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Relatos Ardientes

La noche en la despedida que cambió todo en mí

4.3(3)

Soy Daniela y esto pasó hace poco más de un año. Lo guardo como uno de esos recuerdos que no se comparten con nadie en la vida real pero que tampoco se pueden olvidar. No me arrepiento de nada, y quiero que eso quede claro desde el principio.

La invitación llegó por correo, con mi nombre escrito a mano en el sobre. Era de Carla, una compañera del trabajo anterior con quien había tenido buena relación pero con quien llevaba casi cuatro años sin hablar. Me sorprendió bastante. No esperaba que me recordara, y mucho menos que me invitara a su boda. La llamé, quedamos para tomar algo, y en veinte minutos era como si no hubiera pasado el tiempo. Confirmé la asistencia y, un mes después, llegó otra carta: la invitación a su despedida de soltera.

En esa época yo estaba terminando una relación que había durado tres años. O mejor dicho, que se había ido desintegrando sola durante los últimos doce meses y que yo me había negado a ver desintegrarse. Además tenía un conflicto con una de mis amigas más cercanas que me había dejado agotada. Mi cabeza estaba llena de ruido, de reproches, de cosas sin resolver. Cuando llegó la despedida me dije que iba a ir, que me iba a divertir, y que por una noche iba a dejar de darle vueltas a todo lo demás.

No tenía idea de lo que me esperaba.

La despedida fue una semana antes de la boda. Habían alquilado un bar pequeño en el centro de la ciudad, solo para el grupo. El lugar estaba decorado de esa manera en que se decoran las despedidas cuando nadie tiene vergüenza de nada: copas con formas de polla que dejaban poco a la imaginación, guirnaldas de colores y carteles que en cualquier otro contexto me hubieran hecho reír pero que esa noche parecían perfectamente coherentes con todo lo demás.

Yo no conocía a nadie más que a Carla, pero eso no fue ningún problema. Las chicas de su círculo eran simpáticas, ruidosas y fáciles de tratar. Me presentaron a todas en los primeros diez minutos y nadie me trató como a la desconocida del grupo. Había algo en ese ambiente que igualaba a todas: éramos mujeres en una noche que existía fuera de las normas habituales, y eso creaba una complicidad que no necesitaba historia previa.

Empezamos a las ocho de la tarde. Había comida, música y bebida en abundancia. Los juegos arrancaron pronto. Todos eran de alguna manera atrevidos: preguntas íntimas, retos, confesiones forzadas en voz alta. Yo al principio me mantuve en el borde, respondiendo lo mínimo y riendo más de lo que participaba. Observando. Midiendo hasta dónde llegaba ese grupo. El vino ayuda, y dos horas después ya no me quedaba tanto pudor encima.

O quizás no era el vino. Quizás era que por fin me había alejado lo suficiente de mis propios problemas para acordarme de que podía divertirme.

La noche fue subiendo de tono de forma gradual pero sin pausa. Hubo un momento, durante uno de los juegos, en que una de las chicas sacó lo que había dentro de una caja sin mirarlo, lo reconoció al instante y decidió que no lo iba a guardar. Era un consolador grueso, negro, de los que imponen. Se bajó la falda y las bragas delante de todas, se sentó en el borde de la mesa con las piernas abiertas y se lo empezó a meter entre risas, empujándolo poco a poco hasta que se le fue hundiendo entero en el coño. Lo movía con una naturalidad que primero me dejó sin palabras y después me hizo reír. El grupo estalló en aplausos y silbidos. Dos chicas del otro extremo de la mesa se estaban besando sin ningún pudor, con lengua, y una tenía la mano metida por dentro del vestido de la otra, apretándole una teta. Otra se había sacado la blusa y las demás la animaban a que se quitara también el sujetador.

El ambiente era completamente distinto a cualquier cosa que yo hubiera vivido antes, y lo más raro era que no me parecía extraño. Me sentía bien ahí. Presente, liviana, sin el peso de los últimos meses colgándome del cuello.

Fui a buscar otra copa y me quedé un momento apoyada en la barra, mirando el caos cálido que llenaba el bar. No estaba pensando en el departamento que pronto dejaría de ser mío ni en los mensajes sin respuesta. Estaba ahí, en ese momento, y era suficiente.

Era cerca de medianoche cuando la animadora de la noche pidió silencio. El grupo tardó un poco en callarse, pero cuando lo hizo ella anunció con mucho entusiasmo que la noche todavía no había empezado de verdad.

Por una puerta lateral salieron tres hombres.

Solo llevaban los bóxers puestos. Los tres tenían cuerpos que no eran accidentales, el tipo de físico que requiere mucha disciplina y más tiempo todavía. Pero yo me quedé mirando a uno de ellos desde el primer instante y no moví los ojos de ahí. Era el más alto de los tres. Tenía la piel muy oscura, los hombros anchos, el cuerpo de alguien que se cuida sin llegar al exceso. Se movía con la seguridad de quien no necesita demostrar nada, con una sonrisa tranquila que no era actuada. Y bajo la tela negra ajustada del bóxer se le marcaba un bulto que no era pequeño ni discreto.

Quería que se acercara a mí. Quería saber cómo se sentía eso dentro.

Los tres empezaron a moverse entre las chicas. El grupo los recibió con gritos y manos que no tardaron en ir más allá de lo decorativo: dedos que agarraban culos, palmas que apretaban paquetes por encima de la ropa interior, bocas que buscaban pezones. Yo los seguí desde donde estaba, esperando el momento adecuado. Él pasó cerca de mí dos veces sin detenerse. La tercera vez fui yo la que me puse en su camino. Lo tomé de la cara con las dos manos y lo besé. No fue un beso breve ni tímido: fue largo, con lengua, chupándole el labio de abajo, y cuando lo solté le pasé la palma de la mano por encima de la ropa interior, apretándole la polla que ya empezaba a endurecerse, y le susurré al oído:

—Quiero probar hasta dónde me llega esto.

Se dibujó una sonrisa lenta en su cara.

Volví a mi sitio. El corazón me latía más rápido de lo que quería admitir y notaba las bragas ya húmedas pegándoseme a los labios del coño.

En algún momento de la noche las chicas les bajaron los bóxers a los tres. De repente los tres estaban completamente desnudos en medio del bar y el nivel de ruido del grupo subió otro escalón. Yo solo tenía ojos para uno. Su polla colgaba pesada entre las piernas, ya semi erecta, gruesa desde la base, con las venas marcadas subiendo por el tronco oscuro hasta un glande ancho y brillante. Estaba completamente erecto en cuestión de segundos, apuntando ligeramente hacia arriba, y la imagen me hizo sentir un tirón en el bajo vientre que no tenía nada de sutil. Se me contrajo el coño de solo mirárselo.

Una chica que estaba junto a mí se arrodilló delante de él, le agarró la verga con las dos manos y se la empezó a lamer desde la base hasta la punta, dejándola brillante de saliva. Yo me quedé de pie a su lado, mirándolo a los ojos mientras la otra se la metía en la boca y sacaba ruidos húmedos que se oían por encima de la música. Le pasé los dedos por el pecho, los costados, el cuello. Le pellizqué un pezón. Él sostuvo mi mirada con calma, como si ya supiera con exactitud cómo iba a terminar la noche y no tuviera ningún apuro en llegar ahí. La otra chica se apartó jadeando, con un hilo de saliva colgándole de la barbilla, y se fue a por otro de los tres.

Cuando me llegó el turno me arrodillé yo también. Lo tomé con la mano y me sorprendió el peso, el grosor. Apenas podía rodearlo con los dedos. Le pasé la lengua por toda la parte de abajo, desde los huevos hasta la punta, siguiendo la vena gruesa que la recorría. Los tenía pesados, tensos, y se los chupé uno a uno, metiéndomelos en la boca mientras le sostenía la polla apoyada contra mi cara. Después subí, le besé el glande, lo lamí en círculos, y empecé despacio, tomándome el tiempo que quería. Me la metí en la boca poco a poco. Era la primera vez que estaba con alguien de esas dimensiones y lo noté desde el primer centímetro, pero no quise apresurarme. Le dediqué tiempo. Sentía cómo se me llenaba la boca, cómo la lengua se me aplastaba contra el suelo con solo la mitad dentro. Intenté meterla hasta el fondo de la garganta más de una vez, hasta que se me humedecieron los ojos y arcadas suaves me sacudieron el cuerpo, y me gustó llegar hasta ese límite. Me gustó la baba escurriéndoseme por la barbilla, cayéndome sobre las tetas por el escote del vestido. Me gustó esa sensación de querer más y no poder del todo. Él me agarró la cabeza y empujó un poco, con cuidado, ayudándome a bajar otro par de centímetros, y yo gemí con la boca llena.

—Quédate conmigo —le dije cuando paré un momento para respirar, con la voz ronca y la mano todavía moviéndose sobre su polla mojada.

Él me miró.

—¿Cómo?

No sé si no me escuchó bien por el volumen de la música o si la petición lo sorprendió. Tampoco me importó mucho. Me puse de pie, me quité el vestido —era corto y ligero, y no llevaba casi nada debajo salvo unas bragas mínimas que ya estaban empapadas— me las bajé por las piernas y las dejé caer, y me quedé en tacones. Me abrí de piernas delante de él, me pasé dos dedos por el coño para que viera lo mojada que estaba, y se los acerqué a la boca. Él me chupó los dedos sin apartar la vista.

No hizo falta decir nada más.

***

Me hizo apoyarme contra la mesa, de espaldas a ella, y me levantó una pierna colocándomela sobre su cadera para abrirme bien. Se agarró la polla con la mano y me la pasó por los labios del coño, arriba y abajo, empapándose en mi humedad, rozándome el clítoris con el glande hasta que se me escapó un jadeo agudo. Después buscó la entrada y empezó a empujar.

Empezó con cuidado, despacio, y yo se lo agradecí. Lo noté desde el primer centímetro: esa mezcla específica de tensión y ganas que te obliga a concentrarte en respirar, en no tensarte más de la cuenta, en dejar que el cuerpo se acostumbre a algo nuevo. El glande me abrió primero, ancho, y ya solo con eso se me escapó un gemido largo. Fue entrando de a poco, un centímetro cada vez, sacándola y volviendo a meterla un poco más profundo cada empujón, dejando que me fuera acomodando a él. Me sentía llena de una manera que no había sentido antes, estirada hasta un punto que rozaba el dolor sin cruzar la línea. Me moví hacia él para ayudar, bajando la cadera para tragármela entera. Cuando me di cuenta la tenía toda dentro, el pubis de él pegado al mío, y me sacudió un temblor de arriba abajo. El grupo a nuestro alrededor había dejado de fingir que miraba otra cosa.

—Fóllame —le pedí bajito, mordiéndome el labio—. Fóllame ya.

Empezó a moverse. Salidas casi completas, entradas hasta el fondo, cada embestida arrancándome un gemido que no controlaba. Sentía la polla llegando a un lugar dentro de mí en el que nunca había llegado nadie, y cada golpe me subía por el vientre en una descarga que me obligaba a agarrarme al borde de la mesa con los nudillos blancos. Me chupó un pezón, me lo mordisqueó, me apretó la otra teta con la mano libre.

Cuando encontramos el ritmo, todo lo demás desapareció. Dejé de escuchar los comentarios, dejé de sentir las miradas, dejé de estar en ningún lugar que no fuera ese momento. Solo su peso contra el mío, la presión constante, la sensación densa que me cortaba el aliento cada vez que empujaba más adentro, el ruido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño empapado.

—Más —le pedí—. Más fuerte, no te contengas.

Y fue más. Me giró de golpe, me puso de espaldas apoyada con las palmas contra la mesa, me pegó una nalgada que me hizo saltar y me abrió las piernas de una patada suave por dentro de los tobillos. Me agarró de la cadera con las dos manos y volvió a entrar de un solo empujón hasta el fondo. Grité. Continuó desde atrás con más fuerza, embistiéndome sin pausa, con la piel golpeándome el culo en un sonido seco y repetido que se sumaba a mis gemidos. Me aferré a lo que pude. Sentía cómo me abría cada vez que empujaba, cómo se me escapaba un quejido cada vez que salía casi entera. Me metió el pulgar en la boca y yo se lo chupé. Después bajó esa misma mano y me buscó el clítoris con dos dedos, frotándomelo en círculos mientras me seguía follando, y ahí ya no aguanté más.

Me corrí en su verga con un grito que no me molesté en contener. Me temblaron las piernas, se me contrajo el coño alrededor de él una y otra vez, apretándolo tanto que le arranqué un gruñido ronco desde el pecho. Él no paró. Me siguió embistiendo mientras yo me sacudía, alargándome el orgasmo hasta que se me nubló la vista.

—Otra vez —me dijo al oído, con la voz rota—. Otra vez, no me digas que ya.

Me giró de nuevo, me sentó en el borde de la mesa, me abrió las piernas y volvió a metérmela. Me miró a los ojos mientras me follaba, más lento ahora, saboreándolo, y me besó. Yo le mordí el labio. Le pasé las piernas por detrás de la cintura y lo empujé más adentro con los talones. Sus huevos me golpeaban el culo cada vez que entraba a fondo.

El dolor y el placer se mezclaban de esa manera específica que no se puede fingir ni describir bien con palabras, y yo solo quería que no parara. Me corrí una segunda vez, más callada, más honda, un temblor largo que me dejó sin voz.

Las chicas y los otros dos strippers hacían lo suyo alrededor de nosotros. Alguien gritaba cosas. Alguien aplaudía. Una de las chicas estaba montada encima de otro de los strippers en el sofá, cabalgándolo con las tetas al aire. Todo eso era ruido de fondo.

—Voy a correrme —me avisó él con los dientes apretados, aumentando el ritmo, embistiéndome tan fuerte que la mesa se movía.

—Fuera —le pedí—. En la boca. Quiero tragármelo.

Cuando él terminó lo hizo fuera, y yo me arrodillé para recibirlo. Se sacó la polla del coño, brillante de mí, y se la agarró con la mano moviéndola rápido a un palmo de mi cara. Yo abrí la boca y le saqué la lengua. La primera corrida me salpicó desde la mejilla hasta la frente, gruesa, caliente. La segunda me cayó en la lengua y bajó por la garganta. Las siguientes las fui tragando, chupándole el glande cada vez que salía otro chorro, apretándole la base de la verga con la mano para sacarle hasta la última gota. Me lo tragué todo. Le pasé la lengua por la punta para limpiarlo y él sonrió mirándome desde arriba, con el pecho subiendo y bajando. Después me pasó los dedos por el pelo con una suavidad que contrastaba con todo lo anterior, apartándome un mechón que se me había pegado a la cara con su semen, y eso fue, curiosamente, lo que más me quedó grabado de esa noche.

***

El resto de la noche se fue en tragos y conversación con chicas cuyos nombres ya no recuerdo. Me desperté al día siguiente en casa de Carla, con la cabeza pesada y el cuerpo dolorido de las maneras correctas. Ella me trajo café sin preguntar nada.

Él se llamaba Marcos. Me lo dijo una de las chicas que lo conocía de otra despedida anterior. No conseguí más información: ni número de teléfono, ni redes sociales, nada. En su momento me pareció una pena enorme. Con el tiempo lo veo de otra manera. Fue una noche perfectamente cerrada en sí misma, sin continuación posible ni expectativas que pudieran frustrarse. Una noche que fue exactamente lo que necesitaba ser en ese momento de mi vida.

Fui a la boda de Carla una semana después con otro estado de ánimo. Bailé, comí bien, me reí con ganas. Cuando la vi caminando hacia el altar pensé en lo distintos que habían sido esos siete días y en lo mucho que me había alegrado haber aceptado esa invitación que llegó sin aviso.

Si Marcos llegara a leer esto algún día —y sé que es casi imposible, pero uno nunca sabe—: soy la del vestido negro y los tacones de aguja. La que te pidió que te quedaras. Me alegra que esa noche pasara exactamente como pasó.

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Comentarios(8)

Luna_de_noche

Increible... me enganche desde las primeras lineas y no pude parar. Muy bien contado!

CarlitosG

Por favor seguí con esto, quedé con muchas ganas de saber que pasó despues de esa noche

Valentina_22

algo parecido me ocurrio en una despedida hace unos años jajaja, esas noches te cambian sin que te des cuenta

RubenMza

buenisimo!!!

TomasLector

vas a escribir la continuacion? espero que si, quedé muy intrigado con el final

PalomaRdz

Se siente real, no como otros relatos que se nota que estan inventados. Seguí escribiendo asi!

Marta_lectura

Me encantó el tono. Sin ser explicito igual se siente todo muy intenso. Un abrazo desde México

LectorBA77

excelente, una de las mejores confesiones que lei aca. Saludos

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