Confesé en el jacuzzi lo que jamás le dije a mi marido
Pusimos a funcionar el jacuzzi de la habitación mientras ellos improvisaban algo para picar. No tenía ni idea de qué hora de la madrugada sería, y aunque el cansancio me pesaba en los párpados, no me entraban las ganas de dormir. Comimos de pie, todavía desnudos, esperando que el agua terminara de llenarse. Era una merienda absurda a esa hora, pero ninguno de los cuatro tenía intención de fingir que aquella noche había sido normal.
Cuando entramos al agua nos acomodamos como pudimos. Mi hermana Mariana quedó frente a Joel, cómodos, y a mí me tocó pegada a Marcus, que tuvo que abrazarme por la espalda porque su tamaño no le dejaba espacio de otra forma. Sentir su pecho contra mi columna me relajó más de lo que quería admitir. Y entonces ellos empezaron a hablar de todo lo que habíamos hecho, como si lo desmenuzaran en voz alta.
—Nunca imaginé que cambiar mi turno en recepción me llevaría a conocerte —dijo Joel, mirando a Mariana—. Desde que se estaban registrando me pareciste una mujer madura interesante, pero no creí que me fueras a dar bola por la diferencia de edad.
Mariana y yo nos reímos. Si él supiera que hasta ese día mi hermana jamás se había atrevido a tanto.
—Créeme que yo tampoco lo planeaba —contestó ella—. Ni pensé que coqueteabas cuando me ofreciste el plan. Pero algo en ti me hizo escribirte. No quería ir sola a buscar a nadie a una discoteca, y se me ocurrió invitarte pensando que dirías que no.
Sí, claro, pensé sin decir nada. La verdad era que lo había invitado por otra cosa, y todos en ese jacuzzi lo sabíamos.
—Normalmente ofrezco los tours a parejas —siguió Joel—. Pero cuando te lo propuse, te quedaste mirando el teléfono sin contestarme y pensé que no ibas a aceptar. Las turistas casi nunca vienen solas, y menos dos tan lindas. Cuando me escribiste que sí, que si podía llevar a alguien, no lo dudé y llamé a mi primo. Ninguno de los dos tiene pareja, así que no había a quién pedirle permiso.
Me sonrojé, y recién ahí entendí que había sido Mariana la que dio el primer paso. Yo había creído lo contrario todo el tiempo.
—Pero lo mejor fue en la pista —agregó él—, cuando te levantaste el vestido para mostrarme que no llevabas nada debajo. Ahí decidí que iba a ser mía cada día que estuvieras en el hotel.
Mi hermana se reía con malicia, y yo ataba cabos: por eso nunca le había visto la ropa interior. Iba decidida desde el principio.
—Yo nunca había hecho nada de lo de hoy —confesó Mariana, bajando la voz—. Jamás había estado con un hombre así. Tan joven para mi edad. Y nunca había llegado tan lejos. Al principio dudé, pero por cómo me hiciste sentir, ya no podía negarte nada.
La escuché y miré de reojo cómo el cuerpo de Marcus reaccionaba contra mi espalda. Hasta el de Joel asomaba sobre la superficie del agua. Sin pensarlo, mi mano ya buscaba a Marcus por debajo, y lo acariciaba despacio mientras seguía atenta a la conversación.
—Lo que más me gustó fue verte disfrutar —dijo Joel—. Y espero que lo que tengo planeado para ustedes dos también lo disfruten. En tres días vuelven a sus vidas aburridas, y dudo que tengan otra oportunidad como esta.
Su comentario me dejó helada. ¿Qué tenía en mente este hombre? Mariana se me adelantó antes de que pudiera abrir la boca.
—¿Cómo que tienes algo planeado? No creas que vamos a hacer todo lo que se te ocurra. Y menos que nos compartas con otros amigos tuyos. Ni se te pase por la cabeza tratarnos como cualquier cosa.
Apreté de más a Marcus por el susto, y los dos hombres se rieron de mi reacción. Hasta Mariana hizo una mueca divertida a mi costa.
—¿Crees que mi primo y yo seríamos tan estúpidos de compartirlas, pudiendo tenerlas nosotros el resto del viaje? —respondió Joel, sin un gramo de pudor—. Lo que quiero, y supongo que él también, es seguir disfrutándolas. Pensaba que más tarde saliéramos en el barco que usamos para los tours, hasta unos cayos cerca, y nos divirtiéramos un poco. Podemos cumplir un par de fantasías. Como estar con dos hermanas a la vez. ¿O no están de acuerdo en compartirnos? Porque no vi a Mariana protestar hace un rato.
Nos miramos las dos, asombradas por lo directo de la propuesta. Y por más que me sorprendiera, ninguna dijo que no. Solo se nos encendieron las caras. Vi a mi hermana morderse el labio inferior, y noté que ella ya tenía la mano entre las piernas de Joel, mientras él hacía lo mismo con ella bajo el agua.
—Yo no me puedo quejar de lo de esta noche —intervino Marcus, su voz grave muy cerca de mi oído—. Quiero seguir disfrutando de esta mujer todo lo que dure el viaje. Y si ustedes están dispuestas a que los dos estemos con las dos, para mí sería un placer. Además, hay un par de cosas que todavía me gustaría hacer contigo, si me dejas.
Lo miré colorada hasta las orejas. No sabía qué me estaba pasando. Por un lado sentía que me había entregado demasiado rápido a otro hombre. Por el otro, era mi primera infidelidad, y con mi esposo Mateo no era costumbre nada de lo que esa noche había hecho con naturalidad. Lo había dejado lamerme donde nunca, me había rendido a sensaciones que ni conocía. Sabía perfectamente lo que Marcus quería todavía: lo mismo que Joel ya le había hecho a mi hermana. Y aunque me daba un miedo enorme, una parte de mí lo deseaba sin poder controlarlo.
—Quiero dejar algo claro —solté, intentando recuperar dignidad—. Yo jamás le había sido infiel a mi marido. No piensen que por haber estado con Marcus soy una mujer fácil. No me siento cómoda prestándome a estos juegos.
Hipócrita. Mis palabras decían que no, pero mi mano no había soltado a Marcus ni un segundo. Mariana desarmó de un golpe el poco pudor que me quedaba.
—Mi amor, todo lo de esta noche ha sido nuevo para las dos, y te creo que nunca le fuiste infiel a Mateo —dijo con calma—. Pero también sé que si estuviste con Marcus es porque necesitabas sentirte deseada, igual que yo. Ellos se ganaron el derecho de disfrutar con nosotras. No nací ayer: así de bien solo se aprende con práctica. Quiero disfrutar este viaje, y mejor si es con los dos y contigo al lado. Nunca imaginé que tener sexo delante de mi hermana menor sería lo mejor que me ha pasado.
Me quedé fría con todo lo que decía.
—Entiendo que no quieras a ningún otro hombre —siguió Mariana—. Pero no creo que con lo celoso que es tu marido tengas otra oportunidad como esta. Como veo que no dijiste nada de Marcus, te propongo algo: hagámosles sexo oral por esta vez, y después te vas a dormir con él. Mañana veremos qué pasa.
***
Mi hermana se levantó, tomó a Marcus de la mano y lo invitó a sentarse en el borde del jacuzzi. Se arrodilló frente a él y, sin un asomo de remordimiento, empezó a chupárselo ante mi mirada incrédula. Lo hacía con una habilidad que un par de horas antes juraba no tener, hundiéndolo casi por completo en su boca mientras le acariciaba los testículos. Frente a mí, Joel se sentó en el borde a imitar a su primo, observándolo todo con una sonrisa de triunfo, esperando a ver si yo me acercaba por iniciativa propia.
Me sentía incómoda, ansiosa y excitada al mismo tiempo. No podía dejar de mirar a Mariana, que se lo comía con un deseo que jamás le había conocido, murmurando vulgaridades entre lametones. Yo confirmaba en silencio lo que Marcus me había dicho en la discoteca: me gustaba mirar.
Joel se cansó de esperar. Se puso de pie y se acercó hasta dejar su sexo a la altura de mi cara, apuntándome a los labios. No pude apartar la vista. Bastó un empuje suave para que cediera y lo recibiera en la boca. Su sabor era distinto al de Marcus y al de mi esposo, pero no me desagradó. Sentí una punzada de culpa por tener a otro hombre ahí, así que cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación de sentirme sucia y libre a la vez. Lo sujeté con las dos manos para frenar el ritmo, porque él no tenía la delicadeza de Marcus y empujaba más de lo que yo aguantaba. Esa rudeza, sin embargo, me estaba gustando.
A mi lado, Mariana le arrancó los primeros gemidos a Marcus, que terminó vaciándose en su boca sin dejar caer una gota. Casi al mismo tiempo, Joel se vino entre estremecimientos y yo tragué lo suyo, como ya se me estaba haciendo costumbre en ese viaje. Lo limpié sin que me lo pidiera. Cuando levanté la vista, él simplemente tomó a Mariana de la mano y se fueron a su cuarto, sin un gracias ni un gesto. Marcus notó mi frustración, me sostuvo la mano y volvimos a mi habitación. Nos abrazamos sin vestirnos y nos quedamos dormidos como una pareja.
***
Cuando desperté, pasaba la una de la tarde. Habíamos dormido toda la mañana. Marcus me llevó al baño para quitarnos el olor a sexo y a sudor. Se puso a orinar frente a mí con una naturalidad que me dejó mirando el chorro con una mezcla de pudor y morbo. Me acerqué por detrás y, más por deseo que por instinto, lo tomé con la mano mientras terminaba. En su cara se dibujó una sonrisa. La imagen de mi mano clara sujetándolo no se me va a olvidar. Después, bajo la ducha de agua fría que igual refrescaba, me enjabonó entero, atento como un caballero, y yo le devolví el gesto demorándome en él más de la cuenta.
Estábamos por seguir cuando volvimos a escuchar los gemidos inconfundibles de Mariana. Como atraídos por un imán, salimos de la ducha con la toalla en la mano y caminamos hacia su habitación.
Desde la puerta, la vimos cabalgando a Joel. Verla ahí, marcando ella misma el ritmo, me produjo una corriente eléctrica que me recorrió entera. Entre el manoseo de la ducha y aquella escena, mi excitación trepó a un nivel que nunca había sentido. Sin pensarlo, llevé a Marcus de la mano hasta la cama y lo recosté al lado de su primo. Me monté sobre él de inmediato, hundiéndomelo por completo, moviendo las caderas mientras mis gemidos se mezclaban con los de mi hermana. Tal como le había pedido la noche anterior, Marcus me introdujo un dedo por detrás, dilatándome despacio. Dolía un poco, pero ese tacto empezaba a gustarme de una forma morbosa, y entendí que anticipaba lo que él tanto quería: algo que yo nunca había probado y que ya estaba dispuesta a regalarle.
Con el juicio nublado, me acerqué a su oído y se lo susurré:
—Si lo deseas, hazlo. Estoy lista para ti.
Lo besé, lo cabalgué unas veces más y me bajé de él con ansiedad. Me acomodé sobre la cama, la mejilla apoyada de lado y las caderas elevadas, ofreciéndome.
—¿Podrías hacerlo con delicadeza, por favor? —murmuré.
Al lado, Mariana y Joel voltearon a mirarnos al escuchar mi súplica. Mi hermana se mordió el labio. Marcus empezó a frotar la punta contra mí, y la piel se me erizó de solo pensarlo. Insistía una y otra vez, pero ella lo frenó.
—¿Qué haces? Tienes que lubricarla o la vas a lastimar.
Sentí sus manos sobre mí, y ante el asombro de los tres, Mariana se agachó entre mis piernas y empezó a usar la lengua. El placer fue indescriptible. Mis gemidos llenaron la habitación, mi cuerpo temblaba solo ante lo que me daba mi propia hermana. No sé cuánto duró, pero sí supe cuándo guió a Marcus y le ayudó a entrar la punta. Abrí los ojos y grité. Ardía, pero mi cuerpo se empujó hacia atrás, invitándolo a seguir. Él salía y volvía a empujar, paciente, hasta la mitad. Volví a gemir, esta vez sin gritar, mientras me acostumbraba a su tamaño. Mariana lo lubricó otra vez, y se lo agradecí en silencio.
—¿Quieres que siga, o que pare? —me susurró al oído.
La miré a los ojos.
—Métemelo otra vez.
Ella misma lo guió hasta el fondo. Gemí de dolor y de placer a la vez. Me descosía por dentro, pero no dejé que lo sacara: empujé hacia atrás para tenerlo todo. Ya no había vuelta atrás. Marcus empezó a moverse despacio, las manos firmes en mis caderas, intentando ser cuidadoso, y el dolor fue cediendo al placer. Mi hermana observaba todo y, sin avisar, me dio una palmada que me dejó la marca de su mano en la piel. Joel no perdió el tiempo: se puso delante, me tomó del pelo y me ofreció su sexo. Yo misma empecé a recibirlo, saboreando en él los fluidos de Mariana. La escena tenía que ser increíble vista desde afuera: él meciéndose en mi boca, Marcus poseyéndome por detrás. El orgasmo me invadió las piernas y empapé las sábanas justo cuando Joel se vino otra vez, y Marcus aceleró hasta terminar dentro de mí.
Caí agotada sobre la cama, gimiendo por lo que acababa de explorar. Mateo había sembrado en mí la idea de estar con otro hombre, con su permiso. Pero esto ya no estaba en el trato: me había acostado con dos a la vez. Mientras recuperaba el aliento, pensaba si se lo contaría o me lo callaría. Mariana fue la primera en hablar.
—Estarán muy cansados, ¿pero me van a dejar así, después de ver a mi hermana con los dos?
Como una orden, ambos se acercaron a ella. La vi alternar entre los dos con una pericia que ya no me sorprendía, y volvió a montarse sobre Joel con desenfreno mientras Marcus le ofrecía su boca. Verla penetrada y entregada al mismo tiempo me daba un placer extraño. Me encantaba mirar, y mirarla a ella era otro nivel.
***
No sé cuánto tiempo pasó, pero mi teléfono empezó a sonar. Era Mateo, la llamada que había prometido. Me asusté hasta que escuché a Mariana.
—Contéstale al idiota de tu marido.
Me alejé al balcón y respondí poniendo voz de recién levantada, cosa que no me costó nada.
—Hola, amor. Estaba durmiendo. La fiesta de anoche duró hasta la madrugada, Mariana todavía duerme.
—Hola, mi vida. ¿Así que conseguiste a alguien anoche? ¿Por qué no me llamaste para darte permiso, como quedamos? ¿Tantas ganas tenías que no aguantaste?
Fruncí el ceño de rabia.
—Tienes toda la razón, amor. Anoche me acosté con dos a la vez, me dejaron hecha trizas y disfruté cada segundo. Casi me llevo a otro más en la discoteca, y hasta Mariana se desnudó. Por eso no te pude llamar: estuve muy ocupada.
Se lo dije furiosa, escupiéndole la verdad. Pero el muy cretino solo se rió.
—Jajaja, qué chistosa eres, amor. Espero que por lo menos te hayas dado unos besos con alguien. Está bien, dúchate y sal a buscar un buen tipo, diviértete como quieras. Eso sí, ten cuidado a quién eliges, que no todos son de fiar. Pásala bien.
La sangre me hirvió. Mi esposo estaba tan seguro de que yo era incapaz, que ni siquiera me creyó cuando le confesé la verdad entera. Colgué y volví a la habitación.
Mariana estaba ahora entre los dos, tomada al mismo tiempo, en una sincronía perfecta. Gemía como loca, una mano en la nuca de Marcus y la otra en el pecho de Joel, mientras ellos le acariciaban el cuerpo. No podía creer lo que veía: mi hermana entregada del todo, el cuerpo retorcido en un orgasmo húmedo y tembloroso, hasta que los dos la llenaron y cayeron sobre la cama, rendidos.
Me quedé en el umbral, todavía con el teléfono en la mano y la rabia tibia en el pecho, sabiendo que jamás le contaría a Mateo lo que de verdad había pasado. Esa confesión era solo mía.