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Relatos Ardientes

Pedí aventón en la libre y llegué destrozada

4.5(49)

Mi nombre es Valeria. Tengo veinticinco años, soy morena de tez clara, cabello negro liso que me llega hasta los hombros, delgada, de caderas marcadas y tetas chicas con pezones grandes y oscuros que se ponen duros con nada. Me gusta arreglarme bien: delineado negro marcado, labial oscuro, ropa ajustada que deja poco a la imaginación. Esta es la historia del día más sucio, más honesto y más completo que he vivido, y la escribo porque necesito que alguien más la lea con la mano metida entre las piernas, como yo la viví.

Fue un sábado de octubre, las cinco de la mañana. Me desperté con el coño ya mojado de anticipación pura, no de miedo. Llevaba semanas planeando ese viaje: de Guadalajara a Aguascalientes por la carretera libre, la vieja, la que nadie toma porque todos prefieren la cuota. Iba a pedir aventón a quien parara. Y a ofrecer mi cuerpo entero a cambio: la boca, el coño, el culo, lo que cada uno me pidiera.

Me bañé despacio con agua muy caliente, dejando que el vapor me llenara los pulmones. Me depilé todo con paciencia hasta dejarme el coño liso como el de una muñeca: piernas, ingles, axilas, hasta el último pelo. Me pasé crema por el cuerpo entero, masajeándola lento en las caderas, en el vientre plano, en los muslos, metiéndome los dedos resbalosos entre los labios del coño un momento solo para sentir cómo se me hinchaba el clítoris de pensar en lo que venía. Me puse ropa interior de encaje negro, diminuta, una tanga que apenas me cubría la raja y un sostén que me dejaba la mitad de las tetas afuera. Encima: una camiseta blanca sin mangas muy escotada, sin sostén debajo a último momento, y un short de mezclilla azul tan corto que las nalgas se asomaban por abajo cada vez que daba un paso. Los tacones negros de aguja los guardé en la mochila para después.

Me maquillé frente al espejo del baño: delineado negro marcado, labial rojo oscuro que aguanta horas y se queda pegado en pollas y vidrios por igual, rímel de doble capa. Me miré un momento largo y no vi a ninguna mujer nerviosa. Vi exactamente lo que quería ser ese día: una puta con destino, una hija que iba a coger por toda la carretera libre hasta llegar a la cama de su papá.

A las seis y diez salí de casa antes de que mi mamá despertara.

***

La primera gasolinera antes de la salida libre estaba llena de tráileres calentando motores en la penumbra del amanecer. Me paré en el bordillo de la carretera con la mochila en la mano y el pulgar levantado. El aire frío de la mañana me mordió las piernas desnudas y me puso los pezones duros como piedras debajo de la tela blanca, marcados a contraluz para cualquier chofer que me pasara cerca.

El primero en parar fue un Kenworth blanco con caja seca. El chofer era un hombre de cuarenta y tantos años, moreno, de cuerpo grande, con barba de varios días y los brazos tatuados con vírgenes y nombres de mujer. Bajó la ventana y me miró de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en mis tetas y bajando hasta la entrepierna del short.

—¿Pa' dónde, bonita?

—Voy a Aguascalientes —dije con voz suave, inclinándome hacia la ventana para que viera bien el escote, las tetas casi saliéndoseme de la tela—. Hasta donde me puedas llevar.

—Yo llego a Encarnación. ¿Va?

Subí. La cabina olía a café negro y a aromatizante de pino barato que ya había perdido el olor. Arrancamos en silencio, él con los ojos en la carretera, yo mirándole el bulto que ya se le marcaba en el pantalón de mezclilla, gordo, ladeado contra el muslo, palpitando con cada cambio de velocidad.

A los diez minutos puso la mano en mi muslo. No la retiré. La dejé ahí, caliente y pesada, mientras le abría las piernas un poco más para que entendiera que podía subir hasta donde quisiera. Sus dedos callosos se metieron por debajo del short y rozaron la tela de la tanga ya empapada. Soltó una carcajada baja al sentir lo mojada que estaba.

—Andas bien caliente, mamita.

—Sola —confirmé, mordiéndome el labio—. Y con muchas ganas.

Se salió del camino principal en un terracero angosto entre milpas. Apagó el motor detrás de un montículo de tierra donde no había nada más que campo seco y cielo blanco. Apenas frenó, me jaló del cuello hacia él y me besó con la boca abierta, metiéndome la lengua hasta el fondo, mordiéndome los labios mientras con la otra mano me arrancaba la camiseta hacia arriba y me dejaba las tetas afuera. Me las apretó duro, me pellizcó los pezones entre los dedos gruesos hasta hacerme jadear contra su boca.

—Qué chichis tan ricas, hija de la chingada.

Se inclinó y se las metió en la boca, una y otra, chupándomelas con hambre, mordiéndomelas hasta que solté un grito. Me bajó el short de un tirón junto con la tanga y me las dejó enredadas en los tobillos. Me abrió las piernas a la fuerza y me miró el coño liso y rosado, brillante de lo mojada que ya estaba.

—Mira nomás cómo está esta panocha. Toda escurrida.

Me metió dos dedos de golpe. Yo me arqueé en el asiento, agarrándome del tablero, gimiendo sin disimulo. Los movió adentro con fuerza, doblándolos hacia arriba, encontrándome el punto exacto que me hizo abrir más las piernas y levantar las caderas. Sacó los dedos brillantes de mis jugos y me los metió en la boca para que se los chupara. Me los lamí enteros, mirándolo a los ojos.

—Mámala —ordenó, soltándose el cinturón.

Le saqué la polla del pantalón y casi me reí de gusto. Era gruesa, oscura, con las venas marcadas y la cabeza morada brillando de tan dura. Me la metí en la boca hasta el fondo, sintiendo cómo me golpeaba la garganta. Le ensalivé toda la verga, le bajé hasta los huevos y se los chupé también, mientras él me agarraba del pelo de la nuca y me marcaba el ritmo. Babeé encima de toda esa polla, dejé que los hilos me cayeran por el mentón hasta las tetas.

—Así, putita, sí. Trágamela toda.

Me jaló de los brazos y me sentó encima. Me clavé en su verga de una sola sentada, hasta el fondo, gritando cuando la sentí entera adentro. Empecé a montarlo en el asiento del copiloto, rebotando con las dos manos apoyadas en sus hombros, las tetas saltando frente a su cara. Él me agarraba de las nalgas, me las abría con las dos manos, me empujaba para arriba y para abajo, ensartándome con golpes secos que me hacían chillar.

—Coge, puta, coge esa verga —me gruñía al oído—. Que se te abra bien ese coño.

Me cogió primero en el asiento del copiloto, con una mano en mi cintura y la otra metida entre mis muslos para frotarme el clítoris al ritmo de sus empujones, y después me llevó al camarote de la cabina, donde me tiró boca abajo sobre el colchón angosto, las nalgas bien levantadas, los brazos extendidos hacia adelante. Me escupió en el culo, se frotó la polla entre las nalgas y volvió a hundírmela en el coño hasta los huevos. Sus manos grandes aferradas a mis caderas con una seguridad que me gustó, los dedos enterrándoseme en la piel. El golpe de su cuerpo contra el mío era seco, profundo, exacto. El sonido de los huevos chocándome contra el clítoris llenaba la cabina entera.

—Cógeme, papi, no pares —le pedí con la cara enterrada en el colchón—. Más fuerte, rómpeme.

Me dio a comer a puro empuje, hasta que el sudor nos resbaló por la espalda y yo ya estaba gimiendo sin vergüenza, con un dedo metido en mi propio culo, pidiéndole que me reventara bien. Cuando me vine la primera vez, le apreté la polla con todo el coño y él soltó una mentada. Me mordió el hombro cuando terminó, hundido hasta el fondo, soltando un gruñido ronco contra mi piel, vaciándome la verga adentro chorro tras chorro. Sentí el semen caliente llenándome, escurriéndose hacia afuera cuando se la sacó. No fue suave pero tampoco fue descuidado. Fue preciso.

Cuando salimos al camino me limpié el coño y los muslos con una toalla que tenía colgada detrás del asiento y le di un beso corto en la mejilla rasposa.

—Gracias por el aventón.

—Gracias a ti, mi reina. Estás riquísima.

Me dejó en Encarnación a las ocho y cuarenta. Las piernas me temblaban de la manera correcta y la tanga me chorreaba semen contra el muslo a cada paso.

***

El segundo tráiler paró casi de inmediato: un Torton verde con caja de redilas, cargado de costales de cemento. El chofer era corpulento, de unos cincuenta años, bigote gris espeso, cara de hombre que no duerme bien pero trabaja mucho y sin quejarse. Su camisa a cuadros tenía manchas de grasa en las mangas y se le marcaba una panza grande sobre el cinturón.

—Hasta Lagos te llevo, si quieres.

Dentro de la cabina el olor era distinto al anterior: sudor de trabajo, diesel, algo a comida vieja. Antes de salir del estacionamiento ya tenía la mano entre mis piernas, los dedos gruesos buscándome por encima de la mezclilla.

—Déjame ver qué traes ahí, chula.

Le tomé la mano, me desabroché el short yo misma y la guié por debajo de la tanga directo al coño. Sentí cómo sus dedos gruesos comenzaron a moverse con una torpeza que con el tiempo se volvió algo útil. Le aparté la mano, me bajé el short y la tanga hasta las rodillas y le mostré el coño todavía pegajoso del semen del primero. Le agarré los dedos, se los metí en la boca para que los ensalivara y después se los volví a meter yo en el coño, dos a la vez.

—Sí, así, métemelos bien adentro —le murmuré, abriendo las piernas todo lo que el asiento me permitía.

Sus dedos gordos entraron y salieron de mi coño hasta dejarme empapada, hasta hacerme gemir bajito. Me chupé los míos también, los metí entre los suyos. Le bajé el zíper con la mano libre y le saqué la polla. Era más corta que la del primero pero el doble de gruesa, una verga ancha y palpitante, oscura, con la cabeza ya babeando preseminal. Le di unas chupadas mientras él me seguía cogiendo con los dedos. Le ensalivé hasta los huevos.

Se desvió en el primer camino de tierra que encontró, entre huertas de agave alineadas como soldados. Apagó el motor y me dijo:

—Date la vuelta. De rodillas, levanta bien el culo.

Lo hice sin pensarlo. Me arrodillé en el asiento mirando hacia el respaldo, el culo hacia él, la cara apoyada contra el cuero. Me terminó de bajar el short de un jalón y se tomó un momento para mirarme antes de tocarme, como quien aprecia algo antes de consumirlo. Me agarró de las caderas con las dos manos enormes, me separó bien las nalgas con los pulgares, dejándome el culo y el coño abiertos a la vista. Me escupió encima, dos veces, los gargajos calientes resbalándome por la raja. Frotó la punta gorda contra mi entrada hasta hacerme suplicar con el cuerpo, y después entró de un solo empuje profundo que me sacó un grito.

—¡Ay, hijo de la chingada, qué gruesa la tienes!

—Aguanta, perra, aguanta a tu trailero.

El grosor fue lo primero que sentí: más ancho que el anterior, más lento también, como si supiera que así llegaba mejor. Duró veinte minutos sin cambiar de posición, empujando con una regularidad casi mecánica que acabó siendo lo suyo. Cada estocada me hacía rebotar contra el respaldo. Cada vez que entraba hasta los huevos yo soltaba un quejido. Me alargaba el coño de una forma que las primeras veces dolía y después se volvió pura gloria. Yo empujaba hacia atrás para encontrarle el ritmo cada vez que aceleraba, el ruido húmedo de sus caderas contra mi culo llenando la cabina, el chapoteo de mi coño tan empapado que se escuchaba a metros. Me metió un dedo grueso en el culo mientras me cogía y me retorcí gimiendo, viniéndome encima de su polla, apretándolo con todo lo que tenía.

—Eso, putita, mójame bien la verga.

Cuando terminó gruñó algo ininteligible, me clavó hasta el fondo y se vino dentro con una serie de espasmos largos. Se quedó quieto un momento con las manos todavía aferradas a mis caderas, jadeando contra mi nuca. Cuando se la sacó, sentí cómo me chorreaba la corrida por los muslos hasta las rodillas.

Paramos en un taquero de la carretera. Me invitó tres tacos de asada con todo. Comí de pie junto al Torton con la tanga empapada de semen pegada al coño, él con el brazo sobre mis hombros, presentándome con los taqueros como si fuera su novia de toda la vida. Los taqueros sonreían sabiendo perfectamente lo que era. Me sentí extrañamente bien con eso.

Me dejó en Lagos de Moreno a las diez y media.

***

El tercer aventón fue diferente porque eran dos.

Un tráiler de doble remolque, blanco, cargado de cajas selladas. Lo manejaban dos: un flaco de unos treinta y cinco años, nervioso y de boca siempre abierta, y uno más callado de cuarenta que parecía pensar mucho antes de decir cualquier cosa. Los dos me miraron igual cuando paré el tráiler en el arcén: con la misma cara de hambre.

—¿A dónde vas, chula? —preguntó el flaco.

—A Aguascalientes. Hasta donde puedan llevarme.

—Nosotros vamos directo —dijo el callado—. Sube. Pero te vas en medio.

Me senté entre los dos en la cabina, con el muslo de uno contra el otro. Antes de llegar a la siguiente curva ya tenía una mano en cada muslo, una subiendo por el borde del short, la otra colándose bajo la tela hasta tocarme el coño otra vez pegajoso. El flaco se llevó los dedos a la boca, se los chupó haciendo ruido, y se rio.

—Esta perra ya viene servida, compa. Trae el culo lleno de leche ajena.

—Pues vamos a ponerle más —dijo el callado—. Hay motel a diez kilómetros.

No tardé en decir que sí. Me bajé el short ahí mismo, en la cabina, y me dejé manosear las tetas y el coño durante todo el camino al motel. El flaco me la sacó y me la puso en la mano. El callado me agarró del pelo y me la metió en la boca por encima de la palanca. Llegué al motel con la cara llena de saliva y los pezones rojos de tanto pellizco.

El cuarto olía a cloro y a las noches anteriores de otras personas. Había un espejo en el techo y sábanas que habían visto demasiado. Cerraron la puerta con seguro y me miraron los dos al mismo tiempo desde lados opuestos de la cama, calculando como si yo fuera una pieza de carne sobre el mostrador.

—Quítate todo. Quédate en tacones.

Lo hice despacio para que vieran. Me bajé el short, la tanga, me saqué la camiseta. Me quedé desnuda en medio del cuarto con los tacones puestos, las piernas un poco abiertas, dejándoles ver el coño liso y los pezones duros. Se desnudaron también, casi al mismo tiempo. El flaco la tenía larga y delgada, curvada hacia arriba. El callado, sorprendentemente, tenía una verga gruesa y enorme que me hizo apretar los muslos al verla.

El flaco fue el primero en venir a mí, me tiró sobre la cama, me abrió las piernas y me metió la boca entre los muslos. Me chupó el coño con hambre real, la lengua trabajándome el clítoris en círculos, los dedos entrándome al mismo tiempo. Me hizo arquear la espalda y babearle los dedos. El callado se subió por arriba, me sostuvo de las tetas, me pellizcó los pezones y me abrió la boca con la verga gruesa hasta que se la tragué. Me la metió hasta el fondo, hasta que casi me ahogaba, y me retuvo así un segundo antes de aflojar para que respirara.

—Mira nomás cómo se la traga, esta perrita.

Primero uno me la metió en el coño hasta que casi toqué el borde del colchón con la frente: el flaco, que la tenía justo del largo perfecto para llegarme hasta el fondo en cada empuje, golpeándome el cuello del útero hasta hacerme gritar. Luego el otro me dio vuelta, me puso a cuatro patas y me llenó la boca con su verga gigante mientras el flaco me penetraba por detrás, empujando sin paciencia, y yo tragándome el aire entre gemidos ahogados por la polla del callado. Me llenaron por los dos lados al mismo tiempo, sin parar, durante minutos. Se cambiaban: el flaco a la boca, el callado al coño, y yo sentía cómo el coño se me estiraba al doble cuando entraba el gordo, ese tubo de carne que parecía no terminar nunca.

—¿Quieres por el culo, puta?

—Sí, los dos —jadeé—. Métanmela los dos a la vez.

Me acostaron al callado boca arriba en la cama, me senté encima de él con la polla gorda metiéndoseme en el coño hasta el fondo, gimiendo cuando me llenó completa. El flaco se subió por detrás, me escupió en el culo, se untó la polla con saliva y empezó a empujar hasta meterse. Sentí cómo me abrían los dos al mismo tiempo, las dos vergas adentro de mí separadas solo por una pared delgada de carne. No podía respirar. No podía pensar. Solo gemía y gemía mientras los dos empujaban en alternancia, llenándome de un lado y del otro. Me corrí gritando, apretándolos a ambos, el coño y el culo cerrándose en espasmos. El flaco se vino primero, me llenó el culo con su semen caliente. El callado un minuto después, con un rugido, vaciándome la verga dentro del coño en un torrente que sentí escurrirse cuando me bajé de él.

Durante casi una hora rotaron posiciones, se turnaron sin que yo tuviera que decir nada, me movieron entre los dos con una coordinación que no parecía improvisada. Me cogieron de pie contra el espejo, en el lavabo del baño, sentada en una silla con el callado debajo y el flaco poniéndomela en la boca. El flaco era ruidoso y rápido; el callado, sorprendentemente, era más largo y más intenso. Terminaron los dos otra vez sobre mi cara y mis tetas, vaciándose en mi piel mientras yo abría la boca y la lengua para recibirlos. En algún punto me di cuenta de que ya no fingía nada: estaba completamente dentro del momento, sin distancia, sin cálculo. Me vine dos veces más. La última lloré un poco y no supe bien por qué, pero no me importó.

Salimos del motel al mediodía. Me dejaron en la entrada de Aguascalientes y siguieron su camino sin mirar atrás.

***

Eran casi la una de la tarde. El sol de Aguascalientes pegaba sin piedad. Me senté en el bordillo de una gasolinera y tomé agua fría de una botella que me vendió la cajera sin hacerme ninguna pregunta, aunque mis piernas manchadas de semen seco, los chupones en el cuello y el rímel corrido contaban todo. Me miré en el espejo del teléfono. Los ojos me brillaban de una forma que tardé un segundo en reconocer: satisfacción de puta bien usada.

El cuarto aventón llegó en un camión de redilas azul, cargado de cajas de fruta. El chofer era joven para ser trailero: unos treinta años, rubio de tez clara, piercing en la ceja, tatuaje de calavera en el antebrazo derecho. Me miró con una sonrisa de quien ya sabe exactamente lo que está mirando.

—¿Cuánto llevas de camino? —preguntó cuando subí.

—Todo el día —respondí sin adornos—. Y todavía me queda.

Él asintió, respetando la respuesta, y me puso la mano directo en el coño sin preguntar. Lo encontró empapado y se rio.

—Te están dando duro, ¿eh?

—Quiero más.

Se desvió del camino principal después de Pabellón de Arteaga, en un terracero entre cerros pelados donde no había nadie más que el viento. Paró el motor, apoyó el codo en la ventana y me dijo que tenía una fantasía que nunca había podido cumplir con nadie. Me la contó despacio, mirándome para ver cómo reaccionaba.

Era algo específico que involucraba la palanca de cambios de la cabina: quería verme cabalgar la palanca de cuero primero, abrirme con ella mientras él me chupaba las tetas, y después montarlo a él con la palanca todavía adentro. Le pregunté si estaba seguro. Dijo que sí, que toda su vida la veía y se imaginaba mi coño tragándosela. Le pregunté si tenía lubricante. Sin decir nada sacó un frasco del guantera y me lo dio.

Lo cumplimos. Tardamos casi media hora. Me desnudé entera y me embarré el lubricante por el coño y por toda la palanca de cuero negro. Me trepé encima, abierta de piernas, y fui bajando despacio hasta que la cabeza redonda de la palanca se metió entre los labios de mi coño. Bajé más. Sentí cómo se abría camino, cómo me llenaba con un grosor distinto al de una verga, más duro, más implacable. Él me veía con los ojos muy abiertos, una mano en la mía guiándome, la otra apretándome una teta.

—Mierda, no mames, te la estás metiendo entera.

—Mírame —jadeé—. Mírame coger la palanca de tu camión.

Empecé a moverme arriba y abajo, cogiéndome la palanca yo sola, con él chupándome los pezones y mordiéndolos, una mano metida entre mis nalgas, frotándome el culo. Me corrí así, encima de su palanca, con su lengua en mi pezón derecho, gritando contra el techo de la cabina.

Entonces me bajé, sin sacar del todo la cabeza de la palanca, y me trepé sobre él, sobre su verga ya dura como piedra que se había sacado del pantalón. Me la metió en el coño todavía abierto por la palanca, y empecé a moverme de arriba abajo, lenta primero, luego más duro, chocando contra la palanca y contra su pelvis. Cada bajada me hundía dos pollas al mismo tiempo, la suya viva y caliente, la de cuero dura e inmóvil, y yo gemía como una loca, sin poder cerrar la boca, con saliva chorreándome por la barbilla. El aire se llenó de jadeos, de golpes de plástico, de mi voz quebrándose cada vez que él me empujaba más hondo, agarrándome del culo, levantándome y bajándome a su ritmo.

—Eso, mami, móntalas las dos.

Grité de una manera que me sorprendió a mí misma, un sonido animal que salió de muy adentro, sin control, cuando me vine por segunda vez. Él también hizo ruidos que probablemente nadie le había escuchado nunca, y se vino dentro de mí mientras yo todavía estaba contrayéndome encima. Cuando terminó me ayudó a bajar con un cuidado que no esperaba y que me pareció honesto. La palanca quedó embarrada con mis jugos y su corrida. Él la limpió con un trapo, sonriendo.

Me dejó cerca del centro a las tres y media con una botella de agua y una mirada que se quedó pegada en mi espalda mientras me alejaba hacia la gasolinera.

***

El quinto aventón trajo tres a la vez.

Un Torton amarillo que me levantó en la salida poniente con tres hombres adentro: el chofer, al que llamaban el Cuate, y dos ayudantes apretujados en el asiento trasero de la cabina. El Cuate habló por la radio de banda civil mientras aún estábamos saliendo de la gasolinera, con la voz tranquila de quien anuncia el clima.

—Aquí el Cuate, compas. Cargando pasajera en la salida poniente. Una morrita rica, bien chichona, que quiere verga. La llevamos al norte. ¿Quién está por esa zona?

Se escucharon varias respuestas a la vez, voces mezcladas, risas, pitazos, saludos, alguien preguntando si la prestaban, otro ofreciendo gasolina a cambio.

Nos detuvimos en un camino entre maizales, lejos de la carretera principal. Abrieron la caja de atrás: adentro había sofás nuevos envueltos en plástico transparente. Me tendí sobre el más grande después de quitarme la ropa entera. El plástico crujió y se pegó a mi espalda por el sudor del día entero que traía encima. Los tres se desnudaron alrededor: el Cuate con una verga oscura y curva, los dos ayudantes uno con una mediana y gruesa, el otro con una larga y delgada que se le doblaba sobre el muslo.

Los tres me tuvieron durante casi una hora. Uno me metía la cara entre las piernas y me chupaba el coño con hambre, la lengua trabajándome el clítoris mientras me metía dos dedos, mientras otro me la ponía por detrás con golpes secos que me hacían arquearme sobre el plástico, las nalgas rebotando contra su pelvis. El tercero me sujetaba las manos por encima de la cabeza o me abría la boca para llenármela con dedos o con la punta de la verga, escupiéndomela en la cara para que se la lamiera entera. Y luego se cambiaban, sin orden fijo, se turnaban sin que yo tuviera que pedir nada, hablaban entre ellos con miradas y con medias palabras de quienes llevan años trabajando juntos.

—Dale a la boca tú.

—Me la voy a clavar por el culo, agárrale las nalgas.

—Está bien apretada, la perra.

Me agarraron del pelo, me abrieron a la fuerza, me metieron dos pollas en la boca al mismo tiempo, lamiéndome las dos cabezas como una doble paleta. Me agarraron de los tobillos y me levantaron las piernas hasta los hombros para penetrarme más profundo. El Cuate se sentó en uno de los sofás y me hizo cabalgarlo mientras los otros dos me metían las vergas en la boca por turnos, y luego uno de los ayudantes se subió detrás y me la metió en el culo, las tres pollas trabajándome al mismo tiempo. Yo gemía con la voz ya ronca de tanto usarla ese día, lloraba y reía al mismo tiempo, recibiendo cogida por todos lados.

En algún momento el Cuate prendió la radio de banda civil, agarró el micrófono y me lo acercó a la boca mientras los otros dos seguían cogiéndome. Mis gemidos, mis groserías, mis pedidos de más verga se transmitieron por la frecuencia para quien quisiera escucharlos.

—Que se la oigan, que se la oigan todos los compas —dijo el Cuate riéndose, fumándose un cigarro mientras le hacía rebotar la verga adentro—. Diles cómo te gusta.

—Más fuerte, métanmela más fuerte —gemí al micrófono—. Llénenme toda. Cójanme entre los tres.

Escuché mi propio nombre, el apodo que le habían dado a la pasajera del Torton amarillo, repetido por voces anónimas desde Michoacán, desde Jalisco, desde todas partes. Comentarios obscenos, propuestas, hombres que se la jalaban en sus cabinas oyéndome. Los tres terminaron casi al mismo tiempo, vaciándose en mi cara, en mis tetas, en la espalda, en el coño, encima del plástico transparente que ya estaba todo embarrado.

No me importó. Más que no importarme, me gustó que la carretera entera supiera que ese sábado de octubre la pasajera del Torton amarillo era mía y de quien la quisiera.

Me bajaron en una gasolinera al este de la ciudad a las cinco y cuarenta. Tenía el cuerpo marcado en formas concretas, chupones en el cuello, en las tetas, en los muslos, los pezones rojos, el coño hinchado, la ropa irrecuperable, el maquillaje completamente borrado. Olía a todo el día de golpe, a semen, a sudor, a sexo crudo.

***

El último aventón de la ruta fue el más tranquilo.

Un hombre mayor, de unos sesenta años, camisa limpia bien planchada, bigote canoso recortado con cuidado, olor a jabón de verdad, no de aromatizante. Bajó la ventana y me miró con una mezcla de deseo y algo parecido a la ternura que me descolocó después de tantas horas de encuentros sin ambigüedad.

—Sube, mija. Te veo cansada.

La cabina estaba limpia. La radio apagada. Ningún árbol de pino colgando del retrovisor. Me senté en el copiloto y por un momento me permití simplemente estar, sin pensar en lo que seguía.

Me preguntó adónde iba. Le dije que a casa de familia, al norte de la ciudad.

—¿Familia cercana? —preguntó, sin segunda intención visible en la voz.

—Muy cercana —respondí, y no aclaré nada más.

Fue él quien propuso desviarse a un callejón oscuro entre dos bodegas cerradas. Lo hizo con una calma que no tenía nada de urgente. Me preguntó si estaba bien con eso. Le dije que sí. Me miró a los ojos un momento antes de tocarme, como si quisiera que yo le confirmara de verdad.

—Quiero que me cojas como sabes —le dije.

Era exactamente lo que quería.

Fue lento, fue suave, fue completamente diferente a todo lo anterior. Me desabrochó el vestido con paciencia, me besó el cuello despacio, me pasó las manos por las tetas sin apretar, acariciándomelas como si fueran lo más delicado que hubiera tocado en años. Bajó la cabeza y me chupó los pezones con suavidad, lamiéndomelos con la lengua mientras una mano se metía por debajo del short y me acariciaba el coño sin urgencia, encontrándome todavía mojada, hinchada de la jornada entera. Me metió un dedo, despacio, hasta el fondo, y lo movió suavemente, sin querer arrancar nada, solo sentirme.

—Estás preciosa, mija. Llena de vida.

Me sacó el short y la tanga arruinada. Se desabrochó el cinturón y me mostró una polla normal, de hombre mayor, ni grande ni chica, pero tan dura como las del mediodía. Me la chupó él pidiéndomelo con dulzura, sin agarrarme la nuca, dejándome hacerlo a mi ritmo. Se la lamí entera, con paciencia, devolviéndole un poco del cuidado.

Me tendió sobre el asiento reclinado y se acomodó entre mis piernas. Me la metió despacio, centímetro a centímetro, dándome tiempo para sentirla, mirándome a la cara todo el rato. Cuando estuvo entero adentro, se quedó quieto un segundo, respirando contra mi cuello.

—Qué bonita eres.

Empezó a moverse lento. Lento de verdad. Adentro y afuera, casi saliéndose y volviendo a hundirse hasta el fondo, los dos respirando juntos, sin prisa. Me besó la boca despacio, con lengua suave, mientras me cogía con ese ritmo de quien sabe lo que vale tomarse el tiempo. Le abracé la cabeza contra mi hombro, le pasé las uñas por la espalda. Después de un día entero de pollas urgentes, esto era casi otra cosa.

Cuando me corrí, me sostuvo la cintura con una firmeza callada y siguió moviéndose con la misma calma hasta que él también se vino, suavemente, sin un grito, solo un suspiro largo en mi cuello mientras se vaciaba dentro despacio.

Después me acarició el cabello con la palma de una mano vieja y segura. No dijo nada más. El silencio de alguien que acaba de recibir algo que no esperaba encontrar.

Me dejó a cuatro cuadras de la casa de mi papá a las siete y veinte de la noche.

***

Me bañé largo rato en el baño de visitas. El agua caliente se llevó todo: el sudor, la tierra, el diesel, el polvo del camino libre, el semen seco entre los muslos. Me restregué el cabello dos veces, me pasé crema por cada centímetro del cuerpo hasta oler como yo otra vez, no como una carretera. Me metí los dedos al coño bajo el chorro para sacarme lo que quedaba adentro, dejándolo limpio y listo para lo único que importaba. Me puse el vestido de tirantes negro que había traído en la mochila, sin nada debajo, sintiendo cómo el coño recién bañado y depilado se rozaba contra la tela en cada paso. Me volví a maquillar frente al espejo chico del baño: labial oscuro, delineado rápido.

A las ocho y media le mandé un mensaje a mi papá:

Ya estoy aquí. Te espero.

Respondió en dos minutos. Venía de la bodega, llegaría pronto.

Me senté en el sillón de la sala a oscuras, con las piernas un poco abiertas, el vestido subido hasta el muslo. Afuera los perros del vecino, el ruido de la calle, el aire caliente de Aguascalientes en la noche de octubre. Adentro solo el silencio, mi propia respiración acelerándose despacio y el latido caliente entre las piernas pidiendo lo último.

***

Entró a las nueve y diez. Olía a tierra húmeda y a trabajo, algo metálico en los dedos. Se detuvo en el umbral cuando me vio sentada en la oscuridad con el vestido negro y los tacones todavía puestos, las piernas a medias abiertas.

No dije nada. Él tampoco.

Se acercó despacio, me tomó la cara con las dos manos y me miró un segundo demasiado largo antes de moverse. En ese segundo pensé en todos los hombres de ese día, en todas las cabinas, en todos los caminos de terracería, en todos los cuerpos distintos que habían pasado por el mío desde la mañana. Y entendí que todo había sido para llegar a este momento: el único que importaba de verdad.

Me besó la boca con una intensidad distinta a la de cualquier desconocido. Yo le abrí los labios y le metí la lengua hasta el fondo, mordiéndoselos, succionándoselos. Sus manos bajaron por mi cuello, me apretaron las tetas por encima del vestido, me lo bajaron de un tirón y dejaron mis pezones afuera, los pezones grandes y oscuros que él conocía mejor que nadie.

—Cómo te extrañaba, hija de la chingada.

Me chupó los pezones con hambre vieja, mordiéndomelos, dándoles lengüetazos hasta hacerme jadear su nombre. Me metió la mano debajo del vestido, encontró el coño desnudo y caliente, y soltó un gruñido al sentir lo mojada que estaba.

—Te bañaste para mí, putita.

—Para ti, papi. Toda para ti.

Me cargó hasta el sillón de la sala y me puso en cuatro de un jalón, las rodillas hundidas en los cojines, la cara contra el respaldo, el culo bien levantado. Me subió el vestido hasta la cintura, dejándome el coño y el culo expuestos. Vio mi cuerpo marcado por el día entero, los chupones desvanecidos pero todavía visibles, las marcas de dedos en las caderas, olió el aroma a crema mezclado con el rastro de todo lo que había hecho desde que salí de casa esa mañana. No dijo nada al respecto. Solo se desabrochó el pantalón y se sacó la verga gruesa, la única verga del día que conocía cada esquina del coño que estaba por penetrar.

Me escupió en el culo, frotó la cabeza de la polla entre mis nalgas, bajó hasta el coño y entró de una sola vez, su verga gruesa y conocida encontrando el camino fácil porque me había pasado el día preparándome para esto, aunque él no lo supiera.

—Ay, papi —gemí, agarrándome del respaldo—. Cógeme.

Me cogió con la brutalidad que solo él puede permitirse conmigo: una mano en mi cabello jalando hacia atrás, arqueándome el cuello, la otra azotando las nalgas con palmadas secas hasta dejarlas ardiendo rojas, los empujones de la pelvis estrellándose contra mi culo con un sonido que llenaba la sala vacía. Me decía al oído cosas que solo decimos cuando nadie más nos escucha, cosas que solo a su hija le puede decir.

—Mi niña. Mi putita. ¿Te gusta la verga de tu papá?

—Sí, papi, no pares, métemela más adentro.

—¿Sí? ¿Quién te coge mejor?

—Tú, papi, tú, tú eres el único.

Me cogió en cuatro contra el respaldo del sillón, me dio vuelta y me cogió boca arriba con mis piernas sobre sus hombros, hundiéndomela hasta el fondo mientras me chupaba los pezones. Me sentó encima de él y me hizo cabalgarlo, viéndome rebotar las tetas en su cara mientras él me apretaba las nalgas hasta marcarme los dedos. Me corrí dos veces, gritando contra su pecho. Él aguantó, me cogió por todos lados, sabiendo exactamente cómo hacerme suplicar. Yo empujaba hacia atrás con lo poco que me quedaba de energía, apretando cada vez que se hundía hasta el fondo.

—Mi niña —me dijo al oído cuando estaba por terminar—. Mi putita. Sabes cuánto te quiero.

—Adentro, papi, vente adentro —le pedí, apretándole los hombros con las uñas—. Lléname.

Se corrió dentro con un rugido largo, hundido hasta el tope, llenándome una última vez ese día con su semen caliente, el único que importaba de verdad. Sentí cómo me llenaba, cómo se quedaba quieto un momento descargándose entero, y después se desplomó sobre mí, respirando contra mi cuello.

Después me cargó en brazos hasta su cuarto, su verga todavía goteando entre mis muslos, me acostó sobre el colchón y se tumbó a mi lado. Me abrazó fuerte contra su pecho, su mano grande recorriéndome la espalda. Olía a tierra, a trabajo, a él.

Me dormí en menos de dos minutos, con su semen escurriéndome del coño hasta los muslos, manchándole las sábanas.

***

Ese fue el día más largo de mi vida: trece horas, muchos hombres, una carretera entera escuchando mis gemidos por la radio de banda civil, y al final la verga de mi papá adentro hasta el fondo. No me arrepiento de ninguna parada. Ni de la primera ni de la última. Cada una fue exactamente lo que debía ser.

Esta es mi confesión. La escribo con los dedos metidos en el coño, desde la misma cama donde dormí esa noche, con su olor todavía en la almohada.

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4.5(49)

Comentarios(8)

NatyRBsAs

que relatazo!! me dejo con el corazon acelerado de principio a fin

lectura_nocturna

lo lei de un tiron sin poder parar. estas confesiones son lo mejor que hay en este sitio

MarisolP

me recordo a un viaje largo que hize sola hace unos años, aunque lo mio fue mucho mas tranquilo jaja. Gracias por animarte a contarlo

Tomas_46

se hizo corto! hay segunda parte o fue una sola vez?

Morbologo

las confesiones reales tienen algo que los demas relatos no tienen. se nota que es verdad, no suena inventado

viajera_99

el titulo ya me habia preparado pero igual me sorprendio :)

RominaK_84

de donde sos? me da curiosidad. y volviste a hacer lo mismo despues de esa vez o fue algo unico?

DiegoCba22

tremendo jajaja. muy bueno, esperando que subas mas relatos asi pronto

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