Lo que pasó cuando bajé a la cafetería de madrugada
Me llamo Marina y trabajo como enfermera en una clínica privada del centro. Aparte de pasar más horas de las que debería entre boxes y goteros, me gusta escribir, y esta página me deja volcar mis historias y, de vez en cuando, las que me cuentan mis compañeras.
Yamila es una de las auxiliares del turno de tarde. Es una chica menuda, de piel morena, y aunque con el uniforme nadie lo diría, tiene un cuerpo que quita el sentido. En el trabajo da una imagen seria, casi distante, pero las que la conocemos sabemos que por dentro es pura candela. Mejor dejo que sea ella quien lo cuente.
***
Hola. Como ya os ha dicho Marina, me llamo Yamila, igual que mi abuela, aunque prefiero que me digan Yami. Tengo veintiséis años, soy mitad cubana mitad española, no muy alta y de piel tostada. No tengo mucho pecho, pero lo compenso con un culo grande que heredé de mi madre y que me he currado a base de gimnasio. Llevo en la clínica desde que terminé la carrera, y aunque intento ser de lo más profesional, reconozco que más de una vez crucé la línea que separa a una auxiliar de un paciente.
La primera vez no fue algo premeditado. Pasó de la manera más tonta del mundo. Uno de los pacientes que llegó por entonces era Rubén, un señor de cuarenta y tantos, rubio, bastante alto, algo corpulento y muy hablador. Venía a un tratamiento de tres días por semana durante un par de meses.
Mientras duraban sus sesiones se mostraba amable con todo el personal y sociable con el resto de pacientes de su franja horaria. Yo notaba que no le quitaba ojo ni a mí ni a mis compañeras, y aunque trataba de disimular, la verdad es que se le daba fatal. Como era respetuoso, nos hacíamos las locas y a otra cosa.
Por aquella época yo estaba en plena mudanza. Acababa de romper con mi novio y me iba a vivir con una amiga de la facultad que tenía una habitación libre. La convivencia con ella era estupenda, porque ya habíamos compartido piso en los años de carrera. Y aquí es donde todo empezó a torcerse, o a enderezarse, según se mire.
Una tarde, al salir del trabajo, paré en una cafetería cerca de casa para tomarme algo. Y justo detrás de la barra estaba Rubén, con esa sonrisa enorme suya, atendiendo a todo el que entraba.
—Dime, ¿qué te pongo? —soltó sin reconocerme.
—Un café con leche, Rubén.
No paraba de mirarme, contrariado, sin ubicar de qué le sonaba mi cara. A mí me hacía una gracia tremenda. Me ha pasado mil veces: la gente me ve sin el uniforme y se hace un lío. Él se acercaba cada poco con cualquier excusa, a ver si caía. Y yo, que ese día andaba juguetona, le contestaba con evasivas. Después de un rato de tira y afloja, me apiadé.
—¿Qué pasa, Rubén, que te resulta raro ser tú quien sirve el café?
—¡Anda, Yami! Ya decía yo que te conocía de algo.
—Ja, ja. Ya me di cuenta de que no parabas de mirar.
—Y lo que me has vacilado, condenada.
—Sí, ha sido divertidísimo.
Al día siguiente Rubén vino a su sesión y ni una palabra de lo de la tarde anterior. Eso me llamó la atención, y al mismo tiempo me gustó que respetara esa frontera entre los dos sitios.
A partir de ahí, por las tardes, después de mi turno, me pasaba a tomar el café donde Rubén. Me gustaba el ambiente y ese rato de charla que no fuera de pacientes ni de tratamientos. Me ayudaba a desconectar.
***
Una de esas noches, mi compañera de piso tenía maratón de sexo con su novio. Y no era precisamente discreta con los gemidos. Yo llevaba un tiempo largo sin tocar a nadie, y oírla a través del tabique me estaba poniendo a cien. Empecé a masturbarme para calmarme, pero mi cuerpo pedía más. Mis dedos y el juguete del cajón no daban abasto.
Me vestí y bajé a la calle a que me diera el aire, a ver si se me pasaba ese ardor de dentro. En el paseo vi la cafetería de Rubén todavía abierta y entré.
A esas horas no había casi nadie. Me senté en una de las banquetas de la barra.
—Pero bueno, ¿qué hace mi morena favorita a estas horas por mi humilde negocio? —dijo, apoyándose en el mostrador.
—Mejor no te lo cuento, que echo chispas.
—Venga, cuéntale a tu camarero de confianza qué te trae así.
—Vale, pero no te rías.
—Soy todo oídos.
—Pues que mi compañera de piso está de maratón con el novio, y madre mía los gritos que pegan los dos. No hay quien pare en casa.
—Ja, ja, ja. Perdona, reina, pero no lo he podido evitar.
Acabé riéndome yo también a carcajada limpia, contagiada por la suya. Cuando se nos pasó, Rubén se puso a recoger, porque ya iba a cerrar.
—Perdona, que te dejo cerrar.
—Tú tranquila, quédate ahí, que no molestas.
—¿Seguro? No quiero estorbar.
—Para nada, cielo.
—Pues déjame echarte una mano y terminas antes.
—Si quieres, barre tú mientras yo coloco unas cajas.
—Hecho. ¿Te importa si pongo música?
—Pon lo que quieras. Voy al almacén un momento.
Puse en el móvil un poco de bachata mientras barría, y sin darme cuenta empecé a moverme al ritmo, balanceando las caderas como si nadie me viera. No me percaté de que Rubén me observaba desde una esquina hasta que me giré.
Me quedé clavada en el sitio y se me subieron los colores.
—No pares, que me estaba gustando lo que veía.
—Quita, qué vergüenza.
—De vergüenza nada, niña. Pon la música otra vez y bailamos los dos.
—No, no, que nos ve todo el barrio.
—De eso ni te preocupes. Echo el cierre y no nos ve ni dios.
Con la persiana bajada, volví a poner la canción y nos pusimos a hacer el tonto por el local. Para lo grandote que era, Rubén no se movía nada mal.
—Venga, ahora una agarrados, tú y yo.
—Vamos allá.
Me cogió de la cintura, me apretó contra él y empezamos a bailar una bachata lenta, de esas que se bailan más con el cuerpo que con los pies. Como era tan alto, yo tenía la cabeza pegada a su pecho. El calor que desprendía y lo pegado que estábamos despertaron otra vez mi calentura, y eso me puso nerviosa.
Me separé y me senté en una banqueta con la excusa de descansar.
—¿Y dónde aprendiste a bailar así?
—Uno, que tiene mucha vida corrida a sus espaldas.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué clase de vida has tenido?
—No sé yo si es de buen gusto contársela a una señorita.
—Rubén, que no soy ninguna niña. Seré pequeñita, pero he tenido mis historias.
—Ya me he fijado en que de niña no tienes nada.
—Ah, ¿sí? ¿Y en qué te has fijado?
—En lo que escondía ese uniforme. Madre mía.
—O sea, que te gustó lo que viste.
—De lo que vi, sí.
El corazón me iba cada vez más rápido y la calentura me estaba haciendo perder el control.
No me lo pensé y lo besé en la boca. Al principio se quedó parado, pero enseguida me agarró de la cintura y me devolvió el beso. Intenté colgarme de su cuello, pero sentada me costaba. Entonces me levantó en brazos, con esas manos enormes abarcándome las nalgas, y me llevó en volandas hasta una de las mesas altas del local.
En esa posición me tenía a su entera disposición. Mis piernas le llegaban a la altura del pecho, y sus manos ya me habían quitado la camiseta y el sujetador deportivo. Yo, mientras tanto, le desabrochaba la camisa con dedos torpes.
Rubén me besó el cuello y bajó hasta el pecho. Los primeros gemidos empezaron a escapárseme sin que pudiera contenerlos.
Con las dos manos tiró de mis mallas hasta dejármelas en las rodillas. Me sujetó los muslos y hundió la cabeza entre mis piernas. Para mi sorpresa, empezó pasando la lengua despacio, lamiendo de abajo arriba, alternando sin prisa. Nadie me había hecho algo así, y me estaba volviendo loca.
Cuando ya estaba bien húmeda, metió un dedo dentro de mí. Con esas manos tan grandes, los dedos me parecían otra cosa, y enseguida sumó un segundo. Yo, con la calentura que llevaba encima, lo dejaba hacer todo.
Estaba a punto de correrme cuando me alzó otra vez en brazos y, como si fuera una muñeca, me bajó despacio sobre él hasta sentirlo entero dentro.
Con esos brazos fuertes era él quien marcaba el ritmo, subiéndome y bajándome a su antojo. Mis gemidos se convirtieron en gritos de verdad, y no tardé en correrme de una forma como no recordaba.
Me dejó boca abajo sobre una de las mesas y siguió por detrás, sujetándome la nuca contra la madera. Era brusco, casi salvaje, y precisamente eso hizo que se me disparara otra vez la sangre. Llegó mi segundo orgasmo casi sin avisar.
Sin dejar de embestir, me susurró al oído.
—¿Puedo acabar dentro?
—Por favor, no —contesté entre gemidos.
Se apartó y yo me arrodillé enseguida en el suelo. Me lo metí en la boca con unas ganas que ni yo me conocía, y a los pocos segundos noté el primer chorro caliente en la garganta. Intenté tragarlo todo, pero no pude, y parte se me escurrió por el pecho.
Rubén acabó desplomado en una de las sillas del local, tratando de recuperar el aliento. Yo me fui al baño a asearme un poco antes de volver a casa.
Salí de la cafetería camino de mi piso, todavía temblando por lo que acababa de pasar, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Por fin se me había apagado el incendio que llevaba semanas ardiéndome por dentro.
Y os juro que, al día siguiente, en la clínica, ninguno de los dos dijo una palabra. Solo aquella mirada de Rubén al cruzarnos en el pasillo, que valía más que cualquier confesión.