El secreto anal que le oculté a mi novio para siempre
Me llamo Daniela y soy de Valencia, Venezuela. Soy una mujer adulta, casada desde hace muchos años con el que fue mi único novio, y juntos tenemos un recorrido sexual largo y sin tabúes: tríos, orgías, encuentros raros que vivimos a plenitud sin reproches. Pero ningún ser humano es un santo, y yo tampoco. También fui infiel, y por ahí empieza lo que vine a confesar.
A los dieciocho ya era novia de él y había perdido la virginidad con él. Apenas estábamos abriendo la puerta del sexo, descubriendo qué nos gustaba, y nuestras relaciones eran de lo más normales. Desde el principio él empezó a insistir con el sexo anal, y a mí eso me daba un terror absoluto. Me negaba en redondo. Así estuvimos años: todo funcionaba en la cama, todo menos eso. Creo que llegó un punto en que se cansó de pedirlo, como resignado a que nunca pasaría.
Terminando la universidad, con unos veinticuatro años, hacía unas pasantías en una empresa de la ciudad. Ahí conocí a un hombre al que llamaré Ricardo, de casi cincuenta. Me doblaba la edad, pero me parecía interesante, me trataba bien y me ayudaba muchísimo en lo laboral. Mi novio lo conocía de vista; jamás se le cruzó por la cabeza que ese señor estuviera detrás de mí.
No sé bien cómo se fueron dando las cosas, pero me involucré con él de a poco. Salíamos a almorzar, a veces me llevaba y me traía, a veces compartíamos en grupo con gente del trabajo, e incluso en varias ocasiones lo hicimos junto a mi novio. Nada parecía fuera de lugar.
De verdad nunca tuve la intención de engañar a mi novio, porque estábamos bien. Pero Ricardo me sedujo con un trabajo de hormiga, día tras día, hasta que una noche, mientras me dejaba en casa, nos besamos. Esa relación se fue intensificando hasta que tuvimos nuestra primera vez. Por dentro me sentía pésima, una traidora, pero los encuentros siguieron: por lo menos una vez a la semana, durante un par de meses.
Lo más raro era la doble vida. En la mañana saludaba a Ricardo con un beso prohibido en su carro y en la noche cenaba con mi novio como si nada, riéndome de sus chistes, planeando el futuro. Me convencí de que mientras nadie saliera lastimado, mientras yo siguiera queriendo a mi novio igual que siempre, no estaba haciendo tanto daño. Una se cuenta esas mentiras para poder dormir.
Mientras tanto, mi novio y yo seguíamos como siempre, y a él se le volvió a meter en la cabeza lo del sexo anal. Me lo proponía sin tregua, insistiendo. Llegué a prometerle que lo intentaríamos, pero le pedí tiempo. Le juré que en Navidad le daría ese regalo. Sentía que se lo debía, que él lo quería desde siempre y que yo me estaba portando como una rata a sus espaldas.
***
Con Ricardo éramos más amigos que amantes. Me sentía cómoda, aunque no lo amaba. Conversábamos de mil cosas y en la cama era intenso, paciente, enseñándome detalles que yo, por ser tan menor que él, ni sabía que existían. Un día le conté lo que mi novio me pedía, le confesé que sentía la obligación de hacerlo y que me moría de miedo.
Aprovechó la situación y mi supuesta inocencia. Me propuso, con esa calma suya, que él podía ayudarme a perder el miedo, prepararme, enseñarme, para que yo después le diera ese regalo a mi novio sin sufrir. Y caí otra vez. Caí en sus palabras, en su manera de envolverme. Le dije que lo pensaría, aunque las dos sabíamos que ya estaba decidido.
Al día siguiente, en la oficina, me dijo al oído que tenía una sorpresa para mí y que me la daba al salir. Esa tarde nos fuimos juntos y me llevó a su casa antes de dejarme en la mía. Nos desnudamos, empezamos despacio, y de una bolsa sacó algo parecido a un consolador, como un plug anal pero más largo.
Me puso en cuatro y empezó a lamer mi culo con una suavidad que no esperaba. Lo hizo un buen rato. Era una sensación divina, vergonzosa y deliciosa a la vez. Poco a poco fue metiendo un dedo, explorando mi ano todavía virgen, sin apuro. Luego puso un poco de lubricante y deslizó el juguete hacia adentro con cuidado.
Era extrañísimo. No era dolor, no era molestia, era otra cosa. Sentía calor cada vez que el juguete entraba y salía, una corriente que me recorría entera. Él lamía mi sexo mientras jugaba con mi culo, combinando las dos cosas, hasta que tuve un orgasmo que me dejó temblando contra las sábanas.
En el encuentro siguiente pasó casi lo mismo, con una diferencia: me penetraba la vagina mientras el juguete seguía clavado en mi culo. Básicamente, cada vez que nos veíamos, lo que hacía era masturbarme analmente, acostumbrar mi cuerpo de a poco. Hasta que llegó el día en que me dijo que ya era hora.
***
Con mucho miedo asentí con la cabeza. En cuatro patas, después de prepararme largo rato, apoyó la punta de su verga en la entrada de mi culo. Cuando empujó para entrar, fue un dolor intenso, demasiado. No pude seguir. Descansamos un momento porque me puse renuente, asustada, lista para arrepentirme.
Pero él insistió con dulzura, diciéndome que ese era el momento. Se sentó en una silla y me hizo montarme encima, de espaldas, para que mi propio peso fuera dando la entrada a mi ritmo. Dolía, dolía mucho, pero esta vez sentí que entró completo. Grité. Sentía que me partía en dos.
Nos quedamos inmóviles, yo con su carne dentro, intentando relajarme mientras él me besaba la nuca y me acariciaba los pechos para calmarme. De a poco empezó a moverse, pero yo no paraba de gritar y terminé llorando hasta que me levanté de golpe. Me abrazó, me tranquilizó y me fue llevando despacio hasta la cama.
Ahí me acostó boca abajo y retomó su trabajo con una paciencia infinita, hasta que lo metió entero otra vez. No fue brusco en ningún momento. Sentía que el dolor cedía de a poco, aunque, siendo honesta, no llegué al orgasmo: era más dolor que placer. Al rato salió y vació todo encima de mis nalgas, dejándome tendida, con el culo desvirgado y la respiración entrecortada.
Esa misma noche mi novio pasó a buscarme para cenar y terminamos en un hotel. Yo estaba aterrada con todo el asunto, con miedo de que se diera cuenta de que algo en mí ya no era igual. Mientras hacíamos el amor y cambiábamos de posición, yo evitaba que sus ojos quedaran de frente a mi culo, como si fuera a leer la verdad ahí. Algo me decía que iba a notarlo.
Con el tiempo aprendí que la virginidad de un culo es imposible de comprobar. Ahora me río de lo paranoica que estaba esa noche, pero en el momento se me iba la vida en disimular. Cada caricia suya cerca de ahí me ponía el corazón a mil, convencida de que la verdad se me notaba en la piel.
Lo curioso es que esa culpa, esa adrenalina de estar engañándolo de la peor forma, me ponía más caliente que nunca. Esa noche en el hotel acabé dos veces, agarrada a las sábanas, mientras él creía que era simple deseo y no el filo de un secreto que apenas empezaba a cargar.
***
Seguí cuatro meses más con Ricardo, y en cada encuentro había sesión anal. Para entonces ya me gustaba, ya lo disfrutaba muchísimo; me sentía casi una experta. Esa relación se terminó porque acabé mis pasantías y a él lo trasladaron a otra ciudad. Decidimos hacer nuestras vidas por separado, sin dramas. Yo seguía bien con mi novio, mejor que nunca, hasta que llegó diciembre y tocó cumplir lo prometido.
Llegó la noche. Él empezó a lamerme, a tocarme, a meter un dedo despacito, todo el protocolo cuidadoso para desvirgar un culito que en realidad estaba más que desvirgado. Yo lo único que quería era que me lo reventara de una vez, pero tenía que seguir actuando, fingir que era mi primera vez.
Me dije a mí misma que tenía que simular dolor, llorar si hacía falta, para que no sospechara nada y no abrir una grieta en nuestra relación. Y así fue. Cuando finalmente me lo metió, sí me dolió bastante, porque siempre duele un poco, pero ya podía soportarlo sin problema. Aun así tuve que actuar como una niña virgen, gemir de la manera correcta, tensarme en el momento justo.
—Tranquila, mi amor, despacio —me susurraba él, convencido de que me estaba estrenando.
—Me duele —mentí, hundiendo la cara en la almohada para que no viera mi sonrisa.
Nuestra relación siempre fue excelente, dentro y fuera de la cama, hasta el día de hoy. Mi culo es suyo, y con los años incluso lo hemos compartido con otros hombres en nuestros encuentros swinger. Pero él nunca supo lo de Ricardo, y jamás sabrá que no fue él quien me desvirgó. Ese secreto me lo llevo conmigo, como esta confesión que solo aquí me animo a contar.