aquí no hay un solo hombre.
—Adentro. Confía.
Pagamos en una caja escondida tras una cortina y empujamos dos puertas pesadas. La música nos cayó encima como un techo bajo. Las luces eran rojas, casi marrones, y tardé medio minuto en distinguir los cuerpos. Cuando lo hice, entendí. Los hombres estaban todos adentro. Veinte, treinta, cincuenta, no los pude contar. Hombres de pie en la barra, hombres sentados solos, hombres mirándonos entrar a Rocío y a mí como si nos estuvieran esperando.
—¿Qué clase de bar es este? —le grité al oído.
—El que necesitabas.
Conseguimos una botella de vino tinto y una mesa al fondo. La música era menos agresiva en aquel rincón. Rocío me miró sobre el borde de la copa y por primera vez vi en sus ojos algo que no me había mostrado en quince años de amistad.
—¿Y cómo lo conociste? —pregunté.
—Un amigo. Damián. Me trajo hace dos meses.
—Nunca me hablaste de un Damián.
—No. No te hablé.
Iba a insistir cuando tres tipos se sentaron a la mesa sin pedir permiso. Dos a mi lado, uno al de Rocío. Grandes, de camisa abierta dos botones, con esa seguridad de hombre que sabe que no le van a decir que no. El del medio me puso la mano en el muslo y la dejó ahí, sin moverla, como una declaración.
—Esta es Lorena —dijo Rocío sin que nadie preguntara—. Se acaba de divorciar y no se la han cogido bien en meses.
—¡Rocío!
—Era cierto, Loré.
El de la mano en mi muslo se inclinó hacia mi oreja. Tenía un aliento templado y olía a sándalo. Apretó los dedos sobre la piel y yo cerré las piernas por reflejo, lo que solo sirvió para sujetarle la mano más fuerte contra mí.
—¿Es tu primera vez aquí? —preguntó.
—Sí.
—Se nota. Pero no te preocupes, vas a aprender rápido.
Miré a Rocío buscando una explicación y lo único que recibí fue una sonrisa de cómplice. Su mano había desaparecido bajo la mesa. Por la posición de su hombro, supe lo que estaba haciendo antes de mirar abajo. Y aun así miré. Su melena pelirroja se hundía entre las piernas del tercer hombre y subía y bajaba al ritmo de la música.
Esto no está pasando, pensé. Y pensé también que era una mentira que ya no me creía nadie.
—Está pasando —contestó el de la mano, como si me hubiera leído la cara—. Y va a pasar más.
Sus dedos subieron por mi muslo, pasaron la línea del vestido y se quedaron ahí, a la altura del pubis. Cuando rozaron la piel desnuda, levantó las cejas.
—Vaya. La amiga te preparó bien.
Cerré los ojos. No por vergüenza. Por aceptación.
Sus dedos se hundieron sin esfuerzo. Yo estaba más mojada de lo que había estado en años y eso me daba más miedo que el bar, que los hombres, que la mano de Rocío bajo la mesa. Empezó con uno y a los pocos segundos eran dos. No era rápido. Era preciso. Como si supiera el mapa de mi cuerpo mejor que yo misma.
—Te voy a decir una cosa —susurró—. Esta noche te van a llamar palabras feas. No quieras corregir a nadie. Disfruta.
No respondí. No podía. Estaba a punto de correrme sobre dos dedos de un desconocido en una mesa pública y lo único que me preocupaba era que no parara.
Paró.
Sacó los dedos justo antes y, sin darme tiempo a quejarme, me los metió en la boca. Probé mi propio sabor por primera vez en mucho tiempo. Hice lo que hace cualquier mujer que se está rindiendo: cerré los labios y los chupé despacio, mirándolo a los ojos.
—Esta sí entiende —dijo el otro.
***
La lengua de Rocío en mi clítoris me devolvió a la mesa. Se había deslizado por debajo después de terminar con el tercero y ahora estaba entre mis piernas, sosteniéndome los muslos con las dos manos y bebiéndome como si llevara años esperando hacerlo. Si una semana antes me hubieran dicho que mi mejor amiga sabía hacer eso, me habría reído. No me reí. Me agarré al borde de la mesa para no caerme de la silla.
El hombre a mi lado guió mi mano derecha por debajo del mantel y la cerró alrededor de algo grueso y caliente. No la aparté. La izquierda terminó haciendo lo mismo con el otro vecino. Dos vergas, una en cada mano, la lengua de Rocío entre mis piernas y la respiración entrecortada de los tres hombres alrededor. No me reconocía. No quería reconocerme.
—Suficiente —dijo el del medio. Le hablaba a Rocío—. Levántate. Esta tiene que ganárselo.
Rocío salió de debajo de la mesa con el lápiz labial corrido y los ojos brillando. Se sentó a mi lado, me tomó la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso tímido. Fue un beso largo, profundo, con sabor a mí. Cuando se separó tenía la barbilla mojada.
—Te lo dije —murmuró—. Esta noche eres La Puta.
Al del medio le decían Cinco. Era el más callado de los tres y el único que se movía con autoridad real. Me tomó de la cintura, me subió encima de él a horcajadas y, sin preguntarme, sin avisarme, me bajó sobre su verga.
Sentí que me partía en dos. No por dolor. Por sorpresa. Era mucho más grueso de lo que mi marido había sido nunca, y mi cuerpo necesitó tres respiraciones largas para acomodarse. Cuando empecé a moverme, lo hice despacio. Cinco no me apuró. Esperó. Me sostuvo de las caderas y dejó que yo encontrara el ritmo, mirándome a la cara, sin sonreír, como si me estuviera estudiando.
—Bien, putita —dijo a los pocos minutos—. Aprendes rápido.
Yo gemí en su oreja. La música tapaba casi todo, pero no lo suficiente. Las mesas de alrededor nos miraban. Algunas mujeres se reían. Otras imitaban. Nadie estaba escandalizado. El bar entero funcionaba con esa lógica.
—Acá hay privados —dijo otro hombre, apareciendo de la nada—. Llévatela antes de que armes un cuadro.
Cinco asintió. Me levantó del regazo en un solo movimiento y sentí el vacío entre las piernas como si me hubieran apagado una luz. Rocío ya estaba de pie, ajustándose el vestido, esperándome con la sonrisa de quien sabe lo que viene.
***
El privado tenía una cama grande, una silla y una luz baja en el techo. Cinco cerró la puerta con llave. Los otros tres lo siguieron sin que nadie diera órdenes. Rocío se quitó el vestido por la cabeza y se quedó en sostén.
—De rodillas —me dijo Cinco. No a ella. A mí.
Obedecí sin pensarlo. Me subí a la cama en cuatro patas, miré por encima del hombro y vi a Rocío arrodillada en el piso, con la boca abierta y la mano de uno de los hombres en su nuca. Empezó a chupárselo como si lo hubiera hecho mil veces. Probablemente lo había hecho mil veces. Ya entendía qué clase de amiga había tenido todos esos años.
Cinco me agarró de las caderas y me la metió hasta el fondo en una sola embestida. Yo grité. Me dejé caer sobre los antebrazos. La cama era firme. Sus golpes, también. Cada empujón me hacía morder la sábana.
Un tercer hombre se subió a la cama frente a mí. Sin pedir permiso, sin presentarse, me tomó el pelo con una mano y se metió en mi boca. No protesté. Abrí más. Por primera vez en mi vida estaba siendo penetrada por dos hombres al mismo tiempo y lo único que sentía era una claridad rara, casi religiosa: esto era lo que llevaba meses queriendo y no me había animado a nombrar.
Rocío subió a la cama al rato. Se puso cara a cara conmigo, en la misma postura, y otro hombre se ocupó de ella. Nos miramos como dos espejos. Ella me agarró el pelo, yo le agarré el suyo, y nos besamos con las bocas llenas, cambiándonos la verga del mismo hombre, riéndonos entre gemidos como adolescentes que descubren algo prohibido.
—¿Te divierte, putilla? —me dijo entre risas.
—Te voy a matar mañana.
—Mañana sí. Esta noche tragas.
Cinco se vino dentro de mí con un gruñido que sentí en la columna. Después me dio vuelta y otro tomó su lugar. Y otro. Y otro. Perdí la cuenta. Perdí los nombres. En algún momento alguien se acomodó debajo de mí mientras otro se acomodaba detrás. Sentí los dos a la vez y supe que estaba a punto de cruzar una línea que llevaba años imaginando sin atreverme.
—Despacio —pedí.
—Tranquila, princesa. Yo te enseño.
El que estaba detrás se tomó su tiempo. Untó algo frío. Empujó milímetro a milímetro. Yo respiré por la boca como una mujer pariendo, agarrada al cuello del que estaba debajo. Cuando los dos estuvieron dentro me quedé inmóvil un instante, escuchando el latido en los oídos, sintiéndome más llena de lo que había estado nunca. Y entonces se empezaron a mover.
No supe cuánto duró. Quizás veinte minutos. Quizás una hora. Tuve tres orgasmos seguidos, uno encima del otro, sin alcanzar a recuperarme entre uno y el siguiente. En algún momento dejé de gritar porque no me quedaba aire. En algún momento, también, Rocío gritó en la silla, a dos metros de mí, con otro hombre encima.
***
Terminó como terminan estas cosas: despacio, en silencio, con los hombres saliendo del privado uno por uno como si nada hubiera ocurrido. Cinco se sentó en el borde de la cama y me miró con calma.
—Aguantaste —dijo—. Eso no le pasa a cualquiera. Tu nombre queda en la puerta. Cuando quieras volver, vuelves. Te dejo mi número, por si acaso.
Dejó un papel doblado en la mesita y salió sin esperar respuesta.
Rocío y yo nos quedamos solas. Ella se acercó, desnuda, despeinada, con el rímel corrido como si hubiera llorado. Se acostó a mi lado y me apoyó la cabeza en el hombro.
—¿Cómo estuvo tu primera salida de divorciada? —preguntó.
Lo pensé un segundo. No mucho. Me di vuelta hacia ella, le agarré la cara y la besé despacio. Cuando me separé, le dije al oído algo que jamás habría imaginado decirle a una amiga.
—Ven y siéntate en mi cara. Te lo debo.
Ella se rió. Después no se rió. Se acomodó sobre mí sin decir nada, abriéndose con las dos manos, y yo le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba mientras pensaba en lo absurdamente fácil que había sido convertirme, en una sola noche, en alguien que el lunes anterior no habría reconocido en el espejo.
***
El taxi me dejó en mi puerta a las cinco de la mañana. Me metí a la ducha sin encender la luz. Dejé que el agua corriera mucho más tiempo del necesario. No estaba arrepentida. No estaba avergonzada. Estaba, sobre todo, tranquila. Cuando solicité el divorcio había tenido miedo de esto exactamente: del vacío, de la cama vacía, de tener cuarenta años en cuatro y de no saber qué hacer con el cuerpo.
Esa noche entendí que el miedo era otro: el de descubrir que llevaba años cargando un hambre que no sabía nombrar. Me sequé despacio, me metí en la cama y dormí ocho horas seguidas por primera vez en mucho tiempo. El papel con el número de Cinco quedó en la mesita de noche. No lo llamé al día siguiente. No lo llamé hasta el sábado siguiente.
Pero esa, como dicen, ya es otra historia.