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Relatos Ardientes

Subí al séptimo con la excusa de la limpieza

No sé muy bien por qué lo escribo ahora, tantos meses después. Supongo que necesito leerlo fuera de mi cabeza para creer que de verdad pasó. Durante un tiempo subí los viernes al séptimo piso del edificio donde trabajaba, con un cubo y dos trapos en la mano, y bajaba un par de horas más tarde con el coño ardiendo, las bragas en el bolso porque me las quitaba antes de subir y ya no tenía sentido volver a ponérmelas, y una sonrisa que no podía borrar en todo el fin de semana.

El piso lo alquilaban cinco compañeros de obra. Habían terminado de reformar el edificio entero y se quedaron en ese último apartamento mientras buscaban algo definitivo. Yo limpiaba los portales y las zonas comunes, y un día Tobías, el mayor de ellos, me preguntó si quería ganarme un dinero extra dejándoles el suyo presentable. Dije que sí sin pensar demasiado. La primera vez fue una limpieza normal. La segunda, también, aunque ya me miraban de un modo distinto. La tercera Tobías me arrinconó contra el fregadero, me metió la mano por debajo del pantalón y me hizo correrme con dos dedos mientras los otros cuatro fingían no oír desde el salón. La cuarta ya los dos sabíamos que el cubo era solo un pretexto.

Aquel viernes me arreglé de otra manera. Me puse un vestido fino de tirantes, nada debajo, y me miré en el espejo del ascensor mientras subía. Treinta y tantos años, un matrimonio dormido en casa y el pulso latiéndome en el coño, en los pezones, en la garganta. Me pasé un dedo por debajo del vestido para comprobarme y salió empapado. Me lo chupé despacio antes de que se abrieran las puertas, para llegar arriba con el sabor mío todavía en la boca. Cuando se abrieron en el séptimo, ya no era mujer de la limpieza: era otra cosa.

Toqué el timbre. Abrió Tobías, con una camiseta ajustada y esa media sonrisa suya que parecía saberlo todo.

—Llegas puntual, señora de la limpieza —dijo, apartándose para dejarme pasar.

—Alguien tiene que ocuparse de este desastre —contesté, y mi voz salió más baja de lo que pretendía.

Estaban los cinco en el salón. Néstor y Rubén en el sofá grande, Damián apoyado en la encimera de la cocina abierta, Iker junto a la ventana. Todos habían dejado lo que estaban haciendo para mirarme entrar. No hubo disimulo. Sentí esas cinco miradas recorrerme de arriba abajo, deteniéndose en las tetas que se me marcaban a través de la tela fina, en el triángulo oscuro que se adivinaba entre los muslos, y en lugar de incomodarme, me erguí un poco más y saqué pecho.

—¿Por dónde empiezo? —pregunté, dejando el cubo en el suelo.

—Por aquí —dijo Néstor, dando una palmada suave en el sofá, a su lado, y con la otra mano ajustándose ya el bulto que se le marcaba en el pantalón.

***

Me acerqué despacio. Tobías cerró la puerta con llave a mi espalda y el chasquido del cerrojo me recorrió la columna entera y se me clavó directo entre las piernas. No me dieron tiempo a sentarme. Néstor me tomó de la muñeca, tiró de mí hacia él y me besó como si llevara toda la semana esperándolo. Su boca sabía a café y a algo más, me mordió el labio inferior hasta hacerme gemir dentro de su boca, y mientras su lengua se metía en la mía noté que otras manos —de Rubén— me subían el vestido por los muslos, me acariciaban el culo con los dos palmas abiertas y me abrían un poco por detrás.

—No llevas nada debajo —murmuró Rubén contra mi oído, casi sorprendido, y me metió un dedo entre las nalgas y otro directo al coño, sin aviso. Se los sacó brillantes y me los enseñó por encima del hombro.

—Vine a trabajar —respondí, y los dos se rieron mientras Rubén se chupaba sus propios dedos.

Me quitaron el vestido por la cabeza en un solo movimiento y lo dejaron caer sobre el respaldo. De golpe estaba desnuda en mitad del salón, rodeada por cinco hombres todavía vestidos, y esa diferencia me puso más cachonda que cualquier caricia. Damián se acercó desde la cocina, me pasó una mano por la nuca y me inclinó la cabeza hacia atrás para lamerme el cuello desde la clavícula hasta la oreja. Iker se arrodilló delante de mí, me separó las piernas con una calma que me desesperó y empezó a comerme el coño muy despacio, con la lengua plana, lamiendo de abajo arriba como si estuviera saboreando algo caro. Después cerró los labios alrededor de mi clítoris y lo chupó suave, luego más fuerte, mientras me clavaba dos dedos y los movía en gancho, buscándome por dentro un punto que solo él parecía encontrar a la primera.

—Está chorreando —dijo Iker apartando la boca un segundo, con los labios brillantes—. Mirad cómo está.

La tenían, de hecho, toda la tarde. Esa era la parte que más me gustaba: nadie tenía prisa por metérmela, aunque la tuvieran todos dura.

Me corrí la primera vez de pie, sostenida por las manos de Néstor en mi cintura, con la lengua de Iker dibujando círculos exactos sobre el clítoris y la boca de Damián cerrada sobre uno de mis pezones, chupándomelo hasta hacerme daño. Grité sin vergüenza, con las piernas apretándole la cabeza a Iker, y me temblaron las rodillas y me dejé caer hacia el sofá, donde un montón de manos me recibieron y me acomodaron abierta de piernas para que los otros pudieran verme el coño palpitando después de la corrida.

***

Empezaron a desnudarse entonces, sin teatro, simplemente quitándose la ropa porque ya no hacía falta nada más. Cinco pollas al aire, todas duras, todas distintas: la de Tobías gruesa y con las venas marcadas, la de Néstor más larga y curva, la de Rubén tirando a corta pero ancha, la de Damián recta y limpia, y la de Iker una polla oscura y bonita que le rebotaba contra el vientre. Tobías fue el primero en colocarse frente a mí. Me llevó la mano hasta él, luego la boca, y yo lo recibí con ganas, mirándolo a los ojos mientras se la metía hasta la garganta y volvía a sacarla llena de saliva. Le gustaba eso, que lo mirara babeando su polla. A su lado, Rubén y Néstor esperaban con las suyas en la mano, y yo iba pasando de una a otra, escupiéndolas, chupándolas, usando las manos cuando no llegaba con la boca. Los tenía a los tres a la vez, uno entre los labios y dos entre los dedos, masturbándolos con el mismo ritmo con que le mamaba al del medio.

—Despacio —dijo Tobías, sujetándome el pelo en una coleta improvisada y follándome la boca con embestidas suaves—. No hay que correr. La noche es larga y esta puta se merece que se la hagamos bien.

La palabra me atravesó como un latigazo. En su boca no sonaba a insulto, sonaba a promesa. Asentí con la polla dentro y él se rió por lo bajo.

Era curioso. En medio de algo tan desordenado, él ponía el ritmo, y los demás lo seguían. Damián se tumbó en el sofá con la polla apuntando al techo, se la agarró por la base y me invitó a sentarme encima. Lo hice de cara a él, despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro mientras me sostenía las caderas para que no fuera demasiado de golpe. Cuando por fin la tuve entera dentro, solté un gemido largo y me quedé quieta un segundo, ajustándome, disfrutando de lo llena que estaba. Empecé a moverme, primero circular, apretando el coño alrededor de su polla, luego arriba y abajo, con las tetas rebotándome delante de su cara. Damián me las agarró, me pellizcó los pezones y arqueó la espalda para follarme desde abajo con embestidas cortas y precisas.

Iker se colocó detrás de mí y me besó toda la espalda, de la nuca al final, antes de hundir la cara entre mis nalgas y meterme la lengua directamente en el culo. La sentí caliente, insistente, mojándome, preparándome.

—¿Puedo? —preguntó en voz baja, con la polla ya apoyada en mi entrada de atrás.

Que lo preguntara, en ese momento, con Damián dentro y su polla ya empujándome suave el culo, me derritió por dentro.

—Despacio —repetí, robándole la palabra a Tobías, y noté la sonrisa de Iker contra mi piel.

Usó saliva, luego lubricante que alguien le pasó de un cajón, se untó bien la polla y me la fue metiendo con una paciencia que me hizo gemir contra el pecho de Damián. Sentí el ardor primero, el estiramiento, y después ese placer sordo y raro que va apareciendo cuando el cuerpo se rinde. Iker no forzó nada. Entró y salió media pulgada, luego una entera, luego se quedó quieto dejándome respirar, y así fue avanzando hasta que noté sus cojones apoyados contra los míos. Por primera vez sentí a dos a la vez, los dos moviéndose con cuidado, encontrando un ritmo común sin necesidad de hablarlo. Cuando uno entraba, el otro salía. Cuando cambiaban, sentía cómo se rozaban a través del tabique de carne fina que los separaba dentro de mí. Era una sensación que no tenía con qué comparar: estar tan llena, tan abierta, tan en el centro de todo. Me agarré a los hombros de Damián y dejé de pensar. Me follaban por los dos agujeros a la vez y yo solo era un cuerpo tembloroso entre ellos, gimiendo cada vez más alto sin poder cerrar la boca.

Durante un rato me dejaron así, suspendida entre los dos, mientras los demás se acercaban a mirar y a tocar. Una mano me apretaba una teta, otra me apartaba el pelo de la cara, otra me acariciaba la garganta con una suavidad que contrastaba con todo lo demás. Tobías se puso al lado y me acercó la polla a la boca; giré la cara y me la tragué, chupándosela al mismo ritmo con que me follaban los otros dos, notándole el sabor salado de la punta ya mojada. Néstor y Rubén se masturbaban a mi lado, uno a cada mano, y yo abría los dedos y les acariciaba las pollas mientras seguía con la boca ocupada. Cinco a la vez, cinco pollas todas para mí, y yo había llegado a ese piso pensando que sabía lo que quería, y descubrí que no tenía ni idea. No era solo el sexo. Era sentirme observada, codiciada, follada por delante y por detrás, con la boca llena y las manos llenas, en el centro exacto de la atención de cinco hombres que solo pensaban en mí.

—Mírala —dijo Néstor en voz baja, casi para sí mismo—. Le encanta ser una guarra. Mira cómo se le mueve el culo pidiendo más.

Y tenía razón. Me gustaba más de lo que jamás habría admitido en voz alta fuera de aquellas paredes. Asentí sin palabras, con la polla de Tobías todavía dentro de la boca, y eso fue suficiente para que Iker y Damián volvieran a moverse, esta vez más rápido, con menos delicadeza, dándome ya lo que les pedía el cuerpo. Me corrí otra vez, con las dos pollas dentro y una tercera entre los labios, sacudiéndome entera, y noté cómo me apretaba el coño alrededor de Damián y cómo el culo se me cerraba en espasmos alrededor de Iker, que gimió y tuvo que salirse un segundo para no acabar antes de tiempo.

***

Perdí la noción del orden después de eso. Cambiamos de sitio varias veces, de la alfombra al sofá, del sofá a la mesa baja. Néstor me tumbó al borde del sofá, me levantó las piernas hasta apoyármelas en sus hombros y se metió de una sola embestida que me sacó el aire. Su polla curva me pegaba dentro en un sitio que Damián no había alcanzado, y me hizo correrme casi enseguida, gritándole que no parara, que me la metiera entera, que me follara como a una puta. Mientras me embestía a un ritmo cada vez más fuerte, Rubén se subió al brazo del sofá y me ofreció su polla para que la ocupara; giré la cabeza hacia un lado y me la tragué con hambre, con la garganta ya relajada de tanto uso. Tobías y Damián miraban desde un lado, dándose despacio a sí mismos, esperando un turno que sabían que llegaría. Y llegaba. Siempre llegaba.

Hubo un momento en que me cabalgué a Tobías mientras Iker me tomaba por detrás y Néstor me llenaba la boca, con Rubén y Damián a los lados haciéndose pajas apuntándome a las tetas, y recuerdo haber pensado, con una claridad rara en medio de todo aquel jaleo de carne, sudor y saliva, que nunca en mi vida me había sentido tan deseada. Cinco pollas a la vez, tres dentro y dos en las manos, y todos los ojos clavados en mí. No era cariño, no nos confundimos. Era hambre, pura y simple, y por una tarde a la semana esa hambre era toda para mí.

Lo que más me sorprendió, repasándolo después, fue el cuidado. Una imaginaría que cinco hombres a la vez se convierten en algo brusco, en una pelea por turnos. No fue así. Cuando me cansaba, paraban. Cuando pedía agua, alguien iba a buscarla y me la daba de la botella mientras el que estaba dentro se quedaba quieto esperando. Cuando una postura me incomodaba, me cambiaban de sitio con una delicadeza que no pegaba con lo bruto que me estaban follando. Esa atención, esa manera de leerme el cuerpo y saber cuándo apretar y cuándo aflojar, fue lo que me hizo volver semana tras semana mucho más que el resto.

Iker fue el primero en terminar. Se salió del culo, se acabó de correr encima de mi vientre a golpes de mano, con un gemido ronco que rompió el silencio concentrado del salón, y me llenó de semen desde el ombligo hasta las tetas. Eso pareció destrabar a los demás. Néstor se salió del coño, se puso de rodillas junto a mi cara y se corrió a chorros en mi boca abierta y en mis labios; tragué lo que pude y dejé que lo demás me resbalara por la barbilla. Rubén acabó en mis tetas, mezclando su corrida con la de Iker, y Damián en la mano que se la había estado meneando, cerrando los ojos y jadeando bajito. Tobías fue el último. Me puso de rodillas en el suelo, me agarró del pelo y me folló la boca hasta que sintió que se venía; se salió en el último momento y me la vació en la cara, en los ojos cerrados, en la frente, en la lengua sacada. Yo me dejé, disfrutando del calor y del desorden, riéndome bajito cuando Rubén casi se cae del sofá tratando de aguantarse.

Me corrí otra vez al final, no sé ya cuántas llevaba, con la mano de Tobías entre mis piernas frotándome el clítoris resbaloso y dos dedos suyos dentro, y su boca en mi oreja diciéndome cosas que no repetiré aquí, cosas de puta y de guarra y de cómo el viernes que viene me iban a hacer todavía más, mientras yo asentía y le pedía más y más. Fue largo y lento y me dejó sin aire, hundida en los cojines, chorreando semen y saliva, con cinco cuerpos sudados desparramados alrededor del mío.

***

Nos quedamos un rato así, en silencio, recuperando el aliento. Alguien abrió una ventana y entró el ruido de la calle, los coches, una sirena lejana, todo aquel mundo normal que seguía girando ajeno a lo que acababa de pasar en el séptimo piso.

—La verdad —dijo Tobías al cabo, pasándome una toalla húmeda para limpiarme la cara— es que el piso ha quedado peor que como estaba. Y tú también.

—Es mi especialidad —contesté, y todos se rieron, esa risa floja de después.

Me vestí despacio, con el coño y el culo todavía palpitando, recogí el cubo intacto que seguía junto a la puerta y me retoqué el pelo en el reflejo del horno. Antes de irme, Néstor me preguntó si volvería el viernes siguiente. Le dije que sí sin dudarlo. Lo dije sabiendo que en casa me esperaba una vida entera que no tenía nada que ver con aquello, y que precisamente por eso lo necesitaba.

Bajé en el ascensor con las piernas todavía flojas y las bragas guardadas en el bolso, mirándome en el mismo espejo en el que me había mirado al subir. La misma mujer y otra completamente distinta. No me arrepentí entonces y, aunque ya no subo a ningún séptimo piso, tampoco me arrepiento ahora. Hay cosas que una se guarda no por vergüenza, sino porque son demasiado suyas para compartirlas.

Esta es la primera vez que cuento lo que pasaba los viernes. Probablemente sea también la última.

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Comentarios(8)

Ro_Mendoza

Increible, no pude parar de leerlo!! de los mejores que lei ultimamente

LucasK_73

Por favor una segunda parte, me quede con demasiadas ganas de saber como siguio todo

CarlaBS

Me recordo a una situacion muy parecida que tuve hace un par de años con un vecino del edificio. Esas excusas que los dos saben que son excusas pero igual funcionan... jaja. Muy bien narrado, se siente completamente real.

jorge_69

La excusa del cubo jajaja clásico. Tremendo relato, muy bueno

NoviaDeNadie27

Me encanto como lo contaste, que nadie creyera ya en la excusa y que eso dejara de importar... eso es lo mejor del relato. Sigue asi!

SilviaMV

Excelente!!! espero mas relatos tuyos

curioso_lector99

¿Y siguio pasando despues de ese dia o fue una sola vez? jaja quedo la curiosidad

Rosi_Cba

Muy rico, de esos que se leen de un tiron sin darse cuenta. Felicitaciones

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