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Relatos Ardientes

Lo que mi padre me enseñó esa noche de verano

Los cuatro estábamos en el salón de la casa de campo, bajo la luz de una sola lámpara de pie encendida en el rincón. Mis hijos habían querido así: poca luz, las copas de vino sobre la mesa de centro, el silencio del campo colándose por la ventana abierta.

Rocío, la mayor, tenía veintiséis años y llevaba el pelo recogido, como siempre que se disponía a escuchar algo importante. Andrés, el del medio, de veintidós, estaba tumbado en el sofá largo con un cojín debajo de la nuca. Lola, la pequeña de veintiún años, estaba hecha un ovillo en el sillón de la esquina con la copa entre las dos manos.

Los tres me miraban. Esperaban.

—Mamá —dijo Rocío—. Cuéntanos la primera vez.

Tomé un sorbo de vino. Lo dejé en la mesa. Y empecé a hablar.

***

Tenía dieciocho años recién cumplidos aquel verano. Era la menor de tres hermanas: Consuelo y Virtudes ya se habían marchado, una a estudiar en la capital y la otra a casarse con un hombre del pueblo vecino. Me quedé sola en la casa grande con mis padres, en un pueblo del sur donde el calor apretaba desde junio hasta octubre y las noches tardaban siglos en refrescar.

Era una chica que ya conocía su cuerpo. Me tocaba desde los quince, primero con torpeza y luego con más confianza, aprendiendo qué funcionaba y qué no. Con dos dedos en el coño mojado y la otra mano estrujándome una teta, me hacía correr casi cada noche debajo de las sábanas, mordiendo la almohada para que no me oyeran. Pero el cuerpo tiene hambre propia y siempre pide más de lo que una puede darse sola. Los dedos no llenan. Los dedos no empujan. Lo sabía sin saber cómo explicarlo en palabras.

Mi padre se llamaba Domingo. Tenía sesenta y siete años ese verano y seguía siendo un hombre considerable: espalda todavía ancha, manos grandes y endurecidas de décadas en el campo, pelo blanco en las sienes y en el pecho, una manera de moverse lenta y segura que llenaba cualquier habitación. Con él nunca había sentido miedo. De pequeña me subía a su regazo mientras él miraba el cielo nocturno desde el porche y me enseñaba los nombres de las estrellas. Esa confianza nunca desapareció, solo fue cambiando de forma a medida que yo crecía.

Era alta para mi edad, con el pelo negro y liso que heredé de mi abuela materna, curvas que aparecieron pronto y que siempre atrajeron miradas que yo fingiría no notar. Tetas grandes y firmes, culo redondo, cintura estrecha. Ese verano tenía dieciocho años y ya no fingía tanto.

Había algo entre Domingo y yo desde hacía meses. Una tensión nueva, una conciencia mutua que no se nombraba pero que estaba ahí: en la manera en que sus manos se demoraban un segundo de más cuando me ayudaba a bajar del tractor, en cómo desviaba los ojos cuando yo salía al porche en traje de baño con los pezones marcándose bajo la tela mojada, en cómo yo había empezado a buscar razones para estar cerca de él cuando mi madre se iba al mercado o a visitar a las vecinas. Una tarde, agachada frente al horno, sentí sus ojos clavados en mi culo y me quedé así más tiempo del necesario, y cuando me giré vi el bulto de su pantalón. La casa grande se hacía pequeña en esos momentos. El aire cambiaba.

Yo sabía lo que quería. Quería la polla de mi padre dentro de mí. Solo necesitaba decidir si iba a actuar.

***

La noche que lo decidí, mi madre había ido al pueblo de al lado a visitar a su hermana, que llevaba una semana con una rodilla hinchada y necesitaba compañía. Se quedaba a dormir. Éramos Domingo y yo solos en la casa, algo que había pasado otras veces, pero esa noche era diferente. Lo supe desde el desayuno, cuando él se sirvió el café y me miró un segundo de más antes de bajar los ojos al periódico. Lo supe cuando fui a tender la ropa y sentí que me observaba desde la sombra del porche sin decir nada.

Cené poco. Fui a lavarme. Me metí dos dedos en el coño bajo el chorro de agua tibia solo para comprobar lo mojada que ya estaba, y me salieron brillantes, con hilos pegajosos entre las yemas. Me puse el camisón fino de algodón que llegaba hasta la mitad del muslo, sin bragas debajo, y me quedé un rato sentada en el borde de la cama, escuchando el grillo constante de agosto, mirando la ranura de luz que se colaba por debajo de la puerta.

Si no entro ahora, no entro nunca.

Me levanté.

El salón estaba en penumbra, iluminado solo por la luz muda del televisor. Domingo estaba sentado en su sillón grande, con el pantalón del pijama y la camiseta de tela gruesa, una copa de coñac a medias en la mesita a su derecha. Cuando me oyó entrar levantó los ojos, y en ese primer segundo vi algo que no era sorpresa.

Me quedé de pie delante de él. Sabía que a contraluz de la lámpara del rincón el camisón se transparentaba y se me marcaban las tetas y el triángulo oscuro entre los muslos. Lo hice a propósito.

—¿Puedo quedarme aquí contigo un rato? —pregunté, aunque no era exactamente eso lo que quería preguntarle.

—Claro —dijo. La voz le salió más ronca de lo que yo esperaba.

Me senté en el brazo del sillón, como hacía de pequeña, pero ya no era de pequeña y él lo sabía. El ventilador de techo giraba despacio, moviendo el aire caliente de agosto. Olía a coñac, a tabaco viejo impregnado en las paredes, a verano. No hablamos durante un rato largo. El televisor proyectaba luz blanca sobre los dos sin que ninguno lo mirara.

—Papá —dije al fin, sin mirarlo—. Ya tengo dieciocho años.

—Ya lo sé.

—Entonces ya sabes que no soy una niña.

El silencio que siguió era denso. El ventilador seguía girando. El grillo sonaba afuera, incansable.

Cuando lo miré él ya me estaba mirando. Tenía los ojos oscuros y serios, y en ellos había algo que yo había aprendido a reconocer ese verano: deseo que llevaba tiempo contenido, sujeto con esfuerzo. Y en el pantalón del pijama, ya sin disimulo, un bulto largo y grueso que empujaba la tela hacia arriba.

—Nunca haría nada que tú no quisieras —dijo en voz baja.

—Ya lo sé —respondí—. Por eso estoy aquí.

Me incliné y lo besé en la boca. Fue torpe al principio, el primer beso con verdadera intención que le daba a alguien. Pero él puso una mano en mi nuca con una calma que me desarmó por completo, y el beso encontró su propio ritmo. Metió la lengua despacio, buscando la mía, y yo se la chupé como si llevara meses queriendo hacerlo, porque era verdad. Sus labios eran firmes y secos. Sabían a coñac y a algo más antiguo, más persistente.

Cuando nos separamos, los dos respirábamos distinto.

—¿Nunca has estado con nadie? —preguntó.

—No —dije—. Nadie me ha follado nunca. Quiero que seas tú.

Cerró los ojos un momento. Cuando los abrió su expresión era seria pero ya no tenía la resistencia de antes.

—Ven aquí —dijo.

***

Me senté a horcajadas sobre su regazo, las rodillas a los lados de él, mirándolo de frente. El camisón se me subió hasta la cintura y sentí el coño desnudo apoyado directamente sobre la tela del pijama, sobre su polla dura debajo. Empecé a ponerme más mojada al instante, y supe que él lo notaba porque una mancha oscura se estaba formando en el algodón claro del pantalón. Me moví ligeramente, sin pensarlo del todo, restregándome contra el bulto, y lo escuché contener el aliento.

Sus manos subieron por mis muslos despacio, por debajo del camisón. Se detuvieron en mis caderas y las apretó: primero suave, explorando, luego con más firmeza. Bajaron a mi culo, me lo cogió entero con las dos manos, me lo separó, me lo apretó contra él.

—¿Así? —preguntó.

—Más —dije—. Más fuerte.

Me quitó el camisón por encima de la cabeza y me miró un momento largo, con las manos quietas, como si quisiera registrar lo que tenía delante sin prisa. Yo estaba desnuda encima de él, las tetas a la altura de su cara, los pezones ya duros como piedras. No dijo nada. Me atrajo hacia él y se metió un pezón en la boca, chupándomelo despacio, tirando con los dientes lo justo para hacerme jadear. Pasó al otro. Me los chupó los dos hasta dejármelos brillantes y rojos, y yo iba moviendo las caderas encima de su polla, mojándole el pantalón cada vez más.

Sus labios eran lentos y deliberados. Tenía una paciencia que yo no tenía, y esa diferencia me desesperaba de una manera que no había anticipado: quería acelerar todo y al mismo tiempo quería que no se acabara.

Le desabroché la camiseta. La aparté. Su pecho era grande, con el vello ya blanco, cálido bajo mis palmas. Bajé la mano y lo encontré completamente erecto a través del tejido del pijama. Metí la mano por la cintura del pantalón y se la agarré directamente: gruesa, caliente, tan dura que apenas la podía cerrar entero con los dedos. La saqué. Era más grande de lo que me había imaginado en los meses en que había pensado en esta escena: larga, ancha, con las venas marcadas y la punta ya brillante de la gota que le había salido.

Me deslicé hasta el suelo, entre sus rodillas. Nunca había mamado una polla y quería mamar esa. La agarré con las dos manos y la lamí desde la base hasta la punta, despacio, sintiendo el peso, el calor, el olor a hombre. Me la metí en la boca todo lo que pude, ahogándome un poco, retirándome, volviendo a intentarlo. Él me puso una mano en el pelo, no para empujarme sino para acompañarme, y me susurraba cosas que yo no terminaba de oír pero que me hacían chuparlo con más ganas. Le mojé la polla entera de saliva, se la chupé, se la pasé por la cara, se la volví a meter en la boca. La sentí latir contra mi lengua.

—Ven —dijo con la voz cortada, tirando de mí hacia arriba—. Si sigues así me corro en tu boca y no quiero, todavía no.

Me quedé quieta un segundo, con los labios brillantes, con su polla apuntando hacia mi cara.

—Papá —dije en voz baja—. Quiero que sea esta noche. Quiero que me la metas.

Él me miró fijo durante un momento más, buscando algo en mi cara. Lo que encontró debió de convencerle, porque asintió despacio.

Nos movimos al sofá. Me tendí de espaldas, desnuda, con las piernas abiertas para él, y él se arrodilló al lado y me miró el coño sin apuro, como si quisiera aprenderlo. Bajó la cabeza y me lo besó primero, después me pasó la lengua entera de abajo a arriba, y solté un gemido que no reconocí como mío. Me chupó el clítoris despacio, con los labios blandos, mientras me metía un dedo grueso hasta el fondo y me lo curvaba. Después dos. Me abría, me preparaba, me devoraba con una calma que me tenía temblando encima del cojín.

—Estás empapada —dijo contra mi coño.

—Llevo así todo el día —admití.

Me lo lamió más rato del que yo creía posible, hasta que se me arqueó la espalda y me corrí en su boca, apretándole la cabeza contra mí con las dos manos, mordiéndome el brazo para no gritar. Se levantó con la barba y la boca brillantes de mí, y se acabó de bajar el pantalón. La polla le colgaba dura y pesada entre las piernas.

Se colocó encima. Cuando ya no podía esperar más se lo dije.

—Por favor.

—Ya —dijo.

Se agarró la polla y me pasó la punta por los labios del coño, arriba y abajo, ensuciándose de mí, empapándose. La apoyó en la entrada. Hubo un momento de tensión, de resistencia. Empujó despacio. Dolió: agudo, intenso, más de lo que esperaba, la carne cediendo para dejar entrar algo demasiado grande. Apoyé los pies en el sofá y me obligué a respirar.

Él se detuvo con solo la punta dentro.

—¿Sigo?

—Sí —dije entre dientes—. Sigue. Despacio, pero sigue.

Fue muy lento. Centímetro a centímetro, empujando y retirándose un poco, ganando terreno, dejando que mi coño de virgen se abriera para acomodarlo. El dolor fue cediendo, y lo que quedó en su lugar fue una sensación de plenitud que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Cuando llegó al fondo, cuando sentí sus huevos apoyados contra mi culo y su vello púbico contra el mío, me quedé quieta, procesando lo que era eso: tener a mi padre entero dentro de mí.

—¿Cómo estás? —preguntó. Tenía la frente apoyada en la mía y notaba el esfuerzo enorme que hacía por quedarse quieto.

—Llena —dije. Y no me avergoncé al decirlo—. Muévete. Fóllame despacio.

Empezamos a movernos juntos. Despacio al principio, encontrando el ritmo. Él salía casi entero y volvía a entrar hasta el fondo, con embestidas largas y regulares que me hacían soltar un gemido cada vez. Me agarraba una teta con una mano mientras me follaba, se la llevaba a la boca, la mordía. Yo le clavaba las uñas en los hombros, le rodeaba las caderas con las piernas para que no saliera nunca del todo, para que se quedara ahí adentro para siempre.

—Más rápido —le pedí después de un rato—. Ya no me duele. Métemela más rápido.

Y me la metió más rápido. La polla entraba y salía con un ruido húmedo, obsceno, mi coño empapado tragándosela cada vez. El sofá crujía debajo de nosotros. La casa estaba en silencio salvo por eso: por el sonido de mi padre follándome por primera vez.

Yo me vine antes que él, aferrada a sus hombros, con la cara contra su cuello, mordiéndome el labio para no gritar mientras el coño se me cerraba en espasmos alrededor de su polla. Él siguió hasta el final con movimientos largos y regulares, apretando los dientes, y cuando estaba a punto de correrse hizo el gesto de retirarse.

—Adentro —le dije al oído, agarrándole el culo con las dos manos para que no saliera—. Córrete adentro.

Volvió a hundírmela hasta el fondo y se corrió con un sonido grave y contenido, la polla latiéndome dentro, chorros calientes llenándome. Sentí cada uno. Me quedé quieta, con las piernas abiertas y él encima, notando cómo el semen le seguía saliendo en pulsaciones más pequeñas.

Nos quedamos quietos un rato largo. El ventilador seguía girando. El televisor seguía encendido sin volumen. Cuando por fin se retiró, sentí el semen salir despacio de mi coño abierto y bajarme por la raja del culo hasta el sofá. No me moví a limpiarlo. Afuera el grillo continuaba su canción de siempre, indiferente a todo.

—¿Te he hecho daño? —preguntó al fin.

—Un poco —admití—. Pero era lo que quería.

***

Mi madre tardó dos semanas en volver. La hermana había tenido una caída más seria de lo que parecía al principio y necesitaba compañía. Esas dos semanas Domingo y yo tuvimos la casa entera para nosotros.

Hubo otras noches. Noches en que fui aprendiendo más cosas, con esa misma paciencia que él tenía y que yo tardé meses en desarrollar por mi cuenta. Aprendí a mamársela hasta el fondo sin ahogarme, a tragarme la corrida caliente sin soltar una gota, a pedirle que me la escupiera en la cara cuando me apetecía. Aprendí a montarlo yo encima, con las manos apoyadas en su pecho, moviendo las caderas hasta que se corría dentro de mí. Aprendí a que me follara a cuatro patas encima de la mesa de la cocina, con él tirándome del pelo y dándome palmadas en el culo hasta dejármelo rojo. Aprendí que me gustaba que me llamara «hija» mientras me la metía, y que a él le gustaba que yo le llamara «papá» cuando me estaba corriendo. Aprendí a pedir. Aprendí que hay formas del placer que al principio se confunden con otra cosa y que después reconoces como propias.

Una noche, hacia el final de la segunda semana, él me pidió algo distinto. Me lo pidió en voz baja, con cuidado, dándome tiempo y espacio para decir que no. Quería follarme por el culo. No lo dije. Me puso boca abajo en la cama grande, con una almohada bajo las caderas, y me preparó durante mucho rato: primero con la lengua, lamiéndome el culo hasta dejármelo mojado y abierto, después con un dedo untado en aceite de la cocina, después con dos. Cuando por fin apoyó la punta de la polla en mi culo y empujó, apreté la cara contra la sábana y aguanté. Entró despacio, con un dolor inicial que me quemaba entero. Él iba parando, dejándome respirar, entrando un poco más. Cuando estuvo dentro del todo se quedó quieto encima de mí, con el pecho contra mi espalda, respirándome en el cuello. Empezó a moverse. Fue más lento todavía que la primera vez, más deliberado, con un dolor que se fue transformando en algo oscuro y profundo que tardé tiempo en saber nombrar. Me metió una mano por debajo y me buscó el clítoris, y me lo frotó mientras me follaba el culo, y me corrí así, con su polla en el culo y sus dedos en el coño, gimiendo boca abajo contra la almohada. Se corrió dentro poco después, y cuando salió sentí el semen bajarme por los muslos. Cuando terminó me quedé en silencio un buen rato, escuchando mi propia respiración volver a la normalidad.

—¿Estás bien? —preguntó Domingo.

—Sí —dije, y era verdad, aunque no de una manera sencilla.

Cuando mi madre volvió, la vida retomó su forma de siempre. Las cosas fueron acomodándose en sus lugares habituales, salvo que ya no eran exactamente los mismos lugares. Hay cosas que no se deshacen.

El otoño llegó. Yo volví a la ciudad a estudiar. Aquel verano quedó en esa categoría de recuerdos que no se cuentan fácilmente, que se guardan en un lugar propio y se sacan solo en momentos concretos, cuando uno sabe que el otro va a entender.

***

Rocío tenía los ojos brillantes. Andrés miraba la copa sin moverse, y bajo el pantalón se le notaba un bulto que no intentaba disimular. Lola se había soltado las rodillas y tenía los pies en el suelo, inclinada hacia delante, con una mano perdida entre los muslos.

—¿Y tu madre lo sabía? —preguntó Lola.

—Tu abuela era una mujer que entendía más cosas de las que dejaba ver —dije.

—¿Hubo más veranos? —preguntó Andrés.

Sonreí. Tomé el último sorbo de vino y dejé la copa vacía en la mesa.

—Muchos —dije—. Pero eso lo dejamos para otra noche.

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Comentarios(10)

RubenSur23

tremendo, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

curiosa88

Por favor una segunda parte!! justo cuando empieza lo bueno termina jaja

SantiRosario22

La tension del comienzo esta perfecta. Me enganche desde la primera linea y no pude parar. Felicitaciones

Carlos_mdp

Excelente relato, muy bien narrado. Espero que haya continuacion

Tomás_BA

muy bueno!! me gusto mucho como esta contado, se siente cercano. Sigue escribiendo!!

Juan_noctambulo

impresionante

NuriaMG

Me recordo a algo que vivi hace años, esa mezcla de nervios y ganas que describes es demasiado real. Muy buen trabajo

Liguero

se hizo corto :( queremos mas!!!

Rosa_cba22

La narracion en primera persona le da mucha intensidad. Muy bien escrito

MarcelaT

Esperando ansiosa el proximo relato. Saludos desde rosario

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