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Relatos Ardientes

Mi confesión: lo que pasó cuando volvió del viaje

Llevaba siete días contándolos. Los primeros dos pasaron casi sin que me diera cuenta, ocupada con el trabajo y esa rutina automática que se activa sola cuando estoy sola: microondas, serie en la cama, teléfono boca arriba sobre la almohada. El tercero empecé a notar la mitad vacía del colchón, ese espacio donde van las piernas de Nicolás y que tiene una temperatura diferente al resto. Para el cuarto día ya me costaba concentrarme en cualquier reunión que durara más de diez minutos. El quinto y el sexto los pasé en piloto automático. Y el séptimo, un viernes por la noche, me encontré de pie frente al espejo del baño con el vestido verde oscuro ajustado que a él le gusta, aplicando el último toque de labial, diciéndome que en menos de dos horas lo iba a ver.

También estaba con el período. Lo supe esa misma mañana, cuando me levanté y sentí esa sensación familiar de peso en el bajo vientre. En lugar de la frustración habitual que acompaña a ese momento, sentí otra cosa: una intensidad que reconocí de otras veces, un deseo que se multiplicaba con los días de ausencia y con el calor propio de ese momento del ciclo. Era como si el cuerpo hubiera tomado sus propias decisiones sin consultarme.

El aeropuerto de Ezeiza a las diez de la noche tiene esa luz artificial que aplana todo. Me paré cerca de las puertas de llegada internacional con el teléfono en la mano y los ojos en la pantalla de vuelos. El número del vuelo de Nicolás decía «En tierra» desde hacía veinte minutos. Calculé que tardaría otros veinte en salir, entre migraciones y la cinta del equipaje. Me apoyé contra la baranda de metal y lo esperé.

Con el vestido verde y las botas de cuero que llegaban a la rodilla, me sentía bien puesta y absurdamente nerviosa, como si fuera a encontrarme con alguien que no conocía en lugar de con el hombre con quien comparto el departamento hace tres años. Eso me pasa siempre después de que estamos separados más de cuatro días: hay un momento de reencuentro que parece casi una primera vez, una superposición extraña del tiempo presente y del recuerdo de las primeras veces.

Cuando Nicolás apareció entre la gente, lo reconocí por los hombros antes que por la cara. Caminaba con la mochila cruzada en diagonal y el saco doblado sobre el antebrazo. Tenía el pelo revuelto y cara de doce horas de vuelo, y aun así lo vi desde lejos y sentí ese tirón en el pecho que ya no recuerdo cuándo empezó pero que tampoco podría imaginar sin él.

—Hola —fue lo único que se me ocurrió cuando llegó hasta mí.

—Hola, vos —dijo, y me levantó del suelo un segundo.

Me abracé a su cuello y hundí la nariz en su hombro. Olía a avión y a ese jabón con cedro que usa, y al tenerlo cerca sentí que algo que había estado apretado toda la semana empezaba a aflojarse. Nos besamos despacio, en el medio de la terminal con gente pasando alrededor. Una mujer con valija nos dio un codazo sin querer. Ninguno de los dos se movió.

—¿Cómo estuvo el viaje? —pregunté cuando nos separamos.

—Largo. Todo muy largo.

—¿Valió la pena?

Me miró con esa expresión que mezcla el cansancio con algo más.

—Esta parte sí vale la pena.

***

En el auto, mientras cruzábamos la autopista de vuelta a la ciudad, yo tenía la mano apoyada sobre la suya en el cambio de marchas. Nicolás miraba la ruta y de vez en cuando me apretaba los dedos. Hablamos de su viaje, de una reunión que salió mejor de lo esperado, de que había comido mal toda la semana y que quería algo caliente. Hablamos de cosas normales, de las cosas de siempre, pero debajo de esa conversación había otra que todavía no empezaba y que los dos sabíamos que iba a empezar pronto.

—Te extrañé mucho —dijo en un momento, sin venir a cuento de nada específico.

—Yo también —respondí.

—¿Mucho?

—Demasiado, casi.

Me miró un segundo, despegando los ojos de la ruta, y yo vi en esa mirada lo mismo que yo tenía en la mía. Volví a mirar al frente y no dijimos nada más hasta que estacionó frente al edificio. En el ascensor nos besamos. Seis pisos son suficientes, si uno tiene ganas.

***

Adentro del departamento, con la puerta cerrada y la mochila de Nicolás todavía en el pasillo, me arrimó contra la pared del recibidor. Quedamos cara a cara, muy cerca, con la luz del corredor encendida y el departamento en silencio detrás de nosotros.

—Tengo que decirte algo —dije.

—¿Qué?

—Estoy con el período.

Silencio de dos segundos. Luego se encogió de hombros.

—¿Y?

Eso fue todo. Esas dos letras lo dijeron todo. Tres años juntos tienen esa ventaja: hay cosas que ya no necesitan más explicación que esa. Lo tomé de la mano y lo llevé al dormitorio.

Dejé la lámpara de la mesita encendida. No quería oscuridad esa noche: quería verlo, recordar cada detalle de cómo era su cuerpo después de haberlo tenido presente solo en la memoria durante una semana. Nicolás se sentó en el borde de la cama y se sacó las botas con esa calma que siempre me desespera un poco. Yo lo miré hacer eso desde donde estaba, ese gesto tan doméstico, y sentí una mezcla de ternura y deseo que me resultó completamente nueva en su proporción. Luego se paró, se sacó la camisa, y dejé de pensar en ternuras.

—Vení —dije.

Lo que siguió fue largo y sin apuro. Empezamos de la única manera que tiene sentido después de una semana de ausencia: despacio, repasando algo que se sabe de memoria pero que de todas formas hay que volver a recorrer para no perder ningún detalle. Sus manos en mi espalda, mis manos en la suya. La forma exacta en que encajamos cuando estamos acostados de costado. El peso de su cuerpo cuando se mueve encima del mío.

—Te extrañé —dijo contra mi cuello.

—Ya sé —respondí.

—¿Ya sabés o también lo sentiste?

—También lo sentí.

Bajó despacio. Primero los labios en el cuello, luego en la clavícula, luego en el borde del corpiño. Me lo desabrochó con una sola mano, algo que todavía no entiendo del todo cómo hace, y siguió bajando. Cuando llegó a mis bragas las corrió hacia el costado.

Hubo un segundo de pausa. Lo miré desde arriba. Él levantó la vista hacia mí y en lugar de incomodidad o duda vi algo completamente diferente: un fuego puntual y concentrado que lo conozco bien y que sé lo que anuncia.

—Hola —dije, con una sonrisa que no pude evitar.

Se rió. Una risa corta y genuina.

—Hola —respondió, y bajó la cabeza.

No voy a mentir: era algo en lo que había pensado durante los siete días. En cómo iba a reaccionar él cuando llegara ese momento, en si iba a hacer algún gesto que arruinara el clima. Nicolás no hizo ningún gesto. Se tomó su tiempo con la concentración que pone en las cosas que le importan, y yo me olvidé de observarlo y me concentré solo en lo que sentía, que era intenso y continuo y sin pausas.

Lo tuve que detener antes de que llegara al final. Lo quería adentro primero, eso era lo que más necesitaba en ese momento. Él se reacomodó, se acostó encima de mí, y cuando entró solté el aire que no sabía que había estado reteniendo.

—Mirá —dije.

Me miró.

Estuvimos así un rato, moviéndonos despacio y mirándonos, algo que en otras circunstancias me resulta demasiado intenso para sostenerlo pero que esa noche se sentía exactamente como tenía que sentirse. El orgasmo llegó sin que yo lo estuviera buscando activamente, construido de a poco con los siete días encima y esa intensidad que no tiene nombre preciso. Largo y profundo, con las manos aferradas a sus hombros y la espalda arqueada contra el colchón.

Cuando pude hablar de nuevo, él todavía no había terminado.

—Date vuelta —dijo con la voz cambiada.

Me di vuelta. Entendí que él también tenía siete días acumulados que quería sacar de algún lado, y que ahora era su turno de hacerlo a su manera.

Lo que vino después fue diferente en todo: en el ritmo, en la intensidad, en la manera en que se movía. Yo estaba apoyada en las manos y las rodillas y él detrás, y en un momento sentí que sus dedos se desplazaban hacia arriba, buscando un punto diferente. Lo miré por encima del hombro.

—¿Sí? —preguntó.

—Sí —dije.

Fue despacio. Siempre es despacio en ese caso, los dos lo sabemos bien. Tardamos un rato en encontrar el ángulo y la presión correcta, y cuando llegamos al punto en que funcionaba me quedé quieta un momento, respirando profundo, dejando que el cuerpo se adaptara a esa sensación densa que mezcla el dolor inicial con algo que no tiene nombre fácil pero que reconozco cada vez. Luego él comenzó a moverse y yo me moví con él, y el dolor que hay al principio se fue convirtiendo en otra cosa, en algo lleno y constante que hacía imposible pensar en nada más.

Apoyé la frente en el antebrazo y cerré los ojos.

—Siete días —dijo él, casi para sí mismo, con la respiración ya del todo cambiada.

—Siete días —repetí yo.

A esa altura ya funcionaba como una contraseña entre nosotros. Una forma abreviada de decir todo lo que no habíamos podido decirnos por teléfono durante la semana porque habría sonado forzado o raro o demasiado explícito para ser dicho así, en frío, a través de una pantalla.

Cuando terminó, nos quedamos un rato sin movernos. Luego se acostó a mi lado y yo me recosté sobre su pecho. Ninguno de los dos habló por un rato.

***

Al cabo de unos minutos, con la respiración normalizada, Nicolás miró hacia las sábanas. Las miró un momento en silencio.

—Son las de hilo egipcio —dijo.

—Ya sé.

—Las que regaló tu mamá.

—Ya sé.

—¿Y?

—Mañana las lavamos.

—Mañana las lavamos —aceptó, y apagó la luz de la mesita.

En la oscuridad, con su brazo debajo de mi cuello y la calefacción haciendo ruido en la pared, sentí que el departamento volvía a ser el departamento. No el lugar donde había dormido sola durante una semana, sino el lugar donde vivimos los dos. Esa distinción, que no había sabido que notaba hasta ese momento, era enorme.

—¿Qué fue lo que más extrañaste? —pregunté—. La versión larga que me debés.

—¿Ahora querés la versión larga?

—Ahora.

Tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, su voz tenía esa textura baja que tiene cuando está cansado pero todavía no tiene sueño.

—Esto —dijo—. Exactamente esto. La cama, la oscuridad, vos acá.

—Eso no es la versión larga.

—Es la versión honesta.

Lo abracé más fuerte. Él me besó en el pelo y en un par de minutos su respiración se volvió más pareja, más regular. Se quedó dormido antes que yo.

Me quedé un rato mirando el techo en la oscuridad, escuchando los ruidos del edificio, el tráfico amortiguado que llegaba desde la avenida. Pensé en los próximos días, en que mañana era sábado y que no teníamos ningún compromiso hasta el domingo a la tarde. Suficiente tiempo para recuperar el terreno perdido durante la semana, para desayunar despacio, para hacer lo que hace falta cuando dos personas llevan varios días sin estar en el mismo espacio.

Pensé también en que a veces la ausencia sirve para eso: para que la presencia del otro deje de ser aire y vuelva a tener peso específico. Para que uno recuerde que lo que tiene es real y no solo una costumbre que se mueve sola.

No lo desperté para decirle eso. Lo guardé para el desayuno.

Me acurruqué contra su costado, cerré los ojos, y dormí de un tirón hasta las diez de la mañana.

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Comentarios (7)

SofiNoche22

ay dios mio!!! me encanto, quede pegada hasta el final

Martincho87

Por favor continúa, eso no puede quedar ahí. Necesito saber cómo siguio la noche

marianela_82

Me recordó a cuando yo espere así en una terminal a alguien importante. Esa mezcla de nervios y deseo la sentí exactamente igual. Muy bien escrito

CelesteMGC

El vestido ajustado en la terminal... demasiado. Me encantó ese detalle, lo dice todo sin decir nada

FerRomero

relato genial, se hace corto quiero mas!!!

cardonpab

Cuanto tiempo sin verse exactamente? me quede con esa duda. De todas formas muy buen relato

PatriciaH

Me gusta que tiene emocion real, no es vulgar sino humano. Se siente la espera fisica y emocional a la vez

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