La esposa del patrullero me llamó otra vez al mediodía
Estaba etiquetando una caja de cuadernos cuando sonó el teléfono de la tienda. Levanté la vista hacia el reloj —doce y cuarto— y reconocí el número antes de contestar.
—Hola, hermosa, ¿cómo estás? —dije.
—Bien. Pensé que ibas a buscarme tú —contestó ella—. Después de lo que pasó en mi casa, creí que no querías saber nada.
—Para nada, Daniela. He tenido el negocio encima toda la semana. Estoy invirtiendo en publicidad y en mercancía nueva, y no es fácil sacar la cabeza del mostrador. Pero te invito a comer hoy si quieres.
—Hoy no puedo —bajó la voz—. Manuel llega temprano. Por eso me detengo en hablarte por teléfono. Mejor seguimos como al principio, por chat. Es más seguro para mí.
—Como prefieras. Conéctate en una hora, déjame terminar de acomodar esta mercancía y soy todo tuyo.
—¿Todo mío? —dijo, con esa voz que ya conocía.
—Todo tuyo, nena.
Colgué y traté de seguir con la caja, pero las cifras del precio se me iban borrando de la cabeza. Daniela Salcedo era la esposa de un patrullero del municipio. Nos habíamos cruzado por primera vez en el metro y, semanas después, ella había aceptado verme un viernes en el cine. Esa misma tarde habíamos terminado en su sala mientras su marido doblaba turno y sus dos hijas estaban con la comadre. Habían pasado seis días y yo no me había atrevido a llamarla. Ahora era ella la que daba el siguiente paso.
Una hora más tarde abrí el chat y la encontré conectada. Hablamos cerca de dos horas. Me contó que solo había estado con Manuel hasta esa primera vez conmigo, que su marido era clásico —caricias justas, boca arriba en posición de manual, terminaba en menos de diez minutos y no la volvía a tocar en tres días, a veces más si doblaba turno—. También me agradeció lo discreto que había sido yo cuando nos cruzamos con su comadre y sus hijas en el centro. Eres la primera persona con la que me siento tranquila, escribió. La frase me golpeó y me excitó al mismo tiempo.
***
Las conversaciones se repitieron toda la semana. Cada vez más íntimas, cada vez con menos rodeos. El jueves por la noche llegó el mensaje que esperaba.
—Mañana puedo. Manuel dobla turno y las niñas van a estar con la comadre. Estaré libre desde las nueve. Quiero volver a sentirte.
—Paso por ti a las diez. Avísame cuando salgas y te espero en la base de las combis, en la esquina.
Cerré la tienda al mediodía siguiente, le dejé las llaves a mi tía Carmen y le dije que tenía que ver a unos proveedores. Llegué a la esquina cinco para las diez. Daniela apareció dos minutos después, con un vestido azul marino corto, escote profundo, medias del mismo tono y zapatos negros de tacón bajo. Llevaba un bolso pequeño y el pelo recogido a un lado.
Subió al coche, cerró la puerta y se inclinó para besarme antes de que yo pudiera decir nada.
—¿A dónde quieres ir? —pregunté cuando me soltó.
—A donde tú digas, papi. Pero lejos de aquí.
Arranqué. La miré de reojo: el escote, la curva del muslo bajo la falda corta.
—Conozco un sitio discreto, hacia el norte. ¿Te animas?
—Por allá no anda él —dijo, y me puso la mano sobre el muslo—. Me decías en el metro que sabes dar masajes. Llevo toda la semana con los hombros tensos.
—Tengo aceites de romero y sándalo en el coche. Cuando lleguemos te sentirás mejor.
El trayecto fue largo y los semáforos jugaron a nuestro favor. En cada uno aproveché para besarla, recorrer su cuello, rozar el borde del vestido. Ella me dejaba acariciar las piernas pero impedía con suavidad que le subiera la falda. Aquí no, decía con la mirada. En los altos le rozaba los pechos por encima de la tela y notaba cómo se le marcaban los pezones. La tensión aumentaba kilómetro a kilómetro.
***
El motel estaba al final de una avenida ruidosa, oculto entre talleres mecánicos. Tan poco aparente que cualquiera entraba y salía sin que nadie reparara en ello. Pasé por la caja, recogí la llave y subimos directo a la habitación.
Daniela se quedó parada en mitad del cuarto, con los brazos cruzados sobre el bolso.
—Tranquila, preciosa. Aquí nadie se fija en nadie.
—Ya lo sé —murmuró—. Estoy nerviosa. Nunca había venido a un sitio así para… esto. Eres el segundo hombre en mi vida.
—Hagamos algo. La habitación tiene servibar. Servimos una copa, picamos un poco. Te relajas. Después te doy el masaje, y si en cualquier momento te sientes incómoda, nos vamos. No pasa nada.
Me cogió la mano y me besó sin decir nada.
Le ayudé a quitarse el suéter mientras se sentaba en un sillón pequeño junto a la ventana. Serví dos tragos cortos, abrí latas de cacahuates y pasas, me senté a su lado y levanté el vaso.
—Por que esto dure y por que disfrutes sin pensar en nada más.
—Voy a intentarlo. Manuel es muy posesivo. Muy dominante. Cuesta soltarlo.
—Paso a paso. El primero ya lo diste.
Daniela sonrió. Bajó los hombros y se tomó la copa de un trago largo. Le puse una pasa con chocolate en la boca y, con la otra mano, le rocé la rodilla. Ella separó las piernas apenas un centímetro. Fue suficiente. Subí lentamente por el interior del muslo, sintiendo cómo la piel se le erizaba bajo mis dedos, hasta llegar al borde del encaje.
Cogí otro chocolate, lo puse entre mis labios y la besé. Lo compartimos en la boca. El beso se fue alargando, su lengua entró buscando la mía, y mi mano siguió subiendo. Encontré el borde de la ropa interior, ya húmeda, y comencé a apartarla con la yema del dedo medio.
—Hazlo —susurró contra mi boca.
***
Recorrí los labios de su sexo con el dedo, despacio, de arriba abajo. Cada pasada arrancaba un suspiro. Cuando le presioné el clítoris, me clavó las uñas en la nuca. Empecé a girar el pulgar mientras introducía el dedo medio dentro y lo movía con lentitud, buscando ese punto detrás del hueso. Al encontrarlo, ella ahogó un gemido contra mi hombro.
Bajé besando su barbilla, su cuello, los hombros. Le deslicé los tirantes del vestido y descubrí los pechos, apenas contenidos por un sostén negro de media copa. Los pezones sobresalían del encaje. Recosté a Daniela en el sillón, le subí la falda hasta la cintura y por primera vez la vi entera.
Llevaba un liguero negro sosteniendo las medias azules. Una braguita de encaje con transparencias se le pegaba al sexo por la humedad. Tenía las caderas torneadas y un vello púbico oscuro y abundante que se transparentaba a través del encaje.
—Quédate así —dije.
Apoyó una pierna en el suelo y dobló la otra sobre el sillón. Me incliné y la besé entre los muslos. Aspiré su olor antes de pasar la lengua por encima de la tela. Ella intentó cerrar las piernas pero no podía: tenía mi cabeza entre ellas. Le bajé la braguita centímetro a centímetro mientras seguía besándole los muslos.
Cuando volvió a sentarse, dejó caer el vestido al suelo. Se quedó solo con liguero, medias y sostén. Se llevó la mano al hombro y arrugó la cara.
—De verdad estoy contracturada. No te estoy mintiendo.
—Recuéstate en la alfombra. Voy por los aceites.
Cogí los frascos del bolso, me quité la ropa salvo el bóxer y me arrodillé entre sus piernas. Ella miró por encima del hombro, vio mi erección marcada bajo la tela y sonrió.
—¿De verdad me vas a dar masaje? —preguntó, casi divertida.
—De verdad. Empezamos por la espalda.
Calenté el aceite entre las manos y empecé por los hombros. Eran nudos densos, de meses. Le abrí el sostén y seguí bajando: la espalda, la zona lumbar, los glúteos, las piernas. A cada pasada el aceite la perfumaba más, y cada vez que mi pulgar pasaba por la base de la columna, ella exhalaba un poco más fuerte.
Le bajé la braguita despacio. Cada vez que llegaba a las nalgas, mi erección rozaba contra ellas a través del bóxer. Sentía cómo el contacto la hacía levantar la cadera, pidiéndome más sin pedírmelo. Me saqué el pene y lo deslicé entre sus glúteos, sin penetrarla, solo dejándolo correr de arriba abajo. Daniela mordía el reverso de su mano.
—Ya me siento mucho mejor —dijo, con la voz tomada.
—El que necesita masaje ahora soy yo —contesté, y la ayudé a levantarse.
***
La llevé a la cama y le pedí que se tumbara boca arriba. Me coloqué a horcajadas sobre su pecho y dejé el pene entre sus senos. Eran tan grandes que cubrían casi toda mi longitud. Le acerqué los dedos a la boca.
—¿Quieres probar?
—No le hago oral a Manuel hasta el final. No me gusta cómo termina.
—Si nunca lo has hecho hasta el final, ¿cómo sabes que no te gusta?
Bajé el pene hasta sus labios. Daniela me miró a los ojos, sacó la lengua y recogió la gota que ya asomaba. La saboreó con la cara de quien prueba una fruta nueva. Después abrió la boca y me dejó entrar lo justo. Cogió el ritmo despacio, con torpeza al principio, hasta que encontró su propia cadencia. Acariciaba mis testículos y los pesaba con la mano abierta.
—Los tienes muy llenos —dijo entre risas, y volvió a metérselo en la boca.
Me giré sin sacarlo. Le abrí las piernas y la besé entre ellas a la vez que ella me lamía. Trabajé su clítoris con la lengua mientras le metía dos dedos. Daniela me apretaba la base del pene cada vez más fuerte. Cuando llegó al orgasmo, se le escapó un grito que rebotó contra las paredes de la habitación.
—Dámelo —dijo, jadeando—. Dámelo ya.
***
La giré y la jalé hasta el borde de la cama. Entré de un solo empuje hasta el fondo. Me quedé quieto unos segundos mientras ella se acostumbraba, acariciándole los pechos. Después empecé un vaivén constante. Su sexo se fue amoldando, su lubricación facilitaba cada embestida. La respiración se le aceleró, los pechos se le movían al ritmo, y a los pocos minutos encadenó dos orgasmos seguidos, escandalosos.
La abracé y rodamos. Ella quedó arriba. Empezó a moverse despacio, levantándose y dejándose caer mientras yo le sujetaba las nalgas. Vimos nuestro reflejo en el espejo lateral y eso pareció soltarla del todo. Aceleró. Levantó los brazos, sacudió el pelo, gimió sin contención hasta que se dejó caer sobre mi pecho, agitada y temblorosa. La sostuve hasta el final, vaciándome dentro de ella.
Quizá fue la segunda vez, o saber que estaba con la mujer de un patrullero al que ni conocía pero del que ella me hablaba con miedo, pero la cantidad fue mucha. Sentí cómo se mezclaba con su humedad y bajaba por mis testículos. La abracé fuerte y nos quedamos así, callados, hasta que las respiraciones volvieron a ser lentas.
***
Mi pene seguía duro. Nos pusimos de lado y le subí la pierna hasta mi cintura. Empecé a moverme despacio, besándole el cuello, acariciándole un pecho con una mano y la nalga con la otra.
—Despacio —pidió—. Estoy muy sensible.
Cambié de ritmo. Entraba lento, salía lento. Le humedecí el dedo medio con su propio fluido y se lo apoyé en el ano. Ella tensó al principio, pero el vaivén constante y los besos en el cuello la fueron aflojando. El esfínter cedió poco a poco hasta dejarme entrar.
—Nunca lo había hecho así —dijo, con la voz apenas audible—. Pero se siente rico.
Acopló su movimiento al mío y tuvo otro orgasmo, más suave, más largo. Saqué el pene de su sexo y ella lo cogió con la mano, mirándome alarmada.
—No estoy lista para eso. Hoy no.
—¿Te gustaría algún día?
—Tal vez. Pero no hoy. Es tarde. Tengo que ir por las niñas.
—Otro día. Con tiempo. Para que sea bueno para los dos.
Me coloqué a la altura de su cara y le pasé el pene por los labios.
—Necesito terminar. Quiero hacerlo en tu boca.
Daniela separó los labios y me dejó entrar. Cogió la base con la mano y empezó a marcar el ritmo ella misma. Aguanté lo que pude, hasta que me corrí en el fondo de su garganta. Tuvo un amago de arcada, pero en lugar de retirarse empezó a tragar todo lo que iba aventándole. Siguió chupando hasta que ya no quedó nada y después me limpió con la lengua. Me miró con la barbilla apoyada en mi muslo.
—Hummm. No saben mal —dijo.
***
Nos duchamos rápido. Ella se vistió sin hablar mucho, concentrada en revisar el pelo y maquillarse de nuevo. La dejé a dos calles de la casa de la comadre, en una esquina que ya conocía. Antes de bajarse, me tomó la cara y me dio un beso largo.
—Léeme esta noche —dijo—. Después de que se duerma.
Asentí, cerré la puerta y la vi caminar sin mirar atrás. Me quedé un momento dentro del coche, con las manos en el volante, oliendo todavía a romero y a ella. Después arranqué y me fui por el camino largo, sin prisa, pensando en el viernes siguiente.