Lo que pasó en el autobús aquella mañana
Me llamo Daniela y tengo diecinueve años. Soy de esas chicas que pasan desapercibidas en la fila del supermercado, pero que provocan una vuelta de cabeza si van con la ropa equivocada. O la ropa correcta, según cómo se mire. No soy alta —llego al hombro de la mayoría de los chicos—, pero tengo las curvas donde hay que tenerlas: tetas grandes que en ciertos contextos me dan vergüenza y en otros me sirven de escudo, cintura marcada, caderas que se mueven solas cuando camino rápido, y un culo firme que la falda nunca termina de disimular.
Esta historia ocurrió el año pasado, cuando todavía estaba en primer año de la carrera. La cuento porque es completamente real y porque sigo pensando en ella con más frecuencia de la que debería. Sobre todo cuando me toco por la noche.
***
Era martes y tenía una exposición importante. El profesor titular de Literatura había avisado que él mismo evaluaría cada presentación, lo cual significaba que media clase estaría media hora antes de lo habitual. Yo llegué más temprano aún, y no precisamente por la exposición.
El profesor se llamaba Rodrigo y tendría unos treinta y cinco años. Era de esos hombres que uno sabe, sin haberlo pensado nunca, que sería un buen amante: pausado, atento, con las manos de quien ha leído mucho y ha practicado más. Nunca habíamos hablado fuera del salón. Nunca habíamos necesitado hacerlo. Bastaba con que me mirara cuando yo levantaba la mano para responder, y ya tenía el coño húmedo bajo el pupitre.
Así que esa mañana me levanté a las cinco y cuarto con una sola idea: estar presentable de una manera que no pudiera llamarse «arreglada».
Me duché con tiempo, me rasuré el coño con cuidado dejando apenas una franja fina encima, me pasé los dedos jabonosos entre los labios más de la cuenta y tuve que morderme para no correrme ahí mismo bajo el chorro. Me puse el perfume que guardaba para las ocasiones. Luego me planté frente al espejo a decidir la ropa. Elegí la falda de cuadros que llegaba a medio muslo, medias de calceta por encima de la rodilla, y una blusa blanca sin sujetador porque hacía frío y los pezones se marcan solos, y ese tipo de detalle no hace falta forzarlo. Me puse una sudadera delgada encima, lo justo para no parecer que iba buscando miradas. Debajo, unas bragas de algodón blanco, finas, casi transparentes cuando se mojaban.
Porque no iba buscando miradas.
O sí. Pero de uno solo.
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La parada del autobús estaba a doce minutos caminando. Era todavía de madrugada, ese gris oscuro de antes del amanecer que hace que las cosas parezcan más solas de lo que son. Había tres hombres en la parada cuando llegué. Los tres miraron. Miré al frente, sintiendo cómo la falda se me pegaba al culo con la brisa y cómo mis pezones se ponían duros bajo la tela fina de la blusa.
El autobús llegó ya lleno. Hora punta de los que trabajan en turnos nocturnos que regresan y en turnos de mañana que empiezan. Me subí por la puerta trasera y me encajé entre cuerpos. No había espacio para moverse, apenas para respirar. La barra metálica me quedaba demasiado alta para agarrarla con comodidad, y el olor a café y desodorante de la gente llenaba el aire como si fuera sólido.
Me coloqué mirando al frente, con los pies separados para mantener el equilibrio. Cuando el autobús arrancó, el movimiento me obligó a ajustar la postura y a apoyarme un poco hacia atrás.
Y entonces noté que había alguien detrás de mí.
No lo había visto subir. Solo fui consciente de su presencia cuando el autobús tomó una curva y sentí su cuerpo pegarse al mío por un segundo: pecho ancho, abdomen firme, al menos una cabeza más alto que yo. Y algo más, algo duro y grueso que se apoyó por un instante contra la parte baja de mi espalda, justo encima del culo, antes de que el autobús se enderezara. No fue casualidad. Cuando el autobús se estabilizó, se separó apenas lo que la distancia exigía. No más. Yo ya sabía lo que tenía detrás.
***
La primera vez que su mano rozó mi muslo, pensé que era el movimiento del vehículo. Un accidente. Uno de esos contactos involuntarios que suceden cuando hay demasiada gente en un espacio pequeño y los frenos son bruscos.
Pero la mano no se retiró.
Se quedó apoyada en el lateral de mi muslo derecho, con una presión tan leve que podría haber fingido no notarla. Podría haberme movido un par de centímetros hacia la izquierda y el contacto se habría roto solo, sin escena, sin necesidad de explicaciones.
No me moví.
No quería moverme.
El autobús frenó en la siguiente parada y subieron más personas. La gente se apretó. Él se apretó contra mí. Y ahí ya no hubo duda: la verga, dura como una piedra, se me clavó justo en el pliegue del culo a través de la falda. Gruesa. Larga. La sentí latir contra mi carne una, dos veces, como si tuviera pulso propio. Su mano, que antes rozaba apenas, quedó ahora firme contra mi pierna.
Y empezó a moverse.
Despacio. Con una calma que me puso los pelos de punta. No era la urgencia de alguien que aprovecha el momento y teme que se lo quiten: era la seguridad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Sus dedos empezaron a subir por el exterior del muslo, por encima de la falda al principio, luego buscando el dobladillo, deslizándose por debajo de la tela con una paciencia que me costó una barbaridad disimular. Cada centímetro que ganaba, su polla contra mi culo empujaba un poco más, marcándome el surco de las nalgas, como recordándome quién mandaba ahí.
Tenía los ojos fijos en un punto de la nuca de la mujer que iba delante de mí. Me mordí el labio hasta hacerme daño.
La mano llegó a la parte posterior del muslo, justo donde la pierna empieza a convertirse en otra cosa. Se detuvo ahí un momento, como preguntando.
Yo no contesté con palabras. Ajusté la postura de manera que mi cadera giró levemente hacia atrás, empujando el culo contra su bulto. Era la respuesta más pequeña que podía dar y también la más clara. Él me contestó restregándose despacio, arriba y abajo, entre mis nalgas por encima de la tela. Un solo movimiento largo. Suficiente para dejarme claro con qué me iba a follar si el autobús estuviera vacío.
***
Sus dedos llegaron a mis glúteos y los apretaron despacio, explorando, memorizando. Los amasó uno primero, luego el otro, hundiendo los dedos hasta hacerme daño y aflojando después, con una posesividad que me hizo temblar las rodillas. Sentí el calor de su palma a través de la tela fina de las bragas, y sentí cómo el algodón, empapado, se pegaba a los labios de mi coño como una segunda piel. Yo mantenía la respiración controlada, aunque el corazón me latía tan fuerte que temía que la gente a mi alrededor pudiera escucharlo.
Cada vez que el autobús oscilaba, él usaba el movimiento para ajustar la posición de la mano, para avanzar un poco más. Era tan metódico que casi parecía educado. Como si hubiera decidido que no iba a precipitarse, que iba a hacer esto bien o no hacerlo. Su otra mano, la que aún tenía libre, había bajado también, y con el dorso me acariciaba la parte de atrás del otro muslo. Estaba delimitando el terreno. Todo mi culo, todo, era suyo bajo esa falda.
Tres paradas más adelante, la mano se deslizó hacia el frente.
No llevaba medias completas, solo las calcetas hasta la rodilla, así que entre el dobladillo de la falda y la cinturilla de las bragas no había más que unos centímetros de piel. Sus dedos los encontraron sin esfuerzo, recorrieron ese borde, y empujaron hacia abajo la tela hasta que el algodón me quedó a media cadera, atrapado, y mi coño desnudo apoyado contra la sudadera de un desconocido cualquiera.
Estaba empapada. Completamente. Los dedos de él resbalaron desde el primer contacto, como si me hubiera untado aceite. Desde antes, creo, desde antes incluso de que me tocara. Desde que noté su presencia detrás de mí, su cuerpo cálido, su calma que no era la calma de alguien indiferente sino la de alguien que ha decidido tomarse su tiempo. Desde que la punta de su verga había latido por primera vez contra mi espalda.
Empezó a frotarme de arriba abajo con los dedos, sin penetrar, solo recorriendo. Primero por fuera, todo lo largo de la raja, arrastrando el flujo desde la entrada hasta el clítoris. Luego abrió los labios con dos dedos, en V, y con el corazón de la otra mano se puso a dibujarme círculos sobre el clítoris hinchado. Lento. Muy lento. Precisos. Sabía perfectamente dónde estaba, no lo buscó, fue directo. Yo apreté las nalgas contra su bulto y me lo encontré todavía más duro, casi vibrando.
Podría haberme corrido ahí mismo.
Cerré los ojos durante tres segundos, luego los volví a abrir. La mujer de delante seguía mirando su teléfono. El conductor anunciaba la siguiente parada con esa voz monótona de siempre. Un señor mayor a mi izquierda leía el periódico doblado a la mitad. Nadie miraba hacia nosotros.
Nadie tenía idea de que a treinta centímetros de sus caras un desconocido me estaba abriendo el coño con los dedos.
***
En la siguiente parada volvieron a subir personas y la presión aumentó. Él reajustó la postura y su otra mano apareció por mi costado derecho, buscó la apertura de la sudadera, y se coló por debajo hasta mi blusa. Sin sujetador, no había ningún obstáculo. Me tomó una teta con toda la palma y la apretó con una firmeza que me arrancó un sonido que convertí en tos antes de que pudiera salir. Sopesó primero una, después la otra, como calibrando el peso, como si tuviera todo el derecho del mundo a evaluarlas.
Sus dos manos trabajaban de forma independiente: una hundida entre mis piernas, la otra apretando arriba, con un ritmo que no parecía improvisado sino estudiado. Los dedos de la mano izquierda tiraron suavemente del pezón, después con más fuerza, retorciéndolo hasta que se me escapó un jadeo bajo, y tuve que aferrarme a la barra metálica con todas mis fuerzas para no perder el equilibrio. Con la otra mano, abajo, empezó a martillearme el clítoris con dos dedos, rápido, corto, insistente, y yo sentí que las piernas se me abrían solas, que la falda subía otro centímetro, que el mundo entero se reducía a esos dos puntos de mi cuerpo.
Cuando metió los dedos dentro —dos, creo, aunque en ese momento no era capaz de contar nada—, incliné la cabeza hacia abajo y me mordí la manga de la sudadera. Los hundió hasta los nudillos de un solo empujón, y mi coño los recibió con un chapoteo que a mí me pareció ensordecedor y que nadie más oyó. Empezó a bombearlos adentro y afuera con el mismo ritmo pausado, curvando la punta hacia arriba en cada entrada, buscando ese punto que hace temblar las rodillas, y encontrándolo. El autobús se balanceaba. La gente a mi alrededor miraba al frente, miraba por la ventana, vivía sus propias mañanas de martes.
Sentí su verga, más dura si eso era posible, empujando entre mis nalgas al mismo compás que sus dedos entraban en mí. Como si me estuviera follando en paralelo, con las dos cosas, sincronizadas. Su boca bajó hasta el hueco de mi cuello, sin llegar a tocarme, solo el aliento caliente en la piel, y me susurró la única palabra que dijo en todo el viaje, tan bajo que casi la imaginé:
—Córrete.
Me corrí. Ahí de pie, agarrada a la barra, con dos dedos de un desconocido dentro y su polla clavada contra mi culo, me corrí en silencio, apretando los muslos para atrapar sus dedos dentro, sintiendo cómo la contracción me subía desde el coño hasta el pecho, cómo la garganta se me cerraba para no gritar. Un temblor largo, largo, que me duró tres o cuatro paradas del autobús. Él lo notó todo. No sacó los dedos hasta que la última onda me atravesó. Y cuando por fin los sacó, los llevó hacia arriba, hacia mi boca. Los apoyó contra mis labios sin insistir, y yo los acepté. Los chupé como si fueran suyos —como si fueran él—, limpiándolos entre mi lengua y mi paladar, con los ojos cerrados.
Sabían a mí. Salada, densa, la corrida entera de una desconocida que ni siquiera se atrevía a girarse.
***
La siguiente parada era la mía.
El autobús aminoró. Él retiró ambas manos en un solo movimiento limpio, como si las volviera a su sitio. Antes de apartarse del todo, empujó una última vez la verga contra mi culo, despacio, casi con ternura, como una firma. Yo acomodé la ropa sin mirar atrás, me subí las bragas empapadas que se me pegaron al coño hinchado, agarré la mochila, y me moví hacia la puerta con las piernas un poco temblorosas y el semen ajeno que no había —solo el mío, corriéndome por el interior del muslo— resbalando lento hasta la calceta. Bajé a la acera con el aire frío de la mañana golpeándome la cara.
No lo vi salir. No miré.
Caminé hacia el edificio de la facultad con la mente en blanco, o más bien con la mente llena de una sola cosa que todavía no era capaz de analizar. Encontré los baños de la primera planta vacíos a esa hora. Entré en un cubículo, cerré el pestillo, me bajé las bragas hasta los tobillos, apoyé la espalda contra la pared fría, y me metí tres dedos hasta el fondo mientras con el pulgar me machacaba el clítoris. Terminé lo que él había empezado en menos de dos minutos, mordiéndome la otra mano para no gritar el nombre que ni siquiera sabía. Me corrí dos veces seguidas. La segunda con los dedos limpios contra la nariz, tratando de recordar el olor de los suyos.
***
La exposición fue bien. Rodrigo me miró de esa manera suya cuando terminé de hablar, y aplaudió dos veces más que para los demás. Quizás fue mi imaginación. Quizás no. Yo tenía el coño todavía palpitando bajo la falda y las bragas mojadas raspándome cada vez que cambiaba el peso de una pierna a la otra. Rodrigo, con toda su elegancia, se me hizo de pronto insulso al lado del hombre sin rostro del autobús.
Volví a tomar la misma línea de autobús durante semanas, a la misma hora, con la misma ropa, con las mismas bragas finas y sin sujetador. No lo volví a encontrar. No sé si él tomaba ese autobús a diario o si fue solo aquella vez. No sé su nombre, no sé su cara con claridad —solo lo vi de reojo al subir y no presté atención—, no sé nada de él más allá de cómo me tocó, de cómo se sentía su polla dura contra mi culo, de cómo sus dedos supieron exactamente dónde ir sin preguntar.
Pero pienso en esa mañana cada vez que me subo a un autobús lleno. Busco sin querer ese calor detrás de mí, esa verga latiendo contra mi espalda, esa mano que sabe exactamente lo que está haciendo.
Y todavía espero, un poco, que la historia se repita.
Para quienes leen desde zona norte: escorts VIP en Pilar, con fotos reales.