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Relatos Ardientes

Lo que el inquilino escondía en su habitación

Antes de contar lo que pasó, necesito explicar cómo terminó viviendo en mi casa. A Tomás lo conocí hace tiempo, en esa etapa confusa en la que nos gustábamos pero ninguno daba el primer paso. Discutíamos por todo, nos alejábamos, volvíamos a hablar, y así una y otra vez sin que nada llegara a ser oficial.

Cuando su familia lo echó de casa, mi madre fue quien le ofreció una habitación. Ella siempre lo trató como a un hijo, y a mí, sinceramente, me daba igual: total, ya peleábamos por cualquier cosa de la convivencia. Aceptó, le dieron el cuarto del fondo y se quedó. Lleva tanto tiempo con nosotros que parece de la familia. Trabaja con un tío mío en jornadas largas, lejos, y a veces no aparece por días.

Cuento todo esto para que entiendan la relación que teníamos. Ni novio, ni hermano, ni extraño. Algo raro en el medio, esa zona gris donde nunca sabes cómo comportarte. A veces lo trataba con la confianza de quien comparte el baño, y otras me ponía nerviosa de solo cruzarme con él en el pasillo a medio vestir.

Con el tiempo me acostumbré a su presencia. A escuchar la ducha cuando llegaba del trabajo, a encontrar sus zapatillas tiradas en la entrada, a discutir por quién había dejado los platos sucios. Lo que nunca imaginé fue hasta qué punto él se había acostumbrado a la mía.

***

Lo peor de vivir con alguien que no es tu familia pero tampoco un desconocido es que tiene los mismos derechos y las mismas obligaciones que cualquiera de la casa. Lavar, cocinar, limpiar y, sobre todo, compartir el espacio y las cosas. Cuando nos quedábamos solos, cada uno se ocupaba de lo suyo, y hasta la ducha era motivo de discusión por ver quién entraba primero.

Una de las tareas que le tocaba a él, y que a mí me incomodaba, era recoger la ropa de la secadora y dejarla en cada habitación. No respetaba demasiado la privacidad, y entre esa ropa siempre había cosas mías: pijamas, faldas, tangas, sostenes y la lencería más provocativa que tengo. La idea de que sus manos toquetearan mis bragas antes de dejarlas en mi cajón me daba una mezcla rara de rabia y calentura.

La ropa interior trataba de manejarla yo misma, sobre todo las piezas que ni mi madre sabía que existían. Pero a veces ella las agarraba y las repartía sin pensar, y otras veces, simplemente, todo se mezclaba.

Había «confusiones». Yo terminaba con alguna de sus camisetas, y eso era normal. Lo extraño era que él siempre terminaba con cosas mías: unos shorts, una de mis faldas. Incluso con faldas cortas que solo usaba dentro de mi cuarto y que estaba segura de no haber puesto a lavar.

Al principio lo atribuí al caos de la lavandería. Una casa con tres personas y una sola secadora es un desastre permanente. Pero las coincidencias empezaron a acumularse, y yo soy de las que recuerdan exactamente qué dejaron en cada cajón. No me cuadraba que justo las prendas más íntimas, las que se me pegan al coño o al culo, terminaran en su lado.

***

Un día, después de ducharme, me estaba vistiendo. No suelo usar sostén, pero esa vez quería ponerme uno y no lo encontré por ningún lado. Tomás acababa de meterse a la ducha, así que aproveché y fui a su habitación a buscar.

Entre todo el desorden de sus cosas, ahí estaba mi sostén. Lo tomé, volví a mi cuarto, me lo puse y seguí con mi día como si nada.

Más tarde fui a encararlo.

—¿Por qué tenías mi sostén en tu cuarto? —le pregunté.

—Se habrá mezclado con mi ropa, perdona —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.

Me hice la enfadada y estaba por darme la vuelta cuando lo escuché reírse por lo bajo.

—¿Qué te causa tanta gracia? —dije.

—Es que no parece tuyo.

—¿Y por qué lo dices?

—Es un poco rígido, muy cubierto. Te he visto andar por la casa con ropa ligera, sin sostén, y… bueno, olvídalo.

Así que me había estado mirando.

—Ah, ¿entonces me has estado observando las tetas? —solté, y me llevé las manos a los pechos por encima de la camiseta, apretándolos apenas para que se me marcaran los pezones.

Él me pidió que lo olvidara, incómodo, con la mirada clavada justo donde yo quería. Yo le respondí con toda la calma del mundo.

—Pues para que sepas, tengo unas tetas muy lindas. Duras, con los pezones rosados. Y si uso sostén es para verme más sexy, no porque lo necesite.

Y me fui, dejándolo con un bulto que le empezaba a marcarse en el pantalón y sin respuesta. Si había alguien que no quería que me mirara así, era él. Pero era mi casa, y si quería andar sin sostén, en tanga o en falda corta enseñando medio culo, lo iba a hacer.

***

No mucho después pasó lo que de verdad dio inicio a todo esto. Soy de las que se prueban lencería sexy, se sacan fotos y, de vez en cuando, la usan para alguien. Tengo piezas de encaje, tiras semitransparentes, tangas que se me meten entre las nalgas, esas cosas que guardo como un secreto.

Ese día quería ponerme un conjunto rojo que me encanta. Quería sentirme bien, hacer algo solo para mí. Es de encaje, dos piezas: la parte de abajo apenas cubre lo necesario, sostenida por tiras delgadísimas que se me clavan en la cadera, y la de arriba es tan fina que, al ser encaje, se me transparentan los pezones enteros. La espalda es tipo hilo y deja a la vista cada centímetro del culo.

Salí de la ducha, todavía húmeda, y busqué el conjunto. La parte de abajo no estaba. Y de esa pieza sí estaba completamente segura: no la había usado.

Me puse cualquier cosa encima y fui directo a su habitación. Busqué entre el desorden hasta que la encontré. Y entonces entendí dos cosas a la vez.

La primera: no se había «mezclado» en ningún lado. La había sacado de mi cuarto a propósito.

La segunda me la dijeron los dedos antes que los ojos. La tanga estaba empapada. Tenía algo encima, espeso, todavía tibio, colgando en un hilo blanco de la parte donde va el coño. Era reciente. La levanté con dos dedos, la abrí, y la vi entera cubierta por dentro: chorros de semen todavía calientes pegados al encaje, una mancha enorme que goteaba en el suelo.

Mi primer impulso fue de asco, por la idea de tocar lo que él había dejado ahí mientras usaba mi tanga para masturbarse. Pero el asco duró poco. Lo que me sorprendió de verdad fue la cantidad. Era mucho, demasiado, como si hubiera vaciado los huevos ahí después de días conteniéndose pensando en mí. Me lo imaginé sentado en su cama, con la polla dura en el puño, mi tanga apretada contra la punta, oliéndola, moviéndose rápido, callándose el gemido cuando se corrió y descargó todo dentro del encaje pensando en mi coño.

No puede ser que acabe tanto solo con esto.

Me llevé la tanga a la nariz, sin poder evitarlo. Olía a semen espeso, a hombre reciente, a lo que se le había vaciado de la polla pensando en mí. Sentí un tirón caliente entre las piernas, y noté cómo el coño se me empezaba a mojar solo. Se me habían puesto los pezones duros debajo de la camiseta y no llevaba nada abajo.

Lo curioso es que no me molestó que la hubiera tomado. Eso lo entendía: viviendo con una chica como yo, con mis tetas al aire por la casa y las tangas colgadas en el baño, era casi inevitable que se la pajeara con mi ropa interior. Lo que me molestó fue que hubiera entrado a hurgar en mis cosas más íntimas. Así que decidí vengarme. Pero a mi manera, de una forma que también me diera placer.

***

Tomás no estaba y tardaría en volver. Cerré la puerta de su habitación, aunque no hacía falta, y me quedé un momento de pie en medio de su desorden. Su ropa amontonada en la silla, el cargador colgando de la pared, el olor a su colonia barata mezclado con el del cuarto cerrado y ese olor ácido a semen fresco que todavía flotaba en el aire.

Me quité lo poco que llevaba encima. La camiseta al suelo, sin más, y me quedé desnuda en medio de su cuarto, con los pezones tiesos y el coño ya húmedo goteándome por dentro de los muslos. Me tiré en su cama de un salto. El colchón olía a él, a sudor de trabajador y a su piel, y eso, en lugar de frenarme, me prendió más.

Abrí las piernas de par en par sobre su sábana y me llevé la mano al coño. Empecé a tocarme ahí mismo, despacio al principio, pasando dos dedos por los labios que ya tenía hinchados y resbaladizos. Los abrí para él aunque no estuviera, mostrándole a su cuarto vacío mi coño rosado y brillante, como si Tomás pudiera verme desde algún rincón. Con la otra mano me apreté una teta, me pellizqué el pezón, tiré de él hasta que me arrancó un gemido.

Mirando el techo de su cuarto como si lo estuviera espiando yo a él, empecé a frotarme el clítoris en círculos, cada vez más fuerte. Imaginé cuántas veces se habría tumbado exactamente en ese lugar pensando en mí, con mi tanga metida en la punta de la polla, conteniendo los gemidos para que nadie lo escuchara, la mano subiendo y bajando cada vez más rápido hasta descargarme un chorro caliente encima del encaje.

Metí dos dedos dentro. El coño me chupó los dedos enseguida, apretado, tan mojado que me sonaba con cada movimiento. Empecé a follarme con la mano imaginando que era la polla de Tomás la que me abría por dentro. Me lo imaginé encima de mí, sudando, con la verga entera enterrada en mi coño, dándome duro contra su propio colchón. Metí un tercer dedo. Me abrí más las piernas y empecé a bombear rápido, con la palma golpeándome el clítoris cada vez que empujaba, la muñeca resbalando entre los flujos que me chorreaban hasta el culo.

—Así me la meterías, ¿eh? —susurré para nadie, mordiéndome el labio—. Con esa polla que se te marca cuando me miras las tetas.

Agarré una de sus almohadas y la acomodé debajo de mí, montándola a horcajadas. Me froté el coño contra la funda, pasando el clítoris contra la tela una y otra vez, cada vez más rápido, restregándome como una perra en celo. La almohada quedó empapada en segundos, brillante de mis flujos. Dejé de pensar en la venganza y solo quedé yo, su cama, el olor a él y la presión subiendo desde el vientre hasta reventarme.

Sentí el orgasmo llegar como una ola. Se me tensaron los muslos, se me cerró todo el vientre, y me corrí encima de la almohada de Tomás gritando ahogado contra la sábana. El coño me palpitó fuerte, contrayéndose una y otra vez, y noté cómo un chorro tibio se me escapaba hacia afuera, mojando la funda hasta dejarla oscura. Me seguí frotando lento mientras bajaba, exprimiendo hasta la última contracción, dejando la almohada empapada de mí.

Ahora vas a saber lo que se siente encontrar los fluidos del otro en tus cosas.

Me quedé un momento tirada boca arriba, jadeando, con el coño todavía latiendo y las tetas subiendo y bajando. Metí dos dedos entre mis labios y me limpié un poco, y de puro capricho pasé esos dedos por la funda de la otra almohada, la que usa cada noche, dejando ahí un rastro brillante de lo que me acababa de sacar. Que la oliera. Que se preguntara.

Exhausta, me vestí, tomé mi pieza roja y salí de la habitación. Sabía que él y mi madre llegarían pronto, así que la lavé y la metí en la secadora junto con otra ropa, borrando cualquier rastro.

***

Cuando Tomás volvió, no tardó en notar algo.

—Oye, ¿pasó algo en mi cuarto? Está todo húmedo —dijo, mirándome de reojo.

—Quizás fue un accidente —respondí, sin inmutarme—. Por cierto, ¿no habrás visto una prenda mía por ahí? Una pieza de abajo. Una tanga roja de encaje.

Se sorprendió. Se puso incómodo, bajó la mirada al piso, se le enrojecieron las orejas.

—No, no tengo nada. Tal vez se perdió.

Le di la espalda y me fui a mi habitación con una sonrisa que él no alcanzó a ver. De su cuarto no solo había recuperado lo mío: también me llevé una de sus prendas íntimas, un bóxer negro que tenía guardado en el cajón. La quería tener un tiempo, solo para divertirme, para que él sintiera la misma intriga que yo había sentido. Un juego silencioso que ninguno de los dos pensaba nombrar en voz alta.

***

Al día siguiente, después de ducharme, me probé la pieza roja que ya había lavado. Y fue extraño. Por más que la había metido en la secadora, sentía como si todavía guardara algo de él, como si la tela recordara lo que había pasado, el semen que le había echado encima, la forma en que se había corrido pensando en mi coño.

Me quedé un rato frente al espejo. Me di la vuelta para mirarme el culo, la tira del hilo perdida entre las nalgas, y me pasé la mano por delante, apretándome el coño por encima del encaje. Se me marcaba todo. Los labios, la humedad que ya estaba empezando a formarse otra vez de solo acordarme.

Saqué el bóxer de Tomás del cajón, me lo llevé a la cara y respiré hondo. Olía a él. Me deslicé la mano dentro de la tanga, encontré el clítoris ya hinchado, y me hice acabar una vez más apretándome su bóxer contra la boca para no gritar, pensando en la polla que se le habría puesto dura pensando en mí, en la carga que había vaciado encima de mi encaje, en todas las veces que se la habría estado sacando en silencio a metros de mi habitación.

Me pregunté qué más habría fantaseado conmigo en esas noches en las que no aparecía por casa. Cuántas veces me había mirado andar sin sostén y había contado los segundos hasta quedarse solo con la polla en la mano. Y, sobre todo, me pregunté hasta dónde estaba dispuesta yo a seguir este juego.

Pensé que todo quedaría ahí, en una venganza tonta y un par de prendas escondidas. Pero me equivoqué. Aquello fue solo el comienzo de una serie de cosas que pasarían entre ese inquilino y yo bajo el mismo techo. Cosas que, a estas alturas, no sé si quiero que paren.

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Comentarios(9)

CarlaM33

Increible!!! me quede enganchada desde el primer parrafo, no pude parar de leer

BrunoDeRosario

Muy bien logrado el suspenso. Por favor seguila, quiero saber como termina todo eso jajaja

Nocturnox33

Me hizo acordar a una situacion de cuando era joven que nunca olvide. Estos relatos saben como mover la imaginacion. Bien escrito

Fran_lector

excelente como siempre!!

CuriosaLectora34

Buenisimo el relato, pero me quede con una duda... ella sospechaba algo desde antes? jaja me dejo pensando

RomeroEnLaRed

El titulo me engancho al toque. Y el final fue la cereza, no me lo esperaba para nada. Muy bueno

LeoNocturno22

lo de la prueba debajo de la almohada me mato jajaja tremendo personaje el inquilino

lectora_cba

Me gusto mucho como esta narrado, se siente autentico sin ser burdo. Seguí publicando!

JoaquinPaz77

Se hizo corto!!! esto da para mucho mas, esperando que haya segunda parte

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