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Relatos Ardientes

Subí el anuncio y a medianoche golpearon la puerta

Era una noche cualquiera en una ciudad portuaria del sur, pero para mí era la noche que llevaba toda la semana planeando. La habitación olía a limpio industrial, a sábanas planchadas, con ese hilo salado del mar que se colaba por la ventana entreabierta. Acababa de salir de la ducha y todavía tenía la piel caliente, con gotas resbalándome despacio por el canalillo, entre los pechos pesados. El sexo me latía desde la tarde, un pulso constante que no se calmaba con nada. Cada vez que cruzaba los muslos al caminar, se me escapaba un suspiro que no pensaba reprimir.

Siempre he sido así. El deseo me llena sin palabras, solo con el cuerpo gritando por dentro. No hablo cuando estoy caliente. Mi cara lo cuenta todo: los ojos entrecerrados y brillantes, los labios entreabiertos dejando escapar el aliento, la lengua rozando despacio el labio de abajo. Esa noche no quería conversación. Quería exactamente lo que había pedido.

En una página de contactos había colgado un anuncio explícito, con fotos solo del cuerpo, sin cara, sin nombre. Lo justo para no dejar dudas de qué buscaba. Por correo cuadré con tres chicos que respondieron casi a la vez, jóvenes, ninguno pasaba de los veintiséis. No les conté historias. Les escribí tres frases: «Habitación 314. Subid a medianoche. Os espero para que me uséis». Adjunté una sola imagen, de espaldas, el culo marcado en unas mallas negras y el escote desbordando por el lado.

Lo apreté sin pensarlo dos veces.

Las horas hasta la medianoche se me hicieron eternas. Me probé tres vestidos y me quedé con el negro, el más corto, el que se ceñía donde tenía que ceñirse. Bajé al bar del hotel, pedí una copa que apenas toqué y volví a subir antes de terminarla, incapaz de quedarme quieta. Me senté en el borde de la cama, con el móvil en la mano, releyendo el último correo. Confirmaban. Venían los tres. Cada minuto que pasaba me apretaba un poco más por dentro, una mezcla de nervios y ganas que no recordaba haber sentido con esa intensidad en mucho tiempo.

A medianoche golpearon. Abrí la puerta sin decir nada. El pasillo olía a moqueta vieja y a colonia barata de alguien que había pasado antes. Entraron los tres en fila: el primero con olor a jabón fuerte y sudor reciente; el segundo con un rastro de menta de chicle; el tercero traía un toque almizclado, masculino, que me apretó el estómago apenas pasó a mi lado. Cerré con un clic suave y me giré despacio, dejando que el vestido corto se me subiera un poco por los muslos.

—¿Eras tú la de las fotos? —preguntó el de la menta, mirándome de arriba abajo.

No contesté. Me bajé un tirante con dos dedos y dejé que entendieran solos que el rato de hablar ya había pasado.

Me arrodillé en la alfombra sin que nadie me lo pidiera. El suelo estaba tibio bajo mis rodillas. Miré hacia arriba con esa expresión que conozco bien: las cejas un poco alzadas, el labio mordido hasta enrojecer, la vista clavada en ellos. El primero se adelantó. Bajó la cremallera con un sonido metálico seco que sonó altísimo en el silencio de la habitación. La tenía gruesa, caliente cuando la rocé con la punta de los dedos. Olía a piel limpia y a algo crudo que me hizo salivar de golpe.

No esperé. Me incliné, abrí la boca despacio y saqué la lengua para lamer la punta. El sabor estalló, salado y apenas amargo, tibio contra mi paladar. Solté un ronroneo bajo, gutural, y me la metí hasta donde llegué. La sentí latir, llenándome la boca, estirándome las comisuras hasta ese punto en que duele rico. Apreté las mejillas hacia dentro, succionando, y la saliva empezó a chorrearme por la barbilla.

El segundo se acercó por el costado. Se la sacó y me rozó la mejilla con ella, larga y recta, la piel suave y caliente. Giré la cabeza sin soltar la del primero, lamí de abajo arriba, despacio, saboreando cada vena, el pulso acelerado bajo mi lengua. Después fui alternando: una hasta el fondo, hasta que la garganta se me contraía y hacía más saliva, la otra a lo largo del tronco mientras mis manos subían por sus muslos, agarraban, apretaban.

El tercero, el del olor almizclado, se puso detrás. Me levantó el vestido con manos grandes y ásperas, y solo el roce de sus palmas en mis nalgas me hizo arquear la espalda. Las abrió con fuerza. El aire fresco del hotel chocó contra mi piel mojada. Metió dos dedos de una vez, sin aviso, y el chapoteo sonó obsceno en la habitación. Empujé las caderas hacia atrás por instinto, ofreciéndome más, apretándome alrededor de sus dedos como si quisiera tragármelos. Gemí ahogada con la boca llena, y el sonido vibró contra el otro, que gruñó y empezó a moverse más rápido.

No hablaba. Solo gemía, babeaba, ponía una cara que no sé disimular: los ojos muy abiertos y húmedos, las mejillas encendidas, la lengua fuera lamiendo lo que pillaba cada vez que sacaban un segundo. El primero me agarró del pelo, y el tirón en el cuero cabelludo me recorrió entera. Empezó a follarme la boca con ritmo, embestidas que llegaban hasta el fondo, arcadas húmedas, saliva espesa goteándome caliente sobre los pechos. El segundo me sacó un pecho del vestido, lo agarró con los dedos hundidos en la carne y me pellizcó el pezón hasta que un latigazo bajó directo entre las piernas.

***

El tercero me levantó de golpe. El mundo giró un segundo y el olor a sexo ya lo cubría todo. Me tiró en la cama boca arriba. Las sábanas frías me chocaron contra la espalda sudada, un contraste que me erizó la piel. Abrí las piernas de par en par antes de que nadie me lo dijera, expuesta, brillante, latiendo. Le sostuve la mirada mientras me mordía el labio y empujaba las caderas hacia arriba. Se metió de una embestida larga, y sentí cada vena raspando despacio. Grité sin palabras, solo un «ahhh» ronco, y enseguida empecé a moverme a su ritmo, los pechos rebotando pesados con cada golpe.

El primero se subió a la cama y se sentó sobre mi pecho, el peso de sus muslos apretándome los costados, el olor fuerte de su entrepierna llenándome la nariz. Me juntó los pechos alrededor de su polla con las manos y empujó entre ellos, mientras yo estiraba el cuello para lamer la punta cada vez que asomaba. El segundo se arrodilló junto a mi cabeza y volvió a entrar en mi boca. Los tenía a los tres a la vez, el sabor mezclándose en la lengua, el aire denso, sus jadeos enredándose con mis ronroneos.

—Joder, no para —dijo uno, sin aliento.

—Es que no quiero que paréis —contesté, lo único que dije en toda la noche, y volví a abrir la boca.

Cambiamos de postura sin pausa. Me pusieron a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mi peso, las sábanas arrugadas oliendo a sudor y a mí. Uno entró por delante, el calor húmedo extendiéndose por mis muslos; otro buscó atrás, el ardor del estiramiento haciéndome temblar de arriba abajo; el tercero ocupó mi boca, la garganta llena, la saliva chorreando. Yo empujaba hacia atrás, abría más, movía la lengua sin descanso. No hacía falta que dijera nada. Cada movimiento de mi cuerpo gritaba lo mismo: más, otra vez, no os detengáis todavía.

Cada postura duraba lo que ellos querían, y eso era justo lo que yo había ido a buscar. Me giraban, me levantaban, me ponían donde les apetecía, y yo me dejaba como una muñeca caliente y obediente. En algún momento perdí la cuenta de cuál era cuál; solo registraba olores, texturas, el peso de uno encima, el roce áspero de otro, la respiración entrecortada del tercero contra mi nuca. La habitación entera olía a sexo y a sudor, las cortinas quietas, el rumor lejano del mar entrando por la ventana como único sonido ajeno a nosotros.

El que tenía detrás marcaba el ritmo con las manos clavadas en mis caderas. El de delante me sostenía la cara para mirarme mientras me usaba la boca. Cerré los ojos un instante y dejé que el placer me subiera en oleadas, desde el vientre hasta la nuca, hasta que me temblaron los brazos y a duras penas me sostuve sobre la cama. Me corrí así, en silencio, apretándome alrededor de ellos, con un temblor largo que me dejó floja.

***

El final fue una sucesión de explosiones. Primero por delante, un chorro caliente y espeso que rebosó y me resbaló por los muslos. Después en la boca, tragando lo que pude mientras el resto me pringaba los labios y la barbilla. El último se vació entre mis pechos, esparciéndose por la piel sudada, tibio y pegajoso, goteando despacio hacia el ombligo. Me quedé quieta, recibiéndolo todo, con la cara de alguien que ha conseguido exactamente lo que vino a buscar.

Acabé tirada de espaldas, marcada por todas partes. El olor a sexo impregnaba las sábanas, mi piel brillaba de sudor, los dedos me habían dejado huellas rojas en la carne. Ellos jadeaban sentados al borde de la cama, el aire pesado y caliente todavía entre los tres. Yo solo sonreí. Me pasé la lengua por los labios pringados, saboreando el residuo salado, y los miré con la misma cara con la que había abierto la puerta.

—¿Otra noche? —preguntó el de la menta, todavía recuperando el aliento.

No respondí con palabras. Me limité a estirarme despacio sobre el colchón, sin taparme, dejando que la respuesta la dijera el cuerpo. Lo entendieron perfecto.

Porque cuando estoy así, no necesito hablar. Mi cuerpo cuenta la historia mejor que cualquier frase. Y a ellos les encantó leerla. A mí me encantó dejar que la leyeran. Esa noche, y todas las que vinieron después.

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Comentarios (5)

Roxana_22

Increible!!! se me fue el tiempo leyendo esto

Luisma_84

Por favor que haya continuacion, quede con mil preguntas. Muy bueno

SebaMdz

La forma en que lo contas hace que se sienta real, no como los relatos inventados que uno nota a la legua. Sigue escribiendo!

ElCronistaBA

Original y bien narrado. Me sorprendio el giro de medianoche, no lo vi venir.

LectorNK

Y despues que paso?? necesito el capitulo 2 urgente

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