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Relatos Ardientes

Defendí a mi cliente y terminé en su celda

Llevo doce años ejerciendo como abogada penalista y hasta hace un año había mantenido una regla de hierro: jamás mezclar el trabajo con nada personal. Escribo esto porque todavía no he sido capaz de contarlo en voz alta, y sospecho que tampoco lo seré en mucho tiempo.

El caso me lo pasó Hernán, un fiscal con el que estudié en la facultad. Una madrugada cualquiera, cuatro policías habían tirado abajo la puerta de una casa en las afueras y encontrado cuatro kilos de cocaína en el garaje. El dueño se llamaba Nicolás, tenía treinta y tres años y ningún antecedente. Había aceptado guardarle «unos paquetes» a un viejo conocido a cambio de plata. La historia más triste y más común del manual.

—Lo van a hacer pedazos si no lo tomás vos, Vale —me dijo Hernán por teléfono—. Y además te posiciona, el pibe es un perejil evidente.

Acepté sin pensarlo. Salí de la oficina esa misma tarde rumbo a la comisaría cuarenta y siete.

***

Entró a la sala de interrogatorios escoltado por dos oficiales. Tenía el labio partido, una marca fresca en el pómulo y una barba de tres días. Flaco, alto, con los ojos de alguien que no ha dormido en dos noches. Me miró como si no creyera que yo estaba ahí por él.

—¿Usted es mi abogada? —preguntó.

—Me mandó el fiscal. Déjennos cinco minutos a solas —le dije al comisario.

Cuando nos quedamos los dos, me senté frente a Nicolás y le pedí la verdad completa. Me la dio sin adornos: el amigo, la deuda, el trabajo que había perdido. Mientras hablaba, bajó la mirada hacia mis piernas más de una vez y yo, en lugar de incomodarme, anoté mentalmente que ese detalle me gustaba.

Ya estás en problemas, Valeria.

Le prometí que iba a hablar con su novia, Julieta, y que iba a negociar con el juez. Al salir, el comisario me atajó en el pasillo con una sonrisa que me revolvió el estómago. Le dije dos o tres formalismos y me fui sin estrecharle la mano.

***

Pasaron tres semanas antes de la segunda reunión. Fui a la cárcel con un vestido veraniego rojo y tacos bajos. Me maquillé más de lo que suelo. Mi secretaria, Camila, lo notó sin decir nada; solo alzó una ceja cuando me vio salir de la oficina.

El director del penal, Ricardo, era exactamente el tipo de hombre que uno espera encontrar en un puesto así: cincuenta y tantos, pelo canoso, físico de gimnasio y una forma de mirar que olía a acoso. Me hizo esperar veinte minutos. Cuando por fin me recibió, me informó que Nicolás había estado en una pelea y que no podía recibir visitas.

—Se burlaron de él diciendo que su novia había estado conmigo. Cosas de presos —dijo sin dejar de clavarme los ojos en el escote.

—¿Y eso es verdad? —pregunté con toda la naturalidad que pude.

—Soy tan profesional como usted, doctora.

Tuve que amenazarlo con el juez para que me dejara entrar. Terminó por aceptar, con la condición de que fuera en la propia celda de mi cliente, sin guardias presentes. Me ofreció un botón antipánico. Lo acepté.

Una oficial me escoltó hasta el pabellón mientras los internos silbaban, golpeaban los barrotes y decían barbaridades. Dos se abrieron los uniformes y me mostraron la entrepierna. No bajé la mirada ni una sola vez.

***

La celda olía a humedad, a tabaco barato y a cuerpo de hombre encerrado. Cuando los oficiales se llevaron a los compañeros de Nicolás y cerraron la reja detrás de mí, se me nubló por un instante la idea de por qué estaba ahí.

—Hola, Nicolás.

—Doctora —respondió. Me abrazó como si llevara meses sin tocar a nadie y yo lo dejé.

—Atraparon a tu amigo. Vas a cumplir el resto en prisión domiciliaria. Es lo mejor que pude conseguir.

Se le llenaron los ojos. Me tomó las manos, me las besó despacio y después me besó a mí, con una urgencia que no pedía permiso. Yo podría haberme apartado. No lo hice.

—Esperá —dije contra su boca—. Esperá un poco.

—No puedo —respondió. Y me giró contra los barrotes.

Sentí el metal frío contra la mejilla y sus manos subiéndome el vestido. Me arrancó la respiración de a poco, besándome la nuca, la oreja, el hombro. Deslizó una mano por debajo de la tela hasta encontrarme por encima de la ropa interior. Yo ya estaba mojada antes de que me tocara.

—Mirá cómo estás, doctora —susurró.

No contesté. Llevé mi propia mano a donde estaba la suya y le mostré cómo me gustaba. Él aprendía rápido.

***

Me soltó los pechos del vestido —no llevaba corpiño esa tarde, decisión que ahora me confirmaba como premeditada— y me manoseó apretado contra las rejas. Los dedos de la otra mano entraron dentro de mí sin aviso, dos de golpe, y me mordí el labio para no gritar. Al fondo del pabellón un guardia pasó silbando. No miró.

Me dio vuelta hacia él y me llevó a la cucheta. Me bajó la tanga con los dientes, arrodillado en el piso de cemento, y me abrió con la lengua. Nunca nadie me había comido así, con esa hambre concentrada de alguien que cree que es la última vez que va a hacerlo. Le enredé los dedos en el pelo y lo sostuve donde me servía.

—No pares.

—No iba a parar.

Me hizo acabar rápido, en silencio, apretando mi propia mano contra la boca para no despertar al pabellón entero. Cuando bajé de la primera ola, ya me estaba poniendo de pie.

—Ahora vos —le dije.

Me puse en cuclillas frente a él y le bajé el pantalón del uniforme gris. La tenía dura desde hacía rato. La tomé con una mano, la pasé despacio por mis labios como si la estuviera probando, y después me la metí entera. Nicolás apoyó la espalda en la pared y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Dios, doctora.

—Valeria —corregí, sin sacarla de la boca—. Decime Valeria.

***

Le chupé hasta sentirlo a punto de terminar, y ahí paré. Me levanté, apoyé una rodilla en la cucheta y me abrí con dos dedos para él. No dijo nada. Se puso detrás de mí y me la clavó de una sola vez.

—Despacio —jadeé—. Sos bruto.

—Perdón.

Pero yo no quería despacio, y los dos lo sabíamos. Me agarró de las caderas y empezó a cogerme con un ritmo que hacía crujir la cama de hierro. Me tapé la boca con el antebrazo. El vestido rojo enrollado en la cintura, los tacos todavía puestos, el pelo pegado a la frente por el sudor. Si alguien hubiese entrado en ese momento, habría perdido la matrícula y el marido en la misma tarde.

—Dame vuelta —le pedí.

Me acomodó boca arriba sobre el colchón fino. Me levantó una pierna, se apoyó sobre mí y volvió a entrar. Desde ahí me miraba con una mezcla de gratitud y desesperación que no había visto nunca en un hombre. Me besó los pechos, me mordió un pezón, me dijo al oído cosas que no voy a repetir aquí.

—Acabá afuera —le dije—. Por favor.

Salió cuando sintió que ya no aguantaba, se puso de rodillas sobre mí y se terminó encima de mis pechos, con un gemido que tuvo que morder para que no se escuchara en el pasillo. Me quedé así un segundo, mirándolo, con el corazón golpeándome contra las costillas.

***

Me limpié como pude con pañuelos de papel que llevaba en la cartera. Me acomodé el vestido, me peiné con los dedos, me volví a poner las medias. Nicolás, todavía sentado al borde de la cucheta, me miraba como si no supiera cómo agradecerlo.

—No vuelvas a contar esto —le dije, sin amenaza, solo como un hecho.

—Nunca —respondió.

Apreté el botón antipánico para avisar que había terminado la reunión. Cuando la oficial abrió la reja, yo era otra vez la doctora Montenegro, carpeta bajo el brazo y cara de pocas palabras. Crucé el pabellón sin mirar a ningún interno. Ninguno se animó a silbarme esta vez.

A las cuarenta y ocho horas firmé el acuerdo. Nicolás cumplió los meses que le quedaban en su casa, con Julieta, que nunca va a saber nada de esto. Yo volví a mi oficina, a mis reuniones, a mi marido que sigue trayéndome el café por las mañanas sin sospechar.

Hernán me pasó otro caso la semana pasada. Una mujer que mató a su novio, dice él, por legítima defensa. Le contesté que lo tomaría.

Todavía no sé si me conviene.

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Comentarios (7)

NoraCba_lect

Tremendo relato, quede sin palabras!!!

Rodrigo_lect

Por favor seguí con esto, el ambiente que creastes al principio ya te engancha solo

LectoraEnSombras

Se me puso la piel de gallina desde el primer parrafo. Muy bien escrito, se siente autentico

FanDeConfesiones

Esto es verdad?? si es asi espero que subas mas de estas historias, son las mejores de la categoria

Eduardo200

excelente!!!

Mariela_77

Me recordo a una historia que escuche hace años, pero esto tiene algo diferente, se siente mas real. Sigue asi!

NocheReader22

La descripcion del lugar al comienzo es lo que mas me gusto, uno se imagina todo perfectamente. Esperando la continuacion

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