La apuesta que ninguna de las dos debimos aceptar
La noche empezó de la manera en que empiezan todas las noches de las que uno termina no arrepintiéndose del todo: con Natalia diciéndome que iba a estar buenísimo y que no iba a pasar nada.
Eso último tendría que haberme dado la señal.
Me llamó un jueves a última hora para contarme que había conocido a dos tipos en el gimnasio. Compañeros de trabajo en una empresa de seguridad privada, me dijo. Guapos los dos y con ganas de salir. Uno se llamaba Marcos y era quien le había hablado a ella. El otro era Rodrigo.
—Es más callado —me explicó mientras nos arreglábamos en su departamento—. Pero cuando lo veas te vas a caer de espaldas.
Me puse un vestido verde que me llegaba a mitad del muslo, me convencí de que era solo una salida de amigas y me olvidé de hacerle preguntas al espejo.
Marcos pasó a buscarnos en un sedan oscuro, pulido al detalle. Tenía esa sonrisa de quien sabe exactamente el efecto que produce. Rodrigo iba en el asiento del acompañante y nos saludó con una inclinación de cabeza breve, sin afectación, que era mitad saludo y mitad evaluación. Natalia tenía razón. Me caí de espaldas.
Entramos a una discoteca del centro sin hacer fila porque Rodrigo conocía al encargado de la puerta. Adentro todo era música, luces y tragos caros, y esa sensación particular de que la noche podía terminar de cualquier manera.
Marcos sabía bailar. Natalia lo descubrió en la primera canción y desde ahí no lo soltó más. Yo me quedé en la barra con Rodrigo, que pedía los tragos sin consultar y que no necesitaba la música para sentirse cómodo en su propio cuerpo. Hablamos de trabajo, de viajes, de nada importante. Era de esas conversaciones en las que lo que se dice importa menos que la forma en que el otro te mira mientras hablas.
—¿Siempre sos tan directo? —le pregunté después del segundo trago.
—Solo cuando tengo algo que decir —respondió, con una media sonrisa que no llegaba a abrirse del todo.
No me molestó.
***
El ex de Natalia apareció cerca de la medianoche.
No sé cómo la encontró. Era un hombre de unos cuarenta y pico, con la corbata floja y demasiado alcohol en el cuerpo, y llegó diciendo su nombre en un tono que no invitaba a nada bueno. Natalia se puso rígida a mi lado. Yo busqué a Marcos con la vista, pero fue Rodrigo quien se movió primero.
Se interpuso entre el hombre y nosotras con una calma que era más intimidante que cualquier gesto brusco. No levantó la voz. Intercambió dos frases con el tipo, con esa misma economía de palabras de siempre, y el hombre titubeó, miró alrededor como midiendo opciones, y finalmente se fue.
Así, sin más.
Natalia soltó el aire que había estado reteniendo.
—Necesito otro trago —dijo.
—Necesitamos dos —la corregí.
Marcos los pidió antes de que pudiéramos llegar a la barra. Se sentó al lado de Natalia, le dijo algo al oído que la hizo reír, y así como así el ambiente volvió a lo que había sido antes. Rodrigo me miró desde el otro extremo de la barra con una expresión que no era exactamente una pregunta, pero yo la respondí de todas formas.
—Gracias —dije.
—No hace falta —respondió.
***
Fue Marcos quien propuso el departamento. Ya eran las dos de la mañana, la discoteca empezaba a vaciarse y los cuatro teníamos esa energía particular que mezcla el alcohol con las ganas de que la noche no termine todavía.
—El departamento de Rodrigo está cerca —dijo—. Y hay whisky bueno.
—Y mucho orden —agregó Rodrigo.
—¿Obsesivo? —pregunté.
—Bastante —confirmó Marcos, con una sonrisa que prometía algo.
No sé por qué ese detalle me resultó simpático. Subimos al auto.
En el asiento de atrás, Natalia y Marcos ya iban como si se conocieran de antes. Ella tenía la cabeza apoyada en su hombro y él le pasaba el brazo por la espalda con esa naturalidad de quien ocupa exactamente el espacio que le corresponde. Yo miraba la ciudad por la ventanilla e intentaba no pensar demasiado en que Rodrigo había apoyado una mano en mi rodilla al arrancar, sin preguntar si me parecía bien.
Me había parecido bien.
***
El departamento era todo lo que me había imaginado: impecable. Los libros alineados en la repisa, las copas dispuestas en la cocina como si estuvieran esperando ser usadas, las superficies sin una mota de polvo. Había algo levemente incómodo en esa perfección, como entrar a un museo de noche.
Rodrigo llenó cuatro vasos con un whisky que olía a caro y yo me senté en el sofá de cuero intentando no ensuciar nada.
—Estás muy tiesa —me dijo, sentándose a mi lado.
—Es que tengo miedo de desordenar algo —respondí.
Sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír de verdad, con los ojos incluidos, y entendí que Natalia me había subestimado con su descripción.
***
Las cartas las encontró Marcos sobre la mesa ratona, perfectamente alineadas. Las levantó con esa chispa de quien identifica una oportunidad donde otros verían solo un mazo de naipes.
—Strip póker —dijo, barajando, sin molestarse en hacerlo pregunta.
Natalia y yo nos miramos. Nos excusamos un momento y salimos al balcón. El aire fresco de la noche nos rozó la piel caliente de los tragos.
—Están locos —dije en voz baja.
—Están locos y nosotras llevamos dos horas mirándoles las manos —respondió Natalia—. Si ganamos, los vemos sudar la gota gorda. Si perdemos... —se encogió de hombros, con esa sonrisa suya que no tiene nada de inocente—, tampoco es tan terrible el castigo, ¿no?
Volví a mirar adentro a través del vidrio. Rodrigo estaba de pie en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa postura suya de quien no necesita decir nada para decirlo todo.
Entramos.
—Aceptamos —dije—. Pero repartan de una vez.
***
Las primeras manos fueron lentas y un poco absurdas. Marcos perdió la camisa en la segunda ronda y lo tomó con una naturalidad que obligó a Natalia a mirar para otro lado. Yo me quité los zapatos. Natalia se sacó el cinturón con una parsimonia calculada que claramente no era accidental. Rodrigo no perdió nada en las primeras cuatro manos, y yo empezaba a sospechar que eso tampoco era accidental.
—Jugás trampa —le dije.
—Juego bien —respondió.
En la quinta mano perdió de todas formas. Se quitó la camisa con la misma economía de movimientos que tenía para todo, y lo que quedó al descubierto fue suficiente para que yo necesitara otro trago largo antes de poder concentrarme de nuevo en las cartas.
El juego se aceleró desde ahí. Las cartas importaban cada vez menos. Lo que importaba era el espacio que se iba achicando entre los cuerpos, la forma en que Marcos rozaba los dedos de Natalia al pasarle las cartas, la manera en que Rodrigo me miraba cuando yo fingía analizar mi juego con mucha atención.
Perdí el vestido en una mano que honestamente no intenté ganar. Natalia perdió la blusa poco después, con una risa que sonó a alivio. Los dos hombres quedaron en ropa interior casi al mismo tiempo, en una ronda que creo que nadie estuvo verdaderamente intentando ganar.
—Creo que las cartas cumplieron su función —dijo Rodrigo, dejando el mazo sobre la mesa con ese gesto suyo de quien da un asunto por cerrado.
Se levantó y me tendió la mano. La tomé.
***
Con Rodrigo todo fue lento, incluso cuando no debería haberlo sido.
Me recostó en el sofá y tomó tiempo. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una atención que no esperaba de alguien tan parco con las palabras. Me besó el cuello, el hombro, la clavícula. Bajó por mi pecho despacio, sin ningún apuro, como si estuviera aprendiendo algo que quisiera recordar más tarde. Yo tenía los dedos en su pelo y trataba de no pensar demasiado en nada.
—Decime si querés que pare —murmuró.
—No voy a querer que pares —respondí.
No paró.
Me quitó la ropa interior con cuidado y se tomó su tiempo también en eso. Cuando bajó la cabeza entre mis piernas sentí primero el calor de su aliento, después el contacto de su boca, y cerré los ojos y me aferré al cuero del sofá. Lo hacía con esa misma calma suya, sin prisa, explorando con la lengua cada centímetro como si quisiera aprenderse de memoria el mapa exacto de lo que me hacía respirar distinto.
—Rodrigo —dije, sin ninguna razón específica.
—Acá estoy —respondió.
Cuando se movió sobre mí y entró, lo hizo de un solo movimiento firme, y el primer momento fue tan intenso que tuve que enterrar la cara en su cuello para no hacer demasiado ruido. Sus caderas marcaban un ritmo deliberado, cada movimiento más adentro que el anterior. Lo escuché respirar junto a mi oído, escuché que su respiración se iba haciendo más irregular con cada minuto, y eso hizo que algo en mi pecho se apretara de una manera que no era solo deseo.
Del otro lado del living, Natalia y Marcos tenían su propio ritmo. La escuchaba jadear con ese sonido particular que conozco de años de amistad y que nunca había escuchado en ese contexto. No era incómodo. Era simplemente lo que era.
***
No sé en qué momento terminamos los cuatro en el mismo espacio.
Fue gradual, fue natural, ocurrió sin que nadie lo propusiera en voz alta, como si la lógica de la noche lo hubiera decidido por nosotras antes de que pudiéramos opinarlo. Natalia quedó cerca y en algún momento nuestros hombros se tocaron y nos miramos con esa complicidad de amigas que no necesita explicación. Después Marcos estaba también cerca y el sofá se había convertido en un territorio sin límites muy definidos.
Recuerdo las manos de Natalia en mi pelo. Recuerdo haber sentido los cuerpos de los dos hombres de manera simultánea, en una superposición que al principio resultó abrumadora y después fue sencillamente lo que era: cuatro personas en el mismo espacio, cada una entregada a lo mismo. Nos movíamos con esa sintonía extraña que tiene el deseo cuando nadie está pensando en otra cosa.
Llegamos al final más o menos al mismo tiempo. Rodrigo enterró la cara en mi cuello y soltó el aire que había estado conteniendo, y yo lo abracé con la fuerza que me quedaba y dejé que todo se relajara de una vez. A mi lado, Natalia soltó un largo suspiro que sonó a rendición feliz.
El living quedó en silencio. Las copas a medio terminar sobre la mesa. El mazo de cartas todavía perfectamente alineado porque Rodrigo lo había dejado así.
Me quedé mirando el techo durante un rato, escuchando cómo los cuatro volvíamos a respirar normalmente.
***
Me dormí sin querer y me desperté con el sol colándose por las persianas. Natalia dormía a mi lado con el pelo revuelto y esa cara tranquila que tiene cuando está de verdad dormida. Marcos roncaba levemente en el sillón lateral.
Rodrigo estaba de pie junto a la ventana con una taza de café en la mano, mirando hacia afuera.
—¿Cuánto llevo dormida? —pregunté.
—Poco más de dos horas —dijo—. Hay café en la cocina.
No me preguntó cómo me sentía. No hizo ese comentario incómodo que hacen algunos hombres después, como si necesitaran que uno los absolviera de algo. Solo me ofreció café.
Lo acepté.
***
Cuando llegué a mi departamento esa mañana me duché durante mucho tiempo. No por culpa: por ese ritual particular de marcar el antes y el después, de poner la piel nueva ante algo que todavía no tenía un nombre completamente claro.
Natalia me mandó un mensaje a las tres de la tarde: un solo emoji sonriente y nada más. Le respondí con el mismo. Pasaron semanas antes de que habláramos con palabras, y cuando lo hicimos fue para reírnos del strip póker y de la cara de Marcos barajando las cartas con esa convicción de que todo estaba calculado desde el principio.
Probablemente sí lo estaba.
Marcos les escribió a las dos la semana siguiente. Propuso volver a verse. Natalia me preguntó qué pensaba.
Le dije que todavía no lo sabía.
No era mentira.