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Relatos Ardientes

La noche que mi amigo gay rompió todas las etiquetas

Le dije que sí en cuanto Mateo me lo propuso. Era viernes, tenía el fin de semana libre y el corazón hecho añicos por una ruptura demasiado reciente. Carolina, la culpable, me había dejado por su exnovia, esa misma de la que durante meses me había jurado que solo eran «buenas amigas». Esto de ser lesbiana es agotador a veces. Una se queja de los hombres, pero del otro lado del jardín tampoco llueve fino. O quizá soy yo, que tengo una especie de imán para mujeres con la estabilidad emocional de un castillo de arena.

El plan, en cualquier caso, era el correcto: salir a bailar con mi mejor amigo de toda la vida y emborracharme hasta olvidarme hasta del nombre.

Mateo siempre estaba ahí cuando me derrumbaba. Acumulaba ya muchos turnos de consolarme, aunque supongo que eran la devolución de los que yo había hecho por él en su momento. Su salida del clóset había sido una guerra larga; nadie en su familia se lo esperaba, porque Mateo no era el típico chico al que le notaras la pluma a primera vista. Sus gestos, su voz, su manera de moverse por una habitación: nada delataba nada. Las plumas solo se le escapaban cuando se emborrachaba, y entonces era una diva absoluta. Pero a esa versión suya no tenía acceso cualquiera.

El club estaba reventado. Apenas crucé la puerta, el olor a alcohol, sudor, perfume y marihuana me golpeó la cara. Sí, prometía ser una buena noche para olvidarme hasta de mi nombre.

—¡Hoy te juro que no te dejo sola! —me gritó Mateo por encima de la música—. ¡A menos que encuentres mejor compañía!

—Me lo debes —contesté—. Siempre me dejas tirada por un culo.

Reímos los dos con esa complicidad tonta que teníamos. Era cierto que siempre acababa abandonándome por algún chico; ese era nuestro pacto cuando salíamos a ligar: ninguno se metía con la presa del otro.

La noche fue avanzando. El alcohol también. La euforia subió hasta lo más alto y los reflectores y la música terminaron de borrarme la cara de Carolina del cerebro. Bailamos sin parar. No era la primera vez que bailábamos pegados, yo delante de él, él delante de mí, da igual; siempre habíamos sido así. Pero esa noche se sentía distinto.

Sus caderas pegadas a las mías se movían con una lentitud que no era inocente. Se me empezó a formar un nudo bajo el ombligo, un nudo que llevaba meses sin sentir. Disimuladamente cambié de posición al compás de la música, intentando bajarle dos puntos a esa excitación que no debía estar ocurriendo. Tengo que reconocer que no fue una buena idea.

Su pelvis quedó muy cerca de mis nalgas, moviéndose con esa misma lentitud. Sus brazos me rodearon el pecho sin tocar nada indebido. Su aliento caliente me llegó al oído, y todo eso, junto, se convirtió en una provocación que ni él quería estar haciendo y que a mí me tenía al límite. Pude detenerme. Pude irme al baño a echarme agua en la cara. Esto era confuso y no era correcto.

No hice nada de eso. Le di un trago a mi cerveza y me dejé llevar por la sensación que me estaba embriagando más que el alcohol. No fui consciente de mis propios gemidos hasta que oí su voz al lado de mi oreja.

—Lucía, ¿estás bien?

—¿Eh? Sí, sí…

—No jodas, con esos sonidos hasta yo me he calentado —se rio.

—Idiota —murmuré—. Solo estoy disfrutando del momento.

—Vale, vale.

Ni aun así nos separamos. Nuestros cuerpos se negaban a soltarse. Sus manos empezaron a deslizarse por mi torso, me sujetaron por las caderas y acortaron la distancia que ya casi no existía. Y entonces lo sentí: algo duro contra la base de mi espalda.

Me di la vuelta de golpe, nerviosa, y quedé de frente a él.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté con un hilo de voz.

—¿De qué hablas? —respondió—. Solo estoy disfrutando del momento, ¿no?

—Necesito aire.

Esas fueron mis últimas palabras antes de salir corriendo. El aire fresco de la calle me dio en la cara y solté un suspiro largo, de pura frustración. Esto no podía estar pasándome.

—¡Eh, eh! ¿A dónde vas? ¿Qué he hecho mal? —Mateo había salido detrás de mí.

—Dime que estoy loca.

—No te entiendo.

—Dime que lo que sea que ha pasado ahí dentro no es real.

—No puedo, ¿vale? —respondió después de unos segundos eternos.

—¿Qué estamos haciendo?

—No lo sé, Lucía. No sé qué me ha pasado. Perdóname.

Su cara mostraba un arrepentimiento auténtico, ojos de cachorro regañado y los hombros caídos. Se me derritió todo lo que me quedaba de enfado.

—No quiero arriesgar lo nuestro —añadió—. Olvidemos esto, ¿te parece?

—Yo tampoco quiero perderte.

Nos abrazamos. Y ese fue el problema. La calidez de sus brazos me jugó una mala pasada. Empezamos a separarnos despacio y nuestras miradas ya eran cómplices de lo que estaba a punto de pasar.

Me quedé en blanco. La única idea coherente en mi cabeza era morderle los labios y borrarle el rastro del bálsamo. Mis ojos se quedaron clavados en su boca un instante antes de lanzarme.

Me recibió con los labios entreabiertos. La mezcla del sabor dulce de su boca y el toque amargo de la cerveza encendió en mi cerebro luces que no debían estar ahí. Lo agarré por la cintura y profundicé el beso hasta donde se podía profundizar. Cuando nuestras lenguas chocaron, sentí una descarga directa entre las piernas. Estaba empapada.

—Vamos a mi casa —me dijo con la voz ligeramente quebrada.

No respondí. Lo seguí. Los quince minutos del trayecto fueron en silencio absoluto y mi seguridad se fue desinflando con cada semáforo.

—Mateo, no sé si esto sea buena idea —le dije al cruzar el portal—. A ti no te gustan las mujeres.

—¿Y tú cómo sabes lo que me gusta exactamente? —respondió, acercándose peligrosamente.

—Esto es diferente. Tú nunca has estado con una mujer. Esto puede salir muy mal.

—¿Y si me dejas decidirlo a mí?

Sin previo aviso fue directo a mi cuello. Sus besos fueron tímidos al principio, pero solo la idea de la situación entera me encendió de inmediato. Chupó, mordió y besó cada centímetro de mi cuello, y mis suspiros me delataron. En silencio le rogaba que siguiera bajando. Como si me leyera la mente, sus besos empezaron a descender mientras la ropa caía al suelo.

Mi cuerpo se estremeció bajo sus manos. Ni delicadas ni bruscas: justo la fuerza que mi piel necesitaba. Empezó a lamerme los pechos y yo sentía que me deshacía. Le presionaba la cara contra el pecho, lo necesitaba un poco más rudo.

—Mateo, ¿estás bien? —le pregunté entre jadeos—. Si no quieres seguir…

—Lucía, deja de preguntarme. ¿No notas cómo me tienes?

No había mucho que discutir. Cuando bajé la mirada, su erección, en toda su longitud, me sorprendió. Era más grande de lo que había imaginado. Cuando la tomé en la mano y empecé a recorrer el glande, soltó un bufido que me prendió fuego.

—Yo no tengo mucha experiencia en esto —le dije, titubeando.

Él colocó su mano sobre la mía y empezó a guiarme. Le tomé yo la otra mano y se la llevé entre mis piernas.

—Yo también te guío —le dije.

Su respuesta fue un beso largo, interminable.

Estuvimos un buen rato masturbándonos así, dándonos órdenes mudas con los dedos. Mi clítoris estaba a punto de estallar y la vista de su cuerpo trabajado mientras me daba placer no estaba ayudando.

—Mmm, sí —gemí, intensificando los movimientos contra sus dedos.

—¿Siempre te mojas así?

—Necesito más —le supliqué, ignorando la pregunta—. Dame más, por favor.

Caímos sobre la cama. Me senté encima de él y le repartí besos por el cuello, los hombros, el pecho. Acerqué su sexo a mi entrada y, poco a poco, lo fui hundiendo dentro de mí.

—Joder —gritó él.

—Mateo…

—Estás tan mojada, tan apretada, tan rica.

Empezamos a movernos sincronizados. Los roles se difuminaron por un momento. No sabía si yo se la estaba dando a él o él a mí; solo sabía que se sentía a gloria tenerlo dentro. Me sentía llena de una manera nueva.

Nuestros gemidos y el sonido de mi cuerpo subiendo y bajando contra el suyo llenaron la habitación. Me pellizcaba los pezones mientras me embestía, sonreía con picardía, y yo solo gimoteaba con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás. Cambiamos de postura un rato después. Quedamos de lado: él podía penetrarme y yo, a la vez, atender mi propio clítoris. El orgasmo llegó salvaje. Todo el cuerpo me convulsionó y mordí la almohada para amortiguar el grito.

***

No esperé mucho a recuperarme. Me coloqué encima de él, boca abajo esta vez, y le repartí besos por toda la espalda. Cuando llegué a sus nalgas no lo dudé ni un segundo: quería comerme aquel culo. Le levanté un poco las caderas y empecé a chuparle. Él se dejaba hacer con una entrega que me calentaba todavía más; solo escuchaba sus jadeos. Me lubriqué dos dedos con saliva e invadí su entrada sin previo aviso. Soltó un grito agudo y empezó a apretar las sábanas con fuerza, gimiendo sin filtro.

—¿Tienes algún juguete? —le pregunté.

—Sí. En el cajón de la mesita —respondió, entrecortado.

Abrí el cajón y lo primero que vi fue un dildo de colores que me sacó una sonrisa. Quería romperle ese culo de todas las formas posibles.

Mientras le bombeaba el juguete, él, a cuatro patas, empezó a masturbarse frenéticamente. Gemía frases que no se entendían; lo único que conseguía descifrar era un «más fuerte» y un «sigue así». El resto era un mantra de palabrotas. Se tiraba del pelo, se apretaba el cuello.

—Lucía, Lucía, me voy a correr…

Le sumé la mano libre y todo su placer me explotó tibio entre los dedos.

Me ayudó a limpiarme y caímos rendidos los dos.

***

Amanecimos abrazados, todavía desnudos. Al despertar, la confusión apareció un instante, pero solo un instante. Los flashbacks de la noche anterior me ruborizaron y me excitaron a partes iguales.

—¿Quieres hablar de lo de anoche? —le pregunté.

—Pues mira, sí me gustaría hablar, pero no precisamente contigo —dijo con una sonrisa.

Sonreí, confusa, y antes de poder preguntar entendí la indirecta: lo vi bajar y deslizar la lengua por mi monte de Venus y hundirla entre mis pliegues.

—¡Mierda, Mateo!

Fue un fin de semana lleno de sorpresas y de novedades. Definitivamente soy de la teoría de que no puedes saber si algo no te gusta hasta que no lo has probado.

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Comentarios (9)

Fercho22

que relato!!! no pude parar de leer, me tuvo enganchado de principio a fin

CuriosaLect

y despues como quedo la amistad con el? eso es lo que mas me quedo dando vueltas...

NocheEnPaz

Me encanto como lo contaste, se siente real y cercano. Esas situaciones que te sacan del esquema que tenias de vos mismo son las que mas te marcan. Muy bien escrito.

RosaV88

increible!! de los mejores relatos de confesiones que lei aca

Lautaro_Mdq

me recordo a algo que me paso en un viaje hace años... las etiquetas a veces no sirven de nada jaja

SilvySelene

la tension que describis al principio esta perfecta, lo sentia mientras leia

ValeriaPC

Sigue escribiendo por favor!!! esperando la continuacion con ansias

MariaG_22

Ay que titulo tan bien puesto, me llamo la atencion enseguida. Muy bueno!

Esteban_Baires

relato corto pero poderoso. queda mucho por contar ahi, espero que haya segunda parte

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