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Relatos Ardientes

Lo que pasó antes de abrir la puerta

4.6 (5)

La casa llevaba horas en silencio. Los niños se habían dormido pronto, agotados por lo que había sido un miércoles demasiado largo para todos: el colegio, el médico, la compra, la cena que se enfrió dos veces antes de que pudiéramos sentarnos a comerla. Cuando por fin los arropé y apagué la luz de su cuarto, eran casi las once.

Nosotros habíamos pasado lo que quedaba de la noche en el sofá, cada uno con el móvil, sin necesidad de hablar. Había algo cómodo en ese silencio, pero también había algo que empujaba por debajo, algo que llevaba días acumulándose sin que ninguno lo nombrara. Lo reconocía por cómo me miraba a veces de reojo sin decir nada, o por cómo yo guardaba el teléfono cuando él se levantaba al baño, como si no quisiera que viera lo que estaba pensando.

Me levanté yo primero.

Fui apagando las luces del salón y del pasillo, una por una, y llegué a la puerta del dormitorio. Estaba entornada, la había dejado así adrede para poder oírlos si se despertaban en mitad de la noche. Podía escuchar la respiración de los niños al otro lado, tranquila y regular. Me quedé quieta con la mano sobre el pomo, sin empujar, sin saber muy bien por qué. No tenía sueño. Llevaba todo el día sin tenerlo. Solo estaba cansada de otra cosa, de esa especie de tensión acumulada que no tiene nombre exacto pero que el cuerpo reconoce perfectamente.

Entonces oí sus pasos.

Se acercó por el pasillo sin apresurarse. Cuando llegó a mi altura, no dijo nada. Se limitó a apoyar los labios en la curva del cuello, justo donde empieza el hombro, con calma. Un beso quieto, sin intención aparente. Un gesto que podría haber sido solo afecto. Pero ninguno de los dos nos engañábamos ya con eso.

Por dentro, algo se puso en marcha.

Levanté los brazos por encima de la cabeza y enlacé las manos detrás de su cuello. Así nos quedamos un momento: yo de cara a la puerta cerrada, él detrás de mí, sus labios recorriendo el cuello hacia arriba, despacio, sin prisa. Cerré los ojos. La casa en silencio absoluto. Los niños al otro lado de esa madera. Nosotros dos en el pasillo, en la oscuridad, sin intercambiar ni una palabra.

Los besos se fueron calentando solos, sin que ninguno lo decidiera.

Pasaron de suaves a húmedos, de curiosos a decididos. Noté su aliento más cerca, más cálido contra mi piel. Giré la cabeza hacia él y él aprovechó para llegar hasta la oreja, morderme el lóbulo con suavidad, volver al cuello. Ese recorrido que ya me conoce de memoria, que sabe exactamente dónde me hace flaquear.

Y entonces me encontraron sus manos.

Las subió despacio por los costados, por encima del pijama, hasta apoyarlas sobre mis pechos. Llevo camiseta de algodón para dormir, fina, sin nada debajo. Noté perfectamente la presión de sus palmas, el calor a través de la tela, como si el tejido no existiera. Los apretó con toda la mano, sin prisa, abarcándolos enteros. Tengo los pechos grandes y sé que eso le gusta. Le gusta poder cogerlos del todo, notar el peso.

El pezón se endureció antes incluso de que él lo buscara.

Empezó a amasarlos con cuidado, subiéndolos un poco desde abajo, apretándolos y soltándolos, cambiando la presión de un momento al otro. Después centró la atención en los pezones: los frotó con el pulgar primero, despacio, una y otra vez. Los pellizcó con suavidad. Los estiró un poco entre los dedos, con cuidado pero con intención. Cuando lo hace así, tengo que concentrarme en respirar de forma normal porque si no la respiración se dispara y no hay forma de disimularlo. Tengo los pezones muy sensibles y él lo sabe desde siempre. Lo usa con premeditación, lo cual es peor.

Apoyé la frente contra la puerta.

Noté cómo mi cuerpo iba respondiendo: el calor que empezaba a acumularse entre las piernas, la humedad que llegaba sola sin que yo hiciera nada, las rodillas que amenazaban con ceder un poco. Me mordí el labio para no hacer ruido. Los niños. La puerta. El silencio que teníamos que mantener costara lo que costara.

Eso lo hacía más intenso todavía. Siempre lo hace.

***

Empujé el trasero hacia él casi sin darme cuenta.

Buscaba notar algo, y lo noté. Estaba duro ya. Me pegué a él y él respondió acercándose más, apretando su cuerpo contra el mío desde atrás, sin moverse demasiado, solo para que yo lo notara bien. Siguió con las manos en mis pechos, estirando los pezones con cuidado, mientras yo movía el trasero contra él muy despacio, sin prisa, solo explorando.

Entonces metí la mano por debajo de la camiseta.

No fui a los pechos, que ya los tenía él. Recorrí la tripa, el ombligo, y fui bajando con calma. Él lo notó enseguida. Siempre nota todo, incluso en la oscuridad. Siguió besándome el cuello y con una mano bajó a la cintura del pantalón, lo tanteó un momento como preguntando, y después tiró.

Me lo bajó hasta los muslos de un solo movimiento.

El aire del pasillo estaba fresco. Lo noté en los muslos, en las caderas, de golpe, después del calor del pijama. Me hizo un poco de contraste agradable, ese choque entre el frío del ambiente y el calor que yo llevaba dentro. Después cogió la tela de las bragas y me la metió entre las nalgas, subiéndola un poco por detrás, tensándola. Lo hace a veces y yo sé por qué: le gusta la imagen, le gusta tener algo que mirar mientras me tiene delante.

Me froté el clítoris por encima de las bragas.

El algodón húmedo contra los dedos, la presión justa en el sitio exacto. Tengo el clítoris muy sensible y con eso basta para mantenerlo caliente durante un rato, para ir subiendo despacio sin llegar demasiado pronto. Las bragas ya estaban completamente húmedas cuando puse los dedos encima. Más de lo que esperaba. Eso siempre me sorprende un poco, lo rápido que el cuerpo responde cuando lleva días esperando algo que no sabe exactamente qué es.

Él se dio cuenta de lo que hacía. Se lo noto en la respiración, en cómo aprieta más fuerte cuando está muy excitado. Me cogió la muñeca un momento, suavemente, sin apartarme, solo para saber exactamente dónde estaba mi mano, para ubicarse. Luego la soltó y siguió con lo suyo: una mano en mis pechos, la otra en mis nalgas, los labios en el cuello.

Yo frotándome en silencio. Apoyada contra la puerta. Con los ojos cerrados y la boca apretada, sin hacer ningún ruido, concentrada únicamente en no hacer ningún ruido.

***

Me separé la tela de las bragas a un lado con dos dedos.

Pasé los míos por los labios, de la entrada hacia arriba, despacio. Estaba muy mojada. Más de lo que había calculado. El índice encontró el clítoris y lo rodeé sin tocarlo del todo, lubricando a su alrededor, preparando el terreno antes de empezar de verdad. Llevo ahí depilada hace meses y me gusta cómo se notan los dedos, sin interferencias, todo limpio y accesible.

Él vio lo que hacía.

Bajó la vista y se quedó quieto un momento. Solo un momento. Y después se arrodilló.

Se arrodilló detrás de mí, en el pasillo, a oscuras, sin decir una sola palabra.

Me cogió de las caderas y me inclinó un poco hacia delante. Yo puse las dos manos en la puerta, con los pezones rozando la madera a través de la tela. Me abrió las nalgas con las manos, despacio, con cuidado, y se quedó un momento quieto mirando. Ese momento de pausa siempre me descoloca. Saber que está mirando sin poder ver su cara, sin saber exactamente qué piensa, con todos los nervios concentrados en lo que va a hacer a continuación.

Noté su dedo en la entrada.

Entró sin esfuerzo. Completamente, de una vez. Lo sacó despacio y al salir lo llevó hacia arriba para rozar el clítoris de camino, solo un instante. Repitió eso varias veces, con el mismo ritmo tranquilo, sin apresurarse. Cada vez que lo hacía yo tenía que apretar un poco más los dientes para no hacer ruido.

Añadió otro dedo.

Abrí las piernas un poco más sin pensarlo. Los movía dentro con lentitud, doblándolos hacia arriba, buscando ese punto que ya conoce bien, el que hace que los músculos de las piernas se tensen solos. Con la otra mano me sujetaba una nalga, apretándola con firmeza. Noté su aliento cada vez más cerca, cálido, y después sus dientes mordiéndome la carne con suavidad, sin dejar marca, solo marcando presencia.

Seguía con las dos manos apoyadas en la puerta. Los nudillos casi blancos.

Entonces metí los míos también. Mis dos dedos junto a los suyos, buscando entrar al mismo tiempo. Él lo notó y no se apartó. Nos quedamos así un momento, los cuatro dedos dentro moviéndose despacio, los suyos y los míos mezclados, sin que ninguno dijera nada. Había algo raro y perfecto en eso, en sentirlo así.

***

Al final lo dejé hacer a él solo.

Saqué los míos y puse la mano en la puerta para tener mejor apoyo. Él siguió con los suyos dentro, moviéndolos con más ritmo ahora, y yo me balanceé sobre ellos marcando el movimiento que necesitaba. Después los sacó del todo. Noté el aire en mi interior durante un instante, ese vacío breve que dura solo un segundo antes de que empiece lo siguiente.

Se quedó quieto un momento. Y entonces pasó la lengua por mi ano.

Me estremecí entera.

Lo hace a veces y cada vez me pilla por sorpresa, aunque ya debería estar acostumbrada. Hay algo en esa zona que no controlo, que responde sola sin que yo se lo ordene. Siguió lamiendo mientras volvía a meter los dedos dentro de mí, y yo me agarré al pomo de la puerta con una mano y con la otra me busqué el clítoris. Necesitaba acabar. Lo necesitaba desde hacía un buen rato y ya no podía seguir posponiendo el momento.

Él lo notó.

Se metió entre mis piernas desde detrás y pasó la lengua de la entrada hacia arriba en un movimiento largo, lento, de abajo hacia arriba, para empezar. Después se concentró en el clítoris: lo rodeó, lo succionó suavemente, lo lamió con la punta de la lengua sin parar, con un ritmo constante que no variaba ni se aceleraba. Con los dos dedos dentro al mismo tiempo, moviéndose.

Las caderas empezaron a moverse solas.

Le cogí la cabeza con una mano y la empujé contra mí, buscando más contacto, más presión. Él aumentó el ritmo de la lengua y de los dedos al mismo tiempo, como si hubiera estado esperando esa señal. Me apreté un pezón con la mano libre, con fuerza, fuerte de verdad, y eso fue lo que me faltaba.

Tuve que morder el antebrazo para no hacer ruido.

Los niños al otro lado. La puerta de madera entre nosotros y ellos. El silencio de la casa que no podíamos romper.

Me corrí en silencio, con las piernas temblando, la cabeza echada hacia atrás, los dientes clavados en mi propio brazo para ahogar el sonido. Duró más de lo que esperaba. Eso también me sorprende siempre, cómo el silencio forzado alarga las cosas, las hace más intensas, como si el cuerpo compensara con la duración lo que no puede expresar con el ruido.

***

Tardé un momento en volver.

Me quedé apoyada en la puerta, con las piernas todavía un poco flojas, respirando despacio hasta que la respiración volvió a ser normal. Él se levantó sin prisa, me giró hacia él y me besó. Tenía los labios húmedos y tibios y sabían a mí. Lo besé despacio, con los dedos en su nuca, con las rodillas que amenazaban con ceder otra vez pero de una forma distinta a la de antes.

—Gracias —le dije al oído, en voz muy baja. Casi sin sonido.

Él no respondió con palabras. Solo me apretó un poco más contra él durante un momento y después me soltó.

Abrí la puerta del dormitorio con cuidado. Los niños seguían durmiendo, ajenos a todo. La habitación olía a sueño y a tranquilidad, al mismo silencio de siempre. Me metí en la cama con las mejillas todavía calientes y los músculos sueltos, con esa sensación de peso agradable que deja el orgasmo cuando ha sido de los buenos de verdad, de los que no se planean.

No tardé nada en dormirme.

Y antes de cerrar los ojos me prometí que la próxima vez sería yo quien se pusiera de rodillas.

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4.6 (5)

Comentarios (9)

Camila_82

tremendo!!! me dejo con ganas de mas

Federico_arg

Por favor seguila, no puede quedar en eso la historia. Esperando la segunda parte!!!

MiriamS99

Me gusto mucho como lo contaste, tiene ese ritmo que te mantiene leyendo sin darte cuenta. Seguí así

BrunoMdP

La tension del principio es lo mejor del relato. Muy bueno!!

GabrielBsAs

No era mi categoria favorita pero este me engancho desde el primer parrafo. Felicitaciones de verdad

PatriciaR_Sur

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años. Esa angustia de esperar sin saber que va a pasar, lo describiste perfecto

Mariela_77

Muy bueno!! se hizo cortisimo, quiero mas

RodriMdz

Sale la segunda parte? Quiero saber como termina todo esto

ViajeroDeNoche

Corto pero intenso. Se agradece jaja

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