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Relatos Ardientes

La noche que me dejé llevar por un desconocido en el spa

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Era viernes por la noche y Lucía me mandó un audio de cuarenta segundos que terminaba con una risa nerviosa y la frase: «He reservado para seis en el Ónix». El Ónix era un club liberal con spa en las afueras de Sevilla, uno de esos sitios de los que habíamos hablado cien veces sin atrevernos a cruzar la puerta. Nuestro grupo solía moverse en territorios más suaves, noches de juegos, cenas con roce, alguna fiesta donde la ropa sobraba a partir de las dos de la mañana. Pero esto era otra cosa. Esto era territorio nuevo.

Me duché con calma, me depilé hasta el último rincón —los labios del coño completamente lisos, el culo sin un solo vello— y me puse un vestido negro que sabía que no iba a durar mucho puesto. Antes de salir me miré al espejo y me dije en voz alta que estaba abierta a lo que viniera. Me toqué por encima de la tela y noté que ya estaba mojada, las bragas pegadas al coño solo de pensar en lo que podía pasar. No tenía plan. No tenía expectativas. Solo ganas de que me follaran hasta perder el nombre.

Al llegar, el local superó cualquier imagen que me hubiera hecho. Era enorme, con pasillos de luz baja que conducían a zonas de spa, salas temáticas, rincones con cortinas de terciopelo oscuro donde se intuían cuerpos enredados. En los vestuarios nos desnudamos entre risas y nervios. Me puse la muñequera con preservativos y pedí una taquilla individual. Mis amigas me miraron con esa mezcla de curiosidad y complicidad que solo tienen las que te conocen bien.

—Por si acaso —les dije encogiéndome de hombros.

Sabía que no era por si acaso. Era una decisión. Esta noche me iban a follar.

Recorrimos el local como crías explorando un parque de atracciones. Todo era nuevo, todo estimulaba. El sonido grave de la música, el vapor que salía de alguna puerta entreabierta, los cuerpos desnudos moviéndose con naturalidad por los pasillos. Al pasar por una sala vi a una mujer arrodillada chupando dos pollas a la vez, una en cada mano, el rímel corrido y la barbilla brillante de saliva. Más allá, una chica gemía con las piernas abiertas mientras un tío le metía la lengua hasta la garganta del coño. Yo absorbía cada detalle con los sentidos en alerta, los pezones ya duros, el sexo latiendo entre los muslos.

Y entonces lo vi.

Estaba apoyado en la barra del fondo, de espaldas a la pared, con un vaso de algo transparente en la mano. Era alto, ancho de hombros, con la piel morena y el pelo oscuro peinado hacia atrás. No era guapo de revista. Era guapo de los que te hacen tragar saliva y apretar los muslos. Tenía una presencia física que ocupaba todo el espacio a su alrededor, como si el aire fuera más denso cerca de él. Vi el bulto entre sus piernas, marcado bajo la toalla, y supe sin verla que la tenía gruesa.

Si se me acerca, estoy perdida. Si se me acerca, le abro las piernas donde sea.

Clavó sus ojos en mí durante tres segundos que duraron una eternidad. Sentí un calor súbito que me subió desde el coño hasta las mejillas, una corriente que me dejó las bragas empapadas. Me giré hacia mis amigas y fingí que no había pasado nada. Pero había pasado todo.

***

Nos metimos en el spa. El agua estaba a la temperatura perfecta, caliente sin quemar, y la zona estaba llena de gente en distintos grados de juego. A pocos metros, una pareja follaba sin disimulo en un rincón burbujeante: ella sentada sobre él, la espalda arqueada, los pechos saltando con cada embestida que él le clavaba desde abajo. Nos sumergimos en fila y empezamos a relajarnos. Pero al bajar las escaleras de la piscina lo encontré otra vez, medio sumergido, con el agua a la altura de la cintura y los brazos apoyados en el borde. Me miró con una media sonrisa que no pedía permiso.

El grupo se fue mezclando con otros y el agua nos fue acercando como si tuviera voluntad propia. Terminé a su lado sin haberlo buscado. O quizá buscándolo con cada célula de mi cuerpo, con cada pulsación entre las piernas.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó.

Su voz. Grave, pausada, con un acento que no pude ubicar. Solo con escucharla sentí que algo se ablandaba dentro de mí, algo que normalmente mantengo tenso y bajo control. El coño se me contrajo como si su voz me hubiera tocado por dentro.

—Marina —le dije, y escuchar mi nombre en su boca fue como un disparo de calor directo entre las piernas. Noté un nuevo chorro de humedad mezclarse con el agua tibia.

Se llamaba Adrián. Le invitamos al grupo y aceptó con la calma de quien se mueve en esos ambientes como pez en el agua. Cada vez que decía mi nombre con esa voz ronca, yo me humedecía un poco más, el coño chorreando bajo el agua. No era solo atracción. Era una fuerza magnética que me desarmaba. Yo, que siempre llevo las riendas en todo, que en la cama decido el ritmo y la postura y el momento de correrme, estaba temblando como una adolescente con la entrepierna ardiendo.

Cuando su mano rozó mi cintura bajo el agua, la piel se me erizó desde la nuca hasta los tobillos. Su tacto era firme pero no brusco, como el de alguien que sabe que no necesita apretar para que te quedes quieta. Su mano bajó un poco más, le dejó la palma posada en mi cadera y noté cómo me tiraba con suavidad hacia él. Por debajo del agua su polla, dura, gruesa, se apretó contra mi muslo. Tuve que morderme el labio para no gemir delante de todo el mundo.

Sin pensarlo, lo saqué del grupo. Lo quería para mí sola. Quería esa polla para mí sola.

***

Frente a frente en el agua, con la espuma cubriéndonos hasta el pecho, nos miramos durante unos segundos que fueron como una negociación silenciosa. Él estaba excitado y no lo ocultaba: su polla rozaba mi vientre cada vez que el agua nos empujaba. Yo estaba empapada por dentro y por fuera, el coño hinchado, los pezones tan duros que me dolían. Bajó una mano y, sin dejar de mirarme a los ojos, me la pasó entre los muslos. Sus dedos me recorrieron los labios del coño por encima, sin entrar, una caricia exploratoria que me hizo abrir las piernas en el agua.

—Estás empapada —me susurró al oído—. Y no es por el agua.

Intentó besarme y me aparté. No por rechazo. Porque sabía que si le besaba, ya no habría vuelta atrás. Porque sabía que en cuanto su lengua entrara en mi boca yo le pediría que me la metiera en el coño allí mismo, delante de todo el mundo.

—Todavía no —le dije con una sonrisa que me costó mantener.

Él sonrió también. Paciencia de cazador. Eso me puso más todavía. Sus dedos seguían trazando círculos lentos sobre mi clítoris bajo el agua, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacerme correr en aquella piscina llena de gente.

No sé cuánto tiempo aguanté. Minutos, quizá. Jugábamos con el agua, nos rozábamos, él me sujetaba la cadera y yo sentía su erección contra mi muslo, palpitante, viva, una promesa caliente que me reclamaba. Le agarré la polla por debajo del agua y la apreté en mi puño. Era gruesa, dura como una piedra, y el glande estaba tan tenso que noté la piel a punto de reventar. Él soltó un gemido grave que se perdió entre las burbujas. Hasta que cedí. Le besé. Y fue como morder una fruta caliente, carnosa, con una lengua que no tenía prisa pero que recorría cada rincón de mi boca con una intención que me hizo gemir contra sus labios. Mientras nos besábamos, él me metió dos dedos en el coño bajo el agua, hasta el fondo, y yo me corrí por primera vez aquella noche con su lengua dentro de mi boca y sus dedos dentro de mi sexo, ahogando el gemido en su garganta.

Le pregunté su signo. No sé por qué, fue un impulso. Escorpio. Igual que yo. Sonreí para mis adentros. Fuego con fuego. Y yo iba a arder.

En algún momento dejé de pensar. Mi cuerpo tomó las decisiones. Le seguí de la mano fuera del agua, por un pasillo estrecho, hasta una habitación con cortinas gruesas y una luz tenue que parpadeaba. Ir de la mano de un completo desconocido hacia una cama fue una de las sensaciones más contradictorias que he experimentado. Quería y no quería. Me excitaba y me daba vértigo. Era exactamente lo que necesitaba. Le miraba el culo prieto al caminar, la espalda ancha brillando aún por el agua, y sabía que en cinco minutos iba a tener esa polla hasta el fondo.

Le estoy cediendo el control. Yo. Que no se lo cedo a nadie. Y me está poniendo más cachonda que nunca.

***

Él cerró la cortina y trajo toallas, agua y condones. Cada gesto lo hacía sin urgencia, con una atención que me calmaba. Era fuego, sí, pero también cuidado. Me senté en el borde de la cama y respiré hondo. Tenía la polla a la altura de mi cara, erguida, gruesa, con una vena marcada que la recorría por debajo y el glande ya brillante de líquido preseminal. Tragué saliva.

—Vamos despacio —le pedí—. Nunca he hecho esto sola. Siempre vine acompañada de alguna pareja.

—No hay prisa —me dijo, y me besó la frente antes de besarme la boca.

Esa ternura me desarmó más que cualquier embestida. Me tumbó con suavidad y empezó a recorrerme con los labios. El cuello, las clavículas, el valle entre los pechos. Me cogía las tetas con las dos manos, las apretaba, las amasaba como si quisiera dejarme marca, se metía un pezón entero en la boca y lo chupaba con fuerza mientras con los dedos me pellizcaba el otro hasta hacerme arquear la espalda. Su lengua iba de uno a otro, pintando círculos sobre la areola, mordisqueando con los dientes lo justo para hacerme jadear. Bajó por mi vientre sin detenerse, dejó un reguero de saliva sobre mi ombligo, separó mis muslos con las manos abriéndolas en una uve perfecta y hundió la boca entre mis piernas.

Su lengua no tenía pudor. Me lamió el clítoris con la punta, despacio, con la presión exacta, y luego de un lengüetazo entero me recorrió desde el ano hasta el capuchón. Me chupó los labios uno a uno, se los metió en la boca, los mordisqueó. Me recorrió los labios con la lengua plana, me penetró con ella metiéndola y sacándola como si fuera una pequeña polla húmeda, me rodeó el ano sin dudarlo y lo lamió en círculos hasta hacerme sacudir las caderas. Me encantan los hombres que no se escandalizan con nada, que se comen un coño como si fuera el último plato sobre la tierra. Me provocan ganas de darlo todo.

Metió dos dedos buscando el punto exacto y lo encontró sin esfuerzo. Los curvaba hacia arriba, masajeando esa zona esponjosa que pocos saben encontrar, mientras chupaba mi clítoris con los labios cerrados sobre él, una succión constante que iba subiendo en intensidad. Sentí la presión crecer como una ola, las piernas se me empezaron a temblar, le agarré la cabeza por el pelo y se la apreté contra el coño. Me corrí con un espasmo que me dejó temblando y empapada, gritando sin reconocer mi propia voz, el coño contrayéndose violentamente alrededor de sus dedos. Eyaculé. Sentí el chorro salir y mojarle la barbilla, el cuello, el pecho. Las sábanas estaban empapadas. Yo estaba confusa de placer. Quería más y a la vez sentía que era demasiado.

Le arañé la espalda, le mordí el hombro hasta dejarle marca, forcejeamos envueltos en un desorden de piernas y saliva. Le agarré la polla con las dos manos. Era gruesa, dura, palpitaba contra mis dedos, casi no me cabía la cabeza dentro del puño. Me la metí en la boca y él echó la cabeza hacia atrás con un gemido grave que me vibró en el pecho. La chupé entera, primero el glande con la lengua dándole vueltas, luego bajando hasta tragarme casi toda la polla, hasta que la punta me tocó la garganta y se me llenaron los ojos de lágrimas. La saqué con un hilo de saliva colgando del labio y se la volví a meter más despacio, gimiendo con ella dentro de la boca para que la vibración le llegara hasta los huevos. Le lamí los testículos uno a uno, me los metí en la boca con cuidado, y volví a subir por la polla con un lengüetazo largo desde la base hasta la punta. Él me agarraba del pelo, no para forzarme, sino para verme mejor mientras me la comía.

—Ponte el condón —le dije sin soltarle, con los labios todavía rozándole el glande.

Me penetró despacio, centímetro a centímetro, y fue como si todo mi cuerpo se reorganizara alrededor de él. Sentí cada milímetro de su polla abriéndome el coño, estirándome, llenándome hasta un punto que no recordaba haber sentido antes. Le rodeé con las piernas y lo apreté contra mí hasta hundirlo del todo. Estaba llena de vergüenza y de deseo, una mezcla inocente que no esperaba sentir a mi edad. Me salían sonidos que no reconocía, algo entre el gemido y el rugido. Él empezó a moverse, primero con embestidas lentas y profundas, sacando casi toda la polla y volviendo a clavarla hasta el fondo, hasta golpear el cuello del útero. Cada vez que entraba yo soltaba un gemido sucio, gutural, que él se bebía de mi boca.

Me cogía del cuello con una mano, firme pero envolvente, sin apretar, solo recordándome quién marcaba el ritmo, mientras con la otra me sujetaba la cadera y aceleraba. Yo me aferraba a su espalda como si fuera lo único sólido en la habitación, le clavaba las uñas hasta hacerle sangre. Me sentía torpe y libre a la vez.

—Date la vuelta —me ordenó con esa voz ronca—. A cuatro patas.

Me pidió que me pusiera a cuatro patas y obedecí, algo que jamás hago con nadie sin discutirlo primero. Le levanté el culo en pompa, arqueé la espalda y le ofrecí el coño como si llevara años pidiéndoselo. Me clavó la polla de una sola embestida brutal que me sacó un grito y me hizo agarrar las sábanas con los puños. Sus embestidas eran profundas, controladas, y con cada una el sonido seco de su pelvis golpeando mi culo llenaba la habitación. Me cogía del pelo, me lo enrollaba en el puño y tiraba hacia atrás obligándome a arquear más la espalda. Con cada una sentía que el placer me empujaba un poco más hacia un borde que no conocía. Me acariciaba el ano con un dedo mojado mientras me follaba, presionando suavemente sin llegar a entrar, jugando con esa zona prohibida, y a mí me parecía lo más sucio y lo más delicioso del mundo. Cuando me metió la yema del pulgar en el culo mientras seguía clavándome la polla en el coño me corrí otra vez, los dos agujeros llenos a la vez, el cuerpo entero sacudiéndose en un orgasmo que me dejó boqueando contra la almohada.

De repente necesité parar. No porque no quisiera. Porque era demasiado de golpe. Demasiadas sensaciones nuevas, demasiado placer condensado, demasiada entrega con alguien a quien no conocía de nada.

—Necesito un momento —le dije, y él paró al instante, sacándome la polla con cuidado.

Se tumbó a mi lado y me acarició el pelo sin decir nada. Esa paciencia me confirmó lo que ya intuía: era un buen tipo. Un desconocido que follaba como un animal pero que sabía leer el cuerpo de una mujer como si fuera un mapa que ya conocía.

***

No pudimos estar quietos mucho tiempo. Tenerlo al lado, desnudo, con ese torso enorme y esa piel caliente, con la polla todavía dura goteando dentro del condón, era una invitación imposible de rechazar. Le pasé la mano por el vientre, bajé hasta su sexo y empecé a masturbarlo sin prisa, mirándole a los ojos. Me dijo que quería correrse y la cabeza me dio un vuelco. Pocas cosas me excitan más que ver a un hombre derramarse.

—¿Dónde quieres hacerlo? —le pregunté apretándole la polla en mi puño.

—Entre tus tetas —me dijo mirándome a los ojos.

Le quité el condón despacio. La polla saltó libre, gruesa, brillante, y me senté a horcajadas sobre su vientre. Me junté las tetas con las dos manos formando un canal apretado entre ellas y le metí la polla en medio. Empezó a follarme las tetas con embestidas cortas, la punta del glande asomando justo debajo de mi barbilla en cada subida. Bajé la cabeza y, cada vez que aparecía la punta, le sacaba la lengua para lamerle el glande, una y otra vez. Escupí saliva entre mis pechos para que resbalara mejor y él gruñó. Sus caderas empezaron a moverse más rápido, los músculos del abdomen tensándose. Entre saliva y caricias lo llevamos juntos hasta el final.

Se corrió sobre mi pecho como una fuente. El primer chorro saltó alto y me alcanzó el cuello, el segundo me cayó entre las tetas, el tercero y el cuarto se derramaron sobre los pezones. Era espeso, caliente, abundante, y sentirlo sobre mi piel me produjo un placer visual y táctil que me hizo apretar los muslos sobre su vientre. Pasé los dedos por su glande cubierto de semen, recogiendo las últimas gotas, y él se sacudía cada vez que lo hacía, una mezcla de placer y sensibilidad que me fascinaba. Me llevé los dedos a la boca y los chupé sin dejar de mirarle, saboreando su corrida salada en mi lengua. No podía parar de tocarlo.

Si no llevara condón, querría sentir esto dentro de mí, todo ese semen llenándome el coño, chorreándome al sacarlo, bajando por el interior de los muslos.

Me abracé a él con todo su desastre pegajoso entre nosotros, las tetas embadurnadas de su semen aplastadas contra su pecho. Olíamos a sexo, a cloro, a sudor, a corrida. Era perfecto.

***

Nos duchamos juntos y volvimos al spa, que ya estaba casi vacío. Bajo el agua de la ducha, mientras me enjabonaba las tetas todavía pegajosas de su semen, él se puso detrás de mí, me apretó las nalgas con las dos manos y me restregó la polla, otra vez medio dura, entre los cachetes del culo. Tuve que apoyarme en los azulejos para no derretirme. El agua nos recibió en silencio en el spa. Fue un baño distinto, más lento, más íntimo. Me pellizcó un pezón y tuve que alejarme porque el agua es mi debilidad y con él cerca no respondía de mí. Le pedí que se pusiera de pie frente a mí y contemplé su cuerpo desde abajo, arrodillada en el agua, con su polla goteando justo delante de mi cara. Le di un último lametazo en el glande, sin más motivo que el placer de hacerlo. Lejos de sentirme sumisa, me sentí poderosa. Era yo quien decidía mirarlo. Era yo quien había elegido estar ahí, arrodillada frente a un desconocido con su polla en mi boca.

Terminamos en la sauna, sentados el uno junto al otro, viendo cómo en la habitación contigua una pareja montaba un espectáculo que en otro momento me habría resultado vulgar pero que junto a él me parecía casi artístico. Ella estaba sentada a horcajadas sobre él, la polla del tío hundida hasta los huevos en su coño, las tetas saltando con cada bote, mientras otra mujer le mordía los pezones por detrás. Adrián me cogió la mano y la apoyó sobre su polla, otra vez dura, y yo se la apreté sin dejar de mirar la escena. Me preguntaba cómo sería verlo follar con otra mientras yo participaba, imaginarme chupándole los pechos a esa desconocida mientras él la penetraba a mi lado, recibir su corrida en la cara compartida con otra boca. Tuve que sacar esa imagen de mi cabeza antes de que me arrastrara a una segunda ronda para la que ya no tenía fuerzas.

***

En los vestuarios nos vestimos en silencio. Al verlo de nuevo con ropa sentí algo extraño, una nostalgia prematura, como si ya echara de menos su piel, su olor, el peso de su polla en mi mano. Salimos al exterior y el aire frío de la madrugada me golpeó la cara como un bofetón amable. Me sentía viva, entera, limpia a pesar de todo lo sucio que acabábamos de hacer. Notaba el coño dolorido en el sentido más delicioso, todavía latiendo, todavía vacío de algo que cinco minutos antes lo llenaba entero.

Nos intercambiamos los teléfonos. No sé si volveré a verle. No sé si quiero. Lo que sé es que esa noche descubrí algo que llevaba años sospechando: que no necesito llevar el control para sentirme segura. Que soltar las riendas con la persona adecuada, aunque sea un extraño, puede ser lo más liberador del mundo. Que dejarme follar como nunca me había dejado follar no me hacía menos dueña de mí misma, sino más.

Caminé sola hasta el coche, con las piernas todavía temblorosas, las bragas húmedas otra vez solo de recordarlo, y una sonrisa que no me cabía en la cara. Mis amigas me bombardearon a mensajes. No contesté. Quería quedarme un rato más en ese estado, con el cuerpo blando y la cabeza en calma, el coño hinchado y el sabor de su corrida todavía en algún rincón de la lengua, saboreando cada segundo de lo que acababa de vivir.

Ya habrá tiempo de contarlo. Ya habrá tiempo de volver.

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Comentarios(10)

vanesa

Que historia!! me quedé sin palabras. Sigo pensando en ese final...

Toulouse

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber mas

Tatianita97

Me encantó como lo narraste, se siente completamente real. Sigue escribiendo!!

SofiNoche22

Los spas nunca van a ser lo mismo para mí después de leer esto jajaja

Silvieta88

Me recordó a una noche que yo tuve hace años en un viaje sola. Uno nunca sabe lo que puede pasar... gracias por animarte a contar esto

moreno28

increible como describis esa sensacion de estar expuesta y libre al mismo tiempo. tremendo

NocturnaR

Excelente!!! ojalá haya mas relatos tuys, me encantó

Fernando

Muy bien escrito, se nota que es algo que viviste de verdad

LuciaMar85

La parte de la voz antes de las manos... uf. Se me puso la piel de gallina

Sebastian

¿Y hubo reencuentro despues? Porque parece que la historia no termina ahi jeje

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