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Relatos Ardientes

Lo que hice mientras jugabas con el micrófono abierto

Estoy en la cama, desnuda, con las piernas ligeramente abiertas y la mente completamente ocupada en vos.

No es la primera vez. Tampoco será la última. Hay una versión de vos que vive en algún lugar dentro de mi cabeza y que aparece puntualmente cuando el día fue demasiado largo o el cuarto está demasiado callado. Esa versión siempre sabe exactamente qué hacer.

Rozo mi pezón con la yema del pulgar y cierro los ojos.

Me acuerdo de esa noche del mes pasado.

Llevabas más de una hora jugando. Uno de esos shooters en línea con micrófono abierto donde los amigos se comunican en una mezcla de estrategias e insultos que nunca logré entender del todo. Podía escucharte desde el sillón del living: la voz concentrada, el mouse golpeando el pad, el sonido seco de la silla girando cuando hacías algún movimiento brusco.

Intenté leer. No pude. Intenté ver algo en el teléfono. Tampoco pude.

Las ganas de arruinarte la partida aparecieron solas, como suelen aparecer las mejores ideas.

Me levanté del sillón sin hacer ruido. Fui al baño, me miré en el espejo apenas un segundo —el justo para confirmar que la decisión estaba tomada— y volví al cuarto con la remera en la mano. La tiré al piso. El corpiño después. Los pantalones encima. Me quedé con la tanga sola y el corazón latiendo un poco más rápido de lo que esperaba.

Desde donde estabas no me veías. Tenías la espalda hacia mí, levemente encorvada sobre el teclado, los hombros tensos de esa manera que tenés cuando estás concentrado en algo. En la pantalla había personajes corriendo entre escombros, explosiones naranjas, números flotando sobre los enemigos. Alguno de tus amigos dijo algo en el micrófono y vos te reíste con esa risa corta que usás cuando no querés perder el hilo.

Me acerqué despacio, descalza sobre la alfombra.

En el living se escuchaba el ruido del juego filtrándose por la puerta entreabierta. Disparos, música rápida, una voz de sistema anunciando algo. Acá adentro solo estábamos vos, yo, y el ventilador dando vueltas en el techo.

Apoyé las tetas en tu espalda.

Te tensaste de golpe. El mouse se detuvo un segundo, solo uno, y después retomó el movimiento como si nada. Buen intento. Me mordí el labio para no reírme.

La pantalla seguía con explosiones. Tu personaje corría hacia algún objetivo, y vos movías el mouse como si tuvieras las manos completamente libres, como si nada estuviera pasando a tu espalda. Un esfuerzo admirable.

Empecé a darte besos en el cuello. Despacio, sin ningún apuro, con la clase de paciencia que solo tengo cuando quiero algo de verdad. Un beso debajo de la oreja, donde la piel es más delgada y la sensación llega directo. Otro en la curva donde el cuello se vuelve hombro. Otro más abajo todavía, en esa vértebra que sobresale cuando inclinás la cabeza hacia adelante.

Tu respiración cambió de ritmo antes de que vos lo notaras.

Del otro lado del micrófono, uno de tus amigos dijo tu nombre y preguntó algo. Respondiste con una voz demasiado controlada, demasiado casual, la voz de alguien haciendo un esfuerzo activo por parecer indiferente.

No eras indiferente para nada.

Fui bajando de a poco. Besos en la columna vertebral, en las costillas que se marcaban con cada respiración, rodeando tu cuerpo por el costado hasta quedarme arrodillada junto a vos. Pasé por debajo de tu brazo —ese brazo que todavía sostenía el mouse con una disciplina absurda, apuntando a algo en la pantalla— y me metí en el espacio estrecho entre vos y el borde de la mesa.

Te apartaste apenas. Lo suficiente para que yo pudiera acomodarme entre tus rodillas.

Me senté en el piso frente a vos y levanté la cabeza para mirarte. Tus ojos bajaron hacia mí por un instante antes de volver a la pantalla. Esa fracción de segundo fue todo lo que necesitaba.

Sabías lo que venía. Los dos lo sabíamos.

Empecé por la panza. Mordiscos suaves a lo largo de la línea de vello que baja desde el ombligo, sintiendo cómo los músculos del abdomen se contraían con cada contacto. De tu boca salió una puteada que, arrancada del contexto, podría haber pasado perfectamente como un comentario sobre algún enemigo del juego. Alguien del otro lado se rió. Vos disimulaste bien.

Yo bajé más.

Ya estabas semiduro cuando envolví la cabeza de tu pija con la boca de golpe, sin avisarte. Un estremecimiento te atravesó el cuerpo de arriba abajo. Silenciaste el micrófono a tiempo —por muy poco— y lo que se escapó fue solo un corte en la respiración, breve y contenido.

Empecé despacio. Un vaivén largo y uniforme, sintiendo cómo respondías en mi boca con cada movimiento, cómo la presión aumentaba con cada pasada. La velocidad justa para que durara, para que sintieras cada centímetro. Vos retomaste el mouse con la mano izquierda, los dedos apoyados en el teclado, y seguiste jugando.

Eso fue lo que más me excitó de toda la noche.

Que siguieras intentando. Que no te rindieras todavía.

Desde el living, la voz de uno de tus amigos preguntando dónde estabas. Vos le respondiste con voz ronca que ya volvías.

Alterné entre estocadas largas que me llegaban al fondo de la garganta y succiones lentas alrededor de la cabeza, con la lengua presionando el frenillo, sintiendo cómo te ponías más grueso con cada minuto que pasaba. La baba se me acumulaba en los labios, en la barbilla. El sonido era húmedo y deliberado y no me importó en absoluto.

Del otro lado del micrófono, la partida continuaba. Explosiones, instrucciones a los gritos, alguien avisando por una emboscada. Escuché tu voz responder dos palabras, tres, y noté el esfuerzo en cada sílaba. La voz de alguien haciendo lo imposible por parecer que todo está bajo control.

Nada estaba bajo control. Me alegraba mucho eso.

El calor entre mis piernas ya era urgente. Bajé una mano sin pensarlo, metí los dedos por debajo de la tela de la tanga, y el primer contacto fue tan preciso que solté un gemido involuntario contra vos. Breve, sofocado, pero completamente real.

Silenciaste el micrófono de nuevo y te aferraste al apoyabrazos de la silla.

Lo que vino después fue una conversación entre mis manos. Una en la boca, marcando el ritmo. La otra entre mis piernas, encontrando ese punto exacto que hace desaparecer todo lo demás. Cada vez que apretaba la lengua contra vos, los dedos respondían con la misma presión. Cada vez que los dedos alcanzaban el ángulo preciso, la boca se apretaba más alrededor tuyo.

No sé cuánto tiempo estuvimos así.

Lo suficiente para que me corriera antes que vos.

El orgasmo llegó de a poco y después todo de golpe, como siempre me pasa cuando estoy realmente dentro de algo. Hundí la cara en tu muslo para amortiguar el sonido, las piernas moviéndose solas debajo de mi cuerpo, los dedos continuando el movimiento hasta el final. La humedad caliente empapó la tanga y se extendió por la cara interna de los muslos. Me quedé quieta contra tu pierna unos segundos, esperando que la ola terminara.

Cuando levanté la cabeza, tenías los ojos fijos en la pantalla con una concentración demasiado evidente para ser creíble.

Te lo agradecí retomando el trabajo con más dedicación que antes.

***

Succioné más fuerte. Las manos tomaron la base mientras la boca trabajaba desde arriba, coordinando la presión y la profundidad, apretando con la lengua en cada retirada. Escuché que decías algo en el micrófono —una excusa rápida, un hasta luego que no admitía preguntas— y después silencio del otro lado.

Lo habías apagado finalmente.

Las manos llegaron a mi cabeza. Sin brusquedad, pero con decisión. Tomaste el ritmo. Yo aflojé la mandíbula, abrí más la boca, relajé la garganta, y me dejé hacer.

El cuarto se llenó con el sonido de los dos.

Tus gruñidos cuando ya no pudiste retenerlos más. Mis gemidos ahogados alrededor tuyo. La silla corrida unos centímetros sobre el parquet. El ventilador de la computadora girando, indiferente a todo lo demás.

Te corriste con un sonido que no intentaste disimular y que de seguro llegó hasta el pasillo. Sentí el calor llenándome la boca, el exceso resbalando por la barbilla y cayendo sobre mi pecho. Me gustó ese momento exacto en que dejaste de controlarte. Me quedé quieta hasta que las últimas convulsiones terminaron, y después limpié despacio, de abajo hacia arriba, asegurándome de dejarte todo limpio.

Llevé los dedos al pecho, los mojé en lo que había quedado, y me apreté el pezón. Las piernas todavía entreabiertas, la tanga corrida a un lado, empecé a frotarme el clítoris con los dedos planos mientras permanecía sentada en el piso frente a vos.

Vos retomaste la partida. Me mirabas de reojo, de vez en cuando, con esa mirada que mezcla satisfacción y deseo y algo que nunca logré nombrar del todo pero que reconozco cada vez que aparece.

Me corrí por segunda vez mirándote a los ojos.

***

El recuerdo me devuelve al presente.

Estoy en la cama con los dedos exactamente donde terminan siempre cuando pienso en vos, y el orgasmo llega sin avisarme, como si se hubiera estado acumulando desde la primera imagen del recuerdo. Me sacude de adentro hacia afuera. Las piernas se mueven solas sobre las sábanas. Suelto un sonido que no habría podido contener aunque hubiera querido.

Cuando termina, me quedo quieta un momento, sintiendo cómo el cuerpo vuelve a ser simplemente el cuerpo.

Abro los ojos. La luz de la tarde entra por la persiana, tibia y rayada.

La mancha en las sábanas me hace sonreír. La voy a dejar así, exactamente así. Vas a verla en cuanto entres al cuarto, ese rectángulo húmedo en el centro de la cama, y vas a entender de inmediato lo que estuve haciendo mientras no estabas.

Y quizás esta noche, si tengo suerte, decidas que eso merece alguna consecuencia.

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Comentarios (8)

Carlos_BsAs

que buenisimo!! me lo lei de una sin parar, genial

DiegoRn

segunda parte porfavor!!! deje con ganas de mucho mas

NoraCba_lect

el detalle del micro me parecio super original, nunca habia leido algo asi. muy bien logrado

Fernanda_sur

jajaja me muero, los nervios que debe dar esa situacion... tremendo relato

hansolo69

de los mejores que encuentro en esta pagina. sigue asi!!

MarisolPBA

como se te ocurrio este escenario?? es demasiado buena la idea, en serio

Silvana

se me hizo corto, queria que siguiera. muy bien escrito

Elisa_norte

Me encanto la dinamica que planteaste, ese juego de quien sabe y quien no me tuvo en vilo hasta el final. De los que guardo en favoritos definitivamente

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