La noche que me acosté con el feo de la oficina
Esa noche, mi cuerpo era un incendio que ningún pensamiento sensato podía apagar.
Llevaba horas así, desde la tarde, con los pezones tensos rozando la tela del sujetador y una presión insistente entre las piernas que no me dejaba concentrarme en nada. Había intentado trabajar desde casa, había puesto algo en la televisión, había intentado ignorarlo. Nada funcionó. Mi cabeza seguía volviendo a lo mismo, a esa necesidad concreta y urgente que ya no podía disimular.
Entonces llegó el mensaje de Rodrigo.
Rodrigo Valles era, sin ninguna discusión posible, el hombre más feo de toda la planta. No era solo la nariz ancha o el mentón hundido, aunque eso ya habría bastado. Era la combinación: la piel con el rastro de un acné adolescente que nunca terminó de irse, los dientes ligeramente torcidos, las orejas que sobresalían demasiado. La clase de cara que hace que la gente aparte la vista por educación y luego no sepa exactamente por qué lo hizo. Sin embargo, y esto era lo que fastidiaba, Rodrigo tenía un cuerpo que parecía una broma del universo: hombros anchos, brazos definidos, abdomen plano. Iba al gimnasio cinco días a la semana y se notaba en todo menos en la cara.
Y luego estaba el rumor.
Circulaba entre las mujeres del departamento desde hacía meses, con esa persistencia silenciosa de las cosas que nadie admite haber dicho pero todo el mundo ha escuchado. Daniela lo había insinuado una noche de viernes. Gabriela lo había confirmado, o eso afirmó, en voz baja en el baño de señoras durante la cena de fin de año. Según ellas, lo de Rodrigo era una compensación de la naturaleza. Una broma cruel en sentido inverso.
Yo siempre lo había descartado.
Hasta esa noche.
«¿Te apetece cenar algo? Conozco un sitio tranquilo cerca de la oficina.» Sin preámbulos, sin contexto, con esa torpeza social que lo caracterizaba desde el primer día. Normalmente habría borrado el mensaje sin responder. Pero el calor que me consumía llevaba demasiadas horas acumulado, y antes de que mi cerebro pudiera frenar a mis dedos, ya había escrito «Está bien. Dime dónde».
Mi cuerpo me traicionaba y yo lo dejaba hacer.
Lo vi esperándome en la esquina con esa chaqueta oscura que nunca le había sentado bien. Me saludó con una sonrisa nerviosa que lo hacía parecer más joven de lo que era. Entré al bar caminando delante de él.
El local era uno de esos sitios de barrio con luz amarilla y mesas de madera, el tipo de lugar donde la gente va a hablar sin que nadie los moleste. Pedimos sin mirarnos demasiado. Él empezó a hablar del cierre del trimestre, de un informe que había presentado esa mañana, de algún problema con el software nuevo. Yo lo escuché con media atención mientras lo observaba: las manos grandes sobre la mesa, la manera en que se inclinaba hacia delante cuando hablaba, cómo se le movía la mandíbula.
Cuando el camarero se alejó con nuestro pedido, me incliné sobre la mesa.
— Rodrigo. — Él se detuvo a mitad de frase —. Voy a ser honesta. No estoy aquí para hablar de trabajo.
Parpadeó.
— Ah.
— He oído cosas. — No le di tiempo a responder —. Y esta noche tengo mucha curiosidad.
El silencio que siguió fue casi cómico. Vi cómo se le subía el color al cuello, cómo sus manos se quedaban quietas sobre la mesa. Luego, con una torpeza que en otro contexto habría resultado irritante, asintió muy despacio.
Comimos sin prisa, aunque yo apenas probé la comida. Tenía la atención puesta en otra cosa: en el bulto visible bajo la tela de sus pantalones cuando se levantó un momento al baño. Las amigas no habían exagerado. O al menos prometía.
Cuando pidió la cuenta, yo ya estaba de pie.
— Conozco un hostal a dos manzanas — dije —. Vamos.
***
La habitación era pequeña y olía a ambientador barato. Una cama, una silla, un baño con la puerta entreabierta. Daba igual.
Cerré la puerta a mi espalda y lo empujé contra la pared antes de que pudiera decir nada. Lo noté sorprendido: había esperado llevar él las riendas, o al menos eso imaginaba. Se equivocaba de persona.
— Quítate la ropa — le dije —. Toda.
Obedeció, torpe con los botones de la camisa, y yo usé ese tiempo para quitarme la blusa y el sujetador. Cuando terminó de desabrocharse el cinturón y los pantalones cayeron al suelo, me quedé parada un momento.
El rumor se había quedado corto.
Era enorme. Grueso, completamente erecto, obscenamente grande en comparación con el resto de él. Una ironía perfecta. Me pasé la lengua por los labios sin querer, y él lo notó, porque se le escapó un sonido que no llegó a ser palabra.
— No me mires a la cara — le dije —. Mira esto. — Me bajé los vaqueros y la ropa interior de un solo movimiento y me giré hacia la cama —. ¿Ves lo que tienes delante? Esto es lo único en lo que quiero que pienses esta noche.
Lo oí tragar saliva.
Me senté en el borde de la cama, agarré su cabeza entre mis manos y la dirigí hacia mis pechos.
— Chupa. Bien. Sin prisas.
Su boca fue sorprendentemente hábil. Eso no me lo esperaba. La lengua firme, el ritmo correcto, sin morderme demasiado fuerte ni quedarse corto. Cerré los ojos y me permití unos minutos de eso mientras sus manos me sujetaban la cintura con una seguridad que tampoco esperaba de él. Estaba muy excitada. Podía notarlo yo misma.
Pero no quería que me viera la cara cuando llegara al límite. Nunca me había gustado que me miraran en ese momento.
— Date la vuelta — le dije, bajándome de la cama.
Me coloqué de rodillas sobre el colchón, con la espalda arqueada y la cabeza baja. Escuché el ruido de un envoltorio, lo noté colocarse detrás.
— Despacio al principio — advertí —. Luego ya veremos.
La primera embestida me cortó la respiración.
Demasiado. Demasiado de golpe, al menos al principio. Gruñí contra la almohada y apreté los puños en las sábanas mientras mi cuerpo se adaptaba. Él se había quedado quieto, esperando.
— Sigue — dije, con la voz más áspera de lo que esperaba —. Más despacio. Así.
Lo que vino después fue mejor de lo que habría admitido en voz alta. Rodrigo resultó ser de esos hombres que saben escuchar el cuerpo. Ajustó el ritmo cuando lo pedí, fue más fuerte cuando se lo indiqué, sin intentar imponer su propio criterio. Cada vez que yo me movía hacia atrás, él respondía en lugar de adelantarse. Éramos un mecanismo sorprendentemente bien engrasado para ser la primera vez.
Empujé hacia atrás con más fuerza, marcando yo el ritmo.
— Así — dije entre dientes —. Exactamente así.
Llegué al límite dos veces antes de notar que él estaba cerca. Me anticipé antes de que pudiera tomar decisiones por su cuenta.
— Fuera. Córrete en mi espalda.
Salió a tiempo, y el calor húmedo me recorrió desde la cintura hasta los hombros. Gemí, más por el alivio de todo lo acumulado en las últimas horas que por ninguna otra razón.
Me quedé un momento quieta, respirando.
***
Descansamos sin hablar. Él no intentó iniciar ninguna conversación. Eso sumó puntos.
Al cabo de un rato, noté que el fuego no se había apagado del todo. Mi cuerpo seguía reclamando algo, ese segundo ciclo que a veces el primero no termina de cerrar. Me incorporé y lo miré. Él también me estaba mirando, con una expresión que mezclaba el asombro con algo más difícil de nombrar.
— Segunda ronda — anuncié —. Y esta vez sin tanto protocolo.
Me arrodillé delante y tomé el control con la boca durante el tiempo justo para lo que necesitaba. No como un favor, sino como el camino más directo al siguiente paso. Lo noté endurecerse en menos de un minuto.
Me coloqué de nuevo en la misma posición. Esta vez él entró con más confianza, menos cauteloso, con un ritmo que encontró antes. Lo dejé. Mientras no cruzara ninguna línea, podía tener ese margen.
El cuarto olía a sudor y al ambientador barato y a algo más que no necesitaba nombre. Desde la habitación de al lado llegaba el murmullo apagado de una televisión. Yo tenía los ojos cerrados, la cabeza enterrada en la almohada, concentrada solo en lo que sentía.
Llegué de nuevo al límite, esta vez más largo y más profundo, con las manos apretadas en las sábanas y los dientes juntos para no hacer demasiado ruido.
Y entonces Rodrigo cometió el error de su vida.
No me avisó. O me avisó demasiado tarde. La cuestión es que cuando se retiró, no calculó bien la trayectoria, o quizás no le importó calcularla, y lo que vino después no aterrizó donde se suponía que tenía que aterrizar.
Aterrizó en mi pelo.
Sentí el calor espeso y pegajoso sobre la cabeza antes de entender lo que había pasado. Tardé exactamente un segundo. Solo uno.
Luego me giré.
— ¿Qué acabas de hacer?
Su cara era un manual del pánico. La polla todavía goteaba. Abrió la boca dos veces antes de que le salieran las palabras.
— Fue sin querer, yo no calculé bien, te lo juro...
— ¿En el pelo? — La voz se me había subido sola —. ¿Me has puesto eso en el pelo? Tengo que volver a casa esta noche. Mañana trabajo a las nueve. Tengo familia esperándome.
— Lo siento mucho, de verdad, fue un accidente...
— Fuera.
— ¿Qué?
— Que te vayas. — Me levanté, recogí su ropa del suelo y se la lancé de un golpe —. Vístete donde quieras, pero aquí no te quiero.
— Espera, escúchame un momento...
Abrí la puerta y la sostuve abierta. Él se quedó parado con la camisa en la mano y los pantalones a medio coger.
— Fuera.
Salió. Cerré la puerta.
***
Me miré en el espejo del baño. El daño era exactamente tan desastroso como imaginaba.
Me metí en la ducha, que chorreaba de manera irregular y tardaba demasiado en calentarse, y estuve frotándome el pelo durante más tiempo del que quiero recordar con un champú en formato miniatura que olía a jabón de hospital. Salí con el cabello húmedo y maloliente, el cuerpo satisfecho y una rabia sorda que fue diluyéndose, en algún momento mientras me secaba, en algo parecido a la risa involuntaria.
Porque había que reconocerlo: el sexo había sido bueno. Mejor que bueno. El peor candidato posible, la cara más improbable de toda la planta, y Rodrigo había resultado ser exactamente lo que el rumor prometía y algo más.
Pero eso era información para mí sola.
Al día siguiente, en la oficina, lo saludé con un gesto de cabeza y seguí caminando. Él me miró con esa expresión que yo reconocía bien: la de alguien que no sabe con certeza si lo que recuerda pasó de verdad o lo soñó.
Perfectamente así.