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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el motel con mi tía esa noche

Me llamo Marcos, tengo treinta y tres años y soy psicólogo. Trabajo como docente en la facultad y, si bien mi especialidad es la terapia familiar, he pasado la última década estudiando el deseo prohibido desde la teoría. He escrito artículos sobre el complejo de Edipo, dado clases sobre los mecanismos del tabú, escuchado a pacientes confesar cosas que no se atreverían a decirle ni a su sombra. Nunca pensé que iba a acabar protagonizando uno de esos casos.

Mi tía Claudia tiene cincuenta y ocho años y trabaja como periodista. Lleva cuatro viuda y su hijo Diego, un año mayor que yo, se mudó a Bilbao hace tres cuando le salió un buen contrato de trabajo. Desde entonces, sin que nadie lo dijera explícitamente, yo me convertí en su compañía habitual: cenas los martes, llamadas los domingos, acompañarla al médico si hacía falta. Era la hermana de mi madre, y cuando mis padres murieron, fue la única familia que me quedó cerca.

Claudia es alta, cerca de un metro setenta, con el pelo castaño rojizo que cuida con esmero. A pesar de sus años tiene un cuerpo que no pasa desapercibido: cintura definida, piernas largas que sabe lucir, caderas amplias. Sus pechos son generosos, visiblemente grandes incluso debajo de la ropa más discreta. Siempre la vi como una mujer atractiva, pero en un sentido abstracto, sin carga ninguna. Era mi tía.

Hasta que hizo el documental sobre incesto.

Claudia llevaba meses preparando un reportaje en profundidad: entrevistó a psicólogos, abogados, antropólogos, personas que habían vivido ese tipo de experiencias. Me llamó a mí también. Dos sesiones de casi una hora cada una. Hablamos del síndrome de Electra, de la barrera simbólica del tabú, de los casos clínicos más documentados en la literatura especializada. Yo respondí con la distancia de siempre, como colega profesional más que como sobrino. Cuando el documental se emitió en un canal de pago tuvo buena repercusión, y mi tía ganó cierta fama como «la periodista del incesto». En una entrevista posterior, un colaborador le preguntó directamente si ella había tenido alguna experiencia de ese tipo. Claudia negó con la cabeza y sonrió. Pero la sonrisa tardó un segundo en formarse y duró demasiado.

Yo vi esa entrevista desde el sofá de mi casa y no le di más importancia. Era una periodista que había investigado un tema delicado con rigor. Nada más.

El desencadenante llegó dos semanas después, en la cafetería de la facultad. Dos estudiantes en la mesa de al lado veían el clip en el móvil de uno de ellos. Los escuché sin proponérmelo.

—Está muy bien para la edad —dijo uno—. MILF de manual.

—La sonrisa cuando le preguntan lo del incesto —respondió el otro—. Ahí hay algo más que curiosidad periodística.

Me quedé inmóvil. Debería haberme molestado. En cambio noté que algo encajaba de una manera que no me esperaba. No era indignación lo que sentía.

Esa noche pensé en mi tía de otra forma por primera vez.

***

La semana siguiente fui a su piso a revisar una pequeña gotera en el fregadero. Ella había salido a hacer recados y me dejó la llave. Mientras esperaba a que escurriera la junta que había apretado, me adentré por el pasillo hasta su despacho. No tenía una intención clara. Vi la mesa llena de carpetas y folios ordenados, y entre ellos una que me detuvo: en la portada llevaba escrito a mano «El deseo que no se nombra: incesto filial».

La abrí.

Dentro había capturas de pantalla de páginas web, anotaciones a mano que parecían más personales que periodísticas, preguntas sin respuesta subrayadas con lápiz rojo. Encendí el ordenador, que no tenía contraseña, y abrí el historial del navegador. Las fechas eran posteriores a la emisión del documental. Los sitios no eran de investigación académica.

Cerré el ordenador. Me quedé sentado unos minutos mirando la pared del despacho.

A mi tía le había despertado algo que llevaba tiempo guardado. Y yo empezaba a sospechar que ese algo no apuntaba únicamente hacia su hijo.

***

La invité a cenar en mi piso unos días después. Nada especial, le dije, que tenía ganas de cocinar. Llegó directamente del trabajo con un conjunto de falda negra y blusa crema que le quedaba muy bien. Cenamos tranquilos, hablando de trabajo, de la vida. Cuando terminamos y nos acomodamos en el sofá con una copa de vino, puse el documental en la televisión sin decirle nada antes.

—¿Eso no es...? —dijo ella al reconocerlo.

—Me pareció interesante revisarlo desde un enfoque más analítico. Para una tesis que estoy preparando.

Ella asintió sin objetar. Vimos el documental hasta llegar a la parte de la entrevista donde le preguntaban sobre sus propias experiencias. La pausé.

—¿Puedo comentarte algo desde lo profesional? —le dije.

—Adelante.

—Cuando la comunicación verbal y la no verbal no coinciden, el gesto dice más que las palabras. Tu respuesta fue «no», pero la sonrisa llegó un momento tarde y se quedó demasiado tiempo. En psicología eso se llama incongruencia expresiva. Significa que la respuesta no era del todo verdadera.

Claudia me miró sin hablar durante varios segundos. La copa de vino en la mano. Los ojos fijos en los míos.

—Puede ser —dijo por fin.

Dos palabras. Dichas sin apartar la mirada. Sin prisa.

Un calor me subió desde el pecho hasta la garganta. Antes de que pudiera articular nada más, ella habló de un viaje de trabajo que tenía esa semana: un programa que iban a grabar en Bilbao. Me propuso que la acompañara, que podía avanzar en mi tesis durante los ratos libres. Yo le tomé la palabra.

***

Salimos a media tarde del día siguiente. Ella conducía. A los pocos kilómetros me pidió que la relevara porque había madrugado mucho y no tardó nada en quedarse dormida con la cabeza apoyada en el cristal. Conduje en silencio durante un rato. En un semáforo la miré de perfil: el vestido de gasa oscura se le había corrido hacia arriba con el movimiento y dejaba ver las piernas, las medias opacas, la curva de la rodilla. Me pregunté si llevaría liguero debajo.

Me obligué a mirar la carretera.

Empezó a llover pasada la primera hora. Una lluvia fina que en veinte minutos se convirtió en aguacero. Claudia despertó con el ruido del agua en el parabrisas. Cuando dejamos atrás la sierra, la lluvia fue cambiando: primero unos copos dispersos, luego más densos, luego un manto blanco que fue cubriendo el asfalto en cuestión de minutos.

—Habían avisado de posibles nevadas en el norte —dijo ella, mirando por la ventanilla—. No imaginé que llegaríamos a esto.

Los coches delante de nosotros empezaban a detenerse o a avanzar a paso de tortuga. El asfalto había desaparecido bajo el blanco. Vi un cartel verde en una salida próxima: «Hotel Serena, 2 km». Claudia lo vio al mismo tiempo que yo.

—Creo que esa es nuestra opción por esta noche —dijo.

***

El edificio era discreto desde fuera: dos plantas, fachada oscura, letrero de neón apagado. Por dentro era otra historia. La recepcionista nos recibió con una sonrisa entrenada. En las paredes había carteles con frases: «Descubrid vuestra noche», «Suites diseñadas para dos», «La intimidad que merecéis». No era un motel de carretera.

—¿Tienen reserva? —preguntó la recepcionista.

—No —dijo Claudia—. Necesitamos una habitación, nos ha pillado la nevada.

—Tenemos disponibles dos suites. La Suite Blanca, ochenta euros la noche. La Suite Roja, trescientos noventa.

—La primera —dijo mi tía sin dudar, y me miró—. Si no te importa compartir.

—Ningún problema —respondí.

El pasillo hasta la habitación estaba decorado con fotografías en blanco y negro, desnudos artísticos enmarcados en madera oscura. La Suite Blanca era completamente blanca: sábanas blancas, paredes blancas, cabecero acolchado en tela clara. En el techo, sobre la cama, un espejo ovalado rodeado de luces cálidas. En la pared lateral, un espejo de cuerpo entero que reflejaba la cama entera.

—¿Dónde hemos ido a parar? —murmuré.

—A lo que hay —respondió Claudia con media sonrisa.

El baño era enorme: mármol blanco, ducha de doble cabezal, albornoces colgados en ganchos plateados. En la mesilla de noche encontré el menú del room service y debajo, otro folleto: un catálogo de accesorios eróticos con la discreta indicación de llamar a recepción para pedirlos. Lo cerré justo cuando escuché que Claudia salía del baño.

—Voy a ponerme el albornoz —dijo—. Estoy completamente mojada.

—Claro, tómate tu tiempo.

Me senté en el borde de la cama y esperé. Cuando volvió al dormitorio llevaba puesto el albornoz blanco del hotel. El pelo húmedo le caía sobre los hombros y sin el maquillaje que traía antes, con la cara lavada y esa ropa que no era ropa, parecía distinta. Más cercana. Al pasar junto al radiador vi que había dejado la ropa colgada a secar: la blusa, la falda, y debajo, su ropa interior. Supe entonces que debajo del albornoz no llevaba nada.

Pedimos la cena al servicio de habitaciones. Nos sentamos frente a frente en la mesa pequeña de la antesala, uno frente al otro. El albornoz de Claudia se abría levemente en el escote mientras comía, y el espejo lateral me devolvía un ángulo que yo intentaba no explotar de forma demasiado evidente. Cuando terminamos la cena dijo que estaba agotada y que iba a dormir ya.

Yo me quedé con los apuntes de mi tesis sobre técnicas de hipnosis regresiva. Me tumbé en mi lado de la cama con una libreta apoyada en las rodillas, leyendo sobre inducción al trance, escuchando la respiración de mi tía volverse lenta y regular a escasos centímetros.

***

Los sonidos llegaron pasada la medianoche.

Al principio pensé que era la televisión de otra habitación. Luego entendí que venían directamente de la pared del cabecero. Una mujer. Gemidos que subían y bajaban, interrumpidos por palabras que no dejaban lugar a interpretación.

—Más. No pares.

Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente decidiera nada. Me quedé inmóvil, la libreta cerrada sobre el pecho, escuchando. Claudia seguía dormida de espaldas a mí, el albornoz blanco ajustado a su silueta en la oscuridad.

Los sonidos continuaron. La mujer de la habitación contigua no tenía ningún reparo: palabras directas, peticiones claras, gemidos que se acumulaban. A mi lado, el albornoz de Claudia se había corrido un poco mientras dormía. En el espejo lateral podía ver el reflejo de toda la cama: ella tumbada, la tela blanca cediendo en el escote, la curva del hombro y algo más.

Deslicé la mano despacio hacia abajo.

Era una de las situaciones más absurdas que había vivido: un psicólogo especializado en dinámicas de tabú familiar, masturbándose en silencio mientras escuchaba a una desconocida gemiendo al otro lado de la pared y observaba el reflejo de su tía en el espejo de un hotel erótico de carretera. Si me hubiera podido ver desde fuera, habría reconocido el caso en alguno de mis apuntes de clase. Pero no podía verme desde fuera.

—Así —se escuchaba desde la pared—. No pares, así.

Moví la mano más deprisa. En el espejo, el albornoz de Claudia había cedido un poco más con el movimiento natural de su respiración. Podía ver la curva de su pecho en el reflejo, la piel más oscura del bronceado contra la tela blanca del hotel. Extendí la mano izquierda con cuidado y la apoyé, apenas, sobre la tela a la altura de su cadera. No la moví. Solo la dejé ahí, mientras los sonidos de la habitación de al lado llegaban a su punto más alto.

Los gemidos de la otra habitación alcanzaron su clímax. Yo llegué al mío casi al mismo tiempo. Me aparté en el último momento y me quedé quieto durante un buen rato, respirando despacio, con la vista fija en el espejo del techo que me devolvía una imagen que no necesitaba analizar.

Tardé varios minutos en limpiarme con cuidado, en volver a colocar la sábana sobre Claudia, en acostarme de nuevo a su lado. Ella no se había movido en ningún momento.

***

Me despertó su voz a la mañana siguiente.

—Marcos. Marcos, despierta.

Abrí los ojos con el corazón desbocado, consciente en el acto de todo lo que había pasado la noche anterior. Claudia estaba de pie junto a la ventana, ya vestida con la ropa del día anterior, mirando hacia fuera. Su cara no era de enfado. Era de resignación.

—Mira —dijo señalando el cristal.

Me levanté. La nieve llegaba casi al alféizar, un metro largo quizás. En la televisión que ella había encendido, un presentador informaba de carreteras cortadas en toda la zona norte hasta nuevo aviso. Claudia llamó en silencio a su asistente de dirección para explicarle la situación y pedir que el equipo técnico avanzara sin ella.

—Vamos a tener que quedarnos otra noche —dijo cuando colgó.

Me senté en el borde de la cama y la miré. Ella seguía de espaldas, mirando la nieve acumulada contra el cristal. Pensé en la carpeta de su despacho. En su «puede ser» de dos noches antes. En el espejo del techo y en todo lo que yo había hecho debajo de él mientras ella dormía a mi lado.

Otra noche.

—De acuerdo —respondí.

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Comentarios (10)

Rokdr

excelente!!!

DiegoAr22

Que relato mas intenso, me dejo con ganas de mas!!

marta_real

Lo lei de un tiron y se me hizo corto. Espero que haya continuacion!

VicenteMZO

Me recuerda a algo que me paso en un viaje hace anos, esas noches que uno no planea pero no olvida. Muy bueno el relato

lectora_curiosa

Nunca pense que iba a leer algo asi y quedar tan enganchada jaja. Muy bueno!!

LectorNocturno_BA

Eso de que el tabu solo se disfraza... que arranque tan bueno. Y el resto a la altura, no defrauda

Memo1987

tremendo, el inicio me engancho desde la primera linea

RiojaLibre

Se siente que paso de verdad, eso es lo que lo hace diferente a otros relatos. Ojala haya mas

CuriosaLec

Me gusto mucho como lo contaste, directo sin pasarse de la raya. Saludos desde colombia

PabloSta

lo lei dos veces jaja, muy entretenido!!

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