El favor que le pedí a mi amiga me cambió para siempre
Renata no aguantaba más. Dos semanas con su marido de viaje, dos semanas durmiendo sola en una cama demasiado grande, y el cuerpo le pedía algo que no sabía nombrar sin sonar desesperada. Lo notaba al despertar, lo notaba bajo el agua de la ducha, lo notaba cada vez que cruzaba las piernas en el escritorio y sentía ese latido tonto y persistente entre los muslos.
Esa mañana, en el gimnasio, el sudor le bajaba por el escote mientras empujaba la barra una última vez. A su lado, Carla la observaba con esa media sonrisa que siempre adivinaba más de la cuenta.
—Te pasa algo —dijo Carla, secándose la nuca con la toalla—. Llevas toda la semana con cara de no haber dormido.
Renata dejó la barra sobre el soporte y respiró hondo. No tenía sentido fingir con la única persona que la conocía de verdad.
—Necesito que alguien me toque —soltó, en voz tan baja que Carla tuvo que acercarse—. Necesito perder la cabeza una noche. Estoy harta de esperar a un hombre que ni siquiera me llama desde el aeropuerto.
Carla no se rió. Apoyó los codos en las rodillas y bajó todavía más la voz, como si las paredes pudieran escucharla.
—Conozco a unos cuantos que estarían encantados de ayudarte —dijo—. Los del quinto B. Comparten piso, entrenan aquí cada tarde. Cinco. ¿Te has fijado en ellos?
Claro que se había fijado. Eran difíciles de ignorar: altos, anchos, de esos que ocupan dos máquinas a la vez y hablan poco. Renata los había mirado de reojo más de una vez, pensando cosas que después intentaba olvidar en el coche, de camino a casa, con la radio demasiado alta.
—No me hagas esto —dijo, aunque la sola idea ya le había acelerado el pulso—. Sabes que no podría.
—No te estoy obligando a nada —respondió Carla, encogiéndose de hombros—. Solo te digo que existe la posibilidad. Lo que hagas con ella es cosa tuya. Pero te conozco, Renata. Y sé esa cara. Es la cara de alguien que ya decidió y solo busca quien le dé permiso.
Renata se quedó callada, mirándose las manos. Carla tenía razón, como casi siempre. Llevaba meses sintiéndose invisible en su propia casa, hablándole a un hombre que contestaba sin levantar la vista del móvil. La idea de que cinco desconocidos la desearan, aunque fuera por una sola noche, le resultaba más tentadora de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
—¿Cinco? —repitió, y notó cómo se le secaba la boca.
—Cinco —confirmó Carla, rozándole disimuladamente el brazo—. Y te aseguro que no te vas a ir caminando igual que llegaste. Dame el viernes. Yo me encargo del resto.
Renata se mordió el labio. No deberías. Estás casada. Esto es una locura. Pero el latido entre las piernas pesaba más que cualquier argumento.
—El viernes —dijo, y la palabra le supo a desafío.
***
Llegó al portal a las diez, sin bragas debajo del vestido, con el corazón golpeándole las costillas. Había estado mojada desde que salió de casa, y el roce de la tela contra la piel desnuda no ayudaba. Carla la esperaba en el rellano del quinto con una copa de vino en la mano y los ojos brillantes.
—Yo me quedo a mirar —le susurró al oído al abrir la puerta—. Esto tengo que verlo.
Dentro, el salón estaba en penumbra, iluminado solo por una lámpara de pie y la luz azulada de un televisor apagado a medias. Los cinco la esperaban, repartidos por los sofás. Darío, el más callado, fue el primero en levantarse. Detrás de él, Iván, Bruno, Tomás y Gael, todos con la misma calma de quien sabe lo que va a pasar.
—Carla nos dijo lo que necesitas —dijo Darío, acercándose despacio. Le puso una mano en la cintura, sin prisa, y la giró para mirarla de arriba abajo—. ¿Es verdad que quieres olvidarte de tu nombre esta noche?
Renata tragó saliva. Tenía cinco pares de ojos encima y la sensación de estar al borde de algo de lo que no había vuelta atrás.
—Sí —dijo—. Eso quiero.
No hizo falta más. Darío le hundió los dedos en el pelo y tiró hacia abajo con firmeza, obligándola a arrodillarse sobre la alfombra. Renata sintió el suelo bajo las rodillas y, sobre ella, el peso de las miradas. Le acercó la polla a la cara, ya dura, y la rozó contra sus labios.
—Ábrela —ordenó en voz baja.
Ella obedeció. Lo recibió despacio al principio, saboreándolo, sintiendo cómo crecía contra su lengua, y luego más hondo, hasta que se le humedecieron los ojos y la respiración se le volvió un jadeo entrecortado. Darío la dejaba marcar el ritmo y, cuando ella se atrevía a más, él empujaba un poco, solo lo justo para recordarle quién mandaba.
—Mírala —dijo Iván, acercándose por un costado—. Lleva toda la semana fingiendo que es una señora.
Los demás se fueron desnudando sin prisa. Renata pasaba de uno a otro, turnándose, lamiendo, sintiendo el calor de la piel ajena en las palmas de las manos. Tenía las mejillas ardiendo y el cuerpo tan tenso que el más mínimo roce la hacía estremecerse.
—Al sofá —dijo Bruno.
La levantaron entre dos y la tendieron boca arriba sobre los cojines. Gael le separó las piernas con las manos, despacio, y se quedó mirándola un segundo antes de tocarla, como quien disfruta de la espera tanto como del resto.
—Estás empapada —murmuró, y deslizó dos dedos dentro de ella sin aviso.
Renata arqueó la espalda y soltó un gemido largo que no pudo contener. El primer empujón de verdad la hizo gritar: Darío se hundió en ella de una sola embestida, llenándola por completo, y el resto se acomodó alrededor como si llevaran años haciéndolo.
—Más fuerte —pidió ella, agarrándose al respaldo—. No te contengas.
La complacieron. Darío la embestía con un ritmo que le sacaba el aire de los pulmones mientras Iván le ofrecía la boca y ella lo recibía con avidez, alternando entre el placer de abajo y el de arriba hasta perder la cuenta de dónde empezaba uno y terminaba el otro. Tomás y Gael le acariciaban los pechos, le mordían el cuello, le susurraban al oído cosas que la hacían apretarse todavía más.
Carla, desde el sillón del rincón, los miraba con la copa olvidada en la mano y la otra entre las piernas, mordiéndose el labio.
***
La cambiaron de postura sin que ella tuviera que pedirlo. La sentaron a horcajadas sobre Bruno, que la sostuvo por las caderas y la guió hasta empalarla del todo. Detrás, Tomás esperaba, y cuando Renata sintió la presión contra el otro punto, todo su cuerpo se tensó de anticipación.
—Tranquila —le dijo Tomás, besándole la nuca—. Despacio.
Avanzó centímetro a centímetro, dándole tiempo, y Renata contuvo la respiración hasta que el cuerpo cedió y el dolor se transformó en otra cosa, en una plenitud abrumadora que le arrancó un gemido ronco. Cuando los dos empezaron a moverse, alternándose, llenándola por todos lados a la vez, sintió que se desbordaba.
—No voy a aguantar —jadeó—. Dios, no voy a aguantar.
El orgasmo la sacudió de pies a cabeza, violento, larguísimo, dejándola temblando entre los dos cuerpos. Gael aprovechó para acercarse a su boca y ella lo recibió sin dudarlo, todavía estremecida, con las piernas convertidas en gelatina.
Rotaron durante horas. La pusieron a cuatro patas sobre la alfombra, de pie contra la pared con las piernas alrededor de una cintura, tendida en el borde del sofá con la cabeza colgando. Renata se dejó llevar por completo, sin pensar, sin recordar quién era fuera de aquel salón. Pidió más cuando creyó que no podría con más, suplicó que no pararan, se rió y gimió y maldijo en el mismo aliento.
Cada uno tenía su manera. Darío era paciente, la miraba a los ojos y esperaba a que ella le pidiera lo que quería. Iván, en cambio, no avisaba, y a Renata le gustó esa brusquedad que la sacaba de su propia cabeza. Bruno hablaba bajito, le decía al oído lo bien que lo estaba haciendo, y eso la encendía de un modo que no esperaba. Tomás era el más atento; Gael, el más insaciable.
Hubo un momento en que se detuvieron todos a la vez, solo para mirarla. Renata, tendida en el centro del salón, con el pecho subiendo y bajando y la piel brillante de sudor, se sintió observada y deseada como no recordaba haberse sentido en años. No le dio vergüenza. Al contrario: se estiró, despacio, ofreciéndose, y el círculo volvió a cerrarse sobre ella.
En un momento, Carla no pudo seguir mirando desde lejos. Se deslizó hasta el suelo, se acomodó entre las piernas de su amiga y la ayudó con la lengua mientras los demás seguían, complicidad pura, hasta que Renata se corrió otra vez agarrándola del pelo.
Uno a uno fueron terminando, sobre su piel, en su boca, dentro de ella, y Renata lo recibió todo con una sonrisa atontada y los ojos entrecerrados, incapaz de moverse.
***
Cuando por fin la dejaron descansar, quedó tendida sobre la alfombra, cubierta de sudor, el cuerpo marcado por las manos y las bocas de cinco hombres, respirando hondo y despacio. Carla se tumbó a su lado y le apartó un mechón pegado a la frente.
—¿Y bien? —preguntó, divertida.
Renata se rió, una risa rota y feliz, y cerró los ojos.
—No me llames señora nunca más —murmuró.
Darío le acercó un vaso de agua y ella bebió a sorbos, sintiendo cada músculo del cuerpo. Por primera vez en dos semanas, no quedaba ni rastro de aquel latido inquieto. En su lugar había una calma densa, saciada, casi obscena.
—¿Repetimos el próximo viernes? —preguntó Iván desde el sofá, medio en broma.
Renata abrió un ojo y los miró, todavía recuperando el aliento. Pensó en su marido, en el aeropuerto, en la cama demasiado grande. Pensó que tenía un mensaje sin contestar en el teléfono y que no le importaba en absoluto.
—El próximo viernes —dijo—. Y el siguiente.
Carla soltó una carcajada y le pasó la copa de vino. Mientras bebía, Renata supo que ya no volvería a ser la misma, y que ese era exactamente el favor que había ido a pedir.