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Relatos Ardientes

Cuando mi marido propuso invitar a un tercero

3.4(16)

La primera vez que mi marido me propuso algo así, yo estaba a punto de dormirme.

Llevábamos cuatro años casados, una vida tranquila en un piso del centro, y creía que lo conocía bien. Creía saber cuáles eran sus límites y los míos. Esa noche, con la lámpara encendida y el libro que ninguno de los dos leía abierto sobre las sábanas, Rodrigo carraspeó.

—Amor —dijo—, hay algo que llevo tiempo queriendo preguntarte.

Reconocí ese tono. Era el mismo que usaba cuando quería pedirme algo que sabía que no iba a gustarme. Dejé el libro.

—¿Qué pasa?

No me miró de inmediato. Cuando lo hizo, sus ojos tenían algo raro, una mezcla de vergüenza y de alivio anticipado, como si ya se sintiera mejor solo por estar a punto de decirlo.

—Me gustaría verte con Martín.

No supe qué responder durante varios segundos. Martín era su amigo de toda la vida, el padrino de nuestra boda, alguien que venía a cenar a casa casi todos los domingos. Era atractivo, sí. Alto, de hombros anchos, con esa forma de moverse que denota que un hombre sabe ocupar el espacio. Más de una vez me había sorprendido mirándolo más de la cuenta, y luego había girado la vista con disimulo.

—¿Estás hablando en serio? —pregunté.

—Completamente. —Rodrigo se incorporó un poco, apoyado en el codo—. Sé que a ti tampoco te resulta indiferente. Lo he notado. Y él me lo ha dicho alguna vez, que le pareces muy atractiva.

Eso me sorprendió más que la propuesta en sí.

—¿Le has hablado de esto?

—No todavía. Solo quería saber primero si tú estarías dispuesta.

Me quedé pensando. Había algo en la situación que debería haberme parecido incómodo o incluso ofensivo, pero no era así. Era más extraño que eso. Era como si alguien nombrara en voz alta algo que había existido sin nombre durante mucho tiempo.

—Necesito pensarlo —dije al final.

—Por supuesto —respondió él, y apagó la luz.

***

Tardé dos semanas. Dos semanas de volver al asunto mientras cocinaba, mientras esperaba el metro, mientras lo miraba dormir de madrugada. Al final llegué a una conclusión simple: quería hacerlo. No porque Rodrigo me lo pidiera, sino porque cuando me imaginaba la escena, algo en mí se activaba de un modo que no podía ignorar.

Se lo dije un domingo por la mañana, con el café todavía en la mano.

—Está bien. Lo haré.

Rodrigo sonrió de una forma que no le había visto antes. No era una sonrisa de victoria. Era algo más delicado que eso, casi agradecido.

Esa misma semana habló con Martín. No sé qué le dijo exactamente, pero cuando Martín me llamó al día siguiente, su voz era tranquila, sin artificios.

—Clara, ¿estás segura de que quieres esto?

—Sí —le dije—. ¿Y tú?

Se rió despacio.

—Llevo años haciéndome esa misma pregunta por razones distintas.

Acordamos que sería en un hotel fuera del barrio donde vivíamos. Eso fue decisión mía. Quería un lugar neutro, sin historia ni contexto, donde todo pudiera empezar y terminar sin dejar rastro en las paredes de nuestra vida cotidiana. Rodrigo no puso objeciones.

***

El día llegó un viernes. Me arreglé con cuidado, sin exagerar. Me puse un vestido que Rodrigo siempre decía que me quedaba bien y unos zapatos que le daban a mi manera de caminar un ritmo diferente. Cuando salimos de casa, sentía el estómago tenso de una forma que no era exactamente nervios. Era algo más parecido a la expectativa antes de un viaje largo.

El hotel era discreto, de esos con moqueta oscura en los pasillos y luz indirecta en las habitaciones. Martín ya estaba arriba cuando llegamos. Llamamos a la puerta, él abrió, y durante un momento los tres nos miramos como si ninguno supiera quién debía hablar primero.

Fue Rodrigo el que rompió el silencio.

—Bueno —dijo, con una media sonrisa—. Aquí estamos.

Martín nos hizo pasar. Se había duchado hace poco, todavía olía a jabón limpio. Nos saludamos con normalidad, como en cualquier cena de domingo, y esa familiaridad hizo que algo en mí se relajara. No éramos desconocidos. Éramos tres personas que se conocían bien y habían decidido cruzar una línea juntos.

Rodrigo se sentó en la silla del rincón. No dijo nada más. Solo nos miró.

Martín se acercó despacio. Me puso una mano en la mandíbula, casi con delicadeza, y me besó. Fue un beso largo, sin prisa, húmedo, de esos que no piden permiso con palabras porque ya lo están pidiendo con la boca. Respondí abriéndome, dejando que me sintiera la lengua, la respiración, la presión firme de sus labios. Su otra mano se deslizó a mi cintura y me atrajo hasta que noté el calor duro de su cuerpo contra el mío.

Rodrigo seguía allí, quieto, mirándonos como si no quisiera perderse una sola reacción.

Las manos de Martín empezaron a recorrerme con una seguridad que me hizo soltar un suspiro. Me apretó los hombros, bajó por la espalda y, al llegar a la curva de mi cadera, me rozó con los dedos por encima de la tela del vestido, como si estuviera memorizando mi forma. Tenía las manos grandes, ásperas en las yemas, y sabía usarlas con una mezcla de firmeza y paciencia que me encendió de inmediato. Me desabrochó despacio, uno por uno los botones, mientras me miraba la boca con una concentración casi insolente.

—Estás preciosa —murmuró.

No contesté. Me limité a dejar que el vestido resbalara hasta el suelo. Sentí el aire en la piel, el peso de sus ojos sobre mis pechos desnudos, el temblor de mi propio cuerpo al saberse expuesto. Martín tragó saliva. Rodrigo respiró hondo desde la silla.

Luego fue Martín quien empezó a desvestirse. Se quitó la camisa con calma, como si disfrutara del espectáculo igual que nosotros. Tenía el torso ancho, marcado, el vello oscuro salpicándole el pecho y el abdomen. Bajó el cinturón, abrió el pantalón y lo dejó caer. Cuando se deshizo también del calzoncillo, vi su polla ya endurecida, pesada, apuntando hacia mí con la piel tensa y brillante. Me mordí el labio al verla; él sonrió apenas, notando el efecto.

Me tumbé sobre la cama. La luz era cálida, naranja casi, y desde donde estaba podía ver a Rodrigo en su silla, con los brazos cruzados y los ojos fijos en nosotros. Había algo en su cara que no sabría cómo nombrar exactamente. No era celos. Era atención pura, como si estuviera viendo algo que llevaba mucho tiempo imaginando.

Martín se acomodó a mi lado y me besó de nuevo, esta vez más abajo, por el cuello, el hueco entre la clavícula y el borde de los pechos. Su lengua me rozó la piel y me arrancó un escalofrío. Me abrió las piernas con la rodilla, sin brusquedad, y sus dedos se fueron directo a mis muslos, apretando la carne con hambre contenida. Me apartó la ropa interior con cuidado, despacio, como si quisiera saborear cada segundo de mi reacción. El primer roce de sus dedos contra mi coño me hizo arquear la espalda.

—Estás empapada —dijo, con una voz baja y sucia que me atravesó entera.

Rodrigo soltó una exhalación corta, casi un gemido, desde la silla.

Martín siguió tocándome, abriéndome con dos dedos, acariciando el clítoris con una presión exacta que me hizo cerrar los ojos. Tenía la palma apoyada en mi cadera y con la otra me mantenía quieta, como si supiera leer cada tensión de mi cuerpo. Me chupó un pezón mientras los dedos seguían trabajando abajo, metiéndose un poco, saliendo, volviendo a entrar, hasta que yo empecé a moverme sola contra su mano, buscando más. Mi respiración se volvió irregular, y le pedí sin pensar:

—Mámame la polla si quieres verla de cerca.

Él soltó una risa baja, áspera, y se apartó lo justo para ponerse de rodillas entre mis piernas.

Verlo así, tan cerca, fue peor que cualquier imagen que hubiera imaginado. Tenía la polla gruesa, oscura en la punta, con la cabeza húmeda de preseminal. Me abrió más las piernas y pasó la lengua por mi coño primero, de arriba abajo, con una lentitud obscena. Me lamió los labios, separándolos con la boca, y luego hundió dos dedos otra vez mientras me devoraba con la lengua en el clítoris. La mezcla del calor, la humedad y la presión me hizo gemir fuerte.

—Así, joder —dije, sin poder contenerme—. Así.

Rodrigo se movió en la silla. Cuando miré, ya estaba de pie, desnudándose con una prisa contenida, los ojos clavados en nosotros. Martín siguió lamiéndome mientras Rodrigo se quitaba la ropa, y yo vi la erección de mi marido, dura y marcada, más familiar que la de Martín pero igual de poderosa. Esa imagen me abrió todavía más, como si mi cuerpo entendiera que ya no había vuelta atrás.

Martín se apartó solo lo suficiente para mirarme a la cara.

—¿Quieres que te folle? —preguntó, directo, sin rodeos.

—Sí —respondí, casi sin voz.

Entonces me giró un poco sobre la cama, me acomodó boca arriba y me llevó las piernas hacia sus hombros. Su polla rozó mi entrada, presionó, y entró en mí despacio, centímetro a centímetro, con una claridad brutal. Sentí cada tramo de él abriéndome, llenándome, estirándome hasta un punto delicioso de dolor suave. Me agarré a las sábanas. Cuando por fin estuvo dentro del todo, se quedó quieto un segundo, respirando hondo, como si él también necesitara acostumbrarse a la sensación.

Luego empezó a moverse.

Primero despacio, empujando solo lo necesario para sacar y meter la polla con un ritmo que me hacía temblar. Después más fuerte, más profundo, con golpes de cadera que hacían crujir el colchón. Yo sentía el roce interno, la presión contra el fondo, la fricción exacta en ese punto que me hacía perder la cabeza. Le pedí que no parara. Él respondió con una mano en mi cadera y la otra sosteniéndome la rodilla, abriéndome más para hundirse mejor.

—Te corre dentro mi polla, Clara —me susurró—. Mírate. Mira cómo te la tragas.

Eso me hizo perder el control un momento. Gemí, me retorcí, y el placer se me acumuló en el vientre con una violencia deliciosa. Sentí el sudor en la nuca, el pelo pegado a la cara, la boca seca y el cuerpo entero ardiendo. Martín cambió el ritmo, alternando embestidas largas con otras cortas y rápidas que me arrancaban jadeos rotos.

En algún momento me incorporó y me sentó a horcajadas sobre él. Quedé encima, con su polla hundida en mí y mis manos en sus hombros. Empecé a moverme yo, subiéndose y bajando mi cuerpo sobre el suyo, tomando el ritmo que necesitaba. Martín me sostuvo por las nalgas, marcando el vaivén, mientras yo lo cabalgaba con más fuerza, sintiendo el golpe de mis muslos, el choque húmedo de nuestros cuerpos y el sonido obsceno de la piel contra la piel.

Desde la cama, Rodrigo se acercó. Me tomó la cara con una mano y me besó con hambre, con esa familiaridad de cuatro años que ningún hotel puede borrar. Su boca sabía a deseo y a algo más profundo, a posesión compartida y a ternura. Me apartó el pelo de la frente y me dijo al oído:

—Te quiero.

En ese contexto, con Martín embistiéndome desde abajo y Rodrigo besándome como si quisiera marcarme la boca, esas palabras sonaron completamente genuinas. Quise responder, pero lo único que salió de mi garganta fue un gemido cuando Martín cambió de postura, me bajó de su regazo y me giró con un tirón suave para ponerme a cuatro patas sobre la cama.

Rodrigo me sostuvo por la cintura mientras Martín se colocaba detrás de mí. Sentí la punta de su polla en la entrada, el roce de mi propio sudor en las sábanas, la mano de mi marido acariciándome la espalda, subiendo hasta mis pechos para apretármelos con cuidado. Martín entró otra vez, ahora desde atrás, profundo, golpeando con más fuerza, y yo hundí la cara en la almohada para morderla y no gritar demasiado. La sensación era brutal: la polla de Martín abriéndome otra vez, el cuerpo de Rodrigo pegado a mi espalda, su mano apretándome el culo mientras me ayudaba a recibir cada embestida.

—Así, hija de puta —murmuró Martín, sin frenar—. Así te quiero. Bien abierta para mí.

Rodrigo soltó una risa rota, excitado de una forma que casi se podía tocar en el aire. Me hizo levantar la cabeza y me besó la nuca, luego la comisura de la boca, mientras su mano seguía bajando hasta entre mis piernas para tocarme el clítoris con dos dedos, rápido, preciso, haciendo que el placer se multiplicara hasta volverse insoportable.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Perdimos toda noción del reloj, del orden, de quién estaba encima de quién o de quién gemía más fuerte. Solo sé que en un momento Martín me agarró de las caderas con ambas manos y empezó a follarme con una violencia controlada que me hacía temblar entera. Rodrigo me masturbaba con los dedos mientras me besaba el cuello, y yo sentía que estaba a punto de romperme en dos de puro placer.

La primera en llegar al borde fui yo. Lo noté por ese temblor que empieza abajo, en el vientre, y sube por la columna como una descarga. Me corrí con un gemido ahogado, mojándome alrededor de la polla de Martín, que no se detuvo ni un segundo. Mi cuerpo se contrajo una y otra vez, y él siguió entrando y saliendo hasta que el orgasmo se volvió una ola larga, caliente, que me dejó sin aire.

Martín soltó un gruñido grave y apretó mi cadera con fuerza.

—Me voy a correr —dijo, con la respiración rota.

—Hazlo —respondió Rodrigo, al lado de mi oído.

Martín dio unas cuantas embestidas más, duras, profundas, y entonces se quedó quieto dentro de mí mientras una corrida caliente me llenaba por dentro, intensa, espesa, con la presión de su polla temblando aún dentro de mi coño. Sentí el calor del semen desbordándose, resbalando, y la sacudida de su cuerpo contra el mío cuando terminó de vaciarse.

Rodrigo nos miraba con la respiración agitada, la polla dura todavía, y esa visión fue suficiente para que yo me girara hacia él, le agarrara el miembro con la mano y lo acercara a mi boca.

—Ahora te toca a ti —le dije.

Se le aflojaron los hombros de puro alivio. Me abrió la boca con la punta de la polla, y yo empecé a chuparle despacio primero, luego con más ganas, hundiéndomelo hasta donde pude, lamiendo el glande, pasando la lengua por debajo de la cabeza y tragando el sabor salado de su excitación. Rodrigo me sujetó el pelo, sin hacerme daño, marcando el ritmo de las embestidas de su cadera contra mi boca. Martín, todavía dentro de mí o retirándose lentamente, me besó un hombro y me acarició la espalda con la palma abierta.

Rodrigo no tardó en perder el control. Le temblaron los muslos, me llenó la boca con una corrida espesa y caliente, y yo me la tragué casi toda, lamiendo lo que quedaba en la punta hasta dejarlo limpio. Él soltó un gemido oscuro, más bajo que los anteriores, y apoyó la frente en mi frente un instante como si necesitara recomponerse.

Esa noche lo repetimos dos veces más. Una vez con Rodrigo dentro de mí mientras Martín me besaba y me sujetaba las piernas; otra con Martín chupándome el coño mientras Rodrigo me tomaba por detrás, moviéndose despacio al principio y luego más fuerte, hasta que volví a corrérmelas con un temblor largo que me dejó rendida. No hubo apuro, ni vergüenza, ni pausas innecesarias. Solo cuerpos sudados, respiraciones rotas, la cama deshecha y el sonido obsceno de tres personas empujándose mutuamente hacia el placer.

Cuando salimos del hotel de madrugada, el aire de la calle era frío y yo me sentía extrañamente liviana, como después de una tormenta larga.

En el taxi de vuelta a casa, Rodrigo me tomó la mano. Ninguno habló. No hacía falta.

Pasaron las semanas. La vida volvió a su ritmo de siempre, o casi. Los domingos con Martín eran iguales que antes, con la diferencia de que ahora había algo compartido entre los tres que no necesitaba nombrarse en voz alta.

Cuando mi período no llegó, intenté no pensar demasiado. Esperé. Esperé un poco más. Y al final fui al médico.

La ginecóloga me dijo que todo indicaba seis semanas. Hice las cuentas en el taxi de vuelta, igual que supondría que haría cualquier persona en mi situación, y los números cuadraban perfectamente con aquella noche de hotel.

Se lo dije a Rodrigo esa misma tarde. Se quedó callado un buen rato, con la vista fija en la ventana.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy muy bien —dijo, girándose hacia mí—. Estoy muy contento.

—Rodrigo...

—Ya sé lo que vas a decir. —Me tomó las manos—. Ese hijo es mío, Clara. Con sangre o sin ella, ese hijo es mío.

No sé cuántas veces lo había visto llorar a lo largo de nuestra relación. Esa tarde fueron dos veces en diez minutos.

***

Tuvimos que decírselo a Martín. Lo llamamos a cenar una semana después. Cuando le dimos la noticia, se alegró con una honestidad que me resultó difícil de sostener en los ojos.

—¿Cuánto tienes? —preguntó.

Se lo dijimos. Él lo calculó en silencio. Lo vi llegar a la misma conclusión a la que yo había llegado semanas atrás.

—¿Podría ser el padre? —le preguntó directamente a Rodrigo.

—Es posible —respondió Rodrigo, sin apartar la vista.

Hubo un silencio largo. Martín asintió despacio.

—No quiero saberlo —dijo al final—. Lo que quiero es estar cerca. Si me lo permitís, quiero estar cerca de vosotros durante el embarazo. Sin complicar nada. Solo cerca.

Nos miramos Rodrigo y yo.

—Claro que sí —dije.

***

Lo que siguió durante los meses del embarazo fue algo que ninguno de los tres habríamos sabido describir si alguien nos lo hubiera preguntado. Martín empezó a pasar más tiempo en casa. A veces se quedaba a cenar, a veces se quedaba a dormir. Cuando mi cuerpo pedía más de lo que la razón recomendaba, los dos estuvieron siempre presentes, siempre cuidadosos, siempre atentos.

Había noches en que los tres terminábamos en la misma cama y ninguno le ponía nombre a lo que era eso. No era un acuerdo formal ni un triángulo con reglas escritas. Era simplemente lo que habíamos construido, de la misma manera en que se construyen la mayoría de las cosas importantes: sin un plan claro, respondiendo a lo que iba llegando.

Me enamoré de Martín durante esos meses. No en lugar de Rodrigo, sino junto a él, de una forma distinta pero igual de real. Los dos me trataban bien. Los dos estaban presentes. Y yo, que siempre había creído que el amor era una cantidad fija que se repartía entre más personas, aprendí que no funciona así.

La noche en que rompí aguas, los dos estaban en casa. Llegamos al hospital en el mismo coche, los tres.

Nuestro hijo nació sano, sin complicaciones, a las cuatro de la mañana de un martes. Cuando la enfermera lo dejó en mis brazos y levanté la vista, los vi a los dos al mismo tiempo, uno a cada lado de la camilla. Los dos lloraban. Los dos sonreían.

—¿Hacemos la prueba de ADN? —pregunté cuando recuperé el aliento.

Se miraron entre ellos.

—Yo no quiero —dijo Martín primero—. La verdad es que no me importa el resultado. Me importa él. Y me importáis vosotros.

—Ni yo —dijo Rodrigo, y le puso una mano en el hombro a Martín de una forma que nunca les había visto hacer antes.

***

Los tres vivimos juntos durante casi dos años. Cuando Martín se fue, fue por razones que tenían que ver con su trabajo y no con nosotros, y se fue de buenas maneras. Sigue siendo parte de nuestra vida y de la de nuestro hijo, que ha crecido rodeado de personas que lo quieren.

Un día tendremos que explicárselo. Cuando llegue ese momento, no sé muy bien qué decirle. Pero sé que cualquier versión honesta de esa historia es una historia de amor, aunque no encaje en ninguna de las formas que ese concepto suele tomar.

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3.4(16)

Comentarios(11)

Lucho_cba

Tremendo inicio, me dejo con el corazon en la boca. Sigan así!

SolMar_09

Va a tener continuacion? Quede con mucha intriga despues del primer parrafo...

Valentina_mx

La tension que transmite desde el principio es increible. Se siente real, no forzado. Muy buen trabajo

martin1010

Jajaja Rodrigo no tiene filtro ehh. Me cayo bien el personaje. Espero la segunda parte!

NocheViva

Me recordo a algo que viví hace unos años. No salio tan bien jaja, pero bueno. Muy buen relato

playero33

excelente!!!

RobertoCR_78

Pocas veces un comienzo me engancha tanto. Quiero saber que paso despues, por favor continuen

Pablitero92

La calma con que arranca el relato... tremendo contraste. Bien escrito

CristinaLect

Muy bueno, ojala haya mas capitulos. Se nota que saben contar una historia sin apresurarse

cantodecisne

De los mejores que lei ultimamente, sigo volviendo a ver si publicaron la continuacion

TomasLector

Lo lei de un tiron, eso dice todo. Sigan publicando!

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