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Relatos Ardientes

La noche que mi compadre cumplió su promesa

El amigo de mi esposo, Rodrigo, es de ese tipo de hombres difíciles de catalogar. Simpático, generoso, siempre dispuesto a ayudar a cualquiera, pero también un sinvergüenza de primera categoría. Lo conoció Eduardo en el club de motos custom hace muchos años, cuando todavía éramos novios. Rodrigo ya le llevaba casi diez años, estaba casado y tenía un hijo pequeño.

Desde la primera vez que me vio quedó claro que era un hombre sin ningún filtro. Le dijo a Eduardo con toda la tranquilidad del mundo, mientras yo estaba a dos pasos: —Ese fin de semana me la prestas. — Y soltó una carcajada como si acabara de decir el chiste del año.

Con los años no mejoró. Si yo llegaba a una reunión con vestido ajustado, Rodrigo encontraba el momento exacto para soltarme algo delante de todos. —¿Para quién es todo eso? — me preguntó una vez, mirándome de arriba abajo sin ninguna vergüenza mientras Eduardo platicaba a tres metros.

Lo curioso es que nunca lo tomé del todo en serio. Tenía un descaro tan particular, tan poco disimulado, que hasta me sacaba la risa. Era imposible enfadarse con él por más de cinco minutos.

Para nuestra boda nos regaló el viaje de luna de miel. En la cena donde nos anunció el regalo, me abrazó fuerte al despedirse y me susurró al oído: —Yo quiero ser el padrino de lo que venga después de esta noche. — Me separé riendo, con los cachetes colorados y sin saber muy bien qué contestarle.

En la fiesta de la boda, mientras nos tomábamos una foto de los cuatro, noté que su mano bajaba por mi espalda. Antes de que pudiera reaccionar, me apretó las dos nalgas con toda la palma. No fue un roce accidental ni una tentadita. Fue un apretón deliberado, firme, como si reclamara algo que llevaba tiempo queriendo.

Y aun así lo toleré. Porque Eduardo era su amigo de toda la vida, porque Rodrigo era generoso con nosotros, y porque en el fondo, aunque nunca lo habría dicho en voz alta, había algo en esa desvergüenza constante que no dejaba de intrigarme.

***

Cuando su hijo Mateo hizo la primera comunión, nos pidieron ser sus padrinos. A partir de ese día, Rodrigo me llamaba comadre con una sonrisa que siempre decía bastante más de lo que cualquier palabra podría expresar. En cada reunión familiar encontraba el momento para rozarme la pierna, para susurrarme algo al oído, para colocar una mano donde no debía estar.

Así pasaron diez años. Con sus comentarios, sus manos encima y esa mirada que siempre decía lo mismo.

***

El sábado pasado tuve la despedida de soltera de mi amiga Lorena. Eduardo estaba de viaje de trabajo y había prometido llegar en avión esa misma noche, a tiempo para recogerme. Como la fiesta iba a terminar tarde y yo no manejo de noche, habíamos quedado en que él pasaría por mí cerca de las dos de la mañana.

Me arreglé para la ocasión: falda corta, tacones altos, escote pronunciado. Nada escandaloso, pero tampoco inocente. Era una despedida de soltera y así se viste una.

La noche avanzó bien. Tomé algo, bailé, reí con mis amigas. Poco antes de las once me llamó Eduardo.

—Ya abordo, pero el vuelo está retrasado por mal tiempo —me dijo—. No voy a poder llegar. Ya hablé con Rodrigo para que te recoja.

Me quedé en silencio un momento.

—¿Con Rodrigo?

—Sí, ya aceptó. No tarda.

Colgué y me quedé mirando el teléfono. Justo lo que me faltaba. Vestida así, con unas copas encima, sola con él en el coche.

A las dos en punto apareció en la puerta del lugar. Me miró de arriba abajo con esa calma que le caracterizaba y dijo, sin siquiera saludar:

—¿A qué hora abren?

Puse los ojos en blanco, pero me reí. Estaba de buen humor por la fiesta y no tenía energías para ponerme seria.

Salimos hacia el estacionamiento y fue ahí cuando me encontré con las dos sorpresas.

***

La primera: junto a la camioneta estaba Mateo, su hijo. Mi ahijado. Lo había visto en ropa de ejercicio toda la vida, siempre informal, siempre con cara de recién salido del gimnasio. Pero esa noche estaba diferente. Pantalón oscuro, camisa bien planchada, con un perfume que llegaba antes que él. Tenía veintitrés años y se veía exactamente eso: un hombre joven con todo por delante.

Me dio un beso en la mejilla y me abrazó de la cintura, pegándose más de lo que el saludo pedía.

—Qué guapo estás esta noche —le dije sin pensar—. Y qué bien hueles.

Sonrió sin decir nada y abrió la puerta de la camioneta.

La segunda sorpresa fue la camioneta en sí. Rodrigo tenía dos coches y una SUV familiar. Esa noche había elegido la pick-up de cabina sencilla, con un banco corrido para tres personas si se apretaban bien.

Muy bien.

Entré yo primero, luego Mateo se acomodó a mi lado, y Rodrigo al volante. La cadera de Mateo contra la mía, su muslo pegado al mío desde el primer segundo en que cerró la puerta.

***

Rodrigo encendió el motor y arrancó. La camioneta era estándar, y cada vez que metía un cambio, su mano rozaba mi pierna. La primera vez pensé que fue sin querer. La segunda vez ya no lo pensé.

Mateo, por su parte, puso la mano en mi muslo casi de inmediato y no la movió en todo el trayecto. Solo la desplazaba despacio, unos centímetros hacia arriba, luego se detenía. Luego un poco más. La falda fue subiendo sin que yo hiciera nada para impedirlo. Miraba al frente, consciente de cada milímetro que avanzaban sus dedos, con el calor acumulándose en la piel.

El viaje fue corto. No lo suficiente.

***

Me bajé frente a mi puerta. Rodrigo también bajó.

—No es necesario que me acompañes —dije.

—Vivo para lo necesario y lo innecesario —respondió, y se acercó.

Abrí la puerta y quise entrar rápido. No fui lo suficientemente rápida. Rodrigo entró detrás de mí antes de que pudiera cerrar, y cerró él mismo la puerta.

—Necesito hablar contigo —dijo.

Me di la vuelta.

—No hay nadie, Rodrigo.

—Mejor —contestó.

Me rodeó con los brazos y empezó a besarme el cuello. Intenté separarme, pero sus manos ya me sostenían por la cintura con firmeza.

—Suéltame —le dije.

—Ándale —murmuró contra mi piel—. Llevo años esperando esto. Solo dame un rato.

—Rodrigo, no es buena idea.

—Solo déjame lamerte —dijo, con una directidad que me quitó las palabras—. Unos minutos y si quieres que me vaya, me voy. Te lo juro.

Estaba bebida, no inconsciente. Estaba encendida, eso sí. Y diez años de tensión acumulada son una cosa muy difícil de ignorar cuando alguien los tiene enfrente con esa actitud.

Un momento. Solo eso. Nada más.

—Está bien —dije—. Pero luego te vas.

Ni terminé la frase y ya me había quitado la ropa interior. Se arrodilló en el piso de la entrada, abrió mis piernas y su boca encontró lo que llevaba años buscando.

***

Sabía exactamente lo que hacía.

No fue torpe ni apresurado. Su lengua trabajó despacio al principio, con paciencia, como aprendiendo, y luego con más confianza y más presión. Sus manos subieron por mis muslos hasta mis pechos, y mientras su lengua hacía círculos en mi clítoris, sus dedos sacaron lo que el escote apenas cubría y acariciaron mis pezones con una presión justa.

Mis rodillas temblaron. Me apoyé en la pared para no caerme.

Estaba tan húmeda que cualquier movimiento lo sentía amplificado. El orgasmo se acumulaba en oleadas, cada vez más cerca, y justo cuando estaba a punto de llegar, Rodrigo se levantó.

Tenía el pantalón abierto. Ahí estaba él, completamente erecto, enorme, mirándome con esa sonrisa de siempre.

—¿Crees que te quepa? —preguntó.

Miré hacia abajo. Luego lo miré a los ojos.

—Móntame de una vez —dije.

Se subió encima de mí y me penetró despacio. El primer empuje me sacó un sonido que no pretendía hacer. Luego el segundo. Luego dejé de prestar atención a los sonidos que hacía.

***

Fue entonces cuando me habló al oído.

—Mateo tiene veintitrés años y no ha estado con nadie. —Su voz era baja, casi íntima, aunque todo lo que decía era completamente obsceno—. Se pasa el día entrenando y nunca ha tenido novia de verdad. Me confesó hace poco que piensa en ti cuando está solo.

Seguí moviéndome con él sin responder.

—Quiero que seas tú la primera —continuó—. Está afuera. Está escuchando. Seguro ya está listo.

Me detuve.

No porque me pareciera mal. Me detuve porque necesitaba un segundo para asimilarlo, aunque pensar con claridad se había vuelto complicado con él adentro y el cuerpo tan encendido.

—¿Lo mandaste tú? —pregunté.

—Fue idea mía —admitió—. Pero él quiere. Lleva tiempo pensando en esto.

Mateo. Mi ahijado. La mano en mi muslo durante todo el viaje, subiendo despacio sin que yo lo detuviera.

—Que entre —dije.

***

La puerta se abrió casi de inmediato. Mateo entró sin dudar, con esa energía contenida de alguien que ha esperado mucho tiempo algo que por fin va a suceder. Se quitó la ropa con calma y determinación. Era atlético, musculoso, perfectamente construido por años de deporte. Cuando se acercó, en sus ojos no había nerviosismo sino una concentración absoluta.

Rodrigo se hizo a un lado. Mateo ocupó su lugar.

La penetración fue distinta. Más joven, más urgente, con esa resistencia que solo da un cuerpo que pasa horas entrenando cada día. Bombeaba con una intensidad constante y controlada, sin apresurarse, como si hubiera decidido no desperdiciar ni un segundo de esto.

A los pocos minutos sentí que se venía, caliente, adentro. Pero no sacó la verga.

Siguió.

Cambió de posición sin pedir permiso. Me puso sobre el sofá y continuó desde atrás con las manos firmes en mis caderas y el mismo ritmo implacable. Llegué al orgasmo y no le dije que se detuviera. Me senté sobre él, frente a frente, con las palmas apoyadas en su pecho, y seguí moviéndome mientras él me miraba con esa atención total que tienen los jóvenes cuando algo los tiene completamente absorbidos.

Perdí la cuenta de cuántas veces se vino. Perdí la cuenta de cuántas veces llegué yo. El tiempo dejó de ser relevante.

***

En algún momento recordé que Rodrigo seguía en la habitación.

Estaba sentado en la silla del rincón con el teléfono levantado, grabando. Me miró cuando me di cuenta. Yo lo miré a él. Y seguí con lo mío.

Cuando el amanecer empezó a colarse por las persianas, Mateo me levantó en brazos como si no pesara absolutamente nada y me subió a mi cuarto. Me acostó en la cama con una calma que no esperaba de alguien que minutos antes había sido tan intenso.

—Gracias —me dijo, simplemente.

Rodrigo ya se había ido cuando bajé por agua unas horas después.

***

Esa misma tarde me llegó un mensaje suyo. Sin texto, solo el video.

Lo vi tres veces ese día. Lo seguí viendo durante el resto de la semana.

La próxima vez que vea a Mateo le voy a decir que el deporte no falla, que siga entrenando, y que si algún día necesita un desahogo de verdad, ya sabe dónde encontrarme y cómo pedirlo.

Y cuando vea a Rodrigo le voy a decir que lleva años prometiendo. Que finalmente cumplió. Y que a ver qué otra idea se le ocurre para la próxima.

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Comentarios (3)

Ramiro27

increible!!! me dejo con ganas de mas

Lau_mdp

Por favor que haya segunda parte!! no puede terminar asi

LoboGris88

Muy bueno, se siente real. Me recordo a algo que me paso hace anos con alguien cercano... esa tension previa es inconfundible. Sigue escribiendo!

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