El favor que mis vecinos le hicieron a mi amiga
Vivo en el sexto piso de un edificio viejo en pleno centro, uno de esos lugares donde los vecinos se saludan en el ascensor y se guardan los secretos a partes iguales. Me llamo Lucía, tengo curvas generosas y la piel morena, y desde siempre cuido mi cuerpo con una dedicación casi obsesiva. Por eso voy al gimnasio tres veces por semana, y fue allí donde conocí a Carolina.
Carolina era pura energía: ojos verdes que chispeaban, una risa que se escuchaba en toda la sala y un cuerpo atlético que volvía locos a los hombres del barrio, y a más de una mujer también. Nos hicimos amigas enseguida, de esas amistades que se cuentan todo entre serie y serie de sentadillas.
Pero los últimos días la noté distinta. Su risa contagiosa había desaparecido. En su lugar quedaban una arruga de tensión en la frente, movimientos bruscos al levantar las pesas y suspiros largos cada vez que estiraba. Una tarde, después de una clase de spinning, no aguanté más y le pregunté directamente en los vestuarios, las dos envueltas en el vapor de las duchas.
—¿Qué te pasa, cariño? Estás como un volcán a punto de reventar.
Carolina se mordió el labio y me miró con una mezcla de vergüenza y desesperación.
—Es mi marido. Lleva dos semanas sin tocarme. Nada de nada. Ni un beso de verdad, ni una caricia. Y yo… Dios, Lucía, lo necesito como el agua en agosto. Me estoy volviendo loca.
Sentí un calor subirme por el cuerpo solo de imaginar su frustración. Y entonces pensé en ellos. En mis vecinos del quinto.
Eran cinco hombres altos, anchos, llegados de Senegal hacía un par de años, con sonrisas blanquísimas y cuerpos esculpidos por el trabajo duro en la obra. Issa, el más alto, de hombros imposibles. Demba, de manos enormes. Ousmane, el bromista que siempre tenía una historia. Modou, callado pero con una mirada que quemaba. Y Babacar, el que llevaba la voz cantante del grupo. En alguna noche de vino y confidencias había compartido con ellos bastante más que conversación, y sabía de primera mano que eran generosos, pacientes y muy, muy capaces.
Me acerqué a Carolina con una sonrisa pícara y le hablé bajito, casi al oído.
—Mira, si tú quieres, puedo intentar echarte una mano. Tengo unos amigos que viven justo debajo de mí. Cinco. A lo mejor te pueden hacer un favor. Uno que te deje satisfecha de verdad, no como ese marido tuyo.
Los ojos de Carolina se abrieron como platos. Un rubor le subió por las mejillas, pero enseguida entendí que no era vergüenza. Era pura excitación.
—¿De verdad? No sabes la alegría que me das con eso. ¡Pues claro que sí! Por favor, cuanto antes mejor.
Me reí en voz baja, sintiendo ya el pulso acelerado. Su entusiasmo me había contagiado.
—Déjame que hable con ellos primero, a ver qué dicen. Luego te cuento, ¿vale?
***
Esa misma noche bajé al quinto con una botella de vino que tenía guardada para una ocasión especial. Los chicos me recibieron como siempre: abrazos cálidos y besos en la mejilla que duraban un segundo de más. Les conté la historia sin rodeos. Les describí a Carolina, su cuerpo firme, sus ganas reprimidas, la desesperación con la que me había hablado en el gimnasio.
Los cinco se miraron entre ellos, y las sonrisas se les fueron ensanchando.
—Claro que sí, Lucía —dijo Babacar con esa voz grave que parecía salir del suelo—. Así se amplía el menú. De vez en cuando apetece probar algo nuevo.
Los demás asintieron, los ojos brillando de anticipación. Issa añadió, cruzándose de brazos:
—Dile que venga cuando quiera. Le vamos a hacer olvidar a ese marido flojo.
Quedamos para el viernes por la noche, en su apartamento. Cuando subí de nuevo a casa, todavía me temblaban un poco las piernas, y no era de cansancio.
***
Al día siguiente, en el gimnasio, le di la buena noticia a Carolina. Pensé que iba a saltar de alegría allí mismo, entre las máquinas. Cerró el viernes en la agenda como quien cierra una cita médica urgente.
Llegó nerviosa pero radiante, con un vestido rojo ajustado que le marcaba los pechos firmes y las caderas anchas. Yo la acompañé con la excusa de «presentarla», aunque las dos sabíamos que no pensaba marcharme a ninguna parte.
El piso de los chicos estaba en penumbra, con luces cálidas, una música suave de fondo y un olor a incienso que invitaba directamente al pecado. Ellos nos esperaban en el salón, con camisetas ajustadas que dibujaban cada músculo del torso y unos pantalones que no escondían lo que prometían. Saludaron a Carolina con besos en la mejilla y manos que le rozaban la cintura, la espalda, como sin querer. Ella temblaba ligeramente, pero su sonrisa era de lujuria sin disimulo.
Empezamos despacio. Copas de vino, risas, alguna broma de Ousmane que rompió el hielo. Bailes lentos al ritmo de los tambores que sonaban bajitos. Babacar fue el primero en acercarse a ella. La tomó de la cintura y la besó profundo, con la lengua, mientras sus manos enormes le bajaban por la espalda hasta apretarle el culo por encima del vestido. Carolina gimió contra sus labios.
Y entonces se unieron los demás.
Demba se colocó detrás de ella, besándole el cuello, mordisqueándoselo mientras le subía el vestido centímetro a centímetro. Ousmane y Modou a los lados, las manos en sus pechos, pellizcándole los pezones que ya estaban duros bajo la tela. Issa se arrodilló frente a ella y empezó a besarle la cara interna de los muslos, subiendo lento, muy lento, hasta llegar a la ropa interior que ya estaba empapada.
Carolina jadeaba, completamente perdida. Me lo confesó después: nunca había estado con tantos a la vez, y mucho menos con hombres así. La desnudaron despacio, casi con reverencia, dejando un beso en cada curva, recorriéndole la piel con la lengua. La tumbaron en el sofá grande y le abrieron las piernas.
Yo me quedé mirando desde un rincón, con la respiración entrecortada. Había algo casi hipnótico en la manera en que ellos se coordinaban sin hablar, como si cada uno supiera exactamente qué parte de su cuerpo atender. Una mano aquí, una boca allá, un susurro en la oreja justo cuando ella creía que no podía más. Carolina temblaba de la cabeza a los pies, y cada vez que abría los ojos los volvía a cerrar, como si la realidad fuera demasiado intensa para sostenerla.
Babacar fue el primero en entrar en ella. Despacio, abriéndose paso poco a poco, mientras Carolina arqueaba la espalda y soltaba un grito largo que no intentó contener. Los demás no se quedaron quietos: uno le ofreció la boca, otro le lamía los pechos, otro le frotaba el clítoris con dos dedos en círculos exactos, como si supiera de memoria lo que necesitaba.
Fueron rotando, uno tras otro. A veces dos a la vez, uno por delante y otro por detrás, llenándola entera mientras ella se corría una y otra vez, con olas que la dejaban temblando, sudada, suplicando que no pararan. Perdió la cuenta de los orgasmos. Yo también la perdí, y eso que solo miraba.
Al principio me quedé apartada, en un sillón, observando y tocándome despacio. Pero el cuerpo me pedía más. Acabé acercándome al sofá, besando a Carolina mientras los chicos la follaban, lamiéndole el clítoris cuando alguno entraba hasta el fondo y ella gritaba. Nuestras bocas se buscaban entre gemido y gemido, cómplices, calientes.
La noche se convirtió en un torbellino. Cuerpos brillantes de sudor contra la piel clara de Carolina, frases sueltas en francés y en español, risas roncas, susurros que no entendía pero que entendía perfectamente. Carolina arqueaba la espalda y gritaba nombres que apenas conocía, y daba igual, porque en ese momento lo único que existía era el placer.
***
Cuando empezó a clarear, los cinco estaban repartidos por el salón, agotados, y Carolina seguía tumbada en el sofá, exhausta pero con una sonrisa que no se le borraba de la cara. Se incorporó como pudo, vino hacia mí y me abrazó fuerte, todavía desnuda.
—Gracias —me susurró al oído—. Nunca en mi vida había sentido algo así. Ha sido… perfecto.
Los chicos sonrieron desde sus rincones y le prometieron más «favores» cuando le apeteciera. Carolina se rio, esa risa que llevaba semanas sin escuchar, y supe que íbamos a volver.
Y así fue. Lo que empezó como una amistad de gimnasio se transformó en algo mucho más caliente, con noches que se repetían cada cierto tiempo, un menú que no dejaba de ampliarse y un deseo que, por fin, ya nunca se apagaba. Su marido jamás se enteró de nada. Y nosotras nunca volvimos a hablar de él.