Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Marta volvió del bar y tuvo que confesármelo

Cariño, tengo algo que contarte. Así empezó todo, con esas mismas palabras, y todavía me tiemblan las manos al escribirlas.

Me llamo Andrés y acabo de cumplir cincuenta y ocho años. Mi mujer, Marta, tiene sesenta. Somos de Zaragoza y llevamos juntos desde que coincidimos en una academia de idiomas, cuando los dos éramos poco más que unos críos con demasiada prisa por vivir.

Ya en aquellos primeros años empecé a sospechar que Marta miraba a otros hombres de una forma que no era del todo inocente.

Con el tiempo, esas sospechas se mezclaron con las fantasías que ella me susurraba en la cama. Nunca supe si lo que salía de su boca era pura imaginación o si de verdad lo había puesto en práctica. Y lo curioso es que esa duda, en lugar de apagarme, me encendía. Me excitaba de una manera que no sabría explicar imaginarla entregada a un desconocido.

Anoche llegó a casa después de salir con sus amigas, y supe nada más verla que la fantasía se había quedado corta.

***

Marta es una mujer madura que lleva sus años con un descaro tranquilo. Tiene una melena ondulada de un castaño rojizo que siempre parece un poco revuelta, como si acabara de levantarse de una cama que no era la nuestra. Su cara, de facciones marcadas y labios finos, esboza casi siempre media sonrisa, la de quien sabe perfectamente que la están mirando.

Conserva una figura que llama la atención por la calle. Pecho generoso y firme, que ella subraya con escotes profundos y una piel clara muy cuidada. Las piernas, fuertes y torneadas, las luce con faldas que apenas cubren lo justo, dejando que la imaginación se pierda por debajo de las medias oscuras que tanto me gustan.

Cuando cruzó la puerta pasada la medianoche, traía una chispa de adrenalina en los ojos. No encendió la luz grande. Se quedó bajo el halo de la lámpara del rincón, respirando agitada, despeinada, encendida. Se sentó frente a mí y, con la voz cargada de algo que se podía casi tocar, empezó a relatarme con un lenguaje crudo cómo se había dejado follar esa misma noche.

—Hola, cariño… tengo algo que contarte —soltó de golpe, acercándose con un paso felino—. Pero prométeme que no te vas a enfadar.

Se dejó caer en el sofá, a mi lado. No buscaba refugio. Buscaba acorralarme con su confesión.

***

Me contó que estaba con sus amigas, una noche cualquiera de copas, hasta que el aire del local cambió de golpe. Un chico acababa de entrar y, solo con verlo, algo en su cuerpo se rindió antes de que ella pudiera pensar.

—Andrés, verás… —empezó, mordiéndose el labio—. Estábamos allí, charlando y riendo, y de repente se abrió la puerta y entró él. Un tipo joven, guapo de un modo casi insolente, con una planta que cortaba la respiración. Me quedé clavada en la silla. Nuestras miradas se cruzaron al instante, y no fue un cruce cualquiera. Fue una mirada que me bajó por la espalda como un escalofrío.

Hizo una pausa. Respiraba con dificultad y se llevó las manos a los muslos, apretando la tela de la falda.

—Sentí cómo me desnudaba con los ojos, cómo me recorría entera. Y yo, en vez de apartar la vista, se la devolví con una invitación tan clara que me dio vergüenza de mí misma. Solo con eso, Andrés, mi cuerpo te traicionó. Noté un calor que me subía por las piernas, las bragas empapadas en cuestión de segundos. El resto del bar desapareció. Solo existíamos él y yo. Me levanté hacia el baño con un gesto, esperando que me siguiera. Y vaya si me siguió.

No hubo rodeos. Me miró a los ojos y, con una frialdad que me heló por dentro, me contó cómo lo guió hasta el aseo.

—Me agarró del brazo y me metió dentro —susurró, recreando la escena con las manos—. Me besó con ansia, echó el pestillo y empecé a desabrocharle el cinturón. Él no esperó. Me arrancó las bragas de un tirón.

***

Me habló del frío de los azulejos contra su espalda mientras él la penetraba con una fuerza que parecía querer dejar marca. Me dio detalles que dolían y que, a la vez, no podía dejar de escuchar: el golpe seco de la piel, el sudor mezclado, la sensación de sentirse usada como nunca por un desconocido al que no le importaba su nombre. Y cómo, entre jadeos, él terminó vaciándose dentro de ella sin pedir permiso.

—Me corrí mientras él aún estaba dentro —dijo, poniéndose de pie y empezando a desabrocharse la blusa con una sonrisa provocadora—. Mírame entre las piernas, Andrés. Todavía me está saliendo, fresco, colgando como un hilo.

Se quedó allí, ofreciéndome el rastro de otro hombre como si fuera un trofeo. No buscaba perdón. Buscaba encenderme con su traición, obligarme a participar en el final de su aventura.

—Límpiame bien, nene… cómetelo todo. Así, sí. Soy tu putita.

Quería que mi lengua borrara la huella de aquel extraño, que yo saboreara su infidelidad para que, de algún modo retorcido, el círculo se cerrara entre los tres.

***

Me quedé petrificado en el sofá, con el corazón golpeándome las costillas y los ojos incapaces de apartarse de lo que Marta me ofrecía. Ella, con la seguridad que le daban sus sesenta años, se separó los labios del sexo con los dedos y me mostró la entrada todavía palpitante.

—¿Lo ves, Andrés? —gemía, mientras aquel líquido ajeno, espeso, trazaba un camino brillante por el interior de sus muslos hasta perderse en el encaje de las medias—. Me puso de cara a la pared, agarrada al lavabo, y me lo hizo tan fuerte que pensé que me partía. Y ahora te toca a ti terminar el trabajo.

Me arrodillé ante ella, sintiéndome pequeño y poderoso a la vez. El olor era insoportable y adictivo al mismo tiempo: el rastro de aquel desconocido mezclado con el de mi mujer. Marta me agarró del pelo con fuerza y me pegó la cara a su entrepierna.

—Eso es, nene. Límpiame bien. Quiero que no quede ni rastro de él en mi piel, pero quiero que su sabor se te quede en la boca. Saborea lo que me ha hecho. Esta noche he sido la puta de un extraño en el baño de un bar, y tú vas a ser quien limpie lo que dejó.

No hubo asco. Solo una entrega animal y morbosa. Mientras mi lengua recorría su piel borrando aquel rastro, Marta echaba la cabeza hacia atrás y gritaba mi nombre al techo del salón, poseída por el recuerdo del otro y por mi boca trabajando entre sus piernas. En ese instante supe que las sospechas de toda una vida acababan de morir para dar paso a algo mucho más sucio, más excitante y, de alguna forma, eterno.

—Así, Andrés… cómetelo todo —susurraba mientras me apretaba la cabeza contra su sexo—. Que mañana volveré a ser tu esposa perfecta. Pero ahora sigo siendo la guarra en la que se ha corrido un desconocido.

***

Me apretaba contra ella con una fuerza que no parecía propia de una mujer de su edad. Era la fuerza de la adrenalina, del poder que sentía al tenerme allí, de rodillas, digiriendo su traición en tiempo real. Yo notaba el sabor amargo de aquel tipo mezclado con el de Marta, una mezcla que me quemaba la garganta y que aun así no podía dejar de tragar.

—Mírame, Andrés —ordenó, obligándome a levantar la vista sin dejar que me separase.

Tenía la cara congestionada, las mejillas encendidas, los ojos brillantes. El colgante de plata que llevaba al cuello subía y bajaba con su respiración entrecortada. Era la imagen viva del deseo satisfecho.

—Mientras me lo hacía, mientras notaba sus manos clavándose en mi cintura, solo podía pensar en este momento. En cómo te lo contaría. En la cara que pondrías al descubrir que tu mujer, la que te prepara el café cada mañana, ha sido usada como un juguete en un baño público hace apenas veinte minutos. ¿Te gusta, cariño? ¿Te gusta saber que ahora mismo llevas en la boca el rastro del hombre que me ha hecho gritar?

Yo no era capaz de articular palabra. Me dolía la erección bajo el pantalón, una mezcla de humillación y deseo que me nublaba el juicio. Marta soltó una carcajada ronca, una risa que desnudaba todos nuestros años de matrimonio, todas aquellas sospechas que yo había guardado en silencio.

—Él ni siquiera sabía mi nombre —continuó, recreándose en el desprecio—. Para él solo era una madura caliente que se encontró en un bar. Me trató como a una cualquiera, Andrés. Me dijo guarradas al oído que te harían arder. Y yo se lo permití todo. Dejé que se corriera dentro sin pensarlo. Y aquí estoy, ofreciéndote lo que me dejó, porque sé que en el fondo es lo que más te pone. ¿Verdad, mi amor?

Se separó un poco, lo justo para dejarme ver de nuevo el desastre de su entrepierna, todavía goteando. Con un dedo recogió una gota espesa que colgaba y me la puso en los labios, como quien ofrece a probar algo prohibido.

—Límpiame hasta que ya no huela a él. Hasta que mi piel vuelva a brillar. Pero no olvides nunca este sabor, Andrés. Porque la próxima vez que salgamos a la calle del brazo, cuando la gente nos vea como ese matrimonio respetable de toda la vida, tú sabrás perfectamente a qué sabía el hombre que me tuvo a cuatro patas contra la pared de un aseo.

Me hundí de nuevo entre sus piernas, perdiendo la noción del tiempo, devorando cada rastro de su infidelidad con una desesperación obscena. Marta me acariciaba el pelo con una dulzura cruel, mientras el silencio de la noche envolvía nuestra casa y guardaba el secreto de que, bajo nuestra apariencia de calma, acababa de nacer una suciedad que iba a mantenernos despiertos durante mucho tiempo.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (6)

Pancho_Cba

Dios mio... excelente!!!

MarisolVR

Por favor segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bien narrado

CarlosM85

Cuarenta años juntos y aun asi... tremendo. Me dejo pensando un buen rato

xena_lectora

Que tension la del comienzo, cuando Marta empezo a hablar no pude soltar el celular jaja

RolandoP

Me pregunto como reacciono el en ese momento. Espero ver mas relatos asi

LecturaNocturna_ok

Tiene algo diferente a la mayoria de los de esta categoria. Mas humano, mas real. Me gusto mucho

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.