Confesión: lo que pasó en el yate de Adrián
Nunca me había planteado que un viaje de empresa podría terminar así. Cuando Adrián anunció el retiro estratégico en su yate, imaginé PowerPoints en el camarote, debates sobre presupuestos de temporada y el sol de Alicante quemando el cogote mientras fingíamos que los números eran lo más importante del mundo. Tenía treinta años, llevaba dos en Levante Sports y había aprendido a mantener ciertas distancias. Las distancias con Adrián, sobre todo.
Era difícil no mirarlo. Cuarenta y dos años, metro ochenta y pico, con ese cuerpo que no parece mantenido a base de máquinas sino por el mar y el sol. Cabello largo y rubio, siempre un poco revuelto, los lados más cortos y la nuca bronceada. Ojos claros, casi grises, que tenían la costumbre de quedarse fijos en los tuyos más tiempo del que nadie esperaba. Ese día llevaba solo un bañador oscuro y los tatuajes que le recorrían los brazos y el pecho brillaban con el agua salada. El bulto que se le marcaba bajo la tela mojada tampoco pasaba desapercibido, y estaba segura de que él sabía exactamente cómo se le adhería el bañador cuando salía del agua. Era el tipo de hombre que no necesita hacer nada en especial para que lo miren y lo sabe perfectamente.
Natalia, nuestra co-directora general, era su complemento perfecto. Treinta y cinco años, morena, con ese cuerpo que parece diseñado para que los bikinis tengan sentido. Llevaba uno negro, mínimo, y se movía por la cubierta con la seguridad de quien sabe que todos la observan y ha decidido no molestarse en disimularlo. Ella y Adrián tenían esa complicidad silenciosa y antigua que no necesita palabras para hacerse evidente.
Clara, directora de eventos, era la más joven del equipo. Veintisiete años, rubia, con el cuerpo de alguien que nada en aguas abiertas los fines de semana. Bikini rojo que le quedaba algo pequeño, pecas en los hombros y una risa fácil que quitaba la tensión de cualquier reunión. Javier, director de operaciones, era todo lo contrario: serio, moreno, musculoso, el tipo de hombre que habla poco pero cuando lo hace todo el mundo escucha. Diego era el recién llegado, veintisiete años, director de tecnología, con ese entusiasmo nervioso de quien todavía tiene que demostrar algo y es consciente de ello.
Y luego estaba la tripulación: Luis, el capitán, con su barba canosa y sus manos de marino que había cruzado ese tramo de costa más veces de las que podía contar; Paula y Tomás, los dos jóvenes de cubierta, solares y perfectamente conscientes del efecto que producían. Nadie lo decía, pero todo el mundo lo notaba.
Habíamos zarpado de Alicante al amanecer con rumbo a Cartagena, con una parada que Adrián había marcado en el GPS como si fuera un secreto personal. La cala se llamaba Saona y estaba en Formentera. Accesible casi solo por mar, con acantilados que caían verticales al agua color turquesa y una bahía circular tan pequeña y protegida que el yate llenaba casi la mitad. El lugar tenía esa calidad irreal de los sitios que parecen no existir del todo.
Mientras navegábamos hacia allí, Adrián organizó lo que llamó una sesión de trabajo informal en la cubierta principal. Éramos ocho alrededor de los sofás exteriores, con el sol de las once de la mañana ya calentando en serio y las copas de vino blanco sudando sobre las mesas de teca. La conversación sobre la expansión hacia el mercado andaluz duró quizás veinte minutos. Después Adrián entró en ese terreno donde era especialista: el de no decir exactamente lo que quería decir pero conseguir que todo el mundo lo entendiera a la perfección.
La sesión fue como cualquier otra reunión de equipo, excepto que nadie tomaba notas y todos llevaban bañador. Pero los comentarios fueron derivando hacia otro lado, las risas duraron más de lo normal y las miradas se sostuvieron un segundo más de lo habitual. Clara cruzó las piernas y dejó que el pie descalzo rozara el tobillo de Javier. Natalia se inclinó sobre la mesa para coger su copa y tardó en volver a sentarse, con las tetas casi saliéndose del triángulo negro del bikini. Nadie dijo nada porque no hacía falta.
—Trabajamos bien juntos —dijo Adrián al final, mirando a Natalia pero de una forma que lo incluía a todos—. Lo que hacemos bien dentro de la empresa lo hacemos bien en todas partes. ¿No es así?
Hubo un silencio. Clara se mordió el labio. Javier cruzó los brazos.
Natalia sonrió de esa manera suya, lenta y deliberada. Se levantó sin prisa, se quitó la parte de arriba del bikini y se lo tendió a Adrián. Él lo cogió sin sorpresa, como si lo hubiera esperado, y lo dejó caer sobre el sofá. Los pezones oscuros y duros de Natalia quedaron a la vista de todos, apuntando al sol, y ella no hizo el menor gesto de cubrirse.
Treinta segundos de silencio absoluto. Solo el sonido del mar y del viento y el chirrido suave del casco.
Clara fue la primera en reírse. No de nervios sino de alivio, como cuando al fin pasa algo que llevas horas esperando. Se acercó a Natalia y la besó despacio, con las dos manos en su cara, y fue tan natural y tan sin aspavientos que el resto del grupo tardó apenas un momento en moverse. La lengua de Clara buscó la de Natalia sin pudor, y las manos de la morena bajaron a agarrarle las tetas por encima del bikini rojo, apretándoselas con fuerza mientras Clara gemía dentro de su boca.
Yo me quedé donde estaba. Siempre fui más de observar antes de actuar.
Diego se sentó a mi lado. No dijo nada, solo apoyó su mano en mi rodilla con esa pregunta silenciosa que los hombres hacen a veces. Le devolví la mirada. Él esperó. Me gustó que esperara.
—No seas cobarde —le dije al final, y me incliné hacia él.
Le mordí el labio inferior antes de meterle la lengua en la boca, y sentí cómo su mano subía por mi muslo hasta colarse por debajo de la braguita del bikini. Sus dedos me encontraron ya mojada, y él soltó un gemido bajo contra mi boca al comprobarlo. Empezó a acariciarme el coño con dos dedos, lento, resbalando entre los labios sin llegar a meterlos, y yo tuve que agarrarle la muñeca para no ponerme a jadear en medio de la cubierta.
—Aquí no —le susurré al oído—. Todavía no.
Él se rio, pero no sacó la mano.
***
Cuando el yate fondeó en la cala Saona, la cubierta ya era otra cosa. Luis había reducido la velocidad con una calma absolutamente profesional. Paula y Tomás habían dejado de fingir que servían bebidas y nadie se lo reprochó.
El agua turquesa, los acantilados rojizos, el silencio casi completo. Todo se combinó de una manera que no sé si llamar romántica o simplemente perfecta para lo que estaba pasando. El calor pegaba diferente ahí dentro de la bahía, más quieto, más espeso que en alta mar.
Adrián cogió a Natalia de la mano y la llevó hacia la barandilla de popa. Le bajó la braguita del bikini de un tirón y la dejó caer sobre la cubierta. La inclinó hacia adelante con una mano firme en su cadera y le separó el culo con la otra para mirarla bien antes de tocarla. Le pasó los dedos por el coño abierto, lo hundió dos veces y se los llevó a la boca. Después se bajó el bañador y sacó la polla, gruesa y ya completamente empalmada, curvada hacia arriba con esa arrogancia que tienen las pollas grandes cuando se les da aire libre por primera vez. Se la pasó por la raja del culo de Natalia, arriba y abajo, mojándose la punta en el coño de ella, restregándosela sin meterla, hasta que Natalia soltó un gruñido y empujó las caderas hacia atrás buscándolo.
—Métemela ya, joder —le pidió.
Adrián se rio bajo, la agarró del pelo con una mano y con la otra se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Natalia no hizo ningún ruido al principio, solo apoyó los antebrazos en la barandilla y cerró los ojos, con la boca abierta y el aire escapándosele en un silbido largo. Cuando él empezó a follársela en serio, con embestidas hondas que le hacían chocar los huevos contra el coño, Natalia exhaló durante lo que pareció un minuto entero, como alguien que lleva horas aguantando la respiración. Las tetas le rebotaban con cada golpe y él le tiraba del pelo hacia atrás para que arqueara la espalda.
Clara se arrodilló delante de ella. No hizo falta ninguna instrucción. Metió la cabeza entre las piernas de Natalia y empezó a comerle el coño mientras Adrián la penetraba desde atrás. La lengua de Clara subía y bajaba por los labios de Natalia y se detenía en el clítoris para chupárselo, y cada vez que Adrián sacaba la polla, Clara aprovechaba para lamer la verga mojada del jefe antes de que volviera a hundirse. Natalia abrió la boca pero el sonido tardó en salir. Cuando llegó, llenó el aire de la cala de una manera que me hizo sonrojar aunque yo ya estaba ocupada con mis propias cosas.
—Sigue chupándome ahí, no pares —le gemía Natalia a Clara—. Ay, ay, joder, así, así.
Diego tenía las manos en mi cintura. Había algo en cómo me miraba que hacía que las instrucciones sobraran. Me tumbé en uno de los sofás anchos de la cubierta y lo dejé bajar. Me tiró del bikini hacia un lado y se me quedó mirando el coño un segundo, como quien memoriza algo, antes de agachar la cara. Su lengua era precisa y sin rodeos: primero un lametón largo desde abajo hasta arriba, después la punta clavada en el clítoris, después dos dedos metidos hasta el fondo mientras seguía chupándome. Tuve que morderme el labio para no hacer demasiado ruido, pero se me escapaban jadeos cortos, agudos, cada vez que curvaba los dedos y los apretaba contra ese punto por dentro.
—Así, así, joder, no pares —le decía yo, con una mano agarrada a su pelo, empujándole la cara contra mi coño.
Estuve a punto de correrme, pero le tiré del pelo hacia arriba antes de llegar. Quería la polla. Cuando me incorporé y se la saqué del bañador, me sorprendió su grosor. Era más gorda de lo que había imaginado, con las venas marcadas y la punta hinchada, brillando ya con una gota de líquido preseminal. Me la metí en la boca sin pensarlo, hasta donde pude, y le oí soltar un juramento por lo bajo. Se la mamé un buen rato, con ganas, chupándole la punta y bajando después con toda la lengua pegada al glande, hasta que noté que las piernas se le tensaban demasiado.
Lo empujé hacia atrás, me tumbé y lo guié hacia mí despacio.
—Despacio —le pedí—. Es gorda.
Él asintió y cumplió. Me la fue metiendo por partes, sacándola y volviéndola a meter un poco más honda cada vez, hasta que noté que me llegaba hasta el fondo y me arqueé debajo suyo. Cuando empezó a follarme en serio, con embestidas largas y pausadas, apoyando las manos a cada lado de mi cabeza, tuve que taparme la boca con el antebrazo para no gritar.
—Mira, mira cómo entra —me susurró él, incorporándose un poco para que los dos viéramos su polla desapareciendo entre mis piernas.
Miré. Estaba empapada. Se me escapó un gemido largo solo con verlo.
Javier y Tomás compartían a Paula en la zona de lounge a unos metros de nosotros. Paula estaba encima de Javier con la espalda apoyada en su pecho, cabalgándolo con ese ritmo constante y pausado que hace que los músculos del cuello se tensen. La polla de Javier, oscura y gruesa, entraba y salía del coño de Paula a la vista de todos, brillante de flujo. Tomás estaba arrodillado frente a ella con la cabeza entre sus piernas, lamiéndole el clítoris al mismo tiempo que Javier se la follaba desde abajo, y de vez en cuando le sacaba a Javier la polla con la mano para chupársela también a él antes de volver a metérsela a Paula en el coño. Entre los dos la tenían completamente ocupada. Los sonidos que hacía Paula eran cortos y secos, como alguien incapaz de administrar el aire.
—Más fuerte, joder, dame más fuerte —le pedía Paula a Javier, echando el culo hacia atrás para que le llegara más hondo.
Luis el capitán tardó en unirse. Lo vi observando desde el puente con los brazos cruzados, fumando con calma, la polla ya marcándosele debajo del pantalón corto blanco, hasta que Paula lo llamó con un gesto de la mano. Bajó las escaleras sin prisa, tiró el cigarrillo al mar y se sentó en el borde del sofá con esa solidez tranquila de los hombres que han visto mucho y ya no se asombran fácilmente. Se abrió la bragueta y sacó una polla larga, no demasiado gruesa pero muy dura, con el glande casi violeta. Paula giró la cara sin dejar de cabalgar a Javier y se la metió en la boca hasta la garganta. El capitán le puso una mano en la nuca, sin apretar, solo guiándola, y ella empezó a chupársela con un ritmo que hacía juego con las embestidas de Javier desde abajo.
Me pregunté en algún momento si debería sentir algo distinto. Culpa, quizás, o incomodidad por hacerlo con compañeros de trabajo a metros de distancia unos de otros. Pero el calor de la bahía y el sonido del mar y la polla de Diego bombeándome sin parar hacían que esas preguntas parecieran pertenecerle a otra persona, alguien más racional o más cauta que yo esa tarde.
***
Lo que más me sorprendió no fue lo que ocurrió sino cómo ocurrió. Sin caos. Sin torpeza. Como cuando varias personas que se conocen bien improvisan algo y el resultado es mejor que cualquier cosa que hubieran podido ensayar.
Adrián se separó de Natalia y se tumbó en la cubierta. Tenía la polla brillante del coño de ella, apuntando al cielo, gorda y palpitando. Natalia se subió encima y se la fue metiendo despacio, sentándose sobre él con las manos apoyadas en su pecho, hasta que la tuvo entera dentro. Empezó a cabalgarlo mirándole a la cara, con el culo golpeándole los muslos, las tetas botando delante de él. Clara se subió sobre él en sentido contrario, colocándose el coño encima de la cara de Adrián, y él no perdió el tiempo: la agarró de las caderas y empezó a comérselo con hambre, la lengua metida hasta dentro, chupándole todo. Las dos mujeres se besaron por encima del cuerpo de Adrián, con las manos recorriéndose mutuamente, apretándose las tetas la una a la otra, mientras Adrián trabajaba desde abajo con esa concentración total de los hombres que quieren hacerlo bien. Clara se echó hacia atrás para que él le chupara mejor el clítoris y soltó un grito ahogado cuando le clavó la lengua en el culo también.
Yo tenía a Diego dentro cuando Adrián me miró desde el suelo. Esa mirada suya, larga y fija, con la cara embadurnada del flujo de Clara y la polla enterrada hasta los huevos en el coño de Natalia. Le sostuve la mirada sin apartar los ojos mientras Diego me embestía por detrás, con una mano agarrándome del pelo. No sé exactamente qué significó ese intercambio pero sé que significó algo. Sé que se me apretó el coño alrededor de la polla de Diego cuando Adrián se pasó la lengua por los labios sin dejar de mirarme.
Qué situación más absurda y más perfecta al mismo tiempo.
Diego cambió de postura y me puso a cuatro patas de cara al grupo del capitán. Ahora podía ver todo: a Paula tragándose la polla de Luis mientras Javier se la seguía metiendo por detrás, a Tomás masturbándose de pie con la polla apuntando a la cara de Paula, esperando su turno. Diego me la volvió a meter de golpe y yo grité sin poder evitarlo.
—Eso, que te oigan —me dijo él al oído, y me dio un azote en el culo que sonó por encima del ruido del mar.
Natalia se corrió primero. Lo supe porque cerró los ojos con fuerza y se quedó completamente quieta durante tres o cuatro segundos antes de que le temblara el cuerpo entero. Se dejó caer hacia adelante sobre el pecho de Adrián, con la polla todavía dentro, gimiendo contra su cuello mientras las contracciones le seguían recorriendo el coño. Clara siguió justo después, con ese grito corto y brusco que nadie controla, apretándole la cara a Adrián entre los muslos, restregándole el coño mojado por la boca hasta que él soltó un ruido ahogado debajo.
Yo tardé más, pero cuando llegué, llegué bien. Diego me agarró de las caderas y me embistió con todo, chocándome contra él con un sonido húmedo y obsceno, hasta que sentí que se me subía todo desde los pies y me deshacía por dentro. Me corrí con la boca abierta contra el respaldo del sofá, apretándole la polla con tanta fuerza que él soltó una maldición y tuvo que quedarse quieto para no correrse conmigo. Cuando por fin dejé de temblar, él sacó la polla, la agarró con la mano y me apretó las nalgas contra su vientre mientras se recuperaba.
—Todavía no, todavía no —murmuraba, respirando fuerte por la nariz.
Después todo se volvió más lento. Cambios de posición tranquilos, risas de vez en cuando, alguien pidiendo agua fría. Vi a Paula recibir el corrida de Tomás en la boca sin dejar caer una gota, mientras Luis le seguía follando el coño desde atrás, y me quedé mirando embobada un momento antes de recordar que yo también estaba en escena. La cubierta tenía ese aspecto de después que no se puede disimular: cuerpos dispersos y bronceados bajo la luz de la tarde, la piel brillando con el sudor y el semen y el agua salada, el ruido suave del mar contra el casco.
Diego terminó dentro de mí un rato después, en el mismo sofá, agarrándome desde arriba con las dos manos en los hombros y hundiéndose hasta el fondo mientras se corría. Sentí cada latido de su polla soltando la corrida caliente dentro de mí, y solté un gemido largo contra la almohada porque me gustaba esa sensación más que ninguna otra.
Adrián terminó de pie junto a la barandilla de popa, con Natalia arrodillada delante de él y Clara a su lado mirando. Las dos le agarraban la polla entre las cuatro manos, turnándose para chupársela, lamiéndosela por los lados a la vez, con las lenguas encontrándose en el glande. Cuando él avisó con un gruñido, echaron la cara hacia atrás con la boca abierta y las tetas juntas. Se corrió sobre las dos, un chorro largo primero que le cayó a Natalia en la mejilla y le entró en la boca, otro más corto sobre las tetas de Clara, y dos o tres más que fue sacando con la mano mientras las dos se quedaban quietas recibiéndolo todo. Después se miraron entre ellas y se rieron, y Clara se inclinó a lamerle a Natalia el semen de la cara, muy despacio, tomándose su tiempo. Era una risa de complicidad antigua, no de vergüenza. Eso me pareció lo más honesto de todo lo que había visto ese día.
***
A las siete retomamos el rumbo hacia Cartagena. El sol ya estaba bajo y la luz hacía que el mar pareciera de otro color, más intenso, más oscuro en los bordes. Nos pusimos la ropa poco a poco, alguien abrió otra botella de vino y la conversación volvió a ser normal. O casi normal. Había algo diferente en cómo nos mirábamos ahora, más directo, más relajado.
Adrián se me acercó en la proa cuando los demás estaban en la zona de popa.
—¿Arrepentida? —preguntó, apoyado en la barandilla con los codos.
—No —dije.
Asintió, satisfecho pero sin ningún triunfo en la cara. Eso me gustó. Los hombres que necesitan el triunfo visible me resultan agotadores.
—La reunión en Cartagena va a ser bastante más aburrida —dijo.
Me reí.
—Probablemente —respondí.
Nunca le conté esto a nadie. Ni a mis amigas más cercanas, ni a los hombres que vinieron después. Hay cosas que funcionan mejor cuando se quedan en el mar donde pasaron. Esta es una de ellas. Pero de vez en cuando, cuando el trabajo se vuelve rutinario y el día se pone gris e igual que el anterior, recuerdo aquella tarde en la cala Saona, el agua turquesa, el calor espeso de la bahía, el sabor de la polla de Diego en mi boca y la mirada de Adrián desde el suelo, y pienso que hubo un momento en que todo fue exactamente como debía ser.
No todo el mundo puede decir eso.
Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí acompañantes en Rosario.