La abogada que conocí en el hotel de Salamanca
A veces la carretera te empuja a sitios que no estabas buscando. Iba camino de Zaragoza con un encargo de última hora, salí tarde de casa y, después de cuatro horas de autopista, demasiados cafés y dos latas de cola, llegué a Salamanca pasada la medianoche con el cuerpo más despierto que cuando había arrancado.
El hotel estaba a pie de carretera, casi escondido entre setos. Aun así presumía: jardín pequeño, tiras de led colocadas con criterio, una recepcionista detrás de un mostrador de mármol y un par de esculturas de bronce que nadie miraba. En un rincón del vestíbulo, mal iluminado a esa hora, había unos sillones rodeando una mesita y una cafetera de cápsulas a libre disposición. El típico oasis de los huéspedes que llegan tarde.
—Cama de matrimonio, habitación 312 —me dijo el chico de recepción mientras me devolvía el carnet—. Que descanse.
Subí al cuarto, dejé la maleta sobre la silla y me quedé en calzoncillos y unas chanclas de viaje, de esas que ya tienen forma de pie. La habitación era una cucada: dos por dos de cama, leds regulables, una ventana a un patio interior sin vistas pero silencioso. Me tumbé encima del edredón con el móvil. Leí cuatro titulares en diagonal, abrí Tinder por aburrimiento, deslicé sin convicción y lo cerré antes de los cinco minutos. La cafeína me bombeaba en las sienes. Sabía que no iba a dormir si no quemaba antes ese subidón.
Me volví a vestir con una sudadera y unos vaqueros, cogí la llave plástica y bajé a la planta baja por las escaleras. Pensaba pedir una botella de agua, sentarme un rato en aquellos sillones y dejar que la cabeza se aplanara.
Sorpresa. En el rincón ya había alguien.
Una mujer rondaría los treinta y pocos, con algún kilo de más donde luce, teñida rubia, todavía maquillada a esa hora absurda. Sostenía una taza de café con la punta de los dedos, sujetándola por los bordes para no quemarse. Vestía vaqueros pitillo, una camiseta de cuello alto de punto gris claro, ajustada y un pelín peluda, y unos zapatos de tacón con un estampado de leopardo tan tenue que casi no se notaba. Sentada, la camiseta dejaba intuir un poco de cintura blanda y unas caderas anchas. Tenía esa elegancia que algunas mujeres no aprenden, traen.
La recepcionista me alcanzó la botella desde el mostrador y, en lugar de subirme con ella, me senté en el sillón de enfrente. La saludé. Me devolvió el saludo besando el borde de la taza. Sus ojos eran muy oscuros, no agresivos pero firmes, de los que se quedan mirando un segundo más de la cuenta.
—¿Vienes de muy lejos? —preguntó—. Tienes cara de carretera.
—Cuatro horas y demasiados cafés —dije—. Voy a Zaragoza, paro aquí esta noche.
Era de Salamanca. Me contó, sin entrar en detalles, que estaba en el hotel preparando un juicio con otras dos colegas. Habían cogido una sala de reuniones por la tarde, habían terminado pasada la medianoche y todas se habían quedado a dormir por comodidad. Las otras ya habían subido. Ella había decidido bajar otros diez minutos a estar callada, a ordenar la cabeza antes de meterse en la cama.
—Perdona, igual te estoy estorbando —dije, y me incorporé un palmo del sillón—. Si querías estar sola, te dejo.
—Quédate —respondió, y volvió a apoyar la taza en la mesa—. También cambiar de conversación va bien.
Hablamos esas tonterías que uno habla a la una de la madrugada con una desconocida: el tiempo, la manía de los hoteles de carretera por colgar cuadros horribles, la diferencia entre una buena máquina de café y la que teníamos delante. Yo buscaba un tema con sustancia y no daba con él. Ella se estaba riendo de eso, se notaba. Cada gesto suyo era despacio, calculado sin parecerlo. Cruzaba las piernas y la luz cálida del led le pintaba el contorno de la cara con un filo amarillo.
La llave de la habitación me molestaba en el bolsillo trasero. La saqué y la dejé en la mesita, entre las dos tazas.
—Creo que tenemos cuartos cercanos —dijo ella mirando la tarjeta—. Yo estoy en la 317, tú en la 312.
—Ya podían habernos dado la misma por error —solté—. Ahorra papeleo.
—Esos errores son difíciles de cometer —y sonrió despacio, sin levantar del todo los ojos.
Dios, qué pereza me daba el tipo en el que me estaba convirtiendo. Pero me hacía compañía, y era guapa, y me miraba. Llevábamos casi cuarenta minutos en aquellos sillones. Hablaba bajito, casi en susurros, como si no quisiera despertar al recepcionista al otro lado del vestíbulo.
—Ese jersey tan peludo, ¿no te pica? —se me ocurrió decir, y me arrepentí en el segundo que tardó la frase en salir.
—No —respondió ella, y se pasó la mano por encima del pecho hasta la cintura—. Es muy suave. ¿Quieres tocarlo?
Lo dijo con la naturalidad de quien pide la hora. La miré sin saber qué hacer con mis manos.
—Es tarde ya —añadió antes de que yo decidiera nada—. ¿Subimos?
Nos levantamos a la vez. En el ascensor, mientras subíamos, le pregunté lo único que se me ocurrió que no fuera una idiotez.
—¿Lancôme?
—¿Cómo lo sabes?
—¿Podría ser La Vie Est Belle?
—Acertaste otra vez —dijo, y me clavó los ojos un par de segundos.
—Lo tengo grabado. Y, sinceramente, no podía ser otro en alguien como tú, Marina.
Sonrió y bajó la mirada al suelo del ascensor. Se abrieron las puertas en la tercera planta.
***
El pasillo era largo, moqueta granate, luces tenues. Caminaba delante de mí. Las caderas le caían en cada paso con esa solemnidad que dan ciertos zapatos de tacón cuando se clavan en una alfombra mullida. Sabía perfectamente que la miraba y no aceleraba ni retrasaba el paso.
Pasó por delante de mi puerta sin mirarla. Yo me detuve frente a la 312 con la tarjeta en la mano.
—Marina, cariño —dije, y me sorprendió cómo me salió la voz—. Tengo café y té en la habitación. Es grande, cabemos los dos para un último sorbo.
Se giró, dejó caer el bolso un poco hacia la mano que tenía libre y arqueó las cejas.
—¿Ah, sí?
—Pasa, lo verás —dije, y le abrí la puerta con un gesto de torero, exagerado a propósito.
Entró. Cerré la puerta. Hizo media vuelta para decirme algo y yo me lancé. La rodeé por la cintura, la empujé despacio contra la pared y le metí la lengua en la boca con más torpeza que ganas, retorciéndola como si la boca de ella fuera el borde de una copa.
—Vuelves a hacer eso y te corto los huevos, gilipollas.
Lo dijo sin elevar la voz, sin moverse, mirándome con unos ojos que en el vestíbulo no le había visto. Me quemaron por dentro. Aflojé la cintura un dedo, tampoco del todo. Aguanté la mirada lo que pude. Ella aguantó la mía sin pestañear.
—Perdona —dije al fin, despacio—. De verdad. Perdona.
—¿No sabes besar, capullo? —y entonces sí me rodeó el cuello con los brazos.
Me dio un beso suave, rozando los labios, dándome la lengua a sorbitos pequeños. Yo respiraba el aire que ella exhalaba; olía a Lancôme y a café. Bajé las manos a su espalda, sentí la suavidad del jersey, las costuras del sujetador debajo, la curva del culo. Apreté un poco. Ella lo notó y empujó las caderas contra las mías, frotando los vaqueros de licra contra mi pantalón mientras me mordía el labio inferior con la suavidad de quien sabe lo que hace.
—¿No te gusta más así, Daniel? —me dijo en la boca.
Y vaya si me gustaba.
A partir de ahí todo fue otra cosa. Le desabroché el botón del vaquero sin dejar de besarla. Le subí la camiseta hasta los hombros. El sujetador era de encaje blanco, sencillo, el clásico que sobrevive a varios novios. Le besé los pechos por encima de la tela. Su piel era morena, cálida, contrastaba con el blanco. Le levanté los brazos por encima de la cabeza, le sujeté las muñecas con una mano contra la pared y le besé el cuello. Ella se dejó. Arqueé el cuerpo para no separar las caderas y la fui comiendo despacio, milímetro a milímetro, sin prisa, como si hubiera entendido por fin la lección del pasillo.
Sonreía. Me iba guiando con sonidos pequeños, casi inaudibles, gemidos de gata satisfecha que me decían exactamente cuándo bajar y cuándo quedarme. Cogidos de la mano, fuimos a la cama. Me desnudó. La desnudé. Caímos a pelo, uno al lado del otro.
La miré a los ojos un rato largo antes de tocarla otra vez. Tenía los párpados pesados, el rímel un poco corrido del frote contra la pared. Le besé los labios despacio, le acaricié el costado, la cintura, el muslo. Ella me cogió la polla con la mano derecha y me la fue trabajando lenta, midiéndome, desde la punta hasta la raíz, presionando un poco más al final como si tomara una medida. De vez en cuando bajaba las uñas y me arañaba los huevos sin hacer daño, lo justo para que se me cortara la respiración.
Si yo le pellizcaba un pezón, cerraba los ojos, gemía bajito y me apretaba más fuerte la mano.
—Ponte bien, anda —dijo, y rodó sobre mí.
Se sentó a horcajadas. Me apoyó las dos manos en el pecho, frotó la entrepierna contra mí sin meterme dentro, mirándome a los ojos. Luego, sin dejar de mirarme, se levantó un palmo, dejó que la polla se irguiera sola, ajustó la posición y se dejó caer hasta el fondo de un solo movimiento. Se quedó quieta un segundo con los ojos clavados en los míos. Echó la cabeza atrás y empezó a balancearse.
No subía y bajaba. Se mecía. El balanceo hacía que el glande le frotara la pared anterior por dentro, esa zona que ella conocía mejor que yo. La notaba rugosa, distinta. No hablábamos. Solo se oía la respiración, lenta y profunda, y el roce de las sábanas. Cada cierto tiempo le recorría una contracción pequeña y se detenía, sonreía como pidiendo perdón por la pausa, y volvía al balanceo. No sé cómo no me corrí veinte veces.
En la última, clavó las uñas en mis hombros, contuvo el aire y se sacudió encima de mí en una serie de espasmos largos. Sentí el calor del flujo bajándome por el muslo. Intenté empujar yo, agarrarla por la cintura, pero ella, suave y muerta de peso, se desplomó sobre mi pecho y me besó en la boca para que dejara de moverme.
—Chiii —me dijo en los labios—. Ven.
Salió de mí. Se puso a cuatro patas en la cama con la cabeza apoyada en el antebrazo, el culo levantado, la espalda arqueada. Se me presentó así, brillante, todavía latiendo. La agarré por las caderas y me hundí. Esta vez sí pude bombear. Ella llenó el silencio con gemidos más sueltos, más sonoros, mientras movía el culo contra mí en cada empuje.
—Vamos, Daniel, sí —dijo en algún momento, y fue lo único que dijo.
Acabé dentro, en una serie de empujones que se me fueron de las manos. Caí sobre su espalda, ella resbaló bocabajo en el colchón con mi peso encima y me quedé así unos segundos, todavía dentro, hasta que el latido se me fue calmando.
No hubo café, ni té, ni más palabras. Apagamos la luz, nos abrazamos como si nos conociéramos y dormimos hasta que un beso suyo me despertó por la mañana.
Ya iba vestida, con el bolso al hombro.
—Tengo que irme —dijo, y me besó la frente—. Te amo, cielo.
Se fue. Me quedé tumbado en la cama, mirando la puerta cerrada, intentando entender si aquello había pasado de verdad o me lo había inventado entre Salamanca y el café de las tres de la madrugada. La tarjeta de mi habitación seguía sobre la mesita, donde la había dejado. La suya, no.