La noche que te distraje mientras jugabas
Estoy tendida en la cama, completamente desnuda, con la sábana enredada en los tobillos. La habitación está en silencio excepto por el ventilador que gira despacio en el techo. Llevo no sé cuántos minutos así, con una mano apoyada en el vientre y los ojos cerrados, dejando que mi mente viaje sola a una noche de hace meses. No es la primera vez que vuelvo a ese recuerdo. Tampoco será la última.
Cierro los ojos y te veo.
Estabas frente a la pantalla con esa concentración que a veces me saca de quicio y otras veces me resulta la cosa más atractiva del mundo. Tenías los auriculares puestos, el micrófono encendido, y tres compañeros de equipo que dependían de que siguieras apuntando bien. Algún shooter de los tuyos —no recuerdo el nombre exacto, solo el sonido constante de disparos y explosiones y tu voz soltando instrucciones a media voz, calibrada para que no te escuchara toda la calle.
Llevabas tiempo jugando. Yo en el sofá, con un libro que hacía rato había dejado de leer, observándote de reojo. Cada tanto mascullabas algo, te quejabas del lag, pedías cobertura al equipo. Ibas en camiseta y bóxer, los hombros inclinados sobre el teclado, completamente absorto. Había algo en tu concentración absoluta que me irritó de una manera muy particular. Una irritación que no tenía nada que ver con el enojo.
Quería que me miraras.
Me levanté sin hacer ruido. Me quité la camiseta primero, luego el sujetador, luego los pantalones. Me quedé solo con la ropa interior y me acerqué por detrás de tu silla, midiendo cada paso sobre el parqué para que no crujiera. Cuando llegué a tu espalda me detuve un momento, observándote desde atrás. Los auriculares cubrían tus oídos, los dedos se movían sobre las teclas con una precisión automática. Absolutamente ajeno a mí.
Apoyé las palmas en tus hombros. Solo eso, sin presionar. Noté cómo te ponías rígido durante un segundo antes de recuperar el gesto de siempre frente a la pantalla.
Bajé hasta tu cuello. Pegué los labios justo debajo de tu oreja, donde sé que la piel es más sensible, y sentí cómo contuvo la respiración.
—Quieta —murmuraste, muy quedo, sin apartar los ojos de la pantalla.
Eso fue lo único que necesitaba escuchar.
Me envolví alrededor de tu cuerpo desde atrás, pegando el pecho contra tu espalda, y empecé a besarte el cuello con más determinación. Primero suave, casi rozando la piel con los labios. Después con más presión, los dientes buscando ese punto exacto que sé de memoria. Tu respiración cambió pero tu mano siguió moviéndose sobre el ratón, los dedos respondiendo al mismo ritmo mecánico de siempre. Un esfuerzo enorme y ridículo y tremendamente excitante.
Fui bajando despacio por el lateral de tu cuello hacia el hombro, dándote tiempo a recuperar la compostura entre beso y beso, esperando el momento exacto en que volvieras a creer que tenías el control. Entonces apretaba un poco más con los dientes o pasaba la lengua muy despacio, y volvías a tensarte. Era un juego y los dos lo sabíamos, aunque solo yo lo estuviera disfrutando en voz alta.
En algún momento murmuraste algo al micrófono. Una excusa vaga. Creo que dijiste que te había entrado algo en el ojo, o que necesitabas agua. No presté demasiada atención porque estaba demasiado concentrada en rodear tu silla y ponerme de pie frente a ti.
Te alejaste unos centímetros de la mesa. Lo justo. Un gesto casi involuntario, como si tu cuerpo hubiera tomado la decisión antes que tu cabeza. Me miraste medio segundo —los auriculares todavía puestos, el partido todavía en marcha, el cursor de tu personaje moviéndose solo en la pantalla— y luego volviste la vista hacia adelante con esa expresión de concentración fingida que me resultó la cosa más absurda y excitante del mundo.
Me arrodillé.
Llevé las manos a tus muslos y fui subiendo despacio, sin apresuramiento, disfrutando de cada centímetro. Cuando mis dedos llegaron al borde del bóxer ya notaba la respuesta de tu cuerpo antes de tocarte directamente. Calor, tensión, ese cambio en tu respiración que no puedes fingir aunque quieras.
Me tomé mi tiempo en sacar lo que buscaba. Lo hice a propósito, mirándote de abajo arriba mientras tú fingías no bajar los ojos. Tu mano derecha sostenía el ratón con una obstinación ya casi cómica. Yo sonreí y me incliné hacia adelante.
El primer contacto fue con los labios apenas cerrados, un roce lento de arriba abajo. Notaba el calor contra mi boca, el pulso, la forma de ti endureciéndose con cada segundo. Escuché tu respiración volverse entrecortada, controlada a la fuerza, y empecé a moverme con más intención. Lento todavía. Sin prisa.
Metí la mano entre tu cuerpo y el borde de la silla para acomodarme mejor. Con la otra te sujeté la base, firme, y abrí la boca por completo.
La primera vez que bajé hasta la garganta soltaste un sonido corto, ahogado, que silenciaste casi de inmediato pero que sentí vibrar por toda tu piel. Durante los minutos siguientes te observé hacer el mayor esfuerzo de tu vida adulta por no hacer ningún ruido.
Alternaba el ritmo a propósito. Un vaivén lento y profundo que te hacía apretar los dedos sobre el ratón, seguido de una pausa en la que solo succionaba la punta con cuidado, dejándote respirar y creer que te ibas a recuperar. Luego volvía a bajar sin avisarte, nunca al mismo ritmo dos veces seguidas. Notaba cómo te costaba más mantener el gesto cada vez que lo hacía.
A veces levantaba los ojos y te veía con la mandíbula apretada, los labios cerrados con fuerza, la mirada fija en la pantalla como si tu vida dependiera de no bajarla. Eso me encendía más que cualquier otra cosa. Ese esfuerzo tuyo, esa batalla interna entre el juego y lo que yo te estaba haciendo. Tú perdías y los dos lo sabíamos.
En algún momento llevé una mano hacia mí misma. Había deslizado la ropa interior hacia un lado sin darme casi cuenta, y cuando mis dedos me encontraron ya sabía lo que iba a hallar. Húmeda, sensible, con ese calor sordo que había ido creciendo mientras te besaba el cuello y me arrodillaba frente a ti. Cerré los ojos un momento y me moví al mismo ritmo que usaba contigo, buscando ese punto exacto que conozco mejor que nadie.
Me escuchabas. Lo sabía. Por mucho que mantuvieras los ojos en la pantalla y los dedos en el ratón, me escuchabas.
Aumenté el ritmo. Los dos a la vez, mi boca sobre ti y mis dedos sobre mí, encontrando ese lugar preciso que me dobla la espalda. Empecé a notar el calor subir desde las rodillas hacia el vientre, esa presión que se acumula y se aprieta hasta que no hay forma de retenerla más. Mi respiración ya no era silenciosa. Gemía con tu cuerpo todavía en mi boca, un sonido bajo y real que noté recorrer tu piel entera.
Tu mano se crispó sobre el ratón. Escuché tu respiración romperse por primera vez de verdad.
El orgasmo me llegó con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, temblando. Tuve que apoyar la mano libre en tu muslo para no perder el equilibrio. Fue largo, de esos que no terminan de golpe sino que se van deshaciendo en oleadas hasta que los músculos no responden. Estaba jadeando cuando volví en mí, con las mejillas ardiendo y las piernas entumecidas del frío del suelo.
Cuando levanté los ojos, tú ya habías muteado el micrófono.
No sé exactamente cuándo lo hiciste. Quizás cuando empecé a gemir. Quizás antes. El caso es que el botón estaba apretado y tus manos ya no estaban sobre el teclado sino en mi pelo, sujetándome con una firmeza que no dejaba lugar a interpretaciones.
—Ahora sí —dijiste. Solo eso.
No hacía falta más. Retomé el ritmo pero esta vez eras tú quien lo marcaba, guiando con las manos, controlando la profundidad y la velocidad. Me dejé llevar sin resistencia. Había algo honesto y directo en ceder el control completamente, en dejar que fuera tu ritmo y no el mío, en no decidir nada.
Los sonidos que llenaron la habitación ya no eran los del juego. Eran los nuestros: tu respiración forzada, mis jadeos amortiguados, el ruido de tu cuerpo en mi boca moviéndose más rápido. Te escuché gruñir con una voz que no usas en otros momentos, más baja, más urgente, sin cuidado.
Cuando llegaste lo hiciste con fuerza. Las manos apretando mi pelo, el cuerpo entero sacudiéndose, ese sonido gutural que sale solo cuando ya no hay nada que controlar. Sentí el calor en mi garganta y tragué despacio, sin apresuramiento, dejándote terminar del todo antes de soltar.
Después permanecí un momento arrodillada en el suelo, recuperando el aire. Tenía la barbilla húmeda y las piernas entumecidas de la posición. Me limpié con el dorso de la mano y te miré desde abajo.
Tú me mirabas también, con los auriculares colgando de un lado y esa expresión de alguien que acaba de recordar que existe el mundo real. Había algo en tu cara —un rastro de sonrisa, un poco de incredulidad todavía— que me hizo sentir algo mejor que cualquier orgasmo.
—El partido —dije.
—Que se jodan —respondiste.
***
Abro los ojos. El techo del dormitorio. El ventilador girando despacio, las aspas borrosas en la penumbra. La sábana enredada en los tobillos y mis dedos todavía moviéndose casi sin querer, como si el recuerdo los hubiera activado por su cuenta y no necesitaran mi permiso para continuar.
Noto la humedad bajo mí. No es poca. Me río sola en el silencio de la habitación, un poco avergonzada y un poco satisfecha a la vez, porque sé que lo vas a notar cuando llegues. Que vas a ver las sábanas revueltas y el charco y vas a saber exactamente en qué estaba pensando mientras tú no estabas.
Hay algo delicioso en eso. En el momento previo, en la anticipación de que cruces la puerta y lo veas y me mires con esa expresión que conozco de memoria.
Me pregunto qué vas a hacer al respecto.
Una sonrisa traviesa se me dibuja sola en los labios mientras espero.