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Relatos Ardientes

Pedí aventón en la libre y llegué destrozada

4.5 (49)

Mi nombre es Valeria. Tengo veinticinco años, soy morena de tez clara, cabello negro liso que me llega hasta los hombros, delgada, de caderas marcadas. Me gusta arreglarme bien: delineado negro marcado, labial oscuro, ropa ajustada que deja poco a la imaginación. Esta es la historia del día más sucio, más honesto y más completo que he vivido, y la escribo porque necesito que alguien más la lea.

Fue un sábado de octubre, las cinco de la mañana. Me desperté con el estómago contraído de anticipación pura, no de miedo. Llevaba semanas planeando ese viaje: de Guadalajara a Aguascalientes por la carretera libre, la vieja, la que nadie toma porque todos prefieren la cuota. Iba a pedir aventón a quien parara. Y a ofrecer lo que tenía a cambio.

Me bañé despacio con agua muy caliente, dejando que el vapor me llenara los pulmones. Me depilé todo con paciencia: piernas, ingles, axilas. Me pasé crema por el cuerpo entero, masajeándola lento en las caderas, en el vientre plano, en los muslos. Me puse ropa interior de encaje negro, diminuta, más decorativa que funcional. Encima: una camiseta blanca sin mangas muy escotada y un short de mezclilla azul tan corto que las nalgas se asomaban por abajo. Los tacones negros de aguja los guardé en la mochila para después.

Me maquillé frente al espejo del baño: delineado negro marcado, labial rojo oscuro que aguanta horas, rímel de doble capa. Me miré un momento largo y no vi a ninguna mujer nerviosa. Vi exactamente lo que quería ser ese día.

A las seis y diez salí de casa antes de que mi mamá despertara.

***

La primera gasolinera antes de la salida libre estaba llena de tráileres calentando motores en la penumbra del amanecer. Me paré en el bordillo de la carretera con la mochila en la mano y el pulgar levantado. El aire frío de la mañana me mordió las piernas desnudas y me puso los pezones duros debajo de la tela.

El primero en parar fue un Kenworth blanco con caja seca. El chofer era un hombre de cuarenta y tantos años, moreno, de cuerpo grande, con barba de varios días y los brazos tatuados con vírgenes y nombres de mujer. Bajó la ventana y me miró de arriba abajo sin disimulo.

—¿Pa' dónde, bonita?

—Voy a Aguascalientes —dije con voz suave, inclinándome hacia la ventana para que viera bien el escote—. Hasta donde me puedas llevar.

—Yo llego a Encarnación. ¿Va?

Subí. La cabina olía a café negro y a aromatizante de pino barato que ya había perdido el olor. Arrancamos en silencio, él con los ojos en la carretera, yo mirando sus manos callosas sobre el volante: los nudillos oscuros, las venas marcadas, las uñas limpias a pesar de todo.

A los diez minutos puso la mano en mi muslo. No la retiré. La dejé ahí, caliente y pesada, mientras la carretera libre se abría ante nosotros sin un solo carro a la vista. El campo de Jalisco pasaba a los lados en tonos grises de la mañana temprana.

—¿Andas sola? —preguntó.

—Sola —confirmé, separando un poco las piernas.

Se salió del camino principal en un terracero angosto entre milpas. Apagó el motor detrás de un montículo de tierra donde no había nada más que campo seco y cielo blanco.

Me jaló hacia él sin decir nada. Lo que siguió duró unos veinte minutos: directo, sin rodeos, exactamente lo que yo había ido a buscar. Me cogió primero en el asiento del copiloto y después en el camarote de la cabina, boca abajo, sus manos grandes aferradas a mis caderas con una seguridad que me gustó. Me mordió el hombro cuando terminó. No fue suave pero tampoco fue descuidado. Fue preciso.

Cuando salimos al camino me limpié con una toalla que tenía colgada detrás del asiento y le di un beso corto en la mejilla rasposa.

—Gracias por el aventón.

—Gracias a ti, mi reina.

Me dejó en Encarnación a las ocho y cuarenta. Las piernas me temblaban de la manera correcta.

***

El segundo tráiler paró casi de inmediato: un Torton verde con caja de redilas, cargado de costales de cemento. El chofer era corpulento, de unos cincuenta años, bigote gris espeso, cara de hombre que no duerme bien pero trabaja mucho y sin quejarse. Su camisa a cuadros tenía manchas de grasa en las mangas.

—Hasta Lagos te llevo, si quieres.

Dentro de la cabina el olor era distinto al anterior: sudor de trabajo, diesel, algo a comida vieja. Antes de salir del estacionamiento ya tenía la mano entre mis piernas. Se la tomé, la guié yo misma hacia donde quería que fuera, y sentí cómo sus dedos gruesos comenzaron a moverse con una torpeza que con el tiempo se volvió algo útil.

Se desvió en el primer camino de tierra que encontró, entre huertas de agave alineadas como soldados. Apagó el motor y me dijo:

—Date la vuelta.

Lo hice sin pensarlo. Me arrodillé en el asiento mirando hacia el respaldo, el culo hacia él. Me bajó el short de un jalón y se tomó un momento para mirarme antes de tocarme, como quien aprecia algo antes de consumirlo. Luego me agarró de las caderas con las dos manos enormes y entró de un solo empuje profundo.

El grosor fue lo primero que sentí: más ancho que el anterior, más lento también, como si supiera que así llegaba mejor. Duró veinte minutos sin cambiar de posición, empujando con una regularidad casi mecánica que acabó siendo lo suyo. Yo empujaba hacia atrás para encontrarle el ritmo cada vez que aceleraba. Cuando terminó gruñó algo ininteligible y se quedó quieto un momento con las manos todavía aferradas a mis caderas.

Paramos en un taquero de la carretera. Me invitó tres tacos de asada con todo. Comí de pie junto al Torton, él con el brazo sobre mis hombros, presentándome con los taqueros como si fuera su novia de toda la vida. Me sentí extrañamente bien con eso.

Me dejó en Lagos de Moreno a las diez y media.

***

El tercer aventón fue diferente porque eran dos.

Un tráiler de doble remolque, blanco, cargado de cajas selladas. Lo manejaban dos: un flaco de unos treinta y cinco años, nervioso y de boca siempre abierta, y uno más callado de cuarenta que parecía pensar mucho antes de decir cualquier cosa. Los dos me miraron igual cuando paré el tráiler en el arcén.

—¿A dónde vas, chula? —preguntó el flaco.

—A Aguascalientes. Hasta donde puedan llevarme.

—Nosotros vamos directo —dijo el callado—. Sube.

Me senté entre los dos en la cabina. Antes de llegar a la siguiente curva ya tenía una mano en cada muslo. El flaco propuso el motel de paso que había unos kilómetros adelante. No tardé en decir que sí.

El cuarto olía a cloro y a las noches anteriores de otras personas. Había un espejo en el techo y sábanas que habían visto demasiado. Cerraron la puerta con seguro y me miraron los dos al mismo tiempo desde lados opuestos de la cama, calculando.

Durante casi una hora rotaron posiciones, se turnaron sin que yo tuviera que decir nada, me movieron entre los dos con una coordinación que no parecía improvisada. El flaco era ruidoso y rápido; el callado, sorprendentemente, era más largo y más intenso. En algún punto me di cuenta de que ya no fingía nada: estaba completamente dentro del momento, sin distancia, sin cálculo. Me vine dos veces. La segunda lloré un poco y no supe bien por qué, pero no me importó.

Salimos del motel al mediodía. Me dejaron en la entrada de Aguascalientes y siguieron su camino sin mirar atrás.

***

Eran casi la una de la tarde. El sol de Aguascalientes pegaba sin piedad. Me senté en el bordillo de una gasolinera y tomé agua fría de una botella que me vendió la cajera sin hacerme ninguna pregunta, aunque mis piernas manchadas y el rímel corrido contaban todo. Me miré en el espejo del teléfono. Los ojos me brillaban de una forma que tardé un segundo en reconocer: satisfacción.

El cuarto aventón llegó en un camión de redilas azul, cargado de cajas de fruta. El chofer era joven para ser trailero: unos treinta años, rubio de tez clara, piercing en la ceja, tatuaje de calavera en el antebrazo derecho. Me miró con una sonrisa de quien ya sabe exactamente lo que está mirando.

—¿Cuánto llevas de camino? —preguntó cuando subí.

—Todo el día —respondí sin adornos.

Él asintió, respetando la respuesta.

Se desvió del camino principal después de Pabellón de Arteaga, en un terracero entre cerros pelados donde no había nadie más que el viento. Paró el motor, apoyó el codo en la ventana y me dijo que tenía una fantasía que nunca había podido cumplir con nadie. Me la contó despacio, mirándome para ver cómo reaccionaba.

Era algo específico que involucraba la palanca de cambios de la cabina. Le pregunté si estaba seguro. Dijo que sí. Le pregunté si tenía lubricante. Sin decir nada sacó un frasco del guantera y me lo dio.

Lo cumplimos. Tardamos casi media hora. Grité de una manera que me sorprendió a mí misma, un sonido que salió de muy adentro, sin control. Él también hizo ruidos que probablemente nadie le había escuchado nunca. Cuando terminó me ayudó a bajar de la palanca con un cuidado que no esperaba y que me pareció honesto.

Me dejó cerca del centro a las tres y media con una botella de agua y una mirada que se quedó pegada en mi espalda mientras me alejaba hacia la gasolinera.

***

El quinto aventón trajo tres a la vez.

Un Torton amarillo que me levantó en la salida poniente con tres hombres adentro: el chofer, al que llamaban el Cuate, y dos ayudantes apretujados en el asiento trasero de la cabina. El Cuate habló por la radio de banda civil mientras aún estábamos saliendo de la gasolinera, con la voz tranquila de quien anuncia el clima.

—Aquí el Cuate, compas. Cargando pasajera en la salida poniente. La llevamos al norte. ¿Quién está por esa zona?

Se escucharon varias respuestas a la vez, voces mezcladas, risas, pitazos, saludos.

Nos detuvimos en un camino entre maizales, lejos de la carretera principal. Abrieron la caja de atrás: adentro había sofás nuevos envueltos en plástico transparente. Me tendí sobre el más grande. El plástico crujió y se pegó a mi espalda por el sudor del día entero que traía encima.

Los tres me tuvieron durante casi una hora. Rotaron sin orden fijo, se turnaron sin que yo tuviera que pedir nada, hablaban entre ellos con miradas y con medias palabras de quienes llevan años trabajando juntos. Yo gemía con la voz ya ronca de tanto usarla ese día. En algún momento el Cuate prendió la radio y mis sonidos se transmitieron por la frecuencia de banda civil para quien quisiera escucharlos. Escuché mi propio nombre, el apodo que le habían dado a la pasajera del Torton amarillo, repetido por voces anónimas desde Michoacán, desde Jalisco, desde todas partes.

No me importó. Más que no importarme, me gustó que la carretera entera supiera.

Me bajaron en una gasolinera al este de la ciudad a las cinco y cuarenta. Tenía el cuerpo marcado en formas concretas, la ropa irrecuperable, el maquillaje completamente borrado. Olía a todo el día de golpe.

***

El último aventón de la ruta fue el más tranquilo.

Un hombre mayor, de unos sesenta años, camisa limpia bien planchada, bigote canoso recortado con cuidado, olor a jabón de verdad, no de aromatizante. Bajó la ventana y me miró con una mezcla de deseo y algo parecido a la ternura que me descolocó después de tantas horas de encuentros sin ambigüedad.

—Sube, mija. Te veo cansada.

La cabina estaba limpia. La radio apagada. Ningún árbol de pino colgando del retrovisor. Me senté en el copiloto y por un momento me permití simplemente estar, sin pensar en lo que seguía.

Me preguntó adónde iba. Le dije que a casa de familia, al norte de la ciudad.

—¿Familia cercana? —preguntó, sin segunda intención visible en la voz.

—Muy cercana —respondí, y no aclaré nada más.

Fue él quien propuso desviarse a un callejón oscuro entre dos bodegas cerradas. Lo hizo con una calma que no tenía nada de urgente. Me preguntó si estaba bien con eso. Le dije que sí. Me miró a los ojos un momento antes de tocarme, como si quisiera que yo le confirmara de verdad.

Era exactamente lo que quería.

Fue lento, fue suave, fue completamente diferente a todo lo anterior. Me acarició el cabello después con la palma de una mano vieja y segura. No dijo nada más. El silencio de alguien que acaba de recibir algo que no esperaba encontrar.

Me dejó a cuatro cuadras de la casa de mi papá a las siete y veinte de la noche.

***

Me bañé largo rato en el baño de visitas. El agua caliente se llevó todo: el sudor, la tierra, el diesel, el polvo del camino libre. Me restregué el cabello dos veces, me pasé crema por cada centímetro del cuerpo hasta oler como yo otra vez, no como una carretera. Me puse el vestido de tirantes negro que había traído en la mochila, sin nada debajo. Me volví a maquillar frente al espejo chico del baño: labial oscuro, delineado rápido.

A las ocho y media le mandé un mensaje a mi papá:

Ya estoy aquí. Te espero.

Respondió en dos minutos. Venía de la bodega, llegaría pronto.

Me senté en el sillón de la sala a oscuras. Afuera los perros del vecino, el ruido de la calle, el aire caliente de Aguascalientes en la noche de octubre. Adentro solo el silencio y mi propia respiración acelerándose despacio.

***

Entró a las nueve y diez. Olía a tierra húmeda y a trabajo, algo metálico en los dedos. Se detuvo en el umbral cuando me vio sentada en la oscuridad con el vestido negro y los tacones todavía puestos.

No dije nada. Él tampoco.

Se acercó despacio, me tomó la cara con las dos manos y me miró un segundo demasiado largo antes de moverse. En ese segundo pensé en todos los hombres de ese día, en todas las cabinas, en todos los caminos de terracería, en todos los cuerpos distintos que habían pasado por el mío desde la mañana. Y entendí que todo había sido para llegar a este momento: el único que importaba de verdad.

Me cargó hasta el sillón de la sala y me puso en cuatro de un jalón. Vio mi cuerpo marcado por el día entero, olió el aroma a crema mezclado con el rastro de todo lo que había hecho desde que salí de casa esa mañana. Entró de una sola vez, su verga gruesa y conocida encontrando el camino fácil porque me había pasado el día preparándome para esto, aunque él no lo supiera.

Me cogió con la brutalidad que solo él puede permitirse conmigo: una mano en mi cabello jalando hacia atrás, la otra azotando las nalgas hasta dejarlas ardiendo de nuevo, diciéndome al oído cosas que solo decimos cuando nadie más nos escucha. Yo empujaba hacia atrás con lo poco que me quedaba de energía, apretando cada vez que se hundía hasta el fondo.

—Mi niña —me dijo—. Mi putita. Sabes cuánto te quiero.

Se corrió dentro con un rugido largo, llenándome una última vez ese día. Después me cargó en brazos hasta su cuarto, me acostó sobre el colchón y se tumbó a mi lado. Me abrazó fuerte contra su pecho. Olía a tierra, a trabajo, a él.

Me dormí en menos de dos minutos.

***

Ese fue el día más largo de mi vida: trece horas, muchos hombres, una carretera entera escuchando mis gemidos por la radio de banda civil, y al final los brazos de mi papá. No me arrepiento de ninguna parada. Ni de la primera ni de la última. Cada una fue exactamente lo que debía ser.

Esta es mi confesión. La escribo limpia, desde la misma cama donde dormí esa noche, con su olor todavía en la almohada.

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4.5 (49)

Comentarios (8)

NatyRBsAs

que relatazo!! me dejo con el corazon acelerado de principio a fin

lectura_nocturna

lo lei de un tiron sin poder parar. estas confesiones son lo mejor que hay en este sitio

MarisolP

me recordo a un viaje largo que hize sola hace unos años, aunque lo mio fue mucho mas tranquilo jaja. Gracias por animarte a contarlo

Tomas_46

se hizo corto! hay segunda parte o fue una sola vez?

Morbologo

las confesiones reales tienen algo que los demas relatos no tienen. se nota que es verdad, no suena inventado

viajera_99

el titulo ya me habia preparado pero igual me sorprendio :)

RominaK_84

de donde sos? me da curiosidad. y volviste a hacer lo mismo despues de esa vez o fue algo unico?

DiegoCba22

tremendo jajaja. muy bueno, esperando que subas mas relatos asi pronto

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