La tarde que lo llevé al límite en la biblioteca
Mi nombre es Valeria. Estudio en la universidad desde hace dos años y, si tengo que ser honesta, nunca fui especialmente brillante en Estadística. Lo que sí siempre supe es cómo moverme, cómo vestirme, cómo hacer que un hombre me mirara sin parecer que me importaba que lo hiciera. Soy menuda, de las que parecen más jóvenes de lo que son, con curvas desproporcionadas para mi altura. Siempre usé ropa que cumplía con el reglamento justo, sin pasarme ni un centímetro.
El profesor Darío llevaba tres años impartiendo Metodología de Investigación. Tendría unos cuarenta, bien conservado, de los que saben que todavía tienen algo que ofrecer pero fingen que no les importa lo que proyectan. Cuando llegaba al aula, ponía su portafolios en el escritorio, pasaba lista en voz alta y empezaba a hablar de variables y correlaciones con un tono que a la mayoría le resultaba soporífero. A mí no, pero no precisamente por el contenido.
Fue un martes cuando me di cuenta de que me miraba de verdad. No de reojo ni por accidente. Me miraba con la misma atención que le dedicaba a la pizarra cuando explicaba algo que le parecía importante. Yo tenía la costumbre de cruzar las piernas, no por timidez sino por comodidad, y ese día llevaba una falda que se tensaba ligeramente cuando lo hacía. No pensé nada al respecto hasta que noté que su explicación se interrumpía exactamente cuando mis piernas cambiaban de posición.
Interesante.
Al terminar la clase me acerqué al escritorio con una pregunta irrelevante sobre la entrega del trabajo. Él me respondió sin levantar del todo la vista. Luego sí lo hizo, y dijo, con una calma que sonaba forzada:
—Valeria, si sigues distrayéndome de esa forma, voy a tener que pedirte que te sientes en la primera fila.
Lo entendí al revés, igual que pretendía que lo entendiera. En la primera fila lo tendría más cerca.
***
Esa noche llegué a casa y no pude evitar pensar en su cara mientras yo cambiaba de posición en el asiento. Me metí en la cama, leí un rato, apagué la luz. Y cuando por fin me quedé quieta en la oscuridad, la imagen volvió: él sentado en su silla, tratando de no moverse demasiado, ajustándose el pantalón sin que nadie lo notara excepto yo. Me toqué pensando en eso. En lo mucho que le había costado quedarse sentado, en la rigidez que se le adivinaba entre las piernas, en la manera en que le había cambiado la voz cuando me habló.
Al día siguiente fui a la tienda de ropa interior. Compré dos tangas nuevas. Finas, de encaje, del tipo que se marca bajo la ropa si uno sabe dónde mirar.
La siguiente clase era el jueves. Me senté tres filas atrás, posición central, con vista directa al escritorio. Crucé las piernas una vez. Las descrucé. Las volví a cruzar. Él detuvo la frase que estaba construyendo a la mitad, carraspeó y continuó. Yo mantuve la expresión neutra de quien está tomando apuntes. Me llamó antes de que sonara el timbre.
—No juegues con esto —me dijo en voz baja, sin el escritorio de por medio esta vez. De pie, muy cerca. Podía oler su colonia—. No sabes a dónde puede llevar.
—Puede que sí sepa —respondí. Y me fui antes de que pudiera contestar.
***
El viernes siguiente llegué al aula diez minutos antes que el resto. Pasé por el baño, me quité la tanga y la guardé en el bolsillo del saco. Subí un poco la falda, lo justo para que cambiara el ángulo desde el que se veía si uno miraba desde el frente y desde arriba. Entré al aula como si nada y ocupé mi sitio habitual.
Cuando él pasó lista y pronunció mi nombre, sostuvo la mirada medio segundo más de lo necesario. Empezó la clase. A los veinte minutos se acercó a mi fila con el pretexto de revisar unos ejercicios. Se inclinó sobre el pupitre del compañero de al lado, revisó su cuaderno, siguió hacia el mío. Miró el cuaderno. Luego, sin mover la cabeza, miró hacia abajo.
Se irguió. Volvió al frente. Continuó explicando durante otros diez minutos. Entonces dijo:
—Valeria, cuando puedas, acércate.
Me levanté. Me paré frente a su escritorio mientras él esperaba a que el alumno de la segunda fila terminara de hacer una pregunta. Cuando quedamos solos, en voz muy baja, casi sin mover los labios, dijo:
—Si no llevas ropa interior, te la presto yo.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme. Saqué la tanga del bolsillo del saco y la puse entre sus papeles, doblada. Él la cubrió con una carpeta sin bajar la vista hacia la mesa. Dijo:
—Esto no es tuyo ya. Y yo te voy a devolver algo mejor.
Volví a mi asiento. El resto de la clase se me hizo interminable.
***
Dos días después, el lunes, llegó al aula y en los primeros cinco minutos me dejó un sobre pequeño en el pupitre mientras pasaba entre las filas repartiendo una lectura. Lo abrí sin que nadie lo viera. Dentro estaba mi tanga doblada en un cuadrado perfecto. La cogí y noté algo distinto en la tela: un olor diferente, algo espeso y ligeramente salado que no había estado ahí antes.
Dios.
Fui al baño entre clases, la desplegué y la miré de cerca. Había una pequeña mancha seca en el centro. Entendí exactamente qué era y exactamente qué había hecho él con ella. Me la puse ahí mismo, con esa mancha pegada contra mí. Subí la pretina todo lo que pude. Cuando volví al aula y me senté, abrí las piernas lentamente y lo miré. Él asintió, casi imperceptiblemente, y dijo al grupo:
—Bien, continuamos. Hay una alumna aquí que ha demostrado ser muy obediente. Me encargaré de recompensarla más tarde, en la sala de estudio del fondo del edificio.
El resto de la clase creyó que hablaba de una calificación pendiente. Quizás alguno no lo creyó. No me importó.
***
Al terminar la última clase del día vino a buscarme al aula. Le dijo al profesor que estaba dando clase que necesitaba llevarme un momento a revisar unos materiales. El otro no puso ningún obstáculo. Salimos juntos al pasillo y caminamos hasta el fondo del edificio, donde estaba la sala de estudio más pequeña, la que nadie usaba porque no tenía ventanas.
Cerró la puerta con llave.
Se acercó por detrás y me puso las manos en los hombros. Los masajeó despacio, sin prisa. Luego bajó las manos por mis brazos y me rodeó la cintura.
—Llevo una semana pensando en esto —dijo junto a mi oído.
—Yo más —respondí.
Me giré. Nos miramos de cerca por primera vez sin el pretexto de una pregunta académica. Él bajó la vista a mis labios, luego volvió a mis ojos. Me puse de puntillas y lo besé antes de que terminara de formular lo que iba a decir. Fue un beso breve al principio, caliente, con la tensión de todo lo que habíamos estado aguantando. Él lo profundizó, metiendo la lengua en mi boca, sujetándome la nuca con una mano mientras la otra me apretaba la cadera, como si necesitara comprobar que yo estaba realmente ahí.
Cuando nos separamos, me dijo que podía ofrecerme algo a cambio. Que en las calificaciones del parcial todavía había margen de ajuste. Le dije que no me preocupaban las calificaciones. Se rio un poco, nervioso, y sacó la cartera. Puso unos billetes sobre la mesa sin decir nada. Los tomé sin discutir y los guardé en el bolso. No me pareció extraño. Me pareció honesto.
Se arrodilló frente a mí, me subió la falda y apartó la tanga a un lado. La tela se empapó enseguida con el calor que tenía entre las piernas. Él me miró desde abajo, con la mandíbula apretada, y me separó los muslos con las manos para ver mejor. Me besó ahí con una lentitud que me hizo apoyar una mano en la estantería para no perder el equilibrio. Primero fue un roce lento de la lengua sobre mis labios húmedos, luego una presión más firme en el clítoris, una succión corta que me arrancó un gemido que se me quedó atorado en la garganta. No tenía prisa. Sabía lo que hacía. Me sostuvo de las caderas cuando empecé a moverme sin querer, y siguió lamiéndome, alternando la punta de la lengua con la boca entera, abriéndome más con los dedos hasta que yo tuve que taparme la boca con el dorso de la mano para no hacer ruido.
Me hizo temblar de arriba abajo. Sentía la humedad chorreándome hacia el muslo, el pulso golpeándome en la entrepierna, la respiración de él caliente contra mi piel. Me lamió despacio, luego más rápido, y volvió a bajar el ritmo justo cuando yo estaba a punto de venirme, solo para volver a subirlo y dejarme al borde otra vez. Eso me volvió loca. Le agarré el pelo y tiré un poco, no para frenarlo sino para pedirle más. Él respondió con un gruñido bajo y volvió a hundir la cara entre mis piernas, metiendo la lengua más adentro, chupándome con hambre.
Cuando me erguí, estaba al borde. Le pedí que parara.
Me arrodillé yo frente a él. Le desabroché el cinturón, le bajé la cremallera. Lo que encontré era exactamente lo que había imaginado: de tamaño normal, duro, con las venas marcadas bajo la piel, ya húmedo en la punta. Se lo metí en la boca despacio, tomándome tiempo, pasando la lengua por debajo del glande, recorriendo el frenillo, sintiendo cómo su respiración cambiaba y se le tensaba el abdomen. Él apoyó la mano en mi cabeza, sin forzar, solo acompañando el ritmo. Después empujó un poco más, y yo me dejé llevar hasta sentir la polla llena hasta el fondo de la garganta, tragando saliva para no atragantarme. Se le escapó un gemido áspero, casi un insulto, y me sujetó con más firmeza, marcando el vaivén con una cadencia que me obligó a abrir más la boca y a mover la lengua por toda la longitud, lamiendo desde la base hasta la cabeza.
Le gustó tanto que tuve que detenerme un segundo para respirar. Tenía la punta enrojecida, brillante de mi saliva. Le pasé la mano por el tallo, apretando justo donde la vena principal se marcaba bajo la piel, y él cerró los ojos un instante. Luego me pidió que siguiera, con la voz más grave de lo que le había escuchado en clase. Obedecí, chupándolo otra vez, llevando la boca hasta donde pude, sintiendo cómo se le endurecía todavía más en mi lengua.
Me sacó de la boca, me levantó por los brazos y me llevó hasta una colchoneta plegada que estaba en el rincón, de las que se usan para los talleres de movimiento. La extendió en el suelo y me tumbó sobre ella. Me corrió la tanga a un lado y se quedó mirándome un segundo, como si necesitara ver el lugar exacto donde iba a entrar. Se puso entre mis piernas y rozó la punta contra mi entrada, empujando apenas lo suficiente para abrirme. Entró despacio al principio, dejando que yo marcara el ritmo con la forma en que apretaba o soltaba las caderas. Cerré los ojos. Se sentía mucho mejor de lo que había esperado. La polla me llenaba de una manera brutal, estirándome desde adentro, y cuando empezó a salir y entrar con más decisión, el roce de cada embestida me sacudió la pelvis entera.
Empezó a moverse con más fuerza. Yo le dije cosas al oído, cosas que hacían que él acelerara todavía más. Le dije que me gustaba. Le dije que siguiera. Le dije que me estaba follando justo como quería, que no se frenara. Él me mordió el cuello con cuidado y yo eché la cabeza hacia atrás. Sus caderas golpeaban contra las mías con un sonido húmedo, pesado, y el aire de la sala se llenó de jadeos cortos, de piel contra piel, del ruido de mis muslos abriéndose y cerrándose alrededor de él.
Me levantó, me hizo girar y me apoyé en la estantería de frente. Entró de nuevo por detrás y me sujetó de las caderas con fuerza. Desde ese ángulo el movimiento era diferente, más directo, y yo empujaba hacia atrás en cada embestida para recibirlo más adentro. Sentía su polla deslizarse contra las paredes de mi coño, rozando el punto exacto que me hacía arquear la espalda. Me dio una palmada en un glúteo. Le pedí otra. La dio. Después me abrió más las nalgas con una mano y siguió follándome por detrás, más duro, haciendo que la colchoneta crujiera bajo mis rodillas y que yo tuviera que apretar los dientes para no gritar.
Oímos sonar el timbre de salida en el pasillo. Siguió igual.
Me volvió a tumbar en la colchoneta, boca abajo esta vez, y continuó. Me levantó una pierna, me agarró del muslo y volvió a entrar con una profundidad que me dejó sin aire. Yo enterré la cara en el brazo y me vine sin avisarle, con un espasmo que me recorrió desde los muslos hasta la nuca. Él sintió el movimiento, aceleró los últimos segundos y luego sacó la polla para correrse sobre mis glúteos, con la respiración rota y la mano apoyada en mi espalda. El calor de su corrida me resbaló por la piel, espeso, y se quedó un momento ahí, pegajoso, mientras él seguía temblando encima de mí.
Nos quedamos quietos un momento.
Cogí mi tanga del suelo y me limpié con ella. Me la volví a poner. Él se abrochó el cinturón, recogió su portafolios y revisó que no hubiera nada fuera de lugar en la sala. Abrió la puerta con cuidado, miró el pasillo. Estaba vacío. Me hizo una señal y salí primero.
***
En el pasillo ya estaban saliendo los últimos alumnos de otras clases. Me uní al flujo como si hubiera venido de cualquier otra parte. Algunas personas de mi grupo estaban cerca de la salida. Caminé junto a ellas, respondí lo que preguntaron, me reí de algo que no recuerdo.
Todo el trayecto a casa lo hice notando la humedad de la tanga contra mí, el peso de los billetes en el bolso, el leve escozor en la piel donde me había sujetado con más fuerza. No me arrepentí de nada. Ni entonces ni después.
En casa me encerré en el baño, me quité la tanga y la sostuve un momento entre los dedos. La olí. Llevaba los dos olores mezclados, el mío y el suyo. Pasé la lengua por la tela. Salado y tibio, exactamente como lo había imaginado.
Me duché, me puse el pijama y me senté en la cama.
El martes siguiente tenía clase con él otra vez. Ya estaba pensando en qué llevaría puesto.