El pasador de Ciudad del Este me cambió el viaje
Me llamo Carolina, tengo veintisiete años, soy soltera y tengo más curvas de las que la moda me permitiría. A veces me incomodan, otras me dan ventaja. Vivo en Rosario y trabajo en una oficina contable, un puesto sin gracia que paga el alquiler y poco más. Mi primo Damián, treinta y cuatro, y su mujer Vanesa, treinta y dos, me invitaron a acompañarlos a Ciudad del Este, en Paraguay, para hacerle el carrozado interior a la combi nueva. Allá sale la mitad que en Argentina, y de paso cumplíamos con esa costumbre tonta de viajar largo para «ablandar» el motor, aunque hoy nadie lo necesite. Salimos un domingo por la noche calculando llegar a Puerto Iguazú el lunes a la tarde y cruzar al día siguiente.
El viaje fue eterno. Damián manejaba, Vanesa de copiloto y yo atrás haciéndome la dormida con los auriculares puestos. Llegamos a Iguazú destruidos, nos metimos en un hotel sencillo y a la mañana siguiente cruzamos el puente. Ciudad del Este es un caos hermoso: comercios apretados unos contra otros, gente que te grita ofertas en tres idiomas, electrónicos, perfumes, ropa, todo a la mitad de precio. Compramos lo que necesitábamos para la combi y yo aproveché para llevarme un celular nuevo, auriculares y un par de prendas que iba a usar.
Para no tener problemas en la aduana —demoras, retenciones, tasas absurdas— contratamos un pasador. Esos tipos tienen arreglos con los aduaneros y te cruzan la mercadería sin sobresaltos. Los mismos vendedores te lo recomiendan; en el último local donde compré, armaron el paquete y llamaron al suyo. Quedaron en dejármelo en el hotel de Iguazú esa misma noche.
Volvimos al hotel, cenamos algo liviano y nos fuimos a dormir. Cerca de las once me llamaron de recepción.
—Señorita Carolina, llegó su paquete.
Bajé en pijama corto, una remera holgada y sin corpiño porque hacía un calor pegajoso. Y ahí estaba él. Una mole. Ramiro, treinta y ocho, paraguayo, alto como una puerta, con los músculos marcando bajo una camiseta ajustada y los brazos del grosor de un poste. Las manos enormes. La piel oscura. Los ojos de los que no se desvían cuando te miran.
Me quedé sin saber qué hacer con la cara. Él lo notó.
—¿Quedaste conforme con las compras, che ra'y? Soy Ramiro, a la orden —dijo con ese acento arrastrado del oriental, mientras me entregaba las bolsas.
Le agradecí, intenté irme, pero no se movió. Sacó conversación. Que si era mi primera vez en Ciudad del Este, que si había caminado el centro, que si conocía el lado bueno del río. Quince minutos en el lobby, los dos parados, y yo aguantando un calor que no venía solo del aire pesado.
—¿Querés conocer Ciudad del Este como hay que conocerla? —soltó—. Te invito a pasear y tomar algo allá. Mañana temprano, antes de que vuelvas.
Me quedé muda un segundo. El cuerpo me iba por delante de la cabeza. Le di mi número y subí con el pulso a mil. Damián y Vanesa dormían profundo. Ni se enteraron.
***
A la mañana les dije que iba a dar una vuelta sola por Iguazú, que necesitaba aire. Crucé el puente otra vez y me encontré con Ramiro en un bar pegado al cruce. Tenía una moto grande, me subió atrás y arrancó. Me llevó por mercados que ningún turista pisa, una bajada al río que parecía privada, y un puesto donde la chipa todavía echaba humo. Tomamos tereré sentados sobre un tronco. Contaba anécdotas de su trabajo —de aduaneros corruptos, de sustos con motos viejas, de noches enteras esperando un ok del otro lado— y todo el tiempo yo sentía su muslo pegado al mío, su olor a colonia barata mezclado con sudor limpio.
Frenó la moto en un mirador y me miró fijo.
—Sos linda, Carolina. Con carne para agarrar bien. Así me gustan a mí.
Me puse colorada y no contesté. Me besó ahí mismo, contra el asiento de la moto, un beso sin protocolo, con lengua que entraba sin pedir permiso. Las manos enormes me apretaron los pechos por encima de la remera y yo sentí que toda la sangre se me iba a un solo lugar.
—Vamos a mi casa —murmuró.
***
Vivía en un barrio humilde de Ciudad del Este, una casita chica pero cuidada, con un patio de tierra y una pieza con cama grande. Apenas crucé el umbral me pegó contra la pared y me sacó la remera de un tirón.
—Mirá lo que tenés acá —gruñó, y bajó la boca a chuparme los pezones, mordiéndolos con la fuerza justa para que se me aflojaran las rodillas.
Una mano enorme bajó al short. Los dedos gruesos se metieron sin preámbulo. Me hizo terminar parada contra la pared, temblando, mientras él me miraba la cara con una sonrisa que prometía que recién empezaba.
Lo empujé a la cama. Quería hacer algo, no quedarme solo recibiendo. Le saqué la camiseta, le bajé el pantalón, y cuando saqué lo que tenía adentro me quedé sin aliento. Era enorme. Gruesa, oscura, con venas marcadas, dura. Le abrí la boca y me lo metí lo que pude, lamiéndole la base, chupándole la punta. Me agarró del pelo, no para lastimarme, para guiarme.
—Así, despacio. No me apures.
Lo dejé un rato así, hasta que él me levantó y me tiró boca arriba en la cama.
Se acomodó entre mis piernas y empujó. La primera embestida me cortó el aliento. Me estiraba entera. Apenas podía respirar. Y empezó a moverse en serio.
—Sos enorme —le grité, sin saber si estaba pidiendo que parara o que siguiera.
No paró. Me agarró las caderas, me clavó los pulgares y me cogió a un ritmo que no le permitía pensamientos. Me dio vuelta, me puso en cuatro, me empujó la nuca contra el colchón. Una nalgada, dos, tres. Me ardía la piel y me gustaba.
—Qué culo tenés —dijo, y me metió un dedo en el ano mientras seguía adentro de la concha.
Cambiamos de posición media docena de veces. Me hizo cabalgarlo, las manos enormes apretándome los pechos contra él. Me corrí dos veces más, gritándole en el oído cosas que ni reconocía como mías.
—Ahora atrás —anunció.
Intenté frenarlo. Le dije que era muy grande, que me iba a partir. No me escuchó del todo. Me escupió en el ano, frotó con los dedos, y empujó la cabeza despacio. El ardor fue brutal. Pensé en pedirle que se detuviera, pero también pensé en seguir. Empujó un centímetro más, otro, otro. Cuando entró del todo, yo ya estaba en una zona donde el dolor y el placer se confundían.
Empezó a moverse. Lento al principio, después con todo. Me sentí llena hasta un lugar que no sabía que existía. Le pedí más. Le pedí que no parara. Le pedí cosas que jamás le había pedido a nadie.
Hasta que sentí algo cálido que no era él.
—Pará, Ramiro. Creo que estoy sangrando.
Frenó en seco. Salió. Se miró las manos.
—Mierda, Carolina, te abrí. Pero valió la pena, che ra'y.
Me ayudó a vestirme con una delicadeza que no le había visto en la última hora. La sangre seguía. Me subió a la moto y me llevó a una salita de primeros auxilios cerca.
***
La salita era una habitación con olor a desinfectante y un ventilador que no llegaba a mover el aire. Me hicieron pasar a una camilla. Yo caminaba como si trajera una piedra atada a la cintura. La doctora era paraguaya, cuarenta y dos años más o menos, morena, el pelo recogido en una cola apretada, el uniforme blanco le tiraba en las caderas. En el cartelito decía Liliana.
Me miró con cara de haber visto de todo.
—Bajate el pantalón y la bombacha. De costado, las rodillas al pecho.
Mientras me acomodaba, preguntó casi sin mirar.
—¿Qué pasó, gurisa?
Y a mí se me soltó la lengua. No sé si fue la vergüenza, el dolor o la necesidad de contárselo a alguien.
—Doctora… me dieron por atrás. El tipo era… —busqué la palabra y no la encontré—. Era enorme. No paró nunca. Yo le pedí más, le dije que no se detuviera, y cuando me di cuenta estaba sangrando.
Liliana ni levantó la ceja. Se puso los guantes, me abrió las nalgas con cuidado y empezó a revisar. Sentí el frío del gel y después sus dedos palpando con paciencia. Hizo un chasquido con la lengua.
—Fisura aguda. Típica de cogida brusca sin lubricante. ¿Cuánto duró el asunto?
—Una hora. Más. Cambió de posición mil veces.
—¿Quién fue?
—Un pasador. Ramiro.
Liliana se rio bajito mientras me untaba una crema fría que me alivió de inmediato.
—Ramiro tiene fama acá. Varias clientas terminan en esta camilla por culpa suya. Vos te la bancaste bien, eh. La mayoría llora antes de la mitad.
Me quedé callada, con la cara hundida en la sábana de papel. Y entonces, sin saber por qué, le pregunté.
—¿Y vos cómo sabés tanto, doctora?
Liliana paró un segundo. Después siguió trabajando con la misma calma, pero la voz le bajó un tono.
—Mi marido es camionero. Pasa semanas afuera. Yo tengo mis necesidades, gurisa. Hace años que me ve un médico del hospital grande. Se llama Esteban. Casado también. Nos vemos una o dos veces por mes en su consultorio, después de horario. Me sube a la camilla, me pone los pies en los estribos y me lubrica como hay que hacerlo. Empieza despacio, después se pone bruto. Y a mí me gusta así.
Le miré la cara mientras seguía pegándome la gasa. No estaba contando algo morboso. Estaba contando una rutina.
—Tiene una mano que tu Ramiro ni la sueña. Sabe abrirme. Y al otro día camino normal, me siento sin almohadón, mi marido vuelve del camión y no se entera de nada. Eso es ser profesional, nena. No la fuerza bruta de tu paraguayo.
Soltó una risita y siguió.
—Con los años aprendés. Lubricante de silicona, ejercicios para cerrar, baños de asiento con manzanilla. Y nunca le digo que no a Esteban. Él termina, y me deja irme satisfecha. Sin marcas. Eso es lo importante. Las marcas son para las primerizas como vos.
Terminó de fijar la gasa. Me ayudó a subirme la ropa. Me dio una receta para un antiinflamatorio y una crema más fuerte.
—Descansá un par de días. Nada de sentarte mucho. Y nada de repetir hasta que cierre. Si volvés a sangrar, te venís. Y si volvés a ver a Ramiro… traé tu propio lubricante. Aunque a vos te gusta así, ¿no, gurisa?
Me guiñó un ojo y me dio una palmadita en el hombro.
***
Salí de la salita caminando con la cadera tiesa, pero con una sonrisa. Me ardía todo, sí, pero la cabeza me daba vueltas con todo lo que había escuchado. Las manos de Liliana, el doctor Esteban del hospital grande, los baños de manzanilla, el marido camionero que nunca se entera. Como si Ciudad del Este tuviera, además del laberinto de comercios, otro laberinto debajo, paralelo, donde cada uno se las arregla con lo que el matrimonio o el aburrimiento no le da.
Crucé el puente de vuelta a Iguazú pensando en volver. No por compras. Tal vez para que Ramiro me dé otra dosis con un poco más de paciencia. O para que Liliana me presente a su Esteban. Quién sabe.
Damián y Vanesa me notaron rara. Les dije que me había torcido el tobillo paseando. Vanesa me miró un segundo de más, pero no dijo nada. Esa noche, en la cama del hotel, boca abajo, con la crema haciendo efecto, repasé cada embestida. Cada palabra de la doctora. Cada cosa que le pedí a Ramiro y que jamás le había pedido a nadie en Rosario.
Al día siguiente volvimos a Argentina con la combi terminada y mis bolsas intactas. Pero yo traía algo más. Un recuerdo, una marca que ya se me iba a curar, y la certeza de que la próxima vez que cruzara ese puente no iba a ser solo para electrónicos.