Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez con un hombre: lo que nadie te cuenta

Han pasado casi dos años desde la primera vez y todavía le doy vueltas a cómo llegué hasta ahí. No fue algo que planeara ni una fantasía que llevara toda la vida buscando en secreto. Fue algo que se fue construyendo despacio, en conversaciones que empezaban hablando de cualquier cosa y terminaban siempre en el mismo sitio.

Tenía treinta y tres años cuando ocurrió. El hombre con quien lo hice, Rodrigo, tenía cincuenta y cinco. Lo conocía desde los veinte, un vecino del edificio de enfrente con quien coincidía en el supermercado, en el parque, a veces en el bar de la esquina. Nunca habíamos sido más que eso: conocidos de barrio que se saludaban con la cabeza y seguían caminando. Pero en algún momento de ese año, las conversaciones empezaron a cambiar.

No de golpe. Nunca de golpe con estas cosas.

Al principio era algo que mencionaba de pasada: un amigo suyo que había tenido una experiencia con otro hombre, lo que le había contado después, lo extraño que le parecía a él. Lo decía con ese tono de «fíjate en lo que hay por ahí», como si fuera solo un chisme de terceros y no una puerta a medias abierta. Y yo lo escuchaba, asentía, y pensaba en ello más tarde, cuando ya no estaba delante de él.

Lo que no le decía es que no me disgustaba pensarlo.

Durante meses, la dinámica fue esa: él sacaba el tema con cuidado, yo respondía con ambigüedad, y los dos fingíamos que hablábamos de otra persona. Hasta que un día lo saqué yo, también «de broma», también con esa distancia fingida que usamos cuando queremos decir algo que nos da demasiado miedo decir en serio.

Después de eso, las conversaciones normales fueron desapareciendo poco a poco. El trabajo, el barrio, el tiempo: todo eso dejó de importar. Hablábamos cada vez más de una sola cosa. Y cada vez con menos rodeos.

Tardamos mucho en ser directos del todo. Meses. Él porque tenía mucho que perder —estaba casado, tenía hijos mayores, llevaba una vida construida con cuidado durante décadas— y yo porque genuinamente no sabía bien qué quería. Si era curiosidad, si era atracción, si era solo el morbo de hacer algo que nunca había hecho. Un día, sin rodeos pero en voz baja, me dijo que llevaba tiempo pensando en hacerlo con alguien. Con un hombre. Que no se lo había dicho nunca a nadie en su vida.

Me quedé callado un momento.

Luego le dije que yo también había estado dándole vueltas a lo mismo. Que si quería, podíamos intentarlo los dos.

Me dijo que sí casi antes de que terminara la frase.

Pusimos fecha para dos semanas después. Esas dos semanas fueron las más extrañas que recuerdo: seguí con todo lo de siempre, el trabajo, la compra, las llamadas, y por debajo de cada cosa vivía esa conciencia constante de que había acordado acostar con un hombre en una fecha concreta. No era exactamente miedo. Era algo más parecido a la anticipación antes de un salto desde una altura que no sabes bien cuánto va a doler.

Elegir bien a quién fue parte importante de lo que hizo que funcionara. No era un desconocido. Era alguien a quien conocía desde hacía años, alguien de quien sabía cómo era en situaciones normales. Eso importó más de lo que creía.

***

Me preparé con más cuidado del que habría imaginado antes de planteármelo seriamente.

Unos días antes hice la depilación completa. Todo, hasta el último vello. Empecé a aplicarme crema hidratante dos días seguidos para tener la piel lo más suave posible. El día antes me tomé algo para estar limpio por dentro, porque esa parte también importa y yo quería que todo estuviera en orden. Compré lubricante en una farmacia de otro barrio, más del que creía necesitar, y lo dejé en la mesilla de noche.

También estuve más tiempo del que debería probándome ropa. Al final elegí el pijama, porque es lo que menos complicaciones da cuando hay que quitarse zapatos y demás en el momento menos oportuno.

La noche anterior casi lo cancelé. No por arrepentimiento real, sino por esa voz que aparece cuando estás a punto de hacer algo que va a cambiar algo. ¿Y si no era lo que quería? ¿Y si solo quería la idea y la realidad iba a ser otra cosa completamente diferente? No encontré respuesta. Me quedé dormido con el móvil en la mano sin haber escrito nada.

***

La mañana del día acordado estuve distraído en todo lo que hacía. A las cinco de la tarde ya estaba en casa. Me di una ducha larga, me revisé, y me senté en el sofá a esperar sin saber bien qué hacer con las manos.

Cuando sonó el timbre, el corazón se me fue al doble de velocidad.

Rodrigo llegó con cara de haber caminado rápido. Se quitó la chaqueta y la colgó en la percha sin que yo se lo pidiera. Yo intenté romper el hielo diciéndole que había estado veinte minutos mirándome al espejo probándome ropa y sintiéndome un idiota, y él se rio. Eso ayudó. Cuando dos personas se ríen juntas de sus propios nervios, algo en el ambiente se afloja y ya se puede respirar.

Le dije que si pasábamos a la habitación.

Por el camino me bajó un poco el pantalón del pijama. Solo un poco, lo justo para dejar claro que sabía a qué había venido.

En la habitación me dijo directamente que tenía muchas ganas de llenarme. Sin adornos, sin preámbulos. Eso también ayudó, porque no tuve que interpretar nada ni leer señales. Cuando se acercó para besarme, le dije que no. Que besos no me apetecían, ni caricias. Que no iba en ese plan. Se quedó un segundo parado, sin saber bien qué hacer, y yo resolví el momento bajándole los pantalones y los calzoncillos.

Ahí estábamos.

No era muy grande. Bastante gruesa, pero dentro de lo normal en tamaño. Y aun así, mirándola, pensé que no iba a caber. Que iba a doler demasiado. Estuve a punto de decirle que lo dejábamos, que quizás otro día, que necesitaba más tiempo.

Pero no lo dije.

Me arrodillé y empecé a chupársela. No era por él, era por mí: necesitaba tiempo para que el cuerpo se relajara, para que los nervios bajaran un poco, para acostumbrarme mentalmente a lo que estaba pasando. Lo hice despacio, sin prisa. Él puso una mano en mi cabeza, sin presionar, solo apoyada ahí. Al cabo de un buen rato, me dijo que quería metérmela.

Me puse a cuatro patas en la cama.

***

Usamos mucho lubricante. Primero con sus dedos, despacio, dejando tiempo. Luego se colocó detrás y empezó a empujar con cuidado. Cada centímetro parecía multiplicarse por dos. Tardó mucho en entrar solo la punta, y cuando lo hizo, me dijo que me relajara. Intenté hacerlo, aunque en ese momento la palabra «relajarse» me sonaba a cosa imposible.

Paré. Respiré hondo. Esperé.

Cuando le dije que siguiera, empujó un poco más. Más lubricante. Un poco más todavía. El proceso fue lento y extraño y a ratos incómodo de una manera que no sabía muy bien cómo clasificar. Pero hubo un momento, en algún punto de ese proceso, en que algo cambió: dejó de ser solo dolor y se convirtió en otra cosa, algo que todavía no sé nombrar del todo pero que ya no quería que parase.

Para entonces llevábamos un buen rato. Él se movía con más libertad, aunque cuando entraba del todo todavía dolía. Yo intentaba relajarme con cada empujón, abrir en lugar de cerrar, dejar que pasara en lugar de resistirlo. Me cansé los brazos de estar a cuatro patas y apoyé la cabeza y los hombros en la cama. Eso cambió el ángulo y pareció gustarle, porque cogió más ritmo.

Me agarró de las caderas con las dos manos.

Empujó fuerte una vez, dos, tres. Lo noté tensarse contra mí. Luego se quedó quieto adentro, apretado, y soltó todo. No noté el líquido entrando, solo cuatro o cinco pulsaciones mientras permanecía pegado. Creía que se notaría más, pero no: solo ese latido sordo, profundo.

Después, silencio.

***

Se quedó dentro un momento más de lo que yo esperaba. Luego se retiró despacio, se limpió con algo que tenía en el bolsillo, se vistió y se fue. Antes de salir empezó a decir lo bien que había estado, y yo le dije que no hacía falta comentarlo. No con mala intención. Solo que no lo necesitaba.

Me quedé boca abajo en la cama un rato, sin moverme. Escuchando el silencio del apartamento, con la sensación extraña de alguien que acaba de cruzar algo sin saber todavía qué hay al otro lado.

Cuando fui al baño a lavarme, me di cuenta de algo que nadie te advierte antes: el semen tarda en salir. Te parece que ya salió todo, te sientas, y diez minutos después vuelve. Eso también es parte de la experiencia. Nadie lo menciona.

***

Desde entonces nos vemos con regularidad. Una o dos veces por semana, cuando se puede. Han pasado casi dos años y hemos probado bastante.

Las posturas: a cuatro patas es la que más usamos, con los tobillos y las rodillas juntos y la cabeza apoyada en la cama. El ángulo hace que todo entre mejor y él puede coger el ritmo que quiera. El misionero no me va: hay que abrir demasiado y me resulta incómodo. De lado está bien para cuando quiero algo más tranquilo. Yo encima también, cuando quiero controlar el ritmo y quedarme con la sensación más rato.

Lo del semen: dentro es lo que más me gusta, con diferencia. En la boca también. En la cara no me importa. Lo que no quiero es que salpique la espalda o el pecho; eso no me va y ya se lo he dicho claramente.

Hemos intentado cosas para mejorar el volumen y el sabor. Sin resultado visible. Al final eso depende de la persona y del día: a veces sale mucho y disparado, y eso es lo que más me gusta; otras veces se derrama simplemente. No hay fórmula.

Hay veces que termina en tres minutos. Hay noches en que se recrea durante mucho más tiempo y nos quedamos ahí sin prisa. Yo siempre termino limpiándosela al final, para no desperdiciar nada y para dejársela como la encontré. Eso se convirtió en parte del ritual sin que ninguno de los dos lo decidiera explícitamente.

Un día, en esa postura a cuatro patas, decidió correrse en la nalga derecha. La corrida acabó goteando hasta la planta del pie. No sé exactamente por qué, pero eso me encantó más de lo que habría imaginado.

***

Si estás pensando en intentarlo y tienes dudas sobre cómo va a ir, te diré lo que yo habría querido que alguien me contara antes. La preparación importa más de lo que imaginas, no solo la física sino la mental: elige bien a la persona, alguien en quien confíes aunque sea un poco, no el primero que aparezca. El lubricante no es negociable. La primera vez va a ser rara y probablemente incómoda y no va a ser perfecta, y eso está bien.

Pero si le das el tiempo que necesita, si te permites relajarte en lugar de resistir, hay algo al otro lado que merece la pena descubrir.

No le haces daño a nadie. No tienes que darle más vueltas que esas.

Valora este relato

Comentarios (2)

RosarioLectora

Que relato tan honesto... me llego al alma. Gracias por compartir algo tan personal

Pablin77

Por favor seguí contando, quedé con ganas de saber todo lo que paso despues del timbre!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.