Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Me toco recordando cómo lo distraje del juego

Estoy sola en la cama, desnuda, con la luz del velador casi al mínimo y la sábana enredada a la altura de mis tobillos. Llevo media hora dándole vueltas a un recuerdo que nunca consigo gastar. Mi mano izquierda ya sabe sola el camino, sin que yo se lo pida. Cierro los ojos y vuelvo a esa noche, a tu silla, a la pantalla parpadeando frente a tu cara concentrada. La almohada todavía huele un poco a vos. Falta mucho para que llegues a casa, y mi cuerpo no piensa esperarte tranquilo.

Aquella tarde habías empezado a jugar temprano. Uno de esos shooters de equipos que te tienen comiendo la cabeza durante horas, hablando con cinco tipos al mismo tiempo y olvidándote de que existe el resto del mundo. Yo estaba en el sillón con un libro al que no le presté atención ni quince minutos. Vos, en cambio, seguías clavado al monitor, con el auricular puesto, hablando bajito con Tomás.

Te escuchaba renegar. Murmurabas estrategias, tirabas algún insulto cariñoso a un compañero de equipo, soltabas una risa nerviosa cuando alguien salía mal parado. El sonido del teclado mecánico llenaba el cuarto, ese clack-clack constante que cuando jugás se vuelve un metrónomo. Tenías el torso desnudo y la espalda larga apoyada contra el respaldo de la silla. La luz del monitor te dibujaba la mandíbula y los hombros. No me mirabas desde hacía rato. Y a mí las ganas me ganaron.

Me levanté del sillón sin hacer ruido. Me saqué la remera vieja con la que andaba por casa, después el corpiño, y los dejé sobre el apoyabrazos. Dudé un segundo con la tanga y al final la dejé puesta. Me gustaba la idea de tener algo que sacarme después, una pequeña promesa todavía sin cumplir. Caminé descalza hasta tu silla. Me acerqué por detrás, en silencio.

Te apoyé los pechos en los hombros antes de que pudieras girarte. Te abracé. Sentí cómo te tensaste un instante y enseguida volviste a teclear, intentando que la respiración no te delatara en el micrófono. Te besé el cuello, despacio, justo debajo de la oreja, en el lugar exacto donde sé que se te erizan los pelos. Tu mandíbula apretada me confirmó que estaba ganando.

Aguantá, jugador. Vamos a ver cuánto.

Te mordí el lóbulo. Me reí contra tu cuello cuando se te escapó un jadeo ínfimo, casi inaudible, y le dijiste a Tomás algo así como «no, tranqui, estoy bien, voy por la izquierda». Te concentrabas en la pantalla con una determinación cómica, como si fuera lo único que existiera en la habitación. Yo, mientras tanto, bajaba la boca por tu hombro, por la curva del bíceps, por la cintura.

Pasé por debajo de tu brazo derecho —el del mouse, el que no podías mover demasiado—. Me agaché. Me arrodillé entre tu silla y el escritorio. Vos echaste la silla atrás unos centímetros para hacerme lugar, y ese gesto tan automático, tan cómplice, fue lo que terminó de excitarme.

Te mordí la cadera. La panza. La línea de pelo que baja desde el ombligo. Quería que se te escapara algo, lo que fuera, un gemido grueso, una puteada de las tuyas. Pero solo soltaste un «pelotudo» bien disimulable contra cualquier enemigo del juego. Tu autocontrol me daba ganas de arruinarte.

Estabas ya medio duro contra mi cara. Acomodé las rodillas, me senté en mis talones y te tuve, por fin, a la altura justa de mi boca.

Te tomé entera de un solo movimiento. Sentí cómo te recorrió el cuerpo un escalofrío de arriba abajo, cómo se te trabaron los dedos en el teclado, cómo apretaste los dientes para que no saliera ningún sonido. Tu mano libre voló al micrófono y silenció justo a tiempo. Lo que se escapó después de eso fue un gruñido bajo, ronco, que a Tomás no le tocó escuchar.

El primer vaivén fue lento. Quería disfrutarte. Quería sentir cómo te alargabas dentro de mi boca, cómo respondía tu cuerpo a cada centímetro que perdía y recuperaba. Soltaste un suspiro largo, dramático, antes de obligarte a volver a la pantalla. Tu personaje necesitaba ayuda. Tomás te llamaba.

—Sí, voy, voy —dijiste hacia el micrófono recién reactivado, con una tranquilidad falsa que me hizo querer reír.

Yo seguí. Empecé a alternar. Estocadas profundas que me llegaban hasta el fondo de la garganta y me hacían lagrimear, y otras suaves, casi un beso, en las que me quedaba solo en la punta y te succionaba como si fuera lo único que tuviera para hacer en la vida. Me llené la barbilla de saliva. La sentí caer sobre mis tetas y eso, no sé por qué, me prendió todavía más. Cerré los ojos para concentrarme en el sabor, en la presión de la cabeza contra mi paladar, en cómo me costaba respirar y eso, lejos de asustarme, me empujaba a hundirme un poco más.

El calor empezó a juntarse abajo. Una punzada lenta, conocida, esa que avisa que voy a terminar antes de lo que tenía pensado. Bajé una mano hasta mis muslos. Esquivé la tanga por el costado. Me toqué con la punta de los dedos, apenas, y casi me corro ahí mismo. Estaba empapada.

Mis gemidos salían amortiguados contra vos. Eran pequeños, vibrantes. Sé que los sentías porque cada uno te arrancaba una respuesta, un movimiento involuntario de cadera, un suspiro que apenas controlabas. Aumenté el ritmo. Vos seguías peleando con tus enemigos en pantalla, pero ya no estabas ahí. Estabas conmigo. Te lo notaba en el agarre del mouse, demasiado firme, en los nudillos blancos.

Me toqué en círculos. Lentos primero, después cada vez más rápidos, justo en el lugar que conozco de memoria. Volví a tomarte entera. Sentí la cabeza chocar contra mi paladar, después contra el fondo. Mis dedos resbalaban entre mis labios. Cada movimiento de mi cabeza era un movimiento de mi mano. Sincronizada conmigo misma, sincronizada con vos.

Y me corrí.

Mi primer orgasmo de esa noche llegó con la boca llena de vos, con los ojos llorosos, con un grito ahogado que se me pegó al fondo de la garganta. Mojé la tanga entera. Sentí la humedad correrme por la cara interna de los muslos y me importó tres carajos quién pudiera escuchar.

Eché la cabeza atrás. Tomé aire. Un hilo de baba colgaba entre mis labios y vos. Me reí en silencio.

—Boludo, esperame un toque, ya vuelvo —dijiste de pronto, con una voz extrañamente firme.

Apagaste el micrófono. Apagaste también la cabeza para el juego, lo supe en el segundo siguiente, cuando tus dos manos abandonaron el teclado y el mouse y vinieron, las dos, a buscar mi pelo.

Me acerqué de nuevo a vos. Succioné más fuerte. Atrapé la cabeza con la lengua, apreté, solté, volví a apretar. Tus dedos se enredaron en mi nuca. No me empujabas, todavía. Me sostenías. Me dabas tiempo. Me leías el ritmo, como siempre.

Hasta que no pudiste más. Sentí cómo te endurecías un grado más, ese punto sin retorno que ya conozco, y me dejaste hacer lo que querías. Empezaste a guiarme la cabeza con las dos manos, a marcar la profundidad y la velocidad. Yo me dejé. Cerré los ojos. Toda mi voluntad a tu servicio. Mi mandíbula floja, mi lengua firme, mi garganta abierta.

Me apretaste fuerte cuando te corriste. Soltaste un grito gutural, sin filtro, que sin duda escuchó algún vecino. No te importó. A mí tampoco.

Sentí el calor llenarme la boca. Tragué lo que pude. El resto se me derramó por la barbilla, por el cuello, por la curva de los pechos. Me limpiaste con el pulgar y te llevaste el dedo a la boca, mirándome a los ojos por primera vez en toda la noche. Esa mirada me marcó. Esa mirada me mata todavía.

Quedaste un rato así, recuperando el aire, con la mano todavía en mi pelo y la otra apoyada en el muslo. Después soltaste una risa ronca, baja, la que solo te sale cuando estás contento de verdad. Volviste a encender el micrófono y le dijiste a Tomás que sí, que ya estabas, que perdón, que se había trabado el juego. Tomás no creyó nada.

Yo seguí en el suelo. Sentada, mirándote desde abajo. Una mano en el pecho, mojada de vos, apretándome el pezón. La otra entre mis piernas. Te miré a los ojos mientras me terminaba de tocar. Vos seguiste jugando, claro, pero la mitad de tu atención la tenía yo. Sentir que me mirabas mientras yo me corría sola para vos fue lo más obsceno que hicimos esa noche.

Esa fue la noche.

***

Vuelvo a la cama, al presente. A esta cama vacía. El recuerdo me tiene los pezones duros y las piernas abiertas. No sé cuándo fue exactamente que mis dedos volvieron al ritmo de aquella noche, pero ya no puedo parar. Cada vez que respiro hondo siento de nuevo el peso de tu mano en mi nuca. El sabor en mi boca. La sal en mis tetas.

Me toco igual que esa noche. Mismo ritmo, mismo punto, mismos círculos. Mi mano libre me agarra un pezón con fuerza, demasiada, la justa para que duela un poco. Gimo en voz alta porque no hay nadie. Gimo más fuerte de lo que jamás te dejaría escucharme si estuvieras durmiendo al lado.

El orgasmo me sube como una ola lenta y grande. Me hace temblar las piernas, me arquea la espalda, me deja la boca abierta sin sonido. Floto un rato en ese plano donde no existe nada más que el cuerpo. Mis muslos se sacuden solos durante un buen rato después. Mis dedos siguen ahí, suaves, sintiendo cada latido.

Cuando bajo, cuando vuelvo a este cuarto y a esta sábana, miro abajo y me río sola.

Hay un charco. Pequeño, redondo, exactamente debajo de mi cadera. Te vas a dar cuenta. Cuando llegues a casa, vas a apoyar la mano en la sábana y vas a saber qué pasó. Vas a saber en qué estaba pensando.

Y quizás, si tengo suerte, decidas castigarme.

Valora este relato

Comentarios (8)

ValentinaK

dios mio que relato... me dejo sin palabras

Andresito_BA

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas!!

marinela_88

jajaj me recordo a algo que hice una vez, no digo mas pero si que me hizo reir leyendo

Froy

buenisimo!!!

Carolina_Mdq

Me encanta cuando la categoria confesiones tiene relatos tan bien escritos. Se siente real y cercano, las mejores para identificarse con la historia. Muy bueno!

LoboDeLibros

La imagen del escritorio ya no me la saco de la cabeza jajaja, tremendo relato

NicoRosario

Excelente! saludos

MartaVidal

Esto paso de verdad? porque se siente muy vivido... tremenda confesion jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.