La noche que mi esposa descubrió mi secreto con Damián
Hola de nuevo. Los que me leyeron antes ya conocen parte de la historia: trabajo desde hace casi un año en una pensión del interior, lejos de mi ciudad y de mi mujer. Lo que no contaba antes era que, desde hacía tres meses, compartía mucho más que mate con Damián, mi compañero de cuarto.
Camila, mi esposa, decidió darme una sorpresa y aparecer un viernes sin avisar. Yo trabajaba turno hasta las siete de la tarde, así que cuando me llegó el mensaje desde la terminal ya era tarde para inventar una excusa.
—Acabo de bajar del micro, amor —escribió—. Damián me dijo que viene a buscarme.
Camila tiene treinta y dos años, cuerpo lleno, caderas redondas, tetas que llenan dos manos y una boca que sabe lo que hace. Llevábamos seis meses sin vernos y, según sus mensajes de la última semana, venía con un hambre que iba a costarme caro disimular.
Cuando llegué a la pensión, los dos ya estaban en la cocina, riéndose con el segundo mate. Damián tiene esa cosa simpática que pone cómoda a cualquiera, y se notaba que con ella había funcionado a la primera. Le di un beso largo a Camila, le susurré que se viniera al cuarto y crucé el pasillo a la ducha.
Apenas cerré la puerta del baño, ella entró detrás. Se quitó el vestido sin decir nada y se metió conmigo bajo el agua. Me besó como si quisiera reventarme la boca, me bajó la cabeza hasta sus tetas, me mordió el cuello. Nos secamos apurados, llegamos al cuarto y la cogí parada contra la pared, las manos apoyadas en el placard, con tantas ganas acumuladas que no aguantamos ni cinco minutos.
Cuando salimos a cenar, Damián tenía esa media sonrisa que yo conocía demasiado bien.
—Las paredes son finitas, eh —dijo sin levantar la mirada del plato.
Camila se puso colorada hasta el escote, pero se rió.
—Perdón, Damián. Eran muchos meses.
—No me molesta —contestó él—. Al contrario.
***
Esa noche dormimos abrazados. Ella se quedó frita al toque, agotada por el viaje. Yo me quedé un rato más despierto, mirando el techo, cuando le sonó el celular sobre la mesita. La pantalla se prendió con un mensaje de WhatsApp. Lo leí sin querer y se me secó la boca.
«Te extraño, gorda. ¿Cuándo volvés?»
El nombre que aparecía era el de un vecino nuestro. Un tipo separado que vive a tres puertas. La conversación seguía hacia abajo: audios, fotos, todo lo que no debería estar ahí.
Pensé en sacudirla, en gritarle, en irme. No hice nada. Apagué la pantalla y me quedé escuchando su respiración. No tenía derecho a reclamarle nada. Hacía tres meses que yo me dejaba coger por Damián casi todas las noches, que le chupaba la pija como si fuese lo único que importaba en el mundo. Ella me engañaba con el vecino. Yo la engañaba con mi compañero de pieza. La diferencia era el género y las ganas de mentir.
Me dormí con un nudo en el pecho y la pija dura.
***
Al día siguiente, en el trabajo, los mensajes con Damián fueron subiendo de temperatura desde el primer mate.
—No te imaginás cómo me dejaste anoche —me escribió—. Te escuché cogerla y se me paró sola. Tengo ganas de romperte.
—Está mi mujer en casa —contesté—. No sé cómo.
—¿Y si le contás todo?
Me reí solo, sentado en el cuarto de descanso del trabajo. Damián era directo, siempre lo había sido. Era el motivo por el que tres meses atrás me había metido la pija sin preguntar dos veces.
—No le puedo contar así nomás —escribí—. Me mata.
—¿Y si la dejás que se entere sola?
Le pregunté qué quería decir. Su respuesta me hizo ir al baño a mojarme la cara.
—Cuando vuelvas, yo te recibo a vos. La hago pasar y la siento en el living, y arrancamos como si ella no estuviera. Si se va, se va. Si se queda, te juro que se la pasa bien.
Le contesté que sí antes de pensarlo. Llevaba todo el día con la cabeza puesta en el mensaje del vecino y en el corazón apretado. Necesitaba algo que rompiera lo que fuera.
***
Cuando entré a la pensión esa tarde, los dos estaban tomando mate en el sofá del living, viendo una novela en silencio. Llovía afuera y las luces estaban bajas. Camila tenía puesta una remera mía y nada más.
Damián me miró y me dijo:
—Vení, te estaba esperando.
Camila ni se dio vuelta. Yo me quedé clavado en la puerta, mochila al hombro, sin saber qué hacer. Damián se levantó, caminó hasta mí, me agarró de la nuca y me besó delante de ella.
Sentí el corazón latiendo en las orejas. Esperaba un grito, un portazo, un insulto. Lo que escuché fue una risa corta, la de Camila, que apenas se había movido en el sofá.
—Sabía —dijo ella—. Sabía que pasaba algo raro acá.
Me solté de Damián y la miré. No había rabia. Había algo más parecido al cansancio, y debajo, algo más parecido al deseo.
—Camila, yo…
—No te hagas el inocente —me cortó—. Yo también tengo cosas que contarte.
Y dijo el nombre del vecino. Sin tapujos, mirándome a los ojos. Me contó que llevaban cuatro meses, que había empezado por aburrimiento, que pensaba contármelo cuando viniera a verme. Pero el viaje, el aeropuerto, el polvo en la ducha, la sonrisa fácil de Damián. Algo le había trabado las palabras.
—Estamos a mano —terminó.
Damián, parado a mi lado, se cruzó de brazos. Era el tipo de gesto que él hacía cuando estaba a punto de proponer algo que iba a cambiarlo todo.
—No estamos a mano —dijo—. Estamos en otra cosa.
***
Lo que pasó después no lo decidió ninguno de los tres, o lo decidimos los tres al mismo tiempo. Damián volvió a besarme, esta vez más despacio, y Camila se levantó del sofá. Pensé que se iba a la habitación, que cerraba la puerta y se acababa. En cambio, se acercó por atrás, me apoyó las manos en la cintura y me bajó el pantalón sin pedir permiso.
—Quiero ver —me susurró al oído—. Quiero ver cómo es.
Me arrodillé delante de Damián con ella mirándome. Le abrí el cierre, le saqué la pija dura y se la metí en la boca. Camila se sentó en el sillón frente a nosotros, las piernas separadas, una mano metida adentro de la remera que tenía puesta. No dejaba de mirar. Cada vez que Damián gemía bajito y me agarraba de los pelos, ella se mordía el labio inferior.
—Vení —le dijo él en un momento, sin soltarme la nuca—. Vení vos también.
Camila se levantó. Caminó hasta nosotros como si flotara, se sacó la remera sin teatralidad y se arrodilló a mi lado. Lo miró a Damián, después me miró a mí, después a Damián de nuevo. Y abrió la boca.
Le pasé la pija de Damián. Ella la tomó como quien toma una copa, despacio, sin apuro. La lamió larga desde la base hasta la punta y yo me quedé mirándola con la propia dura adentro del jean, sin saber si esto me daba placer, celos, o las dos cosas mezcladas.
Damián me agarró la cara y me dio vuelta hacia él.
—No se mira nada más —dijo—. Se chupa.
Y así estuvimos un rato largo, los dos arrodillados, pasándonos su pija como si fuese un trofeo compartido. Camila me besó con su boca, con su gusto, con el gusto de él, y yo le devolví el beso con todo lo que tenía adentro, que era mucho.
***
Nos movimos al sofá. Damián me acostó boca arriba en el mismo lugar donde la primera vez me había hecho gritar, tres meses atrás. Camila se subió encima mío al revés, la concha en mi cara y la boca en mi pija. Por encima de ella, Damián la agarró de las caderas y se la metió toda de una. La sentí estremecerse, la sentí gritar contra mi pija, y la cogí con la lengua mientras él la cogía con la pija. Era una coreografía rara, improvisada, perfecta.
—¿Te gusta? —le preguntó Damián en un momento.
—Mucho —respondió ella, con la voz entrecortada—. Más que el vecino. Mucho más.
Me reí sin querer. Damián también. Camila se puso colorada y se rió de sí misma, con la pija de él todavía adentro. Cuando él la sacó, me obligó a chupársela limpia mientras ella miraba. Era el tipo de detalle que me volvía loco y los dos lo sabían.
Después fue mi turno. La acomodé boca abajo y se la metí mientras Damián me la metía a mí. Encadenados, los tres moviéndonos al mismo ritmo, sin pensar en nada, sin teléfonos, sin vecinos, sin pensión, sin trabajo. Era la primera vez en seis meses que sentía a Camila tan cerca. Y era la primera vez en tres meses que no me sentía culpable.
Damián acabó adentro mío. Yo acabé adentro de ella. Ella acabó dos veces más, gritando contra el almohadón del sofá. Después nos quedamos los tres tirados, sin hablar, escuchando la lluvia que seguía cayendo afuera.
***
A la mañana siguiente desayunamos como si nada. Damián cebó mate, Camila hizo tostadas, yo puse la mesa. Mi mujer me miró por encima del borde de la taza con una cara que yo nunca le había visto. No era enojo. Era una pregunta.
—¿Vos querés que esto se repita? —dijo.
Damián la miró sin responder, dejándome a mí la respuesta. Pensé en el mensaje del vecino, en mis tres meses de mentiras, en lo que había pasado esa noche. Pensé en lo que quedaba del matrimonio y en lo que quedaba de mí.
—Sí —dije—. ¿Vos?
Camila se mojó los labios. Asintió despacio. Damián sonrió y empujó la jarra de café hacia el centro de la mesa.
—Entonces hablamos —dijo—. Pero después del desayuno.
Hablar, pensé. Era la palabra más rara que había escuchado en mucho tiempo.