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Relatos Ardientes

La noche que le conté mi primera vez con otro

4.5(50)

Hay cosas de las personas que amás que solo descubrís por accidente. Diego y yo llevábamos casi cinco años juntos cuando encontré algo en él que no esperaba: que mis recuerdos lo ponían más caliente que cualquier lencería cara o que cualquier película porno que pudiéramos ver un viernes de noche.

No lo habría descubierto si no hubiera sido por una botella de Malbec que empezamos a las diez y terminamos a la una.

Esa noche habíamos cenado tarde, los dos solos en casa, algo que no pasaba desde que los horarios del trabajo se habían vuelto imposibles para los dos. Yo había cocinado algo sencillo, había encendido un par de velas que quedaban de no sé cuándo, y cuando nos sentamos en el sofá con las copas llenas había una distensión en el ambiente que hacía tiempo no teníamos. Uno de esos momentos en que el silencio entre dos personas no pesa nada.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, girando la copa entre los dedos.

—Claro —respondí, sin tener la menor idea de lo que venía.

—¿Cómo fue tu primera vez?

Lo miré. Diego tenía esa expresión que yo ya conocía bien: curiosa pero sin urgencia, la misma cara que ponía cuando quería saber algo pero no quería presionar. En cinco años nunca me había preguntado eso directamente. Hablábamos del pasado a veces, pero siempre por encima, sin zambullirnos de verdad.

El vino me había aflojado el nudo habitual que tengo en el pecho cuando algo me incomoda.

—¿De verdad querés saber?

—De verdad —dijo.

—¿Todo? ¿Hasta cómo me la metió la primera vez?

Vi cómo se le movió la nuez al tragar.

—Todo —dijo, con la voz un tono más baja.

Tomé un sorbo lento. Y empecé a contarle.

***

Debo empezar por mí misma, porque el contexto importa. Soy bajita, con caderas anchas y piernas que siempre han generado comentarios. No tengo mucho culo, pero tengo unas tetas grandes que nunca pasan desapercibidas: blancas, pesadas, con pezones rosados que se ponen duros con el primer cambio de temperatura. Desde los dieciséis años supe que llamaban la atención, aunque tardé bastante más en entender del todo el efecto que tenían sobre los hombres, esa manera de mirarme la boca y bajar a los pezones sin disimulo.

También supe desde joven que mi cuerpo era mío para conocerlo. Me masturbé sola mucho antes de que nadie más me tocara, así que cuando llegó el momento, no llegué sin mapa. Sabía exactamente cómo tenía que tocarme el clítoris para correrme, sabía meterme dos dedos hasta el fondo y curvarlos, sabía qué tan duro apretarme los pezones para que se me arqueara la espalda. Llegué, en realidad, con bastante curiosidad, los muslos siempre mojados y muy pocas inhibiciones.

Tenía veintiún años cuando conocí a Sebastián. Lo vi por primera vez en una reunión de amigos en común, una de esas noches en que uno va sin ganas y termina quedándose hasta las tres de la mañana porque algo en el ambiente lo retiene. Él tenía veintisiete, el pelo oscuro algo largo y una manera de escuchar que hacía sentir que lo que uno decía importaba de verdad. No era el tipo más llamativo de la sala, pero era el único que hacía preguntas reales, el único que recordaba al día siguiente lo que uno le había contado la noche anterior. Y tenía unas manos grandes, de dedos largos, que yo no podía dejar de mirar mientras imaginaba dónde iban a terminar.

Salimos solos dos veces antes de que pasara algo. La tercera, en su departamento, los dos ya sabíamos a qué iba esa noche. Yo me había puesto bombacha y corpiño nuevos, negros, y me había depilado hasta dejar el coño completamente liso. Iba decidida a que esa fuera la noche.

***

Cuando empecé a describir eso para Diego, me detuve un momento para observarlo. Estaba quieto, con la copa apoyada en la rodilla, y había algo en sus ojos que no era solo atención cortés. Bajé la vista a su entrepierna sin disimular: ya tenía un bulto evidente apretándole el pantalón.

Le está gustando, pensé. Le está poniendo dura.

Eso me soltó algo por dentro. Sentí cómo se me empezaba a calentar el coño con solo notar el efecto que mis palabras le estaban haciendo. Seguí.

Le conté que esa tarde en el departamento de Sebastián, la conversación había durado poco. Estábamos sentados en el piso con música de fondo y en algún momento él acercó la mano a mi cara, despacio, y me besó sin pedir permiso pero tampoco sin apuro. Un beso que empezó suave y fue creciendo hasta que su lengua se metió en mi boca y empezó a girar contra la mía con un hambre que me hizo apretar los muslos. Cuando se separó para respirar, me mordió el labio de abajo y tiró, y yo sentí un latido entre las piernas tan fuerte que tuve que apoyarme en su pecho porque las piernas me fallaron.

Lo que no le dije a Diego todavía era que yo había llegado a esa tarde sin tener del todo claro lo que iba a pasar. Me conocía a mí misma, sí, pero nunca había tenido una verga de verdad dentro mío. Y sin embargo, cuando Sebastián me tomó de los hombros y me recostó sobre la alfombra, no sentí miedo. Sentí algo más parecido a la urgencia. Y unas ganas locas de que me cogiera bien y de una vez.

Sebastián no tenía el apuro de alguien inexperto. Se tomó su tiempo, primero para besarme el cuello bajando por la clavícula, después para desabrocharme la camisa botón por botón, sin el torpe frenesí que yo había imaginado que tendría ese momento. Cuando me la abrió y me vio el corpiño negro, soltó el aire por la nariz despacio. Después, con las manos en mi cintura, se alejó un poco para mirarme. No de manera clínica, sino como alguien que está calculando algo y quiere que la otra persona también lo sepa.

—Tenés unas tetas hermosas —dijo, y me desprendió el corpiño de atrás de un solo movimiento.

Cuando llegó a mis tetas, no las ignoró ni las trató como un trámite. Las tomó con las dos manos, las apretó como pesándolas, después se metió un pezón entero en la boca y lo chupó hasta que se me endureció contra su lengua. Después el otro. Me mordía, me lamía, me los apretaba uno con la mano mientras le daba al otro con los dientes, y lo que eso produjo en mí fue una corriente que bajó directa desde el pecho hasta el coño, donde ya sentía la humedad bajándome por el muslo desde que nos empezamos a besar.

—¿Lo querés con detalles? —le pregunté a Diego.

—Con todos —dijo él, con la voz ronca—. Hasta el último.

Vi que debajo del pantalón ya no estaba cómodo. Tenía la verga clavada contra la tela, marcándose entera.

***

Estiré la mano y se la apreté por encima del pantalón sin dejar de hablar. La sentí durísima debajo de mi palma. Diego cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir, fijos en mí. Le bajé el cierre del pantalón, me metí adentro del boxer y se la saqué. Estaba caliente y goteando una gota gruesa en la punta. La rodeé con los dedos y empecé a moverle la mano arriba y abajo, despacio, mientras seguía contándole.

Le conté que Sebastián, antes de cualquier otra cosa, me había bajado la bombacha mojada y se había acomodado entre mis piernas. Que me había abierto los labios del coño con dos dedos y me había mirado un segundo antes de bajar la cabeza. Que me lamió el clítoris con la punta de la lengua, primero en círculos, después arriba y abajo, mientras me metía dos dedos curvados que daban exactamente donde tenían que dar. Que me la chupó con una paciencia que no esperaba, sin apuro, deteniéndose cada vez que sentía que yo estaba por acabar, soplándome el clítoris hinchado y volviendo a empezar. Hasta que yo estaba tan al límite que tuve que tirarle del pelo y pedirle que parara.

—¿Para qué? —preguntó Diego, con la respiración entrecortada por mi mano que no le soltaba la verga.

—Porque quería correrme con él adentro, no con su lengua —respondí.

Él apretó los dientes. Yo lo sentí endurecerse más en mi mano, y otra gota gruesa le salió de la punta. La esparcí con el pulgar.

Seguí contando. Le dije que Sebastián era largo, más de lo que yo había imaginado que podía ser. Que cuando me la sacó del pantalón por primera vez no supe bien qué hacer, que era gruesa y se le marcaban las venas, y que la tomé de forma torpe pero con muchas ganas. Que él me guió sin palabras, solo moviendo su mano sobre la mía hasta enseñarme cómo le gustaba que se la masturbaran: con la mano cerrada bien firme y un giro de muñeca al llegar a la punta. Que después me agarró del pelo de la nuca, sin tirar, solo sosteniéndome, y yo entendí. Que me la metí en la boca porque quise, no porque me lo pidiera, y que él soltó un gemido grave la primera vez que sintió mi lengua contra el frenillo. Que me la metí hasta donde pude, que me arcadeé y se me llenaron los ojos de lágrimas, pero seguí, chupando con la boca y bombeándole la base con la mano, y él apoyó la mano en mi cabeza sin presionar, solo dejándola ahí como una guía suave, marcándome el ritmo.

Diego cambió de posición en el sofá. Ahora estaba más cerca de mí, y se había bajado los pantalones hasta los muslos.

—Seguí —murmuró—. No pares, contame todo.

Cuando Sebastián me cogió por primera vez, fue despacio. Me acostó de espaldas sobre la alfombra, me abrió las piernas con las rodillas y se la fue metiendo de a poco, centímetro por centímetro. Tan despacio que tuve tiempo de notar cada parte, de sentir cómo mi coño cedía y se adaptaba a esa verga que era al mismo tiempo extraña y exactamente lo que había estado esperando. Hubo un momento breve de incomodidad cuando me la metió hasta el fondo y golpeó algo adentro que nunca nadie había tocado, pero desapareció en cuanto él se detuvo, me miró y dijo: «¿Bien?».

«Sí», le dije. «Cogeme.» Y era verdad.

Diego, mientras yo contaba esto, había cerrado los ojos. Yo lo seguía masturbando, despacio, con el pulgar pasándole por la punta cada vez que llegaba arriba, y notaba su respiración volverse más corta, más entrecortada. La tenía mojadísima y caliente entre los dedos.

—No pares —murmuró—. Por favor, no pares de contarme.

—No paro —prometí—. Empezó a embestirme. Primero suave, después más fuerte. Cada vez que me la metía hasta el fondo yo sentía un golpe contra el útero que me hacía gritar. Las tetas me rebotaban con cada empujón y él me las miraba sin parar de coger.

***

Le dije que Sebastián había cambiado la posición en algún momento. Que me había pedido que me diera vuelta con una calma que no era frialdad sino control, que me agarró de las caderas y me puso en cuatro patas sobre la alfombra. Y que esa segunda parte había sido completamente distinta: más intensa, más profunda, con una verga que ahora me entraba hasta lugares que yo no sabía que existían. Me agarró el pelo de la nuca y tiró para atrás mientras me cogía, y esa combinación de dolor leve y placer profundo me terminó de volver loca.

Le conté que agarré el borde de la alfombra con las dos manos para no resbalarme con cada embestida. Que él me daba palmadas en el culo, no fuerte, lo justo para que el ruido se mezclara con los chapoteos de mi coño empapado. Que yo gemía sin importarme nada, gritaba «más fuerte, más adentro», y él me obedecía. Que en algún momento dejé de pensar en lo que estaba haciendo o en si lo hacía bien, y simplemente estuve ahí, en ese cuerpo, en esa verga que entraba y salía de mí, en ese cuarto con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana del departamento. Que él me metió un dedo pulgar mojado de saliva en el culo mientras me seguía cogiendo el coño, y que esa sensación doble fue lo que me terminó de prender fuego.

Y que cuando me corrí fue tan diferente a todo lo que conocía de mí misma que tardé varios segundos en entender qué había pasado. Como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía estaba procesando. Sentí cómo todo el coño se me cerraba alrededor de su verga, contracción tras contracción, y él soltó un «mierda» entre dientes porque le apreté tan fuerte que casi se corrió ahí mismo. Me quedé quieta, gimiendo bajito, con los dedos de los pies estirados, el culo todavía levantado y la cara escondida en el brazo.

—¿Cuántas veces? —preguntó Diego con voz ronca, y yo sentí cómo se le contraía la verga en mi mano.

—Dos —dije—. La segunda llegó sin avisarme, cuando él me dio vuelta otra vez y me la siguió metiendo mientras me chupaba un pezón. Me corrí tan fuerte que pegué un grito, y ahí él ya no aguantó. Me la sacó, se subió encima de mis tetas y se corrió en chorros sobre ellas, gruñendo. Me llenó el cuello, la boca, los pezones. Después me limpió con dos dedos y me los metió en la boca para que me chupara su semen.

Él soltó un sonido grave desde el fondo del pecho. Sentí su mano en mi cadera, firme, jalándome hacia él en el sofá con una fuerza que no admitía discusión.

—Parate —dijo.

—¿Para qué?

—Sacate todo. Ya. Terminás de contarme después. Ahora vení acá y sentate sobre mi verga.

***

Me paré, me saqué el vestido por la cabeza y me quedé desnuda delante de él. Me había sacado la bombacha hacía rato, mojada, y la tiré sobre la mesa. Diego me miró las tetas con esa cara que pone cuando ya no piensa, después me bajó la mirada al coño liso y brillante de jugos. Se relamió.

—Vení —dijo.

Me senté arriba de Diego y me agarré su verga con la mano para acomodármela en la entrada del coño. Bajé despacio, sintiendo cómo se me iba abriendo, dejando que entrara centímetro a centímetro como había descrito que lo había hecho Sebastián años atrás. Pero Diego y aquel recuerdo eran cosas muy distintas: la verga de Diego era más gruesa, más familiar, y mi coño la conocía tan bien que respondía antes de que él hiciera nada. Apretaba sola, lo succionaba, lo recibía con todo.

Empecé a moverme arriba y abajo, despacio, sintiendo cómo me llenaba entera con cada bajada. Diego me agarró las tetas con las dos manos, me apretó los pezones entre los dedos y los retorció un poco, y yo grité y le clavé las uñas en el pecho.

Nos movimos en silencio al principio, con la única luz de las velas que quedaban encendidas en la mesa. Yo subía y bajaba, él empujaba hacia arriba para encontrarme, y los dos hacíamos esos ruidos chapoteados que produce un coño bien mojado cuando lo cogen rápido. Después él me tomó de la cara con las dos manos y me pidió al oído que siguiera. Que no dejara de hablar.

—Contame más —jadeó—. Mientras te cojo, contame más.

Retomé el relato con la voz entrecortada por lo que estaba pasando entre nosotros, por su verga golpeándome adentro con cada movimiento.

Le conté que Sebastián, después de llenarme las tetas, me había arrastrado al baño y nos habíamos metido los dos a la ducha. Que ahí, con el agua caliente cayendo, me había vuelto a chupar el coño parada, arrodillado frente a mí, hasta hacerme acabar una tercera vez con la pierna apoyada sobre su hombro. Y que después, antes de salir, lo masturbé yo a él bajo el agua, mirándolo a los ojos, hasta que se vino contra mi vientre.

—Hija de puta —gruñó Diego, y me clavó la verga hasta el fondo de un solo empujón que me hizo arquear la espalda.

Le conté también que Sebastián, al terminar, me había preguntado cómo me había sentido. Que esa pregunta me pareció extraña en el momento, casi cómica, y que sin embargo lo recordaba con precisión porque ningún otro hombre me la había hecho después. Que le dije la verdad: que había sido mejor de lo que esperaba. Que ya quería que me la metiera otra vez.

Y que él se rio, satisfecho pero sin arrogancia, y dijo que eso era exactamente lo que esperaba que dijera.

Diego me agarró de la cintura con las dos manos y empezó a moverme arriba y abajo sobre su verga con un ritmo que ya no era mío.

—¿Y se la chupaste otra vez? —preguntó entre embestidas.

—Esa misma noche se la chupé tres veces más —dije, mordiéndole el cuello—. Y se vino una en mi boca y otra en mi culo.

—Eso —gruñó—, esto último, contámelo después con detalle. Por ahora dame la boca.

***

Me agarró de la nuca y me besó devorándome, metiéndome la lengua hasta el fondo mientras me seguía cogiendo desde abajo. Después me sacó de encima, me dio vuelta en el sofá y me puso en cuatro patas sobre los almohadones. Me agarró de las caderas y me la volvió a meter de un solo golpe, hasta el fondo, y yo grité contra el respaldo del sofá.

—Acá te quería —dijo, y empezó a embestirme con todo, sin contenerse.

Sentí cómo su verga me entraba y salía con un chapoteo cada vez más fuerte. Mis tetas se balanceaban con cada empujón, los pezones rozando la tela del sofá. Él me agarró el pelo de la nuca y tiró para atrás, igual que había hecho Sebastián años atrás, y la coincidencia me prendió fuego.

—Decime cómo te cogía —gruñó—. Decímelo con las mismas palabras.

—Como vos me estás cogiendo ahora —jadeé—. Pero más adentro. Pero más fuerte.

—Eso lo arreglo.

Y me embistió todavía más duro, hasta que yo sentí el primer cosquilleo del orgasmo subiéndome desde los pies. Llegamos al límite casi sin darnos cuenta, en uno de esos momentos en que el cuerpo se adelanta a cualquier intención consciente. Yo grité su nombre contra el almohadón, sintiendo cómo mi coño se contraía alrededor de su verga, ola tras ola, y él me sujetaba con las dos manos como si algo se fuera a romper si me soltaba. Dos embestidas más y lo sentí explotar adentro mío, llenándome de chorros calientes mientras gruñía con la cara hundida en mi espalda. No hablamos. No hizo falta.

Después nos quedamos quietos durante un rato largo, él todavía adentro mío, mi coño todavía apretándolo con espasmos. Su semen empezó a chorrearme por los muslos cuando salió. La respiración agitada fue bajando de a poco. Las velas casi apagadas. Y la copa de Diego volcada en la alfombra, que ninguno de los dos había notado en ningún momento de la noche.

—¿Lo sabías? —le pregunté cuando recuperé la voz, dándome vuelta y acomodándome desnuda contra su pecho—. ¿Sabías que esto te iba a pasar al escucharme?

Diego tardó un momento antes de responder. Me pasaba un dedo por el pezón mojado de sudor y semen.

—Lo intuía —dijo—. Nunca me había atrevido a pedírtelo. Pensé que te ibas a ofender.

Levanté la cara para mirarlo. Tenía esa expresión que solo aparece después, relajada y honesta, sin ninguna de las capas que uno lleva encima durante el día.

—Tengo más historias —dije, y le agarré la verga blanda y pegoteada con la mano—. Mucho más sucias que esta.

Sintió mi mano y volvió a moverse un poco bajo mis dedos.

Sonrió de una manera que no era solo de satisfacción.

—Lo sé. Y quiero escucharlas todas. Una por noche.

***

Esa noche entendí que lo que encendía a Diego no era el pasado en sí mismo. No eran los detalles de otra verga ni ninguna comparación implícita. Era yo hablando de algo íntimo. Mi voz describiendo cómo me habían chupado, cómo me habían cogido, cómo me había corrido con otros, mientras mi coño estaba presente con él, en el ahora, apretándole la verga. Era una forma de conocerme que no había tenido acceso hasta esa noche. Y yo, que tampoco lo había buscado, descubrí que me ponía muy caliente ser conocida así.

Que me gustaba darle eso. Que me gustaba ver cómo se le ponía dura escuchándome y saber que esa dureza era por mí, por mis palabras, por mi historia.

Desde entonces, cuando hay vino y silencio y los dos estamos solos, Diego a veces me pregunta al oído, con la mano ya entre mis piernas: «¿Me contás algo?».

Y yo siempre le cuento. Con todos los detalles. Hasta el último.

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4.5(50)

Comentarios(8)

RominaK_84

Increible como lograste crear esa tension con tan poco. Me encantó!!!

TomasRelatos

Me quedé con ganas de saber como terminó esa noche... Continuacion por favor!

Ibero54

Muy bien escrito. Hay algo en esas confesiones de madrugada que te atrapa desde el principio. Sigue asi

Sara

y el qué dijo cuando terminaste de contarle todo? jaja me dejaste con la intriga

MiriamBCN

me recordó a una charla que tuve hace tiempo, esas conversaciones con vino de por medio siempre derivan en algo inesperado jaja

nocturna_88

buenisimo!!!

NightReader_ARG

Lo que mas me gustó es que no necesita ser explicito para ser increiblemente erotico. Eso es talento. Enhorabuena

Marcos_B

la parte de la atencion que se convierte en algo mas... tremenda. Espero seguir leyendo tus relatos

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