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Relatos Ardientes

La noche que me dejé llevar por un desconocido en el spa

Era viernes por la noche y Lucía me mandó un audio de cuarenta segundos que terminaba con una risa nerviosa y la frase: «He reservado para seis en el Ónix». El Ónix era un club liberal con spa en las afueras de Sevilla, uno de esos sitios de los que habíamos hablado cien veces sin atrevernos a cruzar la puerta. Nuestro grupo solía moverse en territorios más suaves, noches de juegos, cenas con roce, alguna fiesta donde la ropa sobraba a partir de las dos de la mañana. Pero esto era otra cosa. Esto era territorio nuevo.

Me duché con calma, me depilé hasta el último rincón y me puse un vestido negro que sabía que no iba a durar mucho puesto. Antes de salir me miré al espejo y me dije en voz alta que estaba abierta a lo que viniera. No tenía plan. No tenía expectativas. Solo ganas de sentir algo diferente.

Al llegar, el local superó cualquier imagen que me hubiera hecho. Era enorme, con pasillos de luz baja que conducían a zonas de spa, salas temáticas, rincones con cortinas de terciopelo oscuro. En los vestuarios nos desnudamos entre risas y nervios. Me puse la muñequera con preservativos y pedí una taquilla individual. Mis amigas me miraron con esa mezcla de curiosidad y complicidad que solo tienen las que te conocen bien.

—Por si acaso —les dije encogiéndome de hombros.

Sabía que no era por si acaso. Era una decisión.

Recorrimos el local como crías explorando un parque de atracciones. Todo era nuevo, todo estimulaba. El sonido grave de la música, el vapor que salía de alguna puerta entreabierta, los cuerpos desnudos moviéndose con naturalidad por los pasillos. Yo absorbía cada detalle con los sentidos en alerta.

Y entonces lo vi.

Estaba apoyado en la barra del fondo, de espaldas a la pared, con un vaso de algo transparente en la mano. Era alto, ancho de hombros, con la piel morena y el pelo oscuro peinado hacia atrás. No era guapo de revista. Era guapo de los que te hacen tragar saliva y apartar la mirada. Tenía una presencia física que ocupaba todo el espacio a su alrededor, como si el aire fuera más denso cerca de él.

Si se me acerca, estoy perdida.

Clavó sus ojos en mí durante tres segundos que duraron una eternidad. Sentí un calor súbito que me subió desde el vientre hasta las mejillas. Me giré hacia mis amigas y fingí que no había pasado nada. Pero había pasado todo.

***

Nos metimos en el spa. El agua estaba a la temperatura perfecta, caliente sin quemar, y la zona estaba llena de gente en distintos grados de juego. Nos sumergimos en fila y empezamos a relajarnos. Pero al bajar las escaleras de la piscina lo encontré otra vez, medio sumergido, con el agua a la altura de la cintura y los brazos apoyados en el borde. Me miró con una media sonrisa que no pedía permiso.

El grupo se fue mezclando con otros y el agua nos fue acercando como si tuviera voluntad propia. Terminé a su lado sin haberlo buscado. O quizá buscándolo con cada célula de mi cuerpo.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó.

Su voz. Grave, pausada, con un acento que no pude ubicar. Solo con escucharla sentí que algo se ablandaba dentro de mí, algo que normalmente mantengo tenso y bajo control.

—Marina —le dije, y escuchar mi nombre en su boca fue como un disparo de calor directo entre las piernas.

Se llamaba Adrián. Le invitamos al grupo y aceptó con la calma de quien se mueve en esos ambientes como pez en el agua. Cada vez que decía mi nombre con esa voz ronca, yo me humedecía un poco más. No era solo atracción. Era una fuerza magnética que me desarmaba. Yo, que siempre llevo las riendas en todo, que en la cama decido el ritmo y la postura y el momento, estaba temblando como una adolescente.

Cuando su mano rozó mi cintura bajo el agua, la piel se me erizó desde la nuca hasta los tobillos. Su tacto era firme pero no brusco, como el de alguien que sabe que no necesita apretar para que te quedes quieta.

Sin pensarlo, lo saqué del grupo. Lo quería para mí sola.

***

Frente a frente en el agua, con la espuma cubriéndonos hasta el pecho, nos miramos durante unos segundos que fueron como una negociación silenciosa. Él estaba excitado y no lo ocultaba. Yo estaba empapada por dentro y por fuera. Intentó besarme y me aparté. No por rechazo. Porque sabía que si le besaba, ya no habría vuelta atrás.

—Todavía no —le dije con una sonrisa que me costó mantener.

Él sonrió también. Paciencia de cazador. Eso me puso más todavía.

No sé cuánto tiempo aguanté. Minutos, quizá. Jugábamos con el agua, nos rozábamos, él me sujetaba la cadera y yo sentía su erección contra mi muslo. Hasta que cedí. Le besé. Y fue como morder una fruta caliente, carnosa, con una lengua que no tenía prisa pero que recorría cada rincón de mi boca con una intención que me hizo gemir contra sus labios.

Le pregunté su signo. No sé por qué, fue un impulso. Escorpio. Igual que yo. Sonreí para mis adentros. Fuego con fuego.

En algún momento dejé de pensar. Mi cuerpo tomó las decisiones. Le seguí de la mano fuera del agua, por un pasillo estrecho, hasta una habitación con cortinas gruesas y una luz tenue que parpadeaba. Ir de la mano de un completo desconocido hacia una cama fue una de las sensaciones más contradictorias que he experimentado. Quería y no quería. Me excitaba y me daba vértigo. Era exactamente lo que necesitaba.

Le estoy cediendo el control. Yo. Que no se lo cedo a nadie.

***

Él cerró la cortina y trajo toallas, agua y condones. Cada gesto lo hacía sin urgencia, con una atención que me calmaba. Era fuego, sí, pero también cuidado. Me senté en el borde de la cama y respiré hondo.

—Vamos despacio —le pedí—. Nunca he hecho esto sola. Siempre vine acompañada de alguna pareja.

—No hay prisa —me dijo, y me besó la frente antes de besarme la boca.

Esa ternura me desarmó más que cualquier embestida. Me tumbó con suavidad y empezó a recorrerme con los labios. El cuello, las clavículas, el valle entre los pechos. Me cogía los pechos con las dos manos, los apretaba, los lamía, y yo arqueaba la espalda sin poder evitarlo. Bajó por mi vientre sin detenerse, separó mis muslos con las manos y hundió la boca entre mis piernas.

Su lengua no tenía pudor. Me lamió el clítoris con la punta, me recorrió los labios con la lengua plana, me penetró con ella, me rodeó el ano sin dudarlo. Me encantan los hombres que no se escandalizan con nada. Me provocan ganas de darlo todo.

Metió dos dedos buscando el punto exacto y lo encontró sin esfuerzo. Sentí la presión crecer como una ola y me corrí con un espasmo que me dejó temblando y empapada. Las sábanas estaban mojadas. Yo estaba confusa de placer. Quería más y a la vez sentía que era demasiado.

Le arañé la espalda, le mordí el hombro, forcejeamos envueltos en un desorden de piernas y saliva. Le agarré la polla con las dos manos. Era gruesa, dura, palpitaba contra mis dedos. Me la metí en la boca y él echó la cabeza hacia atrás con un gemido grave que me vibró en el pecho.

—Ponte el condón —le dije sin soltarle.

Me penetró despacio, centímetro a centímetro, y fue como si todo mi cuerpo se reorganizara alrededor de él. Le rodeé con las piernas y lo apreté contra mí. Estaba llena de vergüenza y de deseo, una mezcla inocente que no esperaba sentir a mi edad. Me salían sonidos que no reconocía, algo entre el gemido y el rugido.

Me cogía del cuello con una mano, firme pero envolvente, mientras con la otra me sujetaba la cadera para marcar el ritmo. Yo me aferraba a su espalda como si fuera lo único sólido en la habitación. Me sentía torpe y libre a la vez. Me pidió que me pusiera a cuatro patas y obedecí, algo que jamás hago con nadie sin discutirlo primero. Sus embestidas eran profundas, controladas, y con cada una sentía que el placer me empujaba un poco más hacia un borde que no conocía. Me acariciaba el ano con los dedos mientras me follaba y a mí me parecía lo más sucio y lo más delicioso del mundo.

De repente necesité parar. No porque no quisiera. Porque era demasiado de golpe. Demasiadas sensaciones nuevas, demasiado placer condensado, demasiada entrega con alguien a quien no conocía de nada.

—Necesito un momento —le dije, y él paró al instante.

Se tumbó a mi lado y me acarició el pelo sin decir nada. Esa paciencia me confirmó lo que ya intuía: era un buen tipo. Un desconocido que follaba como un animal pero que sabía leer el cuerpo de una mujer como si fuera un mapa que ya conocía.

***

No pudimos estar quietos mucho tiempo. Tenerlo al lado, desnudo, con ese torso enorme y esa piel caliente, era una invitación imposible de rechazar. Me dijo que quería correrse y la cabeza me dio un vuelco. Pocas cosas me excitan más que ver a un hombre derramarse.

—¿Dónde quieres hacerlo? —le pregunté.

—Entre tus tetas —me dijo mirándome a los ojos.

Le quité el condón y entre saliva y caricias lo llevamos juntos hasta el final. Se corrió sobre mi pecho como una fuente. Era espeso, caliente, y sentirlo sobre mi piel me produjo un placer visual y táctil que me hizo apretar los muslos. Pasé los dedos por su glande cubierto de semen y él se sacudía cada vez que lo hacía, una mezcla de placer y sensibilidad que me fascinaba. No podía parar de tocarlo.

Si no llevara condón, querría sentir esto dentro de mí, chorreándome al sacarlo.

Me abracé a él con todo su desastre pegajoso entre nosotros. Olíamos a sexo, a cloro, a sudor. Era perfecto.

***

Nos duchamos juntos y volvimos al spa, que ya estaba casi vacío. El agua nos recibió en silencio. Fue un baño distinto, más lento, más íntimo. Me pellizcó un pezón y tuve que alejarme porque el agua es mi debilidad y con él cerca no respondía de mí. Le pedí que se pusiera de pie frente a mí y contemplé su cuerpo desde abajo, arrodillada en el agua. Lejos de sentirme sumisa, me sentí poderosa. Era yo quien decidía mirarlo. Era yo quien había elegido estar ahí.

Terminamos en la sauna, sentados el uno junto al otro, viendo cómo en la habitación contigua una pareja montaba un espectáculo que en otro momento me habría resultado vulgar pero que junto a él me parecía casi artístico. Me preguntaba cómo sería verlo follar con otra mientras yo participaba. Tuve que sacar esa imagen de mi cabeza antes de que me arrastrara a una segunda ronda para la que ya no tenía fuerzas.

***

En los vestuarios nos vestimos en silencio. Al verlo de nuevo con ropa sentí algo extraño, una nostalgia prematura, como si ya echara de menos su piel. Salimos al exterior y el aire frío de la madrugada me golpeó la cara como un bofetón amable. Me sentía viva, entera, limpia a pesar de todo lo sucio que acabábamos de hacer.

Nos intercambiamos los teléfonos. No sé si volveré a verle. No sé si quiero. Lo que sé es que esa noche descubrí algo que llevaba años sospechando: que no necesito llevar el control para sentirme segura. Que soltar las riendas con la persona adecuada, aunque sea un extraño, puede ser lo más liberador del mundo.

Caminé sola hasta el coche, con las piernas todavía temblorosas y una sonrisa que no me cabía en la cara. Mis amigas me bombardearon a mensajes. No contesté. Quería quedarme un rato más en ese estado, con el cuerpo blando y la cabeza en calma, saboreando cada segundo de lo que acababa de vivir.

Ya habrá tiempo de contarlo. Ya habrá tiempo de volver.

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