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Relatos Ardientes

La pareja del Audi gris volvió por mí esa noche

Lo que voy a contar es lo más extraño y excitante que me ha tocado vivir desde que trabajo en este oficio. Llevo seis años de recamarero en un hotel de paso a las afueras de la ciudad. Tuve que abandonar la carrera de odontología por temas económicos, me casé joven, llegaron los hijos, y no quedó más remedio que aceptar el primer trabajo decente que apareció en el periódico.

Durante los primeros años escuchaba a mis compañeros contar historias que me parecían pura fanfarronada. Que si una huésped los había llamado para algo más que cambiar las sábanas, que si una pareja los había invitado a quedarse a mirar, que si una propina iba acompañada de cosas que no se cuentan en voz alta. Yo asentía y me reía con ellos, pero por dentro pensaba que exageraban. Hasta que me tocó a mí.

Me llamo Esteban, tengo veintinueve años y mido un metro ochenta y tres. No soy especialmente agraciado: cara común, cuerpo normal, manos demasiado grandes para mi gusto. Con las mujeres siempre me costó, y las pocas que conocí más a fondo coincidían, eso sí, en señalarme un detalle que la naturaleza me regaló como compensación. Lo dejo ahí, porque sin ese detalle quizá nada de esto habría ocurrido.

Era un sábado de diciembre. Yo cubría el turno que entra a las diez de la noche y termina al amanecer. Acababa de bajar al puesto de recepción para charlar un rato con Damián, mi compañero de caseta, cuando entró por la rampa un Audi gris perla con los vidrios polarizados. El conductor bajó la ventanilla a la altura del cristal y pidió una habitación con jacuzzi para toda la noche.

Desde donde estábamos se veía perfectamente el interior del coche. Al hombre, un tipo de unos cuarenta años con el pelo engominado y un reloj que valía dos sueldos míos, se le veía la cara entera. A la copiloto, en cambio, no le veíamos el rostro, pero sí dos piernas largas y entreabiertas que terminaban en algo que parecía una intención muy clara. Damián tardó en darle el cambio más de lo razonable. Mientras hacía como que contaba los billetes, ella movía las rodillas con una lentitud que no podía ser casual. Cada vez que las separaba unos centímetros, una tanga blanca con una abertura imposible dejaba ver lo que tapaba muy poco.

—Habitación doce, segundo piso —dijo Damián por fin, con la voz un poco más ronca que de costumbre.

Me tocaba acompañarlos. Cuando llegué hasta el coche y abrí la puerta del copiloto, la mujer giró sobre el asiento y sacó una pierna fuera. El vestido se le subió hasta más arriba de la cintura. No traía nada debajo de aquella tanga absurda. Le tendí la mano para ayudarla a bajar y, al apoyarse, fingió tropezar. Una mano suya quedó sobre mi hombro; la mía, en algún sitio que no debía. Duró tres segundos. Lo bastante para sentir la calidez de su piel y un perfume dulce que todavía recuerdo.

—¿Otra vez calentando al personal, mi amor? —dijo el marido desde el lado del conductor, sin enfado, casi divertido.

Ella se rio, lo besó largamente en la boca y echamos a andar hacia las escaleras. Detrás de mí podía oír el roce de la tela. Cada cierto tramo me giraba con la excusa de orientarlos, y veía cómo él le subía el vestido por encima de las nalgas, le acariciaba sin pudor, le metía la mano entre los muslos. Ella se reía bajito, sin oponer resistencia. Llegamos a la doce, encendí las luces, comprobé el aire, y me retiré con una propina generosa y una erección que dolía.

Subí al cuarto de servicio dispuesto a desahogarme cuando sonó el radio: pedido a la habitación doce. Una botella de vino tinto y dos copas. Casi se me cae la bandeja en el ascensor. Toqué la puerta.

—Adelante —dijo la voz de él.

Apoyé la bandeja en la mesa rodante que dejamos siempre en la entrada para no invadir, pero ella abrió la puerta sin envolverse en nada. Sólo zapatos de tacón y la misma tanga del coche. Los pechos al aire, grandes, firmes, con dos pezones rosados y endurecidos.

—¿Cuánto te debemos, guapo?

—Dile que pase y le pago aquí —se oyó desde la cama.

Pasé. El marido estaba recostado sobre los almohadones, con una toalla a la altura de la cintura y el torso desnudo. Sobre el buró, una cartera abierta de la que sobresalían varios billetes.

—Amor, págale al señor —dijo él.

Ella caminó hasta la mesa de noche moviendo las caderas con la calma de quien sabe que está siendo mirada. Cuando llegó a su altura, él la sujetó por las nalgas y la giró hacia mí. Empezó a besarle un pecho, después el otro. Le murmuró algo al oído y ella se rio. Se separó un poco, se inclinó hacia delante sin doblar las rodillas y se llevó a su marido a la boca. Yo seguía de pie junto a la mesa, sin saber si retirarme o quedarme. Ninguno de los dos parecía recordar que estaba allí.

—Amigo —dijo él de pronto, mirándome por primera vez desde que había entrado—. ¿Me harías un favor?

Me extendió el teléfono. Quería que filmara. Acepté con un gesto, intentando que no me temblara la voz. Encuadré la escena con torpeza. Vista desde el ángulo en que estaba, podía mirar a la mujer al detalle: la espalda inclinada, el cabello cayéndole sobre la cara, una humedad clara en la cara interna de los muslos.

—Ven más cerca —dijo él, sin dejar de mirarla—. No vas a salir en la cámara.

Me acerqué tanto que podía oler el calor que le subía del cuerpo. Él hizo un gesto con la barbilla. Tardé un segundo en entenderlo. Después me agaché y le pasé la lengua, primero con timidez. Ella se detuvo un instante, sorprendida, y el marido le murmuró desde arriba que se dejara llevar. Volvió a su tarea sin protestar. Yo seguí con la mía: alternaba lengua y dedos, intentaba que cada caricia fuera exacta. Le notaba pequeños espasmos en los muslos cuando acertaba.

El radio sonó otra vez. Recepción me pedía urgente abajo. Tuve que despedirme, frustrado, prometer que volvía en cuanto pudiera.

Volví a los cinco minutos con la excusa de comprobar el aire acondicionado. Esta vez abrió ella, completamente desnuda y descalza. Me tomó por la camisa, me tiró hacia dentro y me besó. Sabía a vino, a saliva y a algo más que no supe nombrar. El marido filmaba desde la cama, con una sonrisa tranquila, como quien ve un partido.

Mientras ella me besaba, sus manos buscaban por encima del pantalón.

—Amor, ¿no se lo quieres ver? —dijo él.

Ella sonrió, se arrodilló y me desabrochó el cinturón. Cuando me bajó la ropa interior y vio lo que la naturaleza me había dado por compensación, su cara cambió. Miró a su marido como pidiendo confirmación.

—Tócalo. Si quieres, méteselo en la boca. Lo decides tú.

Lo tomó con las dos manos, lo evaluó con la curiosidad de quien revisa una pieza nueva, y se lo llevó a la boca con cuidado. Lo intentó dos veces y, al tercer movimiento, sin avisar a nadie, ni a mí mismo, terminé. Fue una vergüenza descomunal. Le manché la cara y los pechos sin poder evitarlo, mientras ella y el marido se reían, no con burla pero sí con sorpresa. Yo quería que se abriera el suelo y me tragara entero.

—Tranquilo —dijo ella, limpiándose con el dorso del brazo—. Le pasa a cualquiera.

—No seas mala —le dijo él, con humor—. Deja que con la lengua te lo limpie de adentro.

Ella se sentó en el borde de la cama, abrió las piernas y me hizo un gesto. Bajé entre sus muslos y le di lo que pude durante un rato, mientras él le hablaba en susurros desde detrás de la cámara. Cuando me retiré, ella me dio un beso en los labios y dijo, con una sonrisa que aún recuerdo:

—La próxima vez, te aguantas.

La próxima vez.

***

Bajé al cuarto de servicio jurando que aquello no se repetiría. Lo cuestioné durante semanas. Le conté a Damián una versión inflada en la que no había vergüenza, sólo penetración. Creo que me creyó la mitad. Llegó el año nuevo, el aniversario de mi boda, los días monótonos de enero. Casi había logrado olvidarlo cuando, un domingo por la tarde, vimos el Audi gris perla subir la rampa.

Damián me dio un golpe con el codo.

—Adelante, matador. Esta vez no falles.

Bajé yo a cobrar, hice como que no los reconocía. Ella me clavó la mirada un segundo demasiado largo. Esta vez llevaba una minifalda de mezclilla muy corta, con varios botones del frente sin abrochar, dejando ver que tampoco se había puesto ropa interior. Una blusa de licra negra sin sostén, dos pezones marcados, botas vaqueras hasta la rodilla.

—Por favor, ¿puedes traernos servicio a la habitación en quince minutos? —me dijo con una sonrisa.

El marido me sostuvo la mirada un segundo más.

—Espero que esta vez vengas con pilas y tiempo.

Esos quince minutos los pasé en el baño del personal. No fui a desahogarme: fui a calmarme, a quitarme la urgencia, a llegar a la habitación con la cabeza puesta y no entre las piernas. Me lavé la cara con agua fría dos veces. Cuando subí, Damián me interceptó en el pasillo.

—No seas gacho —me dijo—. Esa mujer es de carrera larga. Si hay sitio para dos, me avisas.

Asentí sin comprometerme. Toqué la puerta. Me abrió el marido envuelto en una toalla. Pasé. Ella estaba tumbada de espaldas en la cama, completamente desnuda, depilada, con las piernas abiertas. La humedad le brillaba ya en los muslos. Algo habían empezado sin mí.

—¿Vienes con tiempo? —preguntó él.

Asentí. Me señaló la cama con un gesto.

—A ella le gusta despacio. Que se note.

Me arrodillé al pie del colchón y empecé como me había pedido: sin prisa, repartiendo lengua por toda la cara interna de los muslos antes de tocar el centro. Él se acomodó a la altura de su cabeza y ella se giró sobre el costado para tomarlo en la boca. Llevaba conmigo, pasados los meses, una idea muy clara de lo que tenía que hacer. Esta vez no iba a quedarse con dudas.

Cambiamos varias veces de postura. A ella le gustaba mandarnos, decirnos qué quería en cada momento. En un descuido, él la puso en cuatro y la penetró por detrás. Ella me llamó con un gesto, me bajó el pantalón y empezó a tomarme en la boca. La oí decirle al marido, con la voz cortada:

—Cállate y sigue, que este hombre la chupa bien.

Eso lo desarmó. A los pocos minutos él terminó dentro de ella. Cayó hacia un costado con un gemido frustrado. Ella se enfadó con un gesto de broma.

—Te dije que aguantaras toda la noche, idiota.

—Pídele tú al otro caballero —respondió él, riéndose.

Ella me empujó por los hombros, me hizo tumbarme y se montó encima. Esta vez no entró del todo. Lo intentó, hizo una mueca de dolor con una sonrisa al final, y se acomodó como pudo. Iba a su ritmo, marcando ella la profundidad, mientras le pedía a su marido que se repusiera rápido.

Fue entonces cuando me acordé de Damián. Sugerí, en voz alta, que tal vez convenía un servicio extra a la habitación. El marido captó la idea al vuelo. Levantó el teléfono, pidió hielo, y a los dos minutos Damián estaba en la puerta. Cuando vio la escena abrió mucho los ojos y se rio, sin saber muy bien qué hacer con la bandeja.

—Deja eso ahí —le dijo ella— y ven, no te quedes lejos.

Damián no necesitó más invitación. Se desabrochó el cinturón mientras se acercaba, ella lo recibió con la boca abierta y el marido se acomodó en una silla con el teléfono en la mano, filmando, contento. Cambiamos de posiciones varias veces: ella encima de mí, Damián detrás, ella de rodillas entre los dos, el marido siempre observando, dirigiendo con palabras breves, riéndose por lo bajo.

Cuando empezamos a estar cerca del final, ella nos pidió que avisáramos para salir. Pero cuando llegó el momento, fue ella misma quien nos sujetó dentro. Las dos veces. Lo decidió ella, contra lo que había dicho dos minutos antes. Después se quedó tumbada con los ojos cerrados, respirando, sonriendo, mientras nosotros nos mirábamos sin saber qué decir.

Nos duchamos los cuatro. En la regadera nos volvió a tomar a los dos en la boca, también a su marido, que ya se había repuesto. Repartió besos sin distinción, con la misma calma con la que antes nos había recibido. Antes de despedirnos, le di las gracias en voz baja. El marido me sonrió con la complicidad de quien comparte algo que no se entiende fácil.

—Servido, jefe. Tiene usted una gran mujer.

—Es una gran mujer —contestó—. Y no le alcanza con un solo hombre.

El Audi gris bajó la rampa al rato. Damián y yo lo vimos irse desde la caseta, sin hablar, sin saber muy bien qué decirnos. Aún hoy, cuando entra un coche por esa rampa a horas extrañas, miro a los copilotos un segundo más de lo debido. La mayoría de las veces no pasa nada. Pero a veces, muy de vez en cuando, pasa.

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Comentarios (5)

SolitarioNocturno

Que arranque mas potente, te engancha desde la primera linea y ya no podes soltar. Excelente!!!

Romina_BA

Por favor una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber que pasó después de esa noche

Pelado_Cba

Increible como describis la tension de ese momento, se siente completamente real. Me hizo acordar a un turno nocturno que tuve hace años, esas cosas quedan grabadas para siempre.

MarceloRdz_ok

Hay relatos que se leen rapido y se olvidan. Este no. Quedé pensando un rato largo.

CuriosoChile

¿Esto paso de verdad o es ficcion? Porque suena muy veredico jeje. Muy bueno de todas formas

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