Mi primera vez fue con el padre de mi mejor amiga
Lo que voy a contar es verdad y nunca se lo conté a nadie, ni siquiera a las amigas con las que comparto casi todo. Me llamo Carla, tengo treinta y seis años y soy madre desde hace poco. Hago una vida común y corriente, pero por dentro nunca me sentí del todo común, y hace poco entendí que necesitaba ponerlo en palabras para por fin sentirme escuchada.
Tenía diecinueve años cuando pasó. Era la boda de una de mis mejores amigas, en una finca a las afueras de la ciudad, de esas que tienen el patio de tierra y los árboles cargados de luces. Se celebraba a lo grande, con música por los parlantes, vino que no se terminaba nunca y la alegría desordenada de una familia entera que llevaba semanas esperando esa noche.
Hasta entonces yo había tenido novios de tomarse de la mano y de besos que se subían apenas un poco de tono, pero nada más. Era virgen, y lo era sin culpa ni urgencia, simplemente porque todavía no había aparecido nadie que me hiciera querer dejar de serlo.
Esa noche, mientras los demás bailaban y se reían sentados en las sillas que rodeaban el patio, yo iba y venía haciéndome la distraída. El alcohol soltaba a la gente y, cada tanto, alguien se levantaba con una excusa para perderse en los rincones oscuros de la casa. Vi parejas pegadas contra las paredes y vi también a más de un desconocido aprovechando el descuido de alguna mujer demasiado mareada. Yo miraba todo con una mezcla de vergüenza y curiosidad que no me animaba a confesar.
Lo que sí me sorprendía era la atención de un hombre mayor. Era el padre de mi amiga, un señor de casi cincuenta años, viudo, que no perdía la ocasión de hablarme o de elogiarme. Nunca fue grosero. Su hija andaba siempre cerca y él se cuidaba de no pasarse, pero había algo en su manera de mirarme que me ponía nerviosa de un modo que yo no sabía nombrar. Esa noche me enteré, entre risas de los tíos, de que en su juventud había tenido fama de mujeriego en el pueblo. Me reí con todos, pero la información se me quedó pegada.
Yo era una chica de ciudad, con el cuerpo ya formado y unas caderas anchas que la cintura estrecha hacía parecer todavía más generosas. Lo había aprendido a fuerza de cumplidos en la calle, de saludos de hombres que se acercaban con cualquier pretexto para medir si yo era fácil o si valía la pena el intento. A los diecinueve no terminaba de entender el efecto que provocaba, pero empezaba a sospecharlo.
***
Para las tres de la madrugada, la fiesta era otra cosa. La mayoría se había ido y los que quedaban estaban borrachos o medio dormidos en los sillones. La música seguía sonando, pero ya nadie bailaba. Mi amiga, bastante pasada de copas, se había metido hacía rato a arreglar la cama donde se suponía que íbamos a dormir las dos. Como no volvía, me levanté a buscarla.
Fue su padre quien se me acercó. Don Esteban me dijo que su hija ya se había quedado dormida y que me habían preparado el cuarto del fondo del patio, uno con baño propio que usaban para guardar cajas pero que tenía una cama lista. Yo estaba asustada por la hora y por la idea de quedarme sola tan lejos de la casa, con el riesgo de que cualquier borracho anduviera gritando por ahí. Él lo notó.
—Te acompaño, no quiero que te pierdas —dijo, y me ofreció el brazo.
El camino lateral no tenía luz. Caminamos en penumbra y yo me agarré de su brazo más fuerte de lo necesario, porque la verdad es que el vino también me había mareado a mí y las piernas me respondían con torpeza. Me sentí extrañamente segura. Su brazo era firme, su voz tranquila, y por primera vez en la noche dejé de tener miedo.
El cuarto estaba al final del terreno. Cuando llegamos, le pedí que se quedara un momento, hasta que yo me acomodara, porque la idea de oír cerrarse la puerta y quedarme sola me daba escalofríos. Él entró, dejó la puerta entornada y se sentó en el borde de la cama, a una distancia prudente.
—¿Mejor así? —preguntó.
—Mejor así —dije, y me senté a su lado.
No sé bien quién empezó. Sé que en algún momento su mano estaba sobre la mía y que yo no la retiré. Sé que él se inclinó despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme, y que yo no me aparté. El primer beso fue lento, casi una pregunta. El segundo ya no preguntaba nada.
Esto no debería estar pasando, pensé, y seguí besándolo igual.
—Si querés que pare, lo digo y paro —murmuró contra mi cuello—. Una palabra y me voy.
—No quiero que pares —respondí, y me sorprendió mi propia voz.
***
Me recostó en la cama con una calma que yo no conocía en los chicos de mi edad. No tenía apuro, no tenía torpeza. Sabía exactamente dónde poner las manos y, lo que era peor para mi compostura, sabía exactamente cuándo no ponerlas. Me desabrochó el pantalón despacio y me lo bajó hasta los tobillos mientras me miraba a los ojos, esperando una negativa que no llegó.
Me hizo girar con suavidad hasta dejarme de rodillas en el piso, con el pecho apoyado sobre el colchón. Me abrió con las dos manos y sentí su boca donde nunca nadie me había tocado. La lengua, caliente y precisa, me arrancó un gemido que no supe contener. Me aferré a la sábana y enterré la cara en ella para que no se escuchara, aunque no había nadie cerca que pudiera oírme.
—Así, tranquila —dijo con esa voz ronca de hombre grande—. Dejate llevar, no hay apuro.
Yo nunca había hecho el amor, pero sí me había tocado a solas y conocía el placer de llegar al final por mí misma. Esto era distinto. Esto era saber, por primera vez, la clase de deseo que un cuerpo como el mío podía despertar en alguien, y descubrir que ese deseo me devolvía el favor multiplicado. Él alternaba: succionaba hasta dejarme al borde y entonces aflojaba, me hacía esperar, me obligaba a desearlo con una paciencia que era casi cruel.
Cuando estaba a punto de terminar, se detuvo. Subió, me habló al oído.
—Voy a ser tu primero —dijo—. Pero solo si vos querés.
Yo respiraba entrecortado, mareada de vino y de placer, confundida y excitada a partes iguales. Pensé en mi amiga durmiendo del otro lado del patio, pensé en todo lo que estaba mal en esa frase, y aun así me escuché responder.
—Prometeme que nadie va a saberlo nunca.
—Nadie —dijo—. Solo nosotros dos.
—Entonces hacelo.
***
Me alzó en brazos y me llevó a la cama. Nos besamos largo, sin apuro, y me acomodó boca abajo. No me tomó por delante, como yo había imaginado mil veces que sería mi primera vez. Buscó otro camino, más lento, más cuidadoso. Fue con saliva y con paciencia, empujando apenas, retrocediendo, dándome tiempo a acostumbrarme a algo que mi cuerpo no entendía todavía.
Al primer intento me tensé. Al segundo se me escapó un quejido. Al tercero estaba entero dentro de mí y yo lloré un rato, no de dolor puro sino de una mezcla que no sabía descifrar, mientras él se quedaba quieto, esperando, con una mano firme en mi cadera y la otra acariciándome la espalda.
—Respirá —dijo—. Cuando estés lista, me avisás.
Y cuando avisé, empezó a moverse despacio, y lo que dolía dejó de doler. Se movía sobre mi espalda, sobre mi trasero, y me hablaba al oído cosas que jamás me había dicho nadie, cosas sucias que en cualquier otro momento me habrían dado vergüenza y que esa madrugada me encendían como leña seca. Yo pedía más. Pedía que me siguiera hablando, que no se detuviera, y me sorprendía de la mujer en la que me estaba convirtiendo en cuestión de minutos.
—Tantos hombres darían lo que fuera por estar donde estoy yo ahora —me dijo—. Algún día vas a recordar quién te enseñó esto.
Y tenía razón, porque acá estoy, recordándolo. Llegué de una manera que no sabía posible, un final que no nació donde yo creía que nacían esas cosas, sino de ese lugar prohibido, sin que ninguna mano tocara nada más. Exploté una, dos, tres veces seguidas, temblando entera contra la sábana, y fue eso lo que lo hizo terminar a él, apretándome las caderas con fuerza, diciendo mi nombre como si fuera una palabra secreta.
***
Se quedó conmigo el resto de la noche. Me abrazó, me cuidó, y al amanecer me despertó con suavidad y me llevó de vuelta a la ciudad en su auto, antes de que la casa entera se despertara. Nadie supo jamás que entre nosotros empezó algo esa noche. Duró casi dos años, a escondidas, en hoteles de paso y en tardes robadas que nunca le conté a nadie.
Nunca lo viví como un abuso. Di mi consentimiento con todas las letras y no me arrepiento. Fue tierna, a su manera fue hermosa, y me enseñó de mi propio cuerpo cosas que tardé años en volver a sentir. Terminé yo, porque las circunstancias cambiaron y porque entendí, con el tiempo, que esa relación no tenía adónde ir. No era sano sostenerla, y lo supe sola, sin que nadie me lo dijera.
Después, en la universidad, conocí a un chico de mi edad con el que tuve una historia normal, de las que se cuentan en voz alta. Pero esa madrugada en el cuarto del fondo sigue siendo mía, y solo mía, hasta hoy que por fin me animé a contarla. Lo demás es otra historia.