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Relatos Ardientes

Lo que pasó con el gerente después del evento

Empecé a trabajar en la aseguradora hace unos meses, gracias a mi amiga Mariela. Ella ya llevaba ahí más de un año y, cuando se abrió una vacante en su sector, no dudó en pasarles mi currículum a los de Recursos Humanos. Una entrevista, una prueba corta de planillas y, a las dos semanas, tenía un escritorio frente al de ella, una computadora y una carpeta llena de pólizas que aprender de memoria.

El cambio fue brusco. Antes manejaba mis tiempos como quería, iba al gimnasio cada mañana y trabajaba como freelance desde casa. Ahora me levantaba a las seis y media, me ponía falda de tubo y blusa, y entraba a la oficina a las ocho en punto. Al gimnasio iba cuando podía, casi siempre los sábados, y a Mariela la veía todos los días entre el café de la mañana y el café de las cinco, hablando bajito sobre las cosas de las que no se hablaba en voz alta.

Llevábamos así varios meses. La rutina me sentaba bien, no me quejo. Me había acostumbrado a las planillas, a los informes mensuales, al ruido del aire acondicionado y a los chismes de pasillo. Eso sí, hacía mucho que no estaba con nadie. Mucho. A veces, los viernes por la noche, me encerraba en mi cuarto con mi dildo y un cuento eléctrico de los míos, y al menos quedaba en calma por unos días.

—Eres demasiado linda para venir todos los días así —me decía Mariela cuando pasaba por mi escritorio—. La mitad de los hombres de acá te tiene fichada.

—No me importa —le respondía sin levantar la vista de la pantalla.

—Te debería importar. Hay uno en particular que pregunta por ti.

—No me digas nombres. No quiero saber.

Se reía y se iba. Pero los nombres me llegaban igual, tarde o temprano, en la cocina o en el ascensor.

Una mañana de jueves, Mariela me escribió por WhatsApp. La empresa iba a organizar un evento para uno de los proveedores grandes, un cóctel en un salón del centro, y todo el personal estaba invitado.

«Ven, no seas aguafiestas», me escribió. «Compramos vestido juntas el sábado y vamos divinas».

Acepté porque me dio pereza discutirlo. Y, en el fondo, porque tenía ganas de ponerme algo que no fuera ropa de oficina.

El sábado por la tarde fuimos a una boutique pequeña que ella conocía. Mariela me eligió un vestido lencero negro, largo hasta debajo de la rodilla, con un tajo lateral que dejaba a la vista casi toda la pierna izquierda al caminar. Tenía dos breteles muy finos y la espalda al aire. Me lo probé delante del espejo y me costó reconocerme.

—No puedo —le dije.

—Sí puedes. Te lo llevas. Si hace falta, lo pago yo.

Lo pagué yo. No me alcanzó casi para nada más esa semana, pero salí del local con la bolsa en la mano y una sonrisa que llevaba meses sin estrenar.

***

El día del evento me tomé en serio cada paso. Me duché despacio, repasé la depilación, me pinté las uñas con esmalte neutro. No me puse sostén porque el vestido no lo permitía y mis pechos, sin ser grandes, se sostienen solos. Apenas una tanga de encaje negro, sandalias con tacón fino y un perfume amaderado que guardaba para ocasiones que nunca llegaban.

El maquillaje fue mínimo: máscara de pestañas, un toque de rubor y los labios con un rojo seco, apenas insinuado.

Mariela me pasó a buscar a las nueve. Cuando me vio bajar las escaleras del edificio se llevó las manos a la cara y soltó una carcajada.

—Te van a comer —dijo.

—Cállate. A ti también, mírate.

Llegamos al salón cerca de las diez. Era un lugar bonito, con techos altos, mesas redondas vestidas en blanco y una barra larga al fondo. Saludamos a las personas que había que saludar, sonreímos para las fotos del proveedor y nos fuimos derecho a pedir un trago.

—Gin tonic —pidió Mariela.

—Lo mismo —dije yo.

Tomamos el primer sorbo apoyadas en la barra, mirando el salón. Ella se me acercó al oído.

—Amiga —me dijo bajito—. Leandro no te quita los ojos de encima.

Leandro era uno de los gerentes regionales, el hombre al que mis informes terminaban llegando dos eslabones más arriba. Lo había visto pocas veces, siempre de paso, siempre con saco y reloj caro.

—Lo saludamos y listo —dije.

—Mmm. Lo saludamos y vemos. Te aviso que con él ya tuvieron «encuentros» dos o tres del piso de abajo.

—No me sorprende.

—Tampoco me parece mal.

Brindamos. El segundo gin tonic ya lo tomé más despacio.

Lo vi cruzar el salón con la copa en la mano, saludando con un movimiento de cabeza a cada persona que le señalaba el camino. Cuando llegó hasta nosotras, Mariela le sonrió con una soltura que yo no tenía.

—Buenas noches, chicas —dijo él.

Tenía la voz grave y un acento muy limpio. Estaba afeitado, con el pelo corto, una camisa blanca abierta sin corbata.

—Hola, Leandro —respondió ella.

—¿Y tú eres…?

—Camila —dije, alargando la mano.

Me la tomó suavemente, y la sostuvo un segundo más de lo necesario.

—Camila —repitió—. Yo te conozco de los informes.

—Y yo a ti, del organigrama.

Se rio. Mariela, sin que él la viera, me hizo un gesto con las cejas y, dos minutos después, dijo que iba a saludar a otra gente. Me dejó sola con él. Lo planeó, estoy segura.

Hablamos de tonterías al principio. De cuánto duraban los discursos de los proveedores. De si convenía o no probar el catering. Del frío que se venía. Él no se iba. Pedí otro trago y él pidió otro.

—¿Bailas? —me preguntó cuando empezó a sonar algo lento desde los parlantes del fondo.

—Hace mil años que no.

—Mejor.

Me tendió la mano y lo seguí. Bailamos pegados, no demasiado. Su mano me apoyaba apenas en la cintura, sobre la tela del vestido. La mía descansaba sobre su hombro. No hablamos. A las tres canciones le dije que necesitaba sentarme. A las cuatro le dije que me iba a ir.

—Te alcanzo —contestó—. Espérame.

Busqué a Mariela con la mirada para avisarle. La vi cerca de la puerta, riéndose con otro de los gerentes, uno más joven, que la tenía agarrada de la cintura con cierto descaro. Cuando me cruzó la mirada me hizo un gesto rápido con los dedos, un círculo con el índice y el pulgar, y me guiñó el ojo. No lo podía creer.

***

Salimos al estacionamiento juntos. La noche estaba fresca y, al sentir el aire en los hombros descubiertos, me cerré sobre mí misma sin pensarlo.

—Toma —dijo él, y me pasó su saco.

Lo apoyé sobre los hombros. Olía a algo amaderado, parecido a mi perfume pero más profundo.

Cuando llegamos a su auto me abrió la puerta del lado del acompañante. Antes de subir, me tomó de la cintura con una mano y me besó. Sin preguntar, sin pedir permiso, pero tampoco con violencia, sino con la seguridad de alguien que ya había decidido por los dos. Le devolví el beso porque hacía meses que tenía ganas de besar a alguien y porque, en ese momento, no me importaba quién fuera.

Me separé apenas, lo miré.

—Estás preciosa —dijo.

Subí al auto.

No hablamos en el camino. Él manejaba con una mano sobre el volante y la otra sobre mi muslo, sin apretarlo, sin moverla. Yo miraba por la ventanilla los carteles que pasaban borrosos y me preguntaba si lo que estaba por hacer era una pésima idea. Decidí que no me importaba.

Su casa quedaba en un barrio de árboles altos y muros largos. Más que una casa, era una construcción demasiado grande para una sola persona. Me abrió la puerta del auto, me llevó hasta la entrada con la mano en la espalda baja, y apenas cerró la puerta detrás de nosotros me arrinconó contra la pared del recibidor.

Me besó de nuevo, esta vez sin la prudencia de antes. Sentí su mano subir desde mi cintura hasta el cuello, los dedos enredándose en mi pelo. Yo dejé el bolso en el piso, sin mirar dónde caía, y me llevé las manos a los breteles del vestido.

Lo dejé caer.

Quedé contra la pared con la tanga negra y las sandalias puestas. Lo miré.

—¿Así está bien? —pregunté.

—Muy bien —contestó él, sin sonreír.

Lo rodeé con los brazos por el cuello y volví a besarlo. Su mano me recorrió la espalda hasta llegar a las nalgas, y se quedó ahí, firme. Me besó el cuello, primero apenas, después con más insistencia, mordiendo la piel justo en el lugar en el que se nota al día siguiente. Eché la cabeza hacia atrás. Sentí sus labios en la clavícula, después en el pecho.

—Ven —dijo en voz muy baja.

Me llevó por un pasillo, sin encender la luz. Su dormitorio estaba al fondo, con una cama grande y una ventana que daba al jardín. Se sacó la camisa mientras yo me arrodillaba frente a él. Lo miré a los ojos antes de bajarle el cinturón. Le desabroché el pantalón despacio, sin apurarme, disfrutándolo más yo que él. Le bajé los calzoncillos.

Lo tomé con una mano, primero. Le pasé la lengua por toda la base, le besé la punta, lo metí entero en la boca. Lo escuché soltar el aire por primera vez. Subí y bajé despacio, jugando con la lengua, atenta a lo que respondía su respiración. Él me tomó de la nuca y empujó apenas. Le sostuve la mirada cuando me separé para respirar.

—Levántate —me dijo.

Me puse de pie. Me sacó la tanga sin ceremonia. Me empujó hacia la cama y caí de espaldas, con las piernas todavía a un lado. Se acostó sobre mí, y yo le rodeé la cintura con las piernas. Lo guie con la mano.

Cuando entró, dejé escapar un sonido que no había hecho en mucho tiempo. No era un gemido teatral; era algo más parecido a un alivio.

Se movió con un ritmo paciente al principio. Yo lo abracé fuerte, pegada al hueso de su clavícula. Después lo dejé incorporarse, y me senté sobre él, y subí y bajé hasta que mi propio aire me costó. Llegó un punto en el que ya no controlaba nada: ni la cara, ni los ruidos. Sentí el primer orgasmo subir como una marea, arquearme sobre él y caer hacia adelante con la frente apoyada en su pecho.

—Voy a llegar —dijo él, casi sin voz.

Me levanté. Lo terminé con la mano, mirándolo a los ojos, y dejé que cayera donde cayera. Después le pasé la palma por encima del miembro y me llevé los dedos a la boca, sin decir nada.

Caímos los dos hacia atrás sobre el colchón.

***

Pasé un rato larguísimo en el baño. Me lavé con calma, me miré al espejo, me ordené el pelo. Cuando volví al cuarto, él ya estaba sentado en el borde de la cama, en calzoncillos, con el celular en la mano.

—¿Pido un auto? —pregunté.

—Mi chofer te lleva —contestó—. Está afuera.

Me vestí despacio. Él me miró todo el tiempo, sin esa sonrisa de cazador que se les pone a algunos hombres cuando creen que cazaron algo. Tenía más bien la cara de alguien que estaba pensando.

Cuando bajé las escaleras de su casa para ir hasta el auto, ya con el aire frío de la madrugada en los brazos, me di cuenta de que no había planeado nada de lo que había hecho esa noche, y de que tampoco me arrepentía. Mariela me iba a pedir detalles a la mañana siguiente, y yo se los iba a contar a medias, como se cuentan estas cosas.

El chofer me abrió la puerta del auto sin preguntar.

—Buenas noches, señorita —dijo.

—Buenas noches.

Subí, apoyé la cabeza contra el vidrio y cerré los ojos. Detrás de mí, las luces de la casa de Leandro fueron quedando atrás como un capítulo más entre todos los que no le iba a contar a nadie.

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Comentarios (5)

Fernando_BsAs

Muy bueno, de esos relatos que se leen solos. Bien escrito!

MartinaBtk

Ay por favor, necesito una segunda parte. Quede enganchada total y se corto justo donde mas queria saber.

SilviaMar

Me recordo a una situacion parecida en una fiesta de trabajo hace unos años... esas miradas que lo dicen todo sin decir nada, jajaja. Muy bien narrado.

DiegoLectorBA

tremendo el arranque, desde la primera linea engancha

NatySV

¿Y como termino todo despues del evento? Porque el relato deja con hambre de mas jeje, no seas mala!

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