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Relatos Ardientes

El favor que le hice a mi vecino bajo la lluvia

Vivo sola en el quinto desde que Esteban murió. Fue un accidente estúpido en la autopista, un camión que no frenó a tiempo, y de un día para otro me quedé en un piso demasiado grande para una sola persona. De eso hace ya cuatro inviernos. El edificio es viejo, de esos con patio interior y un ascensor que cruje, y yo me había acostumbrado a saludar a los vecinos con la cabeza y poco más. Las distancias me protegían. O eso creía.

Aquella tarde caía un diluvio de los que convierten las calles en ríos. Llegué empapada del supermercado, con las bolsas pesándome en los brazos, y al cruzar el portal me encontré a un hombre de pie frente al ascensor. Alto, de hombros anchos, con la piel oscura y la camiseta pegada al cuerpo por la lluvia. Tenía el pelo brillante de agua y una expresión incómoda, como quien no sabe muy bien qué hace ahí.

—¿Buscas a alguien? —le pregunté, soltando las bolsas en el suelo del recibidor.

—Perdone, señora —contestó con un acento suave, de algún lugar lejos de aquí—. Hemos alquilado el piso número siete, pero el casero no llega con las llaves y yo me he quedado fuera. Y con esta lluvia…

Se encogió de hombros y sonrió, casi disculpándose por existir. Esa sonrisa tímida fue lo primero que me desarmó. Calculé que no tendría más de treinta años; yo le sacaba unos cuantos, los suficientes para que mirarlo me diera un poco de vergüenza.

—El siete está justo encima de mi casa —dije, sin pensarlo demasiado—. Vamos a ser vecinos. No te vas a quedar aquí tiritando hasta quién sabe cuándo. Sube y esperas en mi piso, que tengo el agua hervida.

—No quiero molestar.

—No molestas. Coge una bolsa, anda.

Subimos en el ascensor cruje que cruje, y de pronto aquel cubículo de siempre se me hizo diminuto. Olía a lluvia y a algo más, a piel caliente, y yo miraba el panel de botones como si fuera lo más interesante del mundo para no mirarlo a él.

***

Ya dentro, le pasé una toalla grande de las del armario.

—Estás hecho una sopa. Sécate o vas a coger una pulmonía.

Rebusqué en el fondo del armario, donde todavía guardaba ropa de Esteban que nunca había tenido valor de tirar. Saqué una camiseta y unos vaqueros.

—Póntelos mientras se seca lo tuyo. Eran de mi marido. A él ya no le hacen falta.

Lo dije con más sequedad de la que pretendía, y él lo notó, porque bajó la mirada y murmuró un «gracias» antes de meterse en el baño. Me quedé en el salón con el corazón haciendo cosas raras. Es solo un chico mojado, María. Un favor de vecinos. Nada más.

Pero cuando salió, se me secó la boca. La camiseta de Esteban, que a él le quedaba holgada, a este hombre se le ajustaba en el pecho y los brazos como una segunda piel. Se frotaba el pelo con la toalla y, al hacerlo, la tela se le levantaba y dejaba ver una franja de vientre tenso. Los vaqueros viejos le marcaban todo, y había cosas que era imposible no notar.

—¿Mejor? —pregunté, fingiendo que ordenaba unas revistas que ya estaban ordenadas.

—Mucho mejor. Es usted muy amable —dijo, y se sentó en el borde del sofá—. Me llamo Amir, por cierto.

—María. Y deja de hablarme de usted, que me haces sentir tu abuela.

Se rió, y la risa le iluminó la cara entera. Para llenar el silencio le pregunté tonterías: de dónde venía, cuánto tiempo llevaba en la ciudad, a qué se dedicaba. Me contó que trabajaba en una obra a las afueras, que el piso lo compartía con cuatro amigos más, todos jóvenes, todos lejos de casa.

—¿Cinco en un piso de dos habitaciones? —me reí.

—Somos como hermanos. Nos apañamos.

—¿Y la limpieza? Porque cinco hombres solos en una casa… —dejé la frase a medias, y él levantó una ceja.

—Eso todavía no lo tenemos pensado, la verdad.

***

No sé qué me empujó a decir lo que dije. Quizás los cuatro años de cama vacía, o la forma en que me miraba, o simplemente que estaba harta de ser invisible.

—Os puedo echar una mano, si queréis. Hasta que encontréis a alguien. Primero una limpieza a fondo… y después solo mantenimiento.

Las palabras salieron solas, cargadas de un doble sentido que ni yo misma esperaba. Me ardieron las mejillas. Amir dejó de secarse el pelo y me miró fijo, con esos ojos oscuros que parecían leer dentro de mí.

—Una limpieza a fondo —repitió despacio, saboreando cada palabra—. ¿Y qué incluiría exactamente?

El aire entre nosotros se volvió espeso. Me acerqué un paso, luego otro, hasta que estuve frente a él. Extendí la mano y la apoyé en su pecho. La piel ardía bajo la tela, y bajo mi palma sentí el latido acelerado de su corazón. No era la única a la que le pasaba algo.

—Todo lo que haga falta —murmuré.

Amir cubrió mi mano con la suya, grande y tibia, y la guió hacia abajo, por el vientre tenso, hasta el bulto que tensaba los vaqueros. Lo dejé ahí, sintiéndolo crecer contra mis dedos, y se me cortó la respiración.

—Entonces empecemos —dijo en voz baja, ronca.

Lo besé. Llevaba cuatro años sin besar a nadie y de pronto lo hacía con un hambre que me asustó, mordiéndole el labio, agarrándole la nuca. Él respondió levantándome del suelo como si no pesara, sus manos abarcándome la cintura entera, y me dejó caer sobre el sofá. Me quitó la blusa con prisa, sin paciencia, y yo le arranqué la camiseta por encima de la cabeza.

Me arrodillé en la alfombra, frente a él, y le bajé los vaqueros. Lo que apareció me hizo tragar saliva: gruesa, dura, mucha. Cerré los dedos alrededor y me la llevé a la boca, despacio primero, recreándome, escuchando cómo se le escapaba el aire entre los dientes. Me sujetó el pelo con cuidado, sin forzar, dejando que marcara yo el ritmo. Murmuraba cosas en su idioma que no entendía pero que me encendían igual.

—Ven aquí —dijo al cabo, tirando suavemente de mí.

Me tumbó en el sofá y se hundió en mí de una sola vez. Solté un gemido largo, casi un lamento, por todo el tiempo acumulado. Empujaba hondo, sin prisa pero sin tregua, mirándome a la cara para ver el efecto que tenía en mí. Y el efecto era demoledor. Me corrí enseguida, agarrada a sus hombros, y él no paró: siguió hasta arrancarme un segundo orgasmo que me dejó temblando. Cuando por fin se vació, lo hizo con un gruñido grave que sentí vibrar en su pecho contra el mío.

Nos quedamos quietos, sudados, enredados en la luz gris de la tarde. Por la ventana seguía cayendo el diluvio.

—Bienvenido al edificio —le dije, y los dos nos echamos a reír.

***

Creí que ahí terminaba todo. Una tarde robada, un secreto que me guardaría para los días tristes. Pero al día siguiente, cuando el casero por fin apareció con las llaves, llegaron también los otros cuatro.

Los vi entrar por el patio cargados con cajas y maletas, riéndose entre ellos, y Amir me presentó desde la distancia con un gesto. Por la tarde llamaron a mi puerta. Eran ellos: Karim, el más callado; Yusuf, que no paraba de bromear; Tarek, con una barba corta y una mirada que no disimulaba; y Sami, el más joven de todos. Amir venía detrás, con una sonrisa que lo decía todo.

—Nos ha hablado de su oferta de limpieza —dijo Yusuf, mordiéndose la sonrisa—. Nos vendría muy bien.

Supe en el acto que Amir les había contado. Y supe, por cómo me miraban los cinco, que la palabra «limpieza» significaba para ellos exactamente lo mismo que para mí. Debí sentir vergüenza. En lugar de eso, sentí un calor familiar subirme por dentro.

—Pasad —dije, y me hice a un lado.

***

Lo que vino después no tiene nombre decente. La «limpieza a fondo» fue una tarde entera de manos por todas partes, de bocas turnándose, de mi cuerpo pasando de unos a otros sin que me diera tiempo a recuperar el aliento. Eran jóvenes, incansables, y tenían una manera de coordinarse que me hacía sentir el centro absoluto de algo. Mientras uno me besaba, otro me recorría la espalda; cuando uno terminaba, ya había otro esperando. Perdí la cuenta de las veces que me corrí.

El «mantenimiento» se volvió costumbre. Una tarde a la semana subía yo al siete, o bajaban ellos al cinco. A veces venían los cinco, a veces solo dos o tres, según los turnos de la obra. Aprendí a reconocer sus pasos en la escalera, a saber quién llamaba a la puerta por la forma de los golpes. El edificio entero debía de oírnos, pero nadie dijo nunca nada, y a mí dejó de importarme.

Nunca les pedí nada a cambio, y ellos nunca me trataron como a un favor. Me traían fruta del mercado, me arreglaron el grifo que llevaba meses goteando, me invitaban a comer los platos de su tierra. Y cuando se apagaban las luces, me hacían sentir deseada de una forma que había dado por perdida.

Han pasado dos años. Tres de ellos siguen en el siete; los otros dos se mudaron, pero todavía aparecen de vez en cuando. Yo ya no soy la viuda del quinto que esquiva las miradas en el patio. Sigo viviendo sola, sí, pero no me siento sola ni un solo día. Mis vecinos me lo limpiaron todo: el polvo, el silencio y, sobre todo, las ganas de seguir escondiéndome.

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Comentarios (6)

Naty_conf

increible!!! me dejo sin palabras

MartinBsAs77

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo despues de esa noche

Claudia_Noc

Que bien contado, se siente completamente real. Me engancho desde el primer parrafo

DieguiRio

La lluvia siempre trae sorpresas jaja. Muy bueno el relato, sigue escribiendo!

Ramiro_SF

Y despues de todo eso como quedo la relacion con el vecino?? me quedo con esa pregunta dando vueltas

SolMarina27

Me encanto como lo narraste, sin ser burdo pero igual de intenso. Felicitaciones en serio

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