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Relatos Ardientes

El juego prohibido en la despedida de soltera de Lucía

Lucía seguía sentada en el borde del sillón, con el celular muerto en la mano. La conversación con Damián, su futuro marido, la había vaciado por dentro. Había intentado ordenar todo lo que escuchó —o creyó escuchar— cuando él la llamó desde su despedida de soltero: música a todo volumen, hombres aplaudiendo, vitoreando, y debajo de todo eso, risas de mujeres. Comentarios groseros. Insinuaciones que le revolvieron el estómago.

Apenas disimulaba el temblor. Tenía los pechos todavía fuera del vestido, expuestos desde el último baile, y no se molestó en cubrirlos. Una sombra le cruzaba la mirada. Ya no parecía la novia radiante del principio de la noche. Nadie se atrevía a preguntarle nada, pero estaba claro que algo se había roto.

Carla notó el temblor en sus manos y se abrió paso entre las demás. Se agachó frente a ella, sin importarle arrugarse el vestido, y le puso una mano en la rodilla.

—Lucía… ¿qué pasó?

La voz de Carla era suave y firme a la vez. Esa mezcla que usaba cuando intuía que su amiga estaba a punto de desmoronarse.

—Hablé con Damián —murmuró Lucía—. Está en su despedida. Había ruido, muchas voces. Risas… de mujeres.

Carla no dijo nada al principio. Solo asintió, sin juicio, pura presencia, y le apretó un poco más la mano sobre la pierna.

—No fue lo que dijo —siguió Lucía, con la voz rota—. Fue lo que no dijo. Lo que se escuchaba de fondo.

—Mía, ¿no tenías algún juego pensado? —La voz que rompió el silencio fue la de Renata.

Todas se giraron hacia ella, incrédulas. Nadie podía creer que la propuesta viniera de la madre de Lucía. La misma Renata que durante toda la noche había sido la más crítica, la que desaprobaba que hubieran contratado a «una negra tetona» para contonearse semidesnuda frente a su hija.

Y ahora invitaba a seguir el juego.

Por un instante el aire quedó suspendido. Entonces, casi al mismo tiempo, todas empezaron a entender. No era un cambio de opinión ni una rendición moral. Era algo más primitivo. Renata no soportaba ver a Lucía así, con los hombros caídos y el alma hecha pedazos. Y si para devolverle la sonrisa tenía que tragarse su orgullo y sumarse a la juerga, lo haría. Por su hija.

—¿Mamá? ¿Vos querés jugar? —Mía no lo podía creer.

—No dije eso. No quiero amargarle la noche a nadie. Un juego ligeramente picante… no creo que esté tan mal —no se atrevía a mirar a nadie, mucho menos a su hermana Beatriz—. Pero algo suave. No me vengan con lubricantes ni juguetes raros. ¿Está claro?

Mía sonrió como una loba bajo la luna. Se acomodó el vestido con un tirón coqueto.

—Claro, nada extremo —dijo con sonrisa de gata—. Pero ya que estás de humor, te propongo algo más teatral. Ideal para grupos. Y con Yamila acá, te aseguro que van a saltar chispas.

Renata suspiró. Darle vía libre a Mía siempre terminaba mal. Lo sabía. Era inevitable.

Mía giró sobre los talones y elevó la voz para sacudir la energía espesa de la habitación.

—¡Muy bien, chicas! La función debe continuar, porque honestamente esto parece un velorio con tragos. El juego se llama Confesiones y Castigos. Cada una saca una tarjeta con una pregunta personal. Si respondés con honestidad brutal, Yamila te da una bendición: un bailecito, una caricia, una provocación a medida. Si te acobardás, hay castigo.

Carla abrió los ojos como si viera pornografía por primera vez. Noelia se tensó, cruzó las piernas al instante. Beatriz gruñó algo entre dientes. Dafne, por supuesto, aplaudió como en un show de Las Vegas. Camila, sin decir palabra, subió un poco la música y fue a buscar más hielo. Profesional.

Renata levantó la mano, rígida, como en una clase de catecismo.

—¿Qué clase de castigos? —preguntó con un tono que intentaba sonar autoritario, pero temblaba en los bordes.

Mía miró a Yamila, que se relamió los labios con lentitud de pantera.

—Castigos suaves… o no tanto. ¿Se animan a unos azotitos?

—No —saltó Beatriz, como si le hubieran tocado un nervio—. El castigo físico no es para mí.

—A mí tampoco —dijo Lucía, bajito, con la voz quebrada pero firme—. Gracias por la onda, Mía, pero… ¿azotes? Te fuiste un poco al carajo.

—Bueno, bajemos un cambio. Versión suave. Una pasada de lengua por el cuello. Un baile sensual. Pequeños pecados consentidos —dijo Mía, con un guiño que prometía escándalo—. Pero ojo: si perdés, el bailecito lo hacés vos. La que pasa la lengua sos vos. A quien diga la carta.

El aire se volvió denso como almíbar caliente. Todas se quedaron tiesas, como si les hubieran metido una idea sucia entre las piernas.

Dafne fue la primera en romper el hechizo.

—Esto se va a poner bueno —aplaudió, casi jadeando.

Mía giró la mirada hacia su madre. Directa. Desafiante.

—¿Querés empezar vos, reina de la rigidez? ¿Emperatriz de la moralidad?

A Renata no le hizo gracia, pero varias se rieron. Incluso Lucía, aunque se tapó la sonrisa con el vaso de daiquiri.

Mía volvió con una cajita de cartón y sacó un mazo de tarjetas decoradas con detalles dorados. Las agitó como una maga impía. Renata dudó, extendió la mano y tomó una. La leyó en silencio. Se le endureció el rostro.

—«¿Alguna vez te masturbaste pensando en alguien de esta habitación?»

Dafne chilló.

—¡Uy! ¡Arrancamos picante! Me encanta.

Renata tragó saliva. Observó a cada una, el rostro clínico, quirúrgico. Meditó. Luego esbozó una media sonrisa cruel, ambigua, absolutamente perturbadora.

—Sí. Y más de una vez.

El silencio que siguió cayó como un baldazo de agua helada y perfume caro. Beatriz fue la primera en reaccionar.

—¡Está mintiendo! —gritó, apuntándola con el dedo—. Siempre hace lo mismo en los juegos. Es una tramposa. ¿Vos te imaginás a Renata tocándose, y encima pensando en una mujer de acá? Dale, por favor.

—Lo que pasa, Beatriz, es que siempre te gané en todo, y eso te jode —replicó Renata con voz seca.

—¡Porque hacés trampa! —chilló Beatriz, colorada.

—Basta de pelea —intervino Dafne, al borde de la carcajada—. Yo le doy la respuesta por válida. Seguro miente, pero ¿a quién le importa? ¡Esto está divino!

Se oyeron dos palmas firmes. Yamila se acercó, lenta, cadenciosa, un vendaval con curvas y perfume a coco. Se sentó sobre el regazo de Renata, desnuda e intensa, y le sostuvo el rostro con las dos manos.

—Buena chica —ronroneó, rozándole los labios a centímetros—. Por tu sinceridad, te ganaste una recompensa.

Renata no se movió. No pestañeó. Pero tampoco la apartó. Y en esa entrega silenciosa algo cambió. La música subía en un crescendo de bajos pesados, como latidos en el piso. Yamila no tenía prisa. Le acarició el mentón con la yema del índice, después bajó por el cuello, sin romper el contacto visual, hasta meter el dedo entre la tela del vestido azul y la piel.

—Tenés una piel hermosísima —susurró—. Tan suave…

Renata apretó los dientes y mantuvo la espalda recta, rígida como su convicción. Pero la garganta se le movió y los ojos le vibraron. Sentía que estaba perdiendo una guerra interna.

—Es suficiente —dijo, sin aire. Sonó menos a orden y más a súplica.

Yamila sonrió con el filo entre los dientes. Se inclinó y le lamió el lóbulo de la oreja. El cuerpo de Renata tembló. Una de sus manos bajó hasta la entrepierna y los dedos se encontraron con la tela de algodón de la bombacha, acariciando las protuberancias que se formaban debajo. Renata intentó cerrar las piernas. Fue inútil. El calor, la humedad, esa tensión viscosa que intentaba ignorar, estaban ahí, como una alarma silenciosa.

—¿Eso es una cruz en tu collar? —preguntó Yamila, señalando el dije plateado que temblaba sobre el escote.

—Sí —respondió Renata, sin mirarla—. Es una cruz.

—Me encantan las mujeres de fe.

Beatriz, desde un costado, miraba boquiabierta y furiosa, como si alguien blasfemara en el altar. Mía sonreía sin piedad, observando cómo su madre intentaba con toda el alma no derretirse. Pero la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados la traicionaban.

—Suficiente.

La voz de Beatriz sobresaltó a Yamila, que se puso de pie con una sonrisa simpática. Renata se acomodó el vestido azul con la esperanza de recuperar la dignidad, pero tenía las mejillas rojas y la humedad entre las piernas no paraba de crecer.

***

La siguiente en sacar tarjeta debía ser Noelia, así lo dispuso Mía. Se había quedado en el fondo, junto a Carla, las dos intentando pasar desapercibidas. Al inclinarse hacia el mazo, Noelia se lamentó de haber bebido tanto daiquiri. No estaba ebria, pero su cuerpo ya no respondía igual. El vestido beige, demasiado anticuado para una chica tan joven, dejó entrever parte de los senos. Leyó la tarjeta en voz alta.

—«¿Alguna vez te metieron un dedo en el…?» ¡Hey! Esto se está zarpando.

Dafne y Mía soltaron una risita.

—Dale, no seas así, Noelia —dijo Mía—. Es solo un juego. ¿Sí o no?

Noelia tragó saliva. El silencio se volvió espeso. La tela ligera del vestido, mojada por el calor, empezaba a pegársele a las curvas como si quisiera traicionarla.

—Sí —murmuró, y le dio un trago tan rápido al vaso que tosió.

—No escuchamos. ¿Qué dijiste? —insistió Mía, con su sonrisa de loba hambrienta.

Noelia bajó el vaso, cerró los ojos un segundo. Ya no le gustaba el juego, pero no quería ser ella quien arruinara la noche de Lucía. Su voz salió entrecortada, pero cada palabra retumbó.

—Sí. Me metieron un dedo en el culo. —Hizo una pausa, encendida—. Y fue una mujer.

Carla se cubrió la boca. Renata entrecerró los ojos, como si no supiera si escandalizarse o mojarse más. Yamila se relamió.

—¿Conocida? —preguntó Dafne, con morbo.

—Una amiga —dijo Noelia, la vista clavada en el suelo—. Me estaba ayudando a entender algo… Necesitaba saber cómo se sentía.

—¿Fue por curiosidad? —quiso saber Carla, y a todas les sorprendió que la única tan tímida como Noelia preguntara eso—. Puedo entenderlo. Todas nos dejamos llevar por la curiosidad alguna vez.

—Algo así. Fueron dos dedos. Primero uno, suave, lento. Me pedía permiso todo el tiempo, como si tuviera miedo de lastimarme. Yo la alenté a seguir. Después vino el segundo, y… —Tragó saliva—. Fue raro al principio. Me sentía expuesta, abierta. Pero después empezó a subir una electricidad desde ahí, como si el cuerpo no supiera qué hacer con ese placer.

—¿Y no querés decir quién fue? —preguntó Mía, afilada.

Noelia negó con la cabeza, rápido, casi infantil.

—No importa quién fue.

Beatriz se levantó de pronto, con esa elegancia de señora que quiere seguir teniendo el control.

—Voy a buscar más hielo —anunció, y caminó hacia la cocina con pasos justos para no parecer que escapaba.

—Yamila, dale su bendición a Noelia —dijo Lucía.

Yamila no esperó. Se arrodilló frente a Noelia con esa calma peligrosa de quien sabe exactamente lo que hace. El living contenía el aliento. Nadie se reía.

—¿Te molesta si te toco? —habló en tono casi maternal.

Noelia no respondió, pero tampoco se negó ni se movió. Yamila interpretó el silencio como un sí vestido de miedo. Le apartó el vaso, deslizó las manos por los muslos tensos, subiendo lento bajo el vestido. Noelia se estremeció. Sus labios se entreabrieron entre el susto y la entrega.

Yamila acercó el rostro al escote, aspirando su perfume, y sin ceremonia le bajó el vestido. La tela cayó y dejó al aire los pechos blancos, de pezones rosados que se endurecieron en segundos. Yamila los besó, primero uno, después el otro, dibujando círculos húmedos con la lengua mientras los dedos seguían su camino, rozando la bombacha, sintiendo ya la fiebre que latía debajo.

Noelia respiraba por la boca, sin saber qué hacer con su cuerpo. Pero no decía que no. Y eso, para Yamila, era tan firme como un «seguí, no te detengas». Empujó la tela apenas a un costado y la acarició con dos dedos, lento, casi misericordioso. Un quejido se le escapó a Noelia, bajito, un «ah» tembloroso que hizo a Carla apretar las piernas. Yamila introdujo un dedo. Noelia gimió, y ni la música pudo tapar esa expresión de placer. Abrió aún más las piernas. Entró un segundo dedo.

Las miradas saltaban entre la escena y la cara petrificada de Beatriz, parada en el umbral de la cocina con un vaso que solo contenía hielo. Esa mujer ya no parecía capaz de mirar otra cosa que la entrepierna de su hija.

—Bueno, che, creo que ya está —dijo Lucía, con una sonrisa, vaciando lo que quedaba en su vaso.

Yamila se apartó al instante. Era una profesional, respetaba las reglas. Camila se apresuró a ofrecerle algo a Beatriz, que volvió a la realidad y, recuperando algo de compostura, pidió daiquiri de frutilla.

***

Mía tomó otra tarjeta del mazo y la agitó en el aire como una hechicera con su varita.

—¿Quién quiere ser la próxima pecadora redimida?

—¡Yo, yo! —exclamó Dafne, y leyó en voz alta—. «¿Alguna vez lamiste una vagina?» No, nunca. Jamás haría algo así.

—¿Pero qué decís, nena? —intervino Beatriz, irritada—. Si hace un rato confesaste que le habías lamido la de Lucía mientras la depilabas.

—¿No te das cuenta? —dijo Mía—. Está mintiendo para recibir el castigo. Lo hace a propósito.

Una sonrisa de vampiresa se dibujó en los labios de Dafne.

—¿Cómo te diste cuenta, Mía? Tenés un radar para estas cosas.

—Dale, mostranos cómo le chupaste la concha a Lucía.

Al oír su nombre, Lucía se irguió en el sillón como si le hubieran tocado la espina dorsal.

—¡Fue una tontería! —interrumpió, con las manos alzadas—. Un segundo. Una pavada.

—¿Una pavada? —Dafne giró la cabeza hacia ella como una pantera que huele a su presa—. Yo la vi durar un poco más.

—Me contaron lo mismo —dijo Carla, dándole un trago al vaso. El alcohol se sobreponía a su timidez.

Dafne dejó la copa en la mesa y se arrodilló frente a Lucía con una teatralidad obscena.

—¿Querés que muestre cómo fue? Para que quede claro que no fueron «unos segundos».

—Dafne, no… es solo un juego —titubeó Lucía, buscando con la mirada a alguien de su parte. Ni su madre abrió la boca.

—Lo siento, hija —dijo Renata—. No apruebo esto, pero si me opongo, tus amigas y Mía me van a matar.

Dafne no esperó más. Le alzó el vestido como quien desenvuelve un regalo antiguo, y le bajó la bombacha negra de encaje hasta los tobillos. La vagina de Lucía quedó a la vista de todas, suave, lampiña, y ella se puso tan roja que ni las luces ayudaron a disimularlo.

La lengua de Dafne asomó. Primero un roce tímido, después uno más largo, trazando todo el camino sin presionar el clítoris. Se tomó su tiempo: sabía que todas la miraban y quería darles un espectáculo para el recuerdo.

—Esas sí que son buenas lamidas —comentó Mía—. ¿Y por qué te la chupó así, Lucía?

—Porque le conté que Carla lo había hecho antes —admitió Lucía, acomodándose los anteojos.

Carla se hundió más en el rincón del sillón, intentando esconderse detrás de su largo cabello negro.

—¿Carla? —Renata no lo podía creer—. ¿Vos? Tengo entendido que vos y Dafne están casadas.

—Felizmente casadas —dijo Renata, ácida—. ¿Ahora tienen jueguitos lésbicos entre ustedes?

—Fue una sola vez —dijo Carla, con un hilo de voz—. La única vez que hice algo así con una mujer. Fue en el vestuario del gimnasio. Había discutido con mi marido, quería vengarme de él, y Lucía estaba cerca…

—Y Dafne no quería ser menos —agregó Mía.

—Obvio. Soy la mejor amiga de Lucía. Si Carla le chupó la concha, ¿cómo me iba a quedar atrás?

La lengua de Dafne volvió, más firme, hundiéndose entre los pliegues. Lucía se arqueó en un espasmo y Dafne aprovechó para abrirle más las piernas.

—A decir verdad, no estuvo tan mal —dijo Lucía, desafiando a su madre con la mirada—. No busco el sexo lésbico ni el sexo en general. Pero Carla me dio la mejor chupada de mi vida. Fue la primera vez que acabé mientras alguien me practicaba sexo oral.

—¿Y eso lo confesás frente a tu madre? —deslizó Beatriz, venenosa—. Un poco de decencia, ¿no?

A Renata le chirriaron las muelas. Entendió que el comentario solo buscaba meter sal en la herida.

—¿Me pedís decencia a mí? —saltó Lucía—. Vos le metiste los dedos en el culo a tu hija. ¿De qué decencia me hablás?

El silencio incómodo volvió a caer sobre la sala. Hasta la música pareció apagarse.

—¿De qué hablan? —preguntó Renata—. El relato de Noelia… ¿fuiste vos, Beatriz?

Beatriz se quedó paralizada. Noelia deseó que la tierra se la tragara.

—Sí, mamá —dijo Lucía—. Fue ella. ¿No viste cómo reaccionó cuando Noelia lo contó?

—Lo hice para ayudarla —confesó Beatriz, al fin—. No somos unas degeneradas. Era un asunto muy particular.

—¿Podés explicarnos? —preguntó Renata, deleitándose al ver a su hermana perder toda la ventaja.

—No quiero. Prefiero que sigamos jugando.

—Muy bien —dijo Mía—. Pero la próxima vez que les toque castigo a vos o a Noelia, vamos a preguntar por eso.

Dafne volvió a su lugar. Lucía cerró un poco las piernas, pero ni se molestó en acomodarse el vestido, que ahora le quedaba como un cinturón blanco sobre el vientre. Camila recorrió el living rellenando los vasos, y Yamila observaba todo recostada en una silla, los codos sobre el respaldo y las piernas bien abiertas, con una sonrisa imborrable.

La noche todavía no terminaba. Todas sabían que el juego recién estaba calentando.

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Comentarios (6)

SofiaM_lect

Dios mio que buenisimo!!! me encanto de principio a fin, sigue escribiendo asi!!

NocturnoMDQ

La despedida de soltera jamas me habia parecido tan interesante jajaja. Tremendo relato

CarolinaLe_BA

Muy bien escrito, se siente autentico. La tension entre los personajes esta logradisima. Por favor una segunda parte!!

Ceci_Rosario

El giro del final no me lo esperaba para nada, me mato jajaja. Que bueno

MarisolValle

Lei todo de un tiron, se hizo cortisimo. Espero con ansias el proximo!!

Beti_lect

increible como describis la tension sin hacerlo burdo, se nota que sabes escribir. Sigue asi!

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