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Relatos Ardientes

El galpón al que mi mejor cliente me llevó esa tarde

Me llamo Camila y por aquel entonces tenía treinta y un años. Desde muy chica supe que algo en mí funcionaba distinto: el deseo me llegaba antes y se quedaba más tiempo que a las demás. No me importaban los novios, no me importaban las caras bonitas ni las promesas. Me importaba el sexo, la forma en que un hombre se entregaba cuando creía que nadie lo veía.

Esa hambre nunca se me fue. Me gustaban los hombres morbosos, los que gemían sin vergüenza mientras los montaba, los que se atrevían a decirme cosas sucias al oído. Por eso, cuando entré a la universidad, decidí cobrar por lo único que de verdad disfrutaba. Mi padre me había alquilado un departamento pequeño en el centro para que no viajara cada día, y aquel lugar se convirtió en mi mundo secreto.

No pienso contar aquí los cientos de encuentros que tuve durante esos años. Tengo historias de todo tipo, pero esta es la única que todavía me hace temblar las manos cuando la recuerdo. La cuento sabiendo que, antes de terminar de escribirla, voy a tener que parar.

Siempre fui cuidadosa. Llevé mi doble vida durante años sin que nadie de mi entorno sospechara, salvo una amiga con la que de vez en cuando compartíamos algún cliente. Cobraba poco y me decían que era guapa, así que tenía una clientela fija, hombres que me reservaban como si fuera suya.

El más constante de todos era Damián. Un nombre falso, claro. Tenía unos cincuenta y cinco años, era casado, padre de familia, y aun así se las arreglaba para verme cada pocos días. Era todo lo que me gustaba: caliente, escandaloso, capaz de perder la cabeza en mitad del acto. Me pagaba siempre más de lo que pedía, pero con el tiempo el sexo se volvió más duro, más violento, más extremo. Yo terminaba con las mejillas y el trasero enrojecidos, y aun así volvía a abrirle la puerta. Era mi mejor cliente, y por eso le aguanté cosas que con otro jamás habría permitido.

—Esta vez te paso a buscar yo —me dijo una tarde por teléfono.

Aquello ya era raro. Damián siempre venía a mi departamento, nunca al revés. Pero su voz tenía un tono distinto, casi de niño guardando un secreto, y eso me dio curiosidad antes que miedo.

Cuando subí a su auto, arrancó sin mirarme.

—Hay algo que quiero hacer contigo desde hace mucho —dijo al fin—. Algo que me calienta solo de imaginarlo.

Se quedó callado un momento, como midiendo mi reacción. Después dijo la cifra. Era una locura. Con ese dinero podía tomarme un mes entero sin trabajar.

—¿Y qué tengo que hacer? —pregunté.

—Primero dime si aceptas. Después te cuento.

Hoy jamás aceptaría una condición así. Pero en esa época era más joven, más imprudente, y el dinero me nublaba el juicio. Dije que sí. Damián sonrió, apretó el acelerador y no volvió a hablar.

***

Dejamos atrás la ciudad. Las luces se fueron espaciando hasta que solo quedó el campo, los caminos de tierra y el ruido de las piedras golpeando los bajos del auto. Llegamos a un galpón viejo, de chapa, plantado en medio de la nada. Damián apagó el motor.

—¿Dónde estamos? —alcancé a decir.

Me calló con un beso. Un beso largo, con lengua, de los que me desarmaban. Y entonces me dijo al oído una de esas frases que tan bien sabía usar:

—Cállate y obedece. Esta tarde me perteneces.

Después de tantos meses, conocía cada botón que tenía que apretar.

Al bajar noté las luces encendidas dentro del galpón. Había gente. Me pareció extraño, porque se suponía que íbamos a estar solos. Damián me tomó de la mano y me llevó hacia la puerta, y al cruzarla todas mis sospechas se confirmaron de golpe.

Adentro había ocho hombres. Desnudos. De pie, repartidos por el espacio, sobándose despacio mientras me miraban entrar. Me devoraban con los ojos, se relamían, parecían perros que llevaban semanas sin comer. El aire olía a humedad y a sudor.

Damián me tomó del pelo, sin brusquedad pero con firmeza, y me habló pegado a la nuca.

—Vas a ser nuestro juguete toda la tarde.

Sentí un latigazo recorrerme entera. No era miedo. O no era solo miedo. Era esa mezcla exacta de vértigo y deseo que solo conocía la parte de mí que nadie más veía.

Damián empezó a desnudarse. Los demás se acercaron como una marea. Manos por todas partes: en mi cintura, en mis pechos, en mis muslos. Yo llevaba un short corto, una camisa fina y zapatillas, y nunca usaba ropa interior cuando salía a trabajar, así que en segundos me tuvieron desnuda sobre el suelo de cemento. Había de todo: hombres jóvenes, otros que pasaban los sesenta, ninguno especialmente atractivo. Pero a mí no me importaban las caras. Nunca me importaron.

Me dejé llevar. Cerré los ojos y sentí cada caricia por separado, cada boca, cada respiración agitada contra mi piel. Damián me condujo hasta un colchón apoyado en el rincón y me hizo arrodillar frente a él. No hizo falta que dijera nada. Yo ya sabía.

Empecé a chupársela mirándolo a los ojos, despacio, como si fuera lo único que existía en el mundo. Damián gemía y me insultaba al mismo tiempo, en ese idioma roto y sucio que tanto me gustaba escucharle.

Uno de los hombres me tomó de las caderas y me puso en cuatro. Sentí la punta de su sexo deslizarse entre mis piernas, frotándome sin entrar todavía, jugando. Otro se acomodó debajo de mí y empezó a lamerme el clítoris con una lentitud desesperante. Otros dos me masajeaban los pechos y me daban palmadas en las nalgas que resonaban en todo el galpón.

El que me sujetaba dejó de provocarme y entró de una sola vez, hasta el fondo. Solté un grito ahogado: era grueso y lo sentí completo, abriéndome paso adentro mientras la lengua de abajo no se detenía.

Seguí ocupándome de Damián, y enseguida dos sexos más se acercaron a mi cara. Empecé a turnarme, pasando de uno a otro, mojándolos a todos, dejándolos brillantes. Después se sumó un cuarto. Mientras tanto, los que quedaban se relevaban detrás de mí, uno tras otro, sin pausa. No paraban de insultarme, de pegarme en el trasero, de tirarme del pelo, y cada golpe me encendía un poco más. Era un objeto. Un juguete en manos de un grupo de hombres que solo querían usarme. Y esa idea, lejos de asustarme, me empapaba.

Un hombre mayor se metió debajo de mí, me chupó los pechos y trató de penetrarme a la vez que el otro seguía dentro. Otro, de acento caribeño, me repetía «qué rica estás, mami» cada pocos segundos mientras se humedecía los dedos y me los pasaba entre las nalgas, abriéndome despacio. Se turnaron para prepararme, pero fue él quien finalmente me penetró por detrás. Grité. La tenía enorme y me dolió, y al mismo tiempo otro me embestía por delante. Dos al mismo tiempo, llenándome por completo.

A los que ya había chupado les había sacado todo. Lo que no tragué me quedó en la cara, en el cuello, escurriendo por la espalda. Sentía el calor del semen por todas partes mientras seguía con la boca ocupada y dos hombres se movían dentro de mí.

Me cambiaron de posición. Ahora estaba de espaldas sobre el colchón, las piernas abiertas, y seguían entrando por turnos. Entré en una especie de trance. Los probé a todos, todos pasaron por cada parte de mí, una y otra vez, durante horas que se me hicieron eternas. Perdí la cuenta. Perdí el nombre. Solo quedaba la sensación.

***

Cuando terminó, los hombres se fueron vistiendo en silencio, uno por uno, como si nada de aquello hubiera ocurrido. Damián me ayudó a levantarme, me pagó cada billete prometido y me llevó de vuelta a la ciudad sin apenas hablar. Yo miraba por la ventanilla, todavía temblando, sin saber muy bien qué acababa de pasarme.

Estuve semanas alteradas, dándole vueltas. Y entonces caí en algo que en el momento ni siquiera había pensado: ninguno había usado protección. Ninguno. Había sido una inconsciencia enorme, de esas que solo se cometen cuando una es joven y se cree invencible. Tuve suerte. No pasó nada, ni una infección, ni un susto, nada. No sé cómo.

Nunca volví a ser tan imprudente. Con los años dejé esa vida atrás, terminé la carrera y me convertí en otra persona, una que casi nadie reconocería en la chica de aquel galpón. Pero esa tarde quedó marcada en mí como la experiencia más salvaje, más sucia y más intensa que viví jamás. Y aunque me cueste admitirlo, todavía hoy, cuando cierro los ojos, vuelvo a ese colchón en medio de la nada.

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Comentarios (5)

Marcos_Lec

tremendo relato... me quede sin palabras al final. Uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

VeroMDP

Por favor que haya segunda parte!!! quede con ganas de saber como termino todo. Muy bien escrito

AnonimaZeta

La parte de la 'otra vida' me engancho desde el principio. Me recordo a una historia que me contaron de una conocida, aunque la de aca es mucho mas picante jaja

NachitoRd

excelente!!!

CuriosaLectura

Me encanta cuando los relatos tienen ese suspenso del principio que te hace querer seguir leyendo. Muy bien narrado, se siente autentico. Mas por favor!

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