El cliente que me confesó cómo descubrió ser bisexual
—Me apena mucho lo que estoy pasando, doctora Lucía, pero no veo otra salida a esta situación.
Mateo se sentó frente a mí con la postura de un hombre que no ha dormido en una semana. Camisa planchada al revés, un anillo que ya no sabía si quitarse o seguir cargando, los ojos fijos en la madera del escritorio.
—Llámame Lucía a secas. Si vamos a trabajar juntos un par de meses, mejor empezar tranquilos. Cuéntame qué te trae a mi despacho.
—Mi mujer me dejó.
—¿Y eso te apena tanto, o lo que te apena son los motivos?
Levantó la cabeza despacio. Le bastó esa pregunta para entender que yo no era una abogada cualquiera. Hay confesiones que se huelen antes de escucharlas, y la suya tenía un aroma denso, de los que terminan ensuciando el papel y a quien sostiene la pluma.
—Te ofrezco confidencialidad y te prometo no juzgarte. Cada quien tiene sus infiernos y los vive como puede. ¿A qué te dedicas, Mateo?
—Soy gerente de tráfico portuario. Hasta hace dos meses estaba comisionado en Cartagena. Despachaba contenedores hacia Bogotá. Pasaba casi todo el año fuera de casa.
—Imagino que eso ya es una bomba. Una esposa sola, un puerto lleno de gente nueva, mucho calor…
—Daniela jamás me reprochó nada durante el primer año. Tenía todo lo que cualquier mujer hubiera deseado: la casa, el coche, los viajes. El problema no era el dinero. El problema era que en Cartagena yo empecé a sentir cosas que nunca había sentido en Bogotá.
—¿Cosas?
Le tembló un poco la mano cuando dejó el vaso sobre el escritorio. Yo crucé las piernas debajo del mueble. Eso lo hago siempre que algo me empieza a interesar más de lo debido.
—Hasta los treinta y dos siempre me consideré heterosexual sin matices. Y entonces conocí a Tomás.
—Sigue.
—Tomás iba a sustituirme cuando me promovieran. Lo entrené durante dos meses. Era simpático, abierto, de esos que entran en una habitación y la temperatura sube cinco grados. Nos hicimos amigos demasiado rápido.
—¿Y la cena de la que me hablabas por teléfono?
—Hace una semana subimos a Bogotá los dos. Andrés, el gerente regional, organizó una cena para entregarnos los nombramientos. Pidió que fuéramos con pareja. Estábamos él con su esposa, Sofía la gerente de Cartagena, y nosotros tres: Tomás, Daniela y yo.
—¿Sofía sin acompañante?
—Sofía siempre sola. Llegó con un vestido negro con abertura hasta la cadera. Sangre costeña, ojos verdes, esa risa pícara que ablanda incluso al hombre más serio. Yo pensé que se entendería con Tomás, pero la noche tomó otro rumbo. Daniela y ella se sentaron juntas. Empezaron como dos amigas que se acaban de descubrir. A los postres ya se hablaban al oído.
—¿Y nadie veía nada?
—Yo lo veía. Hasta que en un descuido Sofía dejó caer un cubierto. Se inclinó a recogerlo. Y en lugar de levantarse, pasó los labios por toda la cara interna del muslo de Daniela. Despacio. Hasta la abertura de la braga. Mi mujer me apretó el brazo con tanta fuerza que casi me derrama el vino. Soltó un suspiro que solo escuchamos los tres.
—Increíble.
—Sofía se incorporó como si nada. Sonrió y le preguntó si estaba bien. Daniela, con los ojos vidriosos, respondió que se le habían subido las copas. Todos rieron. Solo yo sabía qué había pasado de verdad debajo del mantel.
Y solo yo sabía por qué se me empezaban a humedecer las bragas detrás del escritorio.
—¿Y después de la cena?
—Propuse continuar en casa. Sofía se excusó: tenía que estar en Cartagena temprano. Pero antes de irse miró a Daniela y le dijo: «Prométeme que la próxima vez sí terminamos esta velada juntas». Mi mujer se puso roja. Andrés se fue con su esposa. Solo Tomás aceptó subir a nuestro apartamento.
—Tomás solo.
—Tomás solo.
Hizo una pausa larga. Bebió. Me miró a los ojos. Supe que la parte difícil empezaba justo ahí.
—Durante el trayecto en taxi, Daniela se transformó. Me desabotonó la camisa. Me sacó el pene y se lo metió en la boca en plena Séptima. Tomás iba detrás, viéndolo todo, tocándose por encima del pantalón. Yo no la reconocía.
—¿Qué te dijo cuando llegaron arriba?
—Subimos al cuarto los dos solos. Pensé que iba a echar a Tomás. Pero apenas cerramos la puerta se arrodilló y me suplicó: «Tómame por detrás, ya, sin preguntas». Le dije que se le había ido la mano con el vino. Me respondió: «No es el vino. Es la lengua de Sofía. Es lo guapo que está tu compañero. Son las tetas de la mujer de tu jefe. Es todo. Solo dámelo en el culo, cabrón».
—Vaya.
—Y lo hice. Como si fuera la primera vez. Como si no la conociera. Le levanté el vestido, le bajé las bragas empapadas y se lo metí de un solo golpe hasta golpear su pubis con el mío. Ella gritaba a propósito para que Tomás nos escuchara desde el salón. Yo terminé con la cara enterrada en su nuca, agotado, sin entender de dónde había salido esa mujer.
—¿Y eso fue todo?
—No, Lucía. Esa fue la antesala. Lo demás vino después.
***
A esa altura yo ya no era abogada. Era una mujer con una falda demasiado estrecha que escuchaba a un hombre destrozado contarle algo que no debería contar. Me había aflojado el lazo de la blusa sin darme cuenta. Tenía una pierna sobre el reposabrazos del sillón y los dedos hundidos entre las piernas, deslizándose por encima del encaje empapado. El relato avanzaba y yo me iba quedando sin defensas.
—Sigue. ¿Bajaron al salón?
—Bajamos. Daniela se cambió. Se puso una bata transparente y debajo solo unos cacheteros mínimos. Yo bajé en bata, sin nada debajo. Tomás nos esperaba con tres copas servidas. Sonrió y dijo que siempre hay que celebrar después de una buena sesión. A Daniela se le encendió la cara.
—¿Y se lanzaron así, sin más?
—Daniela me besó delante de él. Me recorrió las caderas con las manos. Me bajó la bata sin avisar. Me dejó desnudo a tres metros de Tomás. Él también se quitó la ropa. Quedó en un calzoncillo que no aguantaba lo que tenía adentro. Y entonces Daniela me miró y me dijo lo que llevaba meses queriéndome decir: «Esta noche quiero verte ser una hembra sedienta».
—¿Eso te dijo, así, con esas palabras?
—Con esas palabras. Y yo no contesté. Solo cerré los ojos.
Tragué saliva. Apreté los muslos hasta que me dolieron. Cualquier intento de fingir profesionalismo se había ido al carajo hacía rato.
—Daniela se arrodilló detrás de mí. Me lamió las nalgas. Me separó con las manos. Encontró ahí algo que yo nunca le había permitido a nadie. Y empezó a humedecerlo con la lengua como si fuera una golosina. Mientras tanto, le hacía una seña a Tomás invitándolo a unirse. Yo escuchaba mi propia voz suplicar que no parara, sin reconocerla.
—¿Y él se acercó?
—Se acercó. Me tomó de la nuca con una mano. Con la otra me palpó el pene, que ya escurría. Me dio la vuelta. Me pegó la espalda contra su pecho. Me besó el cuello. Yo no estaba pensando, Lucía. Solo estaba sintiendo. Por primera vez en mi vida me estaba dejando llevar como si fuera una mujer.
Mateo bajó la cabeza. Yo, mientras tanto, me había bajado las bragas hasta los tobillos sin darme cuenta. Tenía el clítoris hinchado de tanto frotarlo por encima del encaje. Le agarré la nuca con las dos manos y lo atraje hacia mí. No le pregunté. Solo le dije lo único que mi cuerpo todavía sabía pronunciar.
—Bájame la falda. Méteme esa verga que tienes marcada bajo el pantalón. Y dámela también atrás, papi, que soy adicta. No te aguantes ni un segundo. Quiero sentirte igual que sentiste a Tomás.
***
Lo siguiente fue rápido y feroz. Empujé los papeles del escritorio con el antebrazo. Quedé bocabajo sobre la madera fría, con la falda arrugada hasta la cintura y las nalgas en alto, pidiendo a gritos lo que me había pasado dos horas suplicando en silencio. Mateo no me preguntó nada. Me arrancó las medias, me separó con los pulgares y me clavó el pene de una sola estocada. Grité tan fuerte que probablemente la recepcionista del piso de abajo escuchó. No me importó en absoluto.
—¿Te lo piden seguido por detrás, Lucía? —jadeó.
—Casi nunca. Por eso ahora más, papi, no te detengas. Termina lo que empezaste hace dos horas.
Mientras él arremetía, una mano le alcanzaba mi clítoris y la otra me apretaba un pezón por debajo de la blusa abierta. Yo sentía la madera contra el vientre, los muslos temblando, la electricidad subiendo desde algún sitio que llevaba años dormido. Cuando me hizo correr, mordí la carpeta de su propia causa. No me reconocí en el ruido que salió de mi garganta.
—Sigue contándome —le dije sin moverme, todavía con él dentro—. Necesito saber cómo terminó esa noche.
—¿Ahora?
—Ahora.
Soltó una risa rendida. Salió de mí con cuidado. Nos sentamos en el sofá de las visitas, desnudos los dos, con la respiración entrecortada y el sudor pegándonos los muslos a la piel del cuero.
—Tomás me tomó de la cintura —retomó—. Me meció al ritmo de una canción suave que Daniela había puesto. Me pasó la verga entre las nalgas, untándola con su propio lubricante. Yo le tomé los dedos y me los llevé yo mismo al ano. No me reconocía, Lucía. Era otra persona. Era una mujer pidiendo algo que jamás había aceptado siquiera imaginar.
—¿Y entró?
—Entró. Sin dolor. Le separé las nalgas con mis propias manos para que avanzara. Sentí cómo cedía mi cuerpo, como si llevara treinta y dos años esperando esa entrada exacta. Me corrí mientras él todavía empujaba. Sin tocarme. Solo con el roce de su verga contra algo dentro de mí que jamás había despertado. Lo bañé entero de semen. Daniela se masturbaba en la terraza y me miraba como quien por fin entiende algo que no podía explicar.
—¿Y ella, después?
—Ella se vistió y se fue al cuarto. Sin decir una palabra. Me dejó solo con Tomás. A la mañana siguiente las maletas estaban hechas y un papel sobre la mesa: «Eres bisexual. Eso no me da rabia. Lo que me da rabia es que tuvieras que conocer a Tomás para descubrirlo. Adiós».
—Vaya despedida.
—Sigue convencida de que soy gay. Yo sé que no. Yo sé que amo lo que pasó con ella tanto como lo que pasó con él. Pero ya da igual lo que yo sepa. Ella decidió.
Apoyé la cabeza en su hombro. No para consolarlo. Para respirar más cerca de él. Quedaba un último cabo del relato que mi cuerpo todavía no soportaba dejar suelto.
—Mateo.
—Dime.
—Tu mujer se equivocó en una cosa.
—¿En cuál?
—En irse antes de descubrir lo bueno que estaba dejando. Yo, en su lugar, me hubiera quedado a aprender.
Me miró sin contestar. Bajó la mano por mi espalda hasta el borde mismo de la nalga. Sonrió por primera vez en toda la tarde.
—¿Y crees que mi divorcio está justificado, Lucía?
—Creo que apenas estás empezando una vida plena, Mateo. Y creo que necesitas una abogada que entienda exactamente lo que sentiste esa noche. Por suerte tienes una.
Subió la mano hasta encontrarme otra vez. Yo abrí las piernas sin pudor. La tarde apenas iba por la mitad y mi escritorio había dejado de ser un mueble de trabajo. Era un altar. Y yo, después de años escuchando confesiones ajenas con la falda en su sitio, por fin estaba dispuesta a confesar la mía propia.
Quizá Daniela tenía razón en algo: hay deseos que solo se despiertan cuando alguien los pone en palabras delante de ti.
—Una última cosa antes de seguir —le dije, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
—¿Qué?
—Cuando subamos los honorarios, no te asustes. Una confesión así no se cobra por hora. Se cobra con sangre.
Se rió bajito. Me tomó de la cintura. Y por primera vez en mucho tiempo, los dos estábamos exactamente donde queríamos estar: él, fuera del armario que se había construido en treinta y dos años; yo, fuera del personaje de abogada intachable que llevaba la mitad de mi vida representando.